Es fácil notar la proporción de los alumnos de la escuela nocturna en el momento que todos salen, a las 9 de la noche. En verdad, la mayoría no va en tropel, sino que avanza en orden y sin apuro, pues se trata de adultos con un mínimo de madurez. Los primeros en salir, en cambio, son los estudiantes del 2-a, que tienen entre quince y diecisiete años. Se distinguen los gritos de sus voces mayoritariamente masculinas descendiendo por un lado de las amplias escaleras de concreto, bajo las abundantes lámparas amarillas, alejándose del par de estatuas de sabios olvidados que flanquean la puerta principal. Pero también hay un grupo bastante cerrado de cinco chicas, entre las que resalta una voz en particular. Una joven alta de lentes y cabello marrón corto habla sin parar sobre sus opiniones en torno a la clase, la gente, la vida, sus destinos como adolescentes. Las demás cuatro le siguen cada paso, anotan mentalmente cada palabra, asienten al final de cada frase. Todas llevan como uniforme una chaqueta color chocolate con una ancha franja negra y vertical al centro del pecho, y un pequeño emblema dorado, en forma de una media luna y un ave sentada sobre ella, a la altura del corazón. Sus piernas las cubren una falda marrón corta y plisada, y medias negras hasta sobre la rodilla. Se les acerca una chica más, también uniformada, que parece incluso menor que ellas. Es baja, menuda, pálida y de largo cabello blanco. Da pasos cortos y baja la velocidad a medida que se va acercando, pero tiene que darse la vuelta hasta quedar delante y debajo de las demás para que reconozcan su presencia. Sus ojos se hacen grandes y su mirada va descendiendo hacia el suelo hasta que su cerquillo cubre parte de su rostro avergonzado, y une las puntas de sus dedos índices.

-Miren, chicas, es la nueva- dice la chica de lentes -. ¿Qué pasa, Shirogawa-san?

-Ho-hola. Por favor podría... ¿Podría también divertirme con ustedes?

-Oh, vaya...

Las demás miembros del grupo repiten meditabundas: "vaya, vaya". Nadie sabe realmente de dónde salió esta chica, hace tres días apareció en la clase y empezó a responder al nombre de una alumna que nunca había asistido, pero ¿de dónde habría sacado el uniforme? Con ella ahora serían siete chicas en la clase, pero en el grupo siguen siendo cinco.

-Pues hay una sola forma de entrar al grupo- sentencia la líder-. Debes demostrar que realmente lo deseas y hacer una prueba de valor. ¿Estás preparada?

-¿Una prueba de valor?- la nueva mira a las demás con sus ojos grandes que reflejan las pocas luces de la noche.

-Sí, todas pasamos por una- explica otra de ellas.

-Vamos, a la cisterna- ordena la joven de lentes.

Detrás del colegio la iluminación es mucho menor, casi nula. El grupo cuchichea entre sí mismo y lleva la linterna por delante. Unos pasos detrás, en la oscuridad, la nueva pisa al parecer intuitivamente entre el pavimento quebrado, la tierra húmeda, las malas hierbas que brotan de ésta, las alimañas que las habitan y lo que sea de lo que éstas se alimentan. De hecho, con cada paso que dan, la tierra se hace más húmeda. Finalmente, el grupo se detiene. La líder da la vuelta e ilumina su rostro desde abajo con la linterna. Las cavidades de sus ojos forman grandes sombras, sus lentes refulgen. Saca un pequeño objeto brillante de su bolsillo y lo alza a la luz.

-Escucha, Shirogawa-san. Este pendiente es una reliquia de la fundadora del consejo estudiantil. Dicen que desapareció hace un par de años cerca al templo del monte Karasuyama y esto fue todo lo que se encontró de ella. Ahora, tú deberás recuperarlo...

Repentinamente, la líder extiende su brazo a un lado y deja caer el amuleto hacia la oscuridad.

-...de ahí.

La luz de la linterna sigue al pendiente y el rostro desaparece entre las tinieblas mientras la luz revela un hueco profundo, rodeado de adoquines, con un fondo húmedo y turbio. La nueva se acerca y observa hacia las profundidades con la boca encogida y sus mismos ojos grandes y curiosos, pero el pozo sólo contiene oscuridad completa ahora. De las sombras a sus espaldas surgen varias voces:

-Entra, ya luego te ayudaremos a salir.

-Pero tienes que encontrar el pendiente primero.

-Todas lo hemos hecho.

-¡Salta! ¡No te demores!

-¿Te vas a echar para atrás ahora?

-No seas gallina.

-¡Vamos, salta!

Pronto las voces son un griterío casi unísono y, repentinamente, la niña de cabello blanco se lanza sin titubear al abismo, cayendo en un fango aguado y oloroso, lleno de una ambigua variedad de deshechos, que le llega hasta las canillas. Para buscar el trofeo perdido, sin embargo, debe reclinarse y hundir también sus manos entre el lodo, tanteando entre escarabajos muertos, huesos de pollo, coletas de cigarrillo. Ya no ve a las demás, la verdad parecería imposible ver nada en aquel hoyo, pero oye al grupo reírse de forma vulgar y cuