Al llegar a Inglaterra Draco se negó incluso a pasar a dejar su equipaje en algún hotel y obligó a Harry a dirigirse a la mansión Malfoy de inmediato. Llegaron ahí entre maletas y jaulas de lechuzas y cansancio del viaje. Los elfos recibieron a Draco con cortesía, pero no como si lo volvieran a considerar un amo. Por otra parte, se mantuvieron ignorando la presencia de Harry todo lo que pudieron. Lo más que hicieron por él fue preguntar si quería que sus maletas se quedaran junto con las de Draco. Hasta cierto punto, parecía más un visitante indeseado que la pareja del heredero. Harry suspiró, porque ya se esperaba algo así de esa casa.
El lugar lucía prácticamente igual que la última vez que lo había visto. La diferencia estaba en que en esta ocasión no había destrucción y ciertamente la ausencia de Lord Voldemort le daba un toque mucho menos siniestro. Aún así, la casa era lúgubre de por sí, por sus techos altos, sus amplias habitaciones casi idénticas y sus pasillos interminables que lo hacían sentir como si estuviera perdido en un laberinto y, sobre todo, fuera de lugar. A pesar de todo, Harry estaba decidido a enfrentarse a esa casa y a todas sus consecuencias de nuevo. Ya había pensado que tendría que hacerlo desde que había decidido que quería tener algo con Draco. Y no se iba a arrepentir.
Encontraron a Narcisa con veinte centímetros más de cabello y otros tantos menos en la cintura. Estaba tan delgada y enferma que no podía ponerse en pie sin ayuda. Los elfos y el antiguo bastón de su marido le eran indispensables para ir de un lado a otro. Y no es que se moviera mucho, tampoco. Iba de la cama al baño y viceversa. Cuando se quedaba quieta en un solo lugar, sus manos comenzaban a temblar sin control. Casi no hablaba. Los labios de Draco se volvieron apenas un hilo. Sus ojos se quedaron fijos en el antiguo bastón de su padre y su rostro se llenó de impotencia y tristeza. Después de la impresión inicial, se puso en marcha para abrir las cortinas, ordenar limpiar la casa y conseguir a un medimago.
Más tarde, Harry escuchó a los elfos chillar de pánico cuando Draco les hizo una visita, pero esta vez no pudo más que hacer oídos sordos, con tristeza. En otros tiempos, hubiera defendido a las criaturas del cruel verdugo. Pero sabía que en ese momento Draco estaba lleno de furia por lo descuidada que lucía su madre. Se preguntó si él hubiera hecho lo mismo en su lugar. Se preguntó, si su madre siguiera viva, qué sería él capaz de hacer.
—No puedo dejarla sola en este estado —susurró Draco, con voz ronca, tras concluir la primera visita que su madre le permitía.
—Lo sé —aceptó Harry, intentando ser comprensivo—. Dime qué necesitas que hagamos.
Harry se acercó a Draco con cuidado y le dejó un beso en los labios para darle la seguridad de que estaba con él y no se iría. Fue corto y superficial, pero sabía que Draco lo necesitaba así en ese momento.
Decidieron quedarse en la mansión por un par de días, mientras un medimago examinaba la situación de Narcisa.
—¿Podríamos llevárnosla a Dublín? —le preguntó Draco al sanador tan pronto como la terminó de revisar.
—Me temo que no —respondió éste—. Está muy débil. Ha pasado mucho tiempo en este estado y va a requerir un tratamiento intensivo de pociones y buena comida antes de poder hacer un viaje, o cualquier otra cosa. Además, sus nervios están muy alterados. Preferiría que no la sometieran a la presión de un viaje tan pronto. Estar en casa le hará mucho bien.
Draco miró a Harry, preocupado.
—¿En cuánto tiempo estará mejor? —preguntó Draco.
—Con las pociones adecuadas, comidas regulares, mucho descanso y sueño... Un diagnóstico optimista sería que la señora Malfoy podría recuperarse en un mes...
Un mes. Draco miró a Harry. Prácticamente todas las vacaciones de verano que Harry se había ganado a pulso en el trabajo serían invertidas en cuidar de Narcisa. Eso si Harry aceptaba. Si quería quedarse. Los ojos de Draco reflejaron la inseguridad de la que se llenó. Al ver esto, Harry le pasó una mano por los hombros y le dio un apretoncito.
