Cuando publiqué la semana pasado, lo hice con prisas, así que no tuve tiempo de saludar tan siquiera. Información del fanfic: está compuesto de cinco capítulos sin epílogo. Sobre la regularidad de publicaciones: cada domingo, como siempre. No obstante, tengo que avisar que el próximo domingo día 30 no habrá publicación porque estaré en la Halloween Party en Disney, por lo que se retrasará esto a la semana siguiente, al día 6.
Con todo esto, espero que os guste y que paséis un Halloween tan horroroso como sea posible.
Capítulo 2:
No le apetecía entrar en clase ese día. No quería que nadie que la conociera pudiera verla en esa guisa. De hecho, ni ella misma se reconocía cuando se miraba en el espejo en la limusina de su familia. Odiaba que la llevaran en limusina. ¿Por qué no pudo oponerse a toda aquella farsa? ¿Por qué era siempre el eslabón débil de la cadena?
Esa no era ella. Solo era el resultado de lo que su padre consideraba aceptable que apareciera frente a una cámara. Nunca llevaba vestidos como aquel, ni se arreglaba de esa forma. No ponía en duda que aquel vestido de Dior fuera precioso, mas no le hacía sentirse ella misma; no era auténtica, ni natural. Se ajustaba tanto a su cuerpo que incluso le costaba respirar. Para ella, una persona incapaz de mirarse en el espejo desnuda y verse a sí misma, aquello era mucho más de lo que estaba dispuesta a enseñar. Por lo menos, era de color azul marino y no de un color chillón. Debía admitir que el tejido le gustaba y los botones dorados para atarse el vestido en la parte frontal del cuerpo eran una decoración excelente. Habría preferido que la cubriera hasta los tobillos y no solo hasta las rodillas. Las sandalias de tacón de aguja de Jimmy Cho amenazaban con tirarla al suelo a cada paso. Deseaba terminar cuanto antes.
Su padre decía que debía parecer una digna hija suya, una señorita de la alta sociedad, una Higurashi. Ella no se sentía así ese día. En realidad, nunca se había sentido una Higurashi. Por más que la decoraran como si fuera un arbolito de navidad, no se sentiría así. Solo daba el pego de cara al exterior. Ni las perlas de la familia que llevaba a modo de pendientes y el collar podrían hacerla sentir más Higurashi. Desearía ser invisible en esos momentos. ¿Por qué tenía que salir en ese dichoso reportaje?
― Quieren mostrar mi lado familiar. Esta es una gran oportunidad para hacer buena publicidad de la empresa. Tienen que vernos como una familia unida, feliz y perfecta. ― anunció el padre antes de volverse hacia ella ― He encargado ropa decente para ti. No puedes aparecer de cualquier forma en las revistas. ¿Qué pensarían de la familia?
Y no le dejó más opción. Le obligó a vestirse de esa forma, a dejar que la maquillaran, a viajar en limusina para ir a clase. Decía que no le daría tiempo a ir andando y que ni por asomo se subiría en la bicicleta con ese vestido. La dura mirada de su padre no dio lugar a quejas. Su única opción era obedecer.
Cogió el enorme y poco práctico bolso de Prada que se vio obligada a cargar y salió de la limusina cuando se detuvo frente a la facultad. Más de una cabeza se giraba para mirarla salir. Allí había muchos estudiantes ricos, pero ninguno que viajara en limusina. Iban a la universidad en sus propios coches. Ojalá ella supiera conducir para no tener que pasar esa vergüenza pública al salir de la limusina. Respiró hondo, intentando aparentar que no le amedrentaban las miradas de los otros estudiantes, y caminó por el campus hacia su aula. Solo sería ese día. No tendría que volver a aparecer así vestida. No se dejaría hacer aquello en una segunda ocasión.
Entró en el aula unos minutos antes de la hora. Algunos alumnos ya estaban en su lugar y levantaron la cabeza para estudiarla. Inuyasha, para su desgracia, también estaba allí. La miró como si fuera una aparición. Eso solo acrecentó su timidez. En las últimas semanas, Inuyasha le había invitado a tomar café después de clase cada día. Había rechazado todas y cada una de las invitaciones. No podía permitirse el lujo de aceptar. No debía hacerse ilusiones.
Pasó a su lado, saludando en un susurro, y se dirigió hacia su sitio habitual, donde tomó asiento. Sacó el teléfono móvil y se sorprendió de ver que tenía alertas de mensajes. Cinco mensajes, cada uno de un miembro de su familia. Su padre le pedía que aparentara ser la persona más feliz del mundo y que ni si le ocurriera poner esa cara de mustia que tenía siempre. Su madre le decía que debía sonreír aunque no tuviera ganas de hacerlo por la familia. Takumi le recordaba que estaba en juego el buen nombre de la familia. Kaito la amenazaba con convertir su vida en un infierno si hacía algo que los avergonzara. Souta afirmaba que era un desastre, pero que debía hacer que no se notara. Los mensajes de la familia siempre eran tan agradables…
Guardó de nuevo el Iphone en el bolso y masculló una maldición en voz baja. Esa noche le iba a doler la mandíbula de tanto sonreír para contentar a su familia. Si se esforzaba por hacer lo que ellos pedían, no le molestarían; volverían a olvidar que ella existía por un tiempo. Al final, al aceptar llevar a cabo todo aquel paripé, era tan hipócrita como esa familia a la que criticaba.
Llegó a sus oídos el sonido de unas ruidosas carcajadas, propias de personas a las que no les importaba en lo más mínimo encontrarse en un lugar de estudio donde podían estar molestando a otros estudiantes. Ni siquiera necesitaba echar un vistazo para saber que esas risas procederían de Naraku Tatewaki y su séquito de idiotas. En esa universidad, había de todo: alumnos que estaban allí solo porque podían pagarlo, alumnos que estaban allí obligados por sus familias, alumnos que solo buscaban una carrera que les diera mucho dinero, alumnos que hacían grandes sacrificios para poder pagar sus estudios y alumnos que sufrían mes a mes para aprobar cada asignatura. Ella pertenecía al grupo de alumnos que estaba allí obligado por su familia y Naraku al de alumnos que podían permitírselo. En ambos caso, eran patéticos.
Respiró hondo y sacó una diminuta libreta del bolso. Normalmente, llevaba su archivador con separadores, fundas y folios para tomar apuntes, pero, ese día, no podía llevarlo con ella. Por esa razón, iba a tener que tomar apuntes en esa ridícula libreta. Se sentía como si fuera Kikio Tama yendo a clase en tacones y tomando apuntes de esa forma tan vergonzosa. ¡Ella era una alumna seria!
― ¡Menudo cambio Higurashi! ― sintió un escalofrío al escucharlo ― ¿Dónde guardabas todo eso?
A muy buen recaudo, lejos de un cerdo como él. Ignoró por completo su pregunta y escribió la fecha en la libreta. Al parecer, no debió ser lo bastante tajante con su negativa a dirigirle la palabra tan siquiera, puesto que Naraku tomó asiento a su lado. ¿Desde cuándo Naraku se sentaba a su lado? De hecho, nadie se sentaba con ella nunca, desde que podía recordar.
― Me equivoqué contigo Higurashi. ― le rozó el brazo desnudo ― Veo que no estás nada mal.
Nunca le había sentado tan mal un piropo y eso que no recibía demasiados. Frunció el ceño y luchó por contenerse. ¿Quién sabía si habría algún paparazzi por allí? Su padre no se lo perdonaría.
― Tú y yo podríamos ir a dar una vuelta en mi coche después de clase.
Convencido de que ella aceptaría, le pasó un brazo sobre los hombros. ¡Qué estúpido! No saldría con él ni aunque fuera el último hombre de la tierra y la supervivencia de la raza humana dependiera de ellos. ¿Cómo se atrevía a pedirle una cita? ¿Cómo podía creer que ella se acostaría con él? La había maltratado desde que se conocieron. Con esa última demostración, solo le dejaba claro que el aspecto era lo único que le importaba. No le gustaban esa clase de personas.