—Está bien, no te preocupes. Será bueno pasar mi cumpleaños en Inglaterra —mintió Harry. En realidad no había tenido mejores días que aquellos en los que había estado lejos del lugar en que su historia era demasiado densa.
Draco sonrió débilmente y volteó hacia la cama, donde su madre yacía sedada por las pociones.
—Gracias.
Se instalaron sin perder más tiempo. Draco le ordenó a los elfos que les acondicionaran la habitación frente a la de Narcisa. También ordenó preparar una cena ligera y la compartió con Harry. Ambos hablaron sobre lo que implicaría quedarse en Inglaterra y dispusieron mandar lechuzas para avisar y resolver asuntos en Dublín. Hablaron de lo raro que era que Harry estuviera ahí, pero no hablaron mucho de la guerra. Harry expresó sus deseos de que Narcisa se recuperara y le recordó a Draco que le tenía mucho aprecio por lo que había hecho por él en el bosque. Draco le sonrió y apretó su mano antes de murmurar que ya era tarde y deberían dormir.
Harry había pasado pocas noches tan incómodas como aquella primera en la gran cama de la mansión Malfoy. El calor del verano lo consumía y la mala energía del lugar hacía que sus vellos se pusieran de punta y su cabeza diera vueltas. En una ocasión, mientras dormitaba, sintió una presencia molesta que lo observaba y al despertar se encontró frente a frente con un fantasma adivinablemente parecido a Draco.
—¡Sangre sucia que inundas esta casa mía de miseria y desolación! —gritó el fantasma, en un tono muy parecido al de la señora Black allá en Grimmauld Place.
Draco, que también había estado dormitando a su lado se levantó de golpe y buscó la varita.
—¡Sangre sucia y traidor a la sangre! ¡Traidor a la sangre! —continuó gritando, esta vez señalando a Draco, quien ya le respondía también a gritos.
—¡Nicandor, largo de aquí!
Harry miró al fantasma con hastío, rodó los ojos y lanzó un encantamiento aprendido en su entrenamiento de auror. El espíritu inmediatamente se volvió humo y fue expulsado por la ventana abierta. Fantasmas de los tataratataraabuelos de Draco en la mansión Malfoy. Qué extraordinario. Bufó. Draco se disculpó por la situación, notablemente incómodo.
—No hay problema. Es mi culpa por olvidarme que aquí nadie que no sea un Malfoy está seguro —intentó bromear, pero Draco no sonrió—. No te preocupes, en serio. Voy a lanzarme encantamientos protectores contra maldiciones y fantasmas. Con eso debería bastar.
Draco asintió, un poco más tranquilo. A pesar de eso ya no pudieron volver a cerrar los ojos en un largo rato.
Narcisa despertó tres veces en la madrugada con gritos de pánico incontrolables, llamando a Lucius entre alucinaciones. Harry acompañó a Draco a la habitación la primera ocasión, pero fue recibido por las uñas apremiantes de Narcisa que buscaban enterrarse en sus mejillas.
—¡Es todo tu culpa! ¡Todo tu culpa! ¡Podrías haberlo salvado! —gritaba con voz ronca.
Sólo estuvo presente en ese primer ataque. Después de eso, Draco le pidió seriamente que se quedara en la otra habitación. Su rostro se había tornado sombrío y sus ojos habían perdido toda chispa. Pasó el resto de la noche con su madre.
Harry, por su parte, dormitaba un minuto y despertaba al siguiente para escuchar los quejidos lastimeros de la mujer, que por momentos se volvían quejas airadas. De fondo escuchó siempre los susurros de Draco, que pretendían ser tranquilizantes pero al parecer no lograban su cometido. Nadie durmió en la mansión esa noche.
Al otro día, en el desayuno, ambos se miraron con ojeras y guardaron silencio. Realmente no había mucho que decir. La experiencia de esa primera noche no auguraba nada bueno. El día estuvo tranquilo, pues Narcisa durmió todo lo que no había podido dormir durante la noche. Harry se sentó en el jardín de los Malfoy a observar y a reflexionar sobre la situación. Draco no estuvo en ningún lugar visible hasta la hora de la cena, que también pasaron rodeados de un pesado silencio.
—¿Está mejor tu madre? —preguntó Harry, en un intento por romper el hielo.
—Sí —respondió Draco, algo cortante.
—Me alegra.
—Gracias.
Ninguno de los dos intentó hablar otra vez. En el silencio entre ambos, Harry no pudo menos que recordar el grito aquél de Narcisa cuando Lucius fue besado.