― No iré contigo a ninguna parte. ― dijo al fin.
― Claro que sí. ― continuó, ignorándola ― No tienes que ser tímida. Ya sé que te estoy concediendo un gran honor.
¿Hablaba en serio? Si encima se creería que era un regalo del cielo para la población femenina…
― Te he dicho que no.
― Lo harás, Higurashi.
Y. para demostrar que estaba dispuesto a obligarla, la abrazó. El inesperado ataque la tomó por sorpresa, pero solo necesitó unos segundos para empezar a empujarlo y a oponer resistencia. Jamás le perdonaría que estuviera montando ese numerito en clase. ¿Quién se creería que era ella? No era una tonta como Kikio Tama que medía a los hombres por el tamaño de su cartera y su cara bonita. Aspiraba a algo más y no tenía por qué soportar que se la tratara de esa forma.
― No te resistas, Higurashi.
¿Acaso nadie iba a hacer nada? En respuesta a su pregunta, Inuyasha Taisho agarró una muñeca de Naraku y la retorció, obligándolo a gemir de dolor, y a apartarse. Aprovechó esos instantes para alejarse lo máximo posible, pegándose al marco de la ventana para recomponerse.
― Los hombres que atacan de esa forma a las mujeres son despreciables. ― afirmó Inuyasha.
No podría estar más de acuerdo con él. Naraku se rindió al percatarse de que la fuerza de Inuyasha era muy superior a la suya y se marchó. Sin embargo, le lanzó una mirada asesina a Inuyasha que no auguraba nada bueno antes de salir del aula escupiendo fuego.
― ¿Estás bien? ― le preguntó Inuyasha ― ¿Te ha hecho daño?
― E‐Estoy bien… ― musitó.
― ¿Quieres que te acompañe a secretaría para poner una denuncia?
Según el reglamento de la universidad, un alumno tenía derecho a denunciar a otro por su mal comportamiento. Entonces, la comisión directiva estudiaría los hechos y le pondría la correspondiente sanción al alumno denunciado en base a la gravedad de su delito. El acoso sexual era uno de los delitos más inadmisibles de la facultad. Según hasta donde llegara, podía llegar incluso a ser razón de expulsión definitiva. Su padre no le perdonaría un escándalo como aquel.
― No es necesario…
― ¿Vas a dejar que se vaya de rositas? ― exclamó incrédulo ― ¡Es un cerdo!
Y ella no podría estar más de acuerdo.
Aún no se podía creer que Kagome no hubiera denunciado a ese mal nacido. Él no podía poner la maldita denuncia en su nombre, tenía que ponerla el alumno damnificado. Por eso le costó una infinidad morderse la lengua y soportar que ella continuara compartiendo clase con el otro. Aunque la historia no acabó allí. Más tarde, ese mismo día, recibiría una buena bronca de su tutor, quien había recibido una llamada del padre de Naraku afirmando que él había golpeado a su hijo. Entonces, se vio en la obligación de explicarle lo que sucedió en clase y cómo acontecieron los hechos. Al escucharlo, su tutor se disculpó con él, y, excepcionalmente, le permitieron poner una denuncia en nombre de otro alumno. A nadie en la universidad le interesaba disgustar a un Higurashi. Naraku fue expulsado una semana y estaba bajo amenaza de otra expulsión más severa en caso de repetirse los cargos.
Al final, se salió con la suya. No de la forma que a él le habría gustado, pero consiguió algo. No podía permitir que Naraku se librara de un buen escarmiento por su comportamiento. Eso sí, desearía que fuera ella quien lo pusiera en su lugar. Kagome no parecía ser consciente del poder que le daba su apellido. Nadie la juzgaría a ella, nadie la contradeciría. No tenía por qué temer nada. Él no permitiría que nadie le hiciera daño. Ahora bien, no podía luchar en todas sus batallas en su nombre. La joven tenía que implicarse más.
No lograba llegar hasta su corazón. Kagome era muy introvertida y no permitía que nadie atravesara el muro que había alzado a su alrededor. Cada día fracasaba al pedirle una cita. Pensó que, con el paso de las semanas, se iría ablandando, pero, en lugar de eso, la veía cada vez más decidida a rechazarlo. Entre sus teorías, había barajado la posibilidad de que pidiéndole tantas citas la estuviera presionando demasiado. Kagome tenía toda la pinta de ser ese tipo de persona que necesitaba su propio espacio. Si le insistía, ella se ahogaría y se alejaría.
Se le ocurrió esa idea una semana después del incidente con Naraku, cuando este volvió a clase y llegó a sus manos una revista que compró en el quiosco de la facultad. Generalmente, no compraba revistas, pero ver a Kagome en la portada llamó su atención. Era una revista de economía que estaba estudiando las políticas y valores familiares de empresa. Los Higurashi ocupaban la portaba y las páginas centrales de la revista. Por eso Kagome se vistió de aquella forma; era un caso excepcional. La verdad era que estaba preciosa, sobre todo con el cabello suelto y las lentillas que permitían ver sus preciosos ojos, pero no era ella. Parecía artificial. A él no le importaba que mostrara su bello cuerpo con ropa ajustada o que lo ocultara. Solo quería que no cambiara. Kagome era muy especial.
No le pidió una cita después de clase. Esa era su nueva estrategia. Sabía que se arriesgaba a que ella creyera que había perdido el interés, pero, tal vez, fuera mejor opción que hacerle sentir incómoda pidiéndoselo a diario. Recogió las actividades que los alumnos llevaron a clase en el aula y las guardó en la carpeta mientras salían del aula. Para su suerte, Kikio no había vuelto a molestarlo después de aquel encontronazo que tuvieron semanas antes. Para su desgracia, era más cruel que nunca con Kagome. ¿Cómo podía ayudarla sin que lo mirara como si fuera un extraterrestre?
Fue el último en salir del aula. Cerró la puerta con la copia de la llave que le había confiado su tutor y se dispuso a dirigirse hacia su despacho. No dio ni un solo paso. Kagome estaba apoyada en la misma columna en la que lo esperó Kikio en la otra ocasión. Llevaba un jersey marrón grueso que apenas marcaba su figura, una falda vaquera hasta los tobillos y unas botas de piel. Ni se había dado cuenta de que él estaba allí. Estaba pensando en algo. ¡Qué raro! Kagome se marchaba inmediatamente después de terminar las clases en su bicicleta.
Apenas dio un par de pasos cuando ella se percató de su presencia. Lo miró de reojo y se irguió, como si lo hubiera estado esperando. Tragó hondo y notó cómo se le aceleraba el pulso. ¡No podía ser! Volvió la cabeza para ver si había alguien a su espalda. Descubrió que, efectivamente, estaban solos en el corredor. Empezó a transpirar. ¿Lo esperaba a él? LA muchacha lo miró a los ojos a través de los cristales de sus gafas. Era bellísima.
― Aún no he tenido ocasión de darte las gracias.
¿De qué estaba hablando? ¿Por qué tenía que darle las gracias?
― ¿Perdón?
― Por lo de la semana pasada... ― se explicó ― Y por tu ayuda con Kikio. Gracias.
No tenía por qué darlas. ¿Qué clase de caballero no ayudaría a una dama en apuros?
― Tú… — suspiró — ¿Has tenido algo que ver con la expulsión de Naraku?
No merecía la pena ocultarlo.
― Sí.
― ¿Cómo? Yo no…
― Es una larga historia.
Cuyos detalles no merecía la pena que contara. Al parecer, Kagome no coincidía con él, ya que, lo siguiente que dijo, lo dejó de piedra.
― ¿Por qué no me la cuentas tomando un café?
Después de tanto tiempo insistiendo, solo un necio rechazaría semejante oferta. Le pidió que le esperara y corrió hacia el despacho de su tutor. Para su desgracia, justo ese día quería que se quedara para hablar sobre la tesis. Muy a su pesar, le dio largas para volver junto a Kagome. Esa oportunidad era única y temía que, si la perdía, no se le volvería a presentar. Ya tendría tiempo de perfeccionar la tesis doctoral; aún le quedaban siete meses.