Draco ni siquiera hizo amago de dormir con él esa noche. Ni la siguiente. En tres días las ojeras de la pareja eran demasiado pronunciadas hasta para sus estándares de desvelos continuos. Draco desayunaba con él, pero para el tercer día ya no se acercó a la mesa a la hora de la cena. Harry se quedó dormido esa noche, consumido por el cansancio y la ansiedad de no saber lo que ocurría con su pareja.
—Necesitamos hablar —le dijo al fin a Draco, el cuarto día a media tarde, cuando al fin lo encontró.
Había pasado el día entero buscándolo por la mansión, sin éxito. Los elfos tampoco habían sido de ayuda, pues se negaban a reconocerlo como parte de la familia y por lo tanto, no obedecían ninguna orden. Regresó tres veces a la recámara de Narcisa antes de encontrarlo ahí. Al fin, lo alejó de la cama para hablarle.
—¿Dónde estabas?
—No es tu asunto —respondió Draco, a la defensiva.
Estaba pálido, las bolsas de sus ojos estaban hinchadas y éstos lucían tan rojos como nunca. Harry no pudo menos que imaginar que había estado llorando. Se notaba a kilómetros que necesitaba dormir con urgencia.
—Necesitamos hablar.
Fue como si picara a Draco con una daga. Éste saltó inmediatamente.
—No nos vamos a ir. Es mi madre. Ya perdió a mi padre y NO la voy a dejar aquí así que...
—Draco... Draco. Escúchame —gritó Harry, sobre la voz angustiada de Draco.
—¿Qué? —gritó Draco. Parecía demasiado alterado. Harry supo que era su turno de mantener la calma.
—Esto no puede seguir así. Llevamos aquí menos de una semana y ya nos estamos volviendo locos. Escucha, Draco, no quiero que nos vayamos, no lo pensaría, de verdad. Entiendo perfectamente que Narcisa te necesita pero...
—¿Qué? —Draco se puso tenso de nuevo y lo miró con hostilidad.
—Pero yo también te necesito.
Draco dejó caer todas sus barreras y lo miró, con el rostro descompuesto pero por la tristeza, la confusión y la ansiedad. Luego se abrazó con fuerza a él y comenzó a temblar en sus brazos.
—No me dejes —ordenó Draco, como siempre hacía. Desde que le había pedido ayuda con Lucius no había vuelto a hacer otra petición. Siempre ordenaba.
—No lo haré —sonrió Harry. Sabía que Draco necesitaba sentirse seguro, y saber que sus órdenes eran obedecidas ayudaba. Sabía también que era como malcriar a un niño de por sí malcriado, pero no podía evitarlo.
De repente, Harry sintió un escalofrío y al voltear se percató de una frágil presencia que no había notado moverse. Un quejido ahogado salió de su garganta ante la imagen: Narcisa Malfoy había caminado hasta ellos. Su larga cabellera pálida le caía por encima del rostro y sus delgados brazos se aferraban del bastón de Lucius. Vestía un largo camisón blanco que le quedaba tan grande que se plegaba por todas partes y arrastraba un poco por el piso. Los miraba fijamente con ira pura fluyendo de sus orbes. Harry fijó la vista en las manos huesudas, esperando un ataque en cualquier momento.
No lo hubo. Narcisa los observó atentamente, como si su mente trabajara en reconocer lo que ambos significaban para ella, para su mundo apartado. Después de un rato, su mirada se tornó ausente y ella regresó a la cama, arrastrando los pies descalzos. Se metió bajo las sábanas y se hizo un ovillo, dándoles la espalda.
Draco la miró proceder, sin aliento, como si viera un rayo de esperanza.
—No reaccionó con violencia —susurró aliviado cuando Narcisa estuvo en la cama—. El medimago dijo que esa sería una buena señal.
Harry sonrió, recuperado de la impresión. Una buena señal en medio de todo aquello no sonaba nada mal. Esperaba tener una noche de sueño normal por primera vez desde que habían llegado ahí.
Sin embargo, poco antes de la media noche despertó en silencio de una pesadilla confusa y sin sentido, como solían serlo en los últimos años, a diferencia de las provocadas por Voldemort. Miró a su alrededor: Draco estaba ahí, a su lado, pero extrañamente Harry no se sintió tranquilo. Al contrario, sentía que algo estaba por salir mal, muy mal. Sintió que se ahogaba.
Su respiración agitada llenó el silencio la madrugada.
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