― ¡Kagome!
Lo esperaba apoyada en la misma columna. Al verlo, consultó su reloj de muñeca.
― Pensé que no volverías…
Leyó la inseguridad en su mirada. ¿Acaso alguien le había dado plantón antes? Se ocuparía de demostrarle que él nunca la dejaría tirada.
― El profesor me entretuvo. ― se excusó ― En la cafetería de la universidad, podemos…
― No. ― lo interrumpió abruptamente ― Quiero decir… ― meditó ― ¿Te importaría que fuéramos a otra cafetería? ― sugirió ― No quiero encontrarme a nadie conocido…
Magnífica idea. ¿Cómo no se le ocurrió a él? En la cafetería de la universidad no tendrían ninguna intimidad. Todos lo conocían a él por su reputación y todos conocían a Kagome por su apellido. No les quitarían el ojo de encima. Además, se arriesgaban a cruzarse con Naraku o con Kikio. ¿Por qué arriesgarse?
― ¿Hay algún sitio en particular al que te gustaría ir?
Kagome asintió con la cabeza en respuesta.
― Primero, tengo que recoger mi bicicleta.
La acompañó a la parte de atrás de la universidad para recoger la bicicleta. Una vez allí, se tensó ante lo que encontró. Kagome, a su lado, tembló. Una persona teóricamente anónima le había dado una buena paliza a su bicicleta; a él se le ocurrían dos posibles nombres para los culpables. Se acercó disgustado y la revisó. La correa estaba fuera de lugar, el volante desalineado, la rueda trasera necesitaba un parche y la delantera estaba torcida del eje. Nada que no pudiera arreglar con un destornillador y una llave inglesa.
Escuchó un sollozo a su espalda. ¡Diablos! Kagome estaba mucho más afectada de lo que él esperaba. ¿Y cómo no iba a estarlo? Sus compañeros de la universidad le hacían bullying a una chica encantadora. Sabía que sacar el asunto de la denuncia en ese instante, cuando aún no había podido hablar con ella del asunto de Naraku, solo la pondría nerviosa. Así pues, decidió darle todo su consuelo en forma de abrazo. Un abrazo que lo dejó tan sorprendido a él como a ella. Kagome era tan cálida y se amoldaba tan bien a él que lo dejó sin habla.
― Dame unos minutos para conseguir unas herramientas y te arreglaré la bicicleta.
Kagome, por supuesto, intentó detenerlo, mas él era demasiado testarudo como para dejarse convencer. Pidió un destornillador, una llave inglesa y algunos tornillos y parches en conserjería y se dedicó por completo a la bicicleta durante la hora siguiente. Kagome se sentó en el suelo a su lado y se dedicó a pasarle las herramientas cuando se las pedía. Le contó su vida. En vista de que ella no le daba conversación, empezó a hablar de él y de cómo acabó en la universidad. Para cuando terminó de arreglar la bicicleta, ella incluso le hacía preguntas y le pedía detalles de su vida. Sabía que solo necesitaba que le dieran confianza.
Montaron juntos en la bicicleta. Él pedaleó y Kagome se abrazó a él, sentada en el asiento supletorio. El paseo en bicicleta fue de lo más agradable. Cuando vivía con su madre, solía utilizar la bicicleta a diario para moverse por el pueblo. En la ciudad, había dejado de usarla y casi había olvidado lo divertido que era, especialmente en tan buena compañía. Algunos pensarían que eran una versión barata del tópico de la pareja que pasea en motocicleta. A él le parecía que se encontraban en la versión más romántica posible. Llevaría a Kagome en bicicleta a donde ella quisiera. En ese caso, a una encantadora cafetería en las afueras de la ciudad.
No había mucha gente y todos estaban inmersos en sus asuntos. Nadie levantó la cabeza para señalar al genio o a la rica heredera. Allí, eran unos completos desconocidos. Comprendió en seguida por qué a Kagome le gustaba tanto ese sitio. Él solo era medianamente "famoso" desde que estaba en la universidad; Kagome había sufrido aquel acoso desde que nació. Encontrar un sitio como ese era muy importante para ella. El hecho de que lo compartiera con él, significaba muchísimo. ¿Era consciente del honor que le había concedido?
Se sentaron en una mesita al final del local que daba a una ventana desde la cual se veía el campo. Pidieron café con leche y unos croissants a la plancha con mermelada. Hablaron de su carrera al principio. A juzgar por cómo hablaba Kagome, confirmó la sospecha de que no le gustaba en absoluto lo que estaba estudiando. Cuando se lo comentó, ella se sonrojó y retrocedió. Se maldijo por haber metido la pata hasta que ella volvió a hablar y le confió que le encantaba todo lo relacionado con el arte. Junto con eso, le contó la terrible historia de cómo su padre mató su afición. Eso le confirmó dos cosas: la primera, que Takeo Higurashi era la clase de hombre que él imaginó; y, la segunda, que Kagome no recibía ni dentro, ni fuera de casa el cariño que necesitaba.
Dispuesto a animarla y a demostrarle que él estaría para ella, que era la persona en quien podía confiar, tomó su mano y la acarició. Esa fue la primera vez que su piel entró en contacto directo con la de Kagome. Fue un momento mágico, como si una corriente eléctrica lo hubiera atravesado. ¿Habría sentido ella algo remotamente parecido? Bueno, no apartó la mano, ni lo desdeñó con la mirada. Eso era un buen avance, ¿no?
Siguieron charlando sobre él, sobre ella, sobre sus familias, sobre sus estudios, sobre sus gustos, sobre la sociedad, la política, etc. Hablaron tanto que tuvieron que pedir más cafés y se les empezó a hacer de noche. No quería marcharse todavía de su lado. Sentía deseos de aferrar su mano para siempre.
― Me he divertido mucho contigo. ― admitió Kagome al final de la velada ― No suelo tener mucha compañía.
― Tal vez sea hora de cambiar eso. ― sonrió ― Me encantaría que lo repitiéramos.
― A mí también.
Entonces, ella se quedó mirando su taza fijamente; luego, le lanzó una mirada furtiva. ¿Había hecho algo malo?
― ¿Qué sucede?
― Es una tontería… ― musitó con las mejillas sonrojadas.
― Dímelo.
Kagome se encogió de hombros y lo miró tímidamente.
― Estaba pensando que eres como la leche…
Era la primera vez que alguien le decía algo semejante. Decir que se quedó mudo era poco para expresar su estupor ante aquella afirmación. ¿Qué quería decir eso?
― Verás, tú eres muy maleable, dinámico y sincero, como la leche. No importa dónde te pongan o qué hagas, tú eres capaz de hacerlo todo, encajas en todas partes, y le encantas a todo el mundo. Eres la clase de persona que tiene lo que hay que tener para producir un cambio importante.
― Entonces, ― contestó conmovido por sus palabras ― tú eres como el café.
― ¿Porque soy amarga, antisocial y solitaria?
― ¡No, boba! ― se rió ― Porque intentas disgustar a la gente para no mostrar lo maravillosa que eres en tu interior, pero, cuando te condimentan de la forma adecuada, eres capaz de iluminar una ciudad tú sola.
No sabía decir si la había impresionado o la había asustado. Lo miraba como si se hubiera vuelto loco. Tal vez, lo hubiera hecho. Desde que la conoció, todo había cambiado en su vida. Esperaba que para bien. Tomó su taza de café, avergonzado por lo que había dicho, pero no llegó a beber. Se quedó paralizado cuando, en el rostro de Kagome, se fue atisbando poco a poco una dulce sonrisa. Era la primera vez que la veía sonreír.
― Entonces, ― Kagome tomó su propia taza de café ― ¿por el café con leche?
Repitió el brindis y correspondió a su sonrisa. Desde ese día, le encantaba el café con leche. Era la mezcla perfecta.
Continuará…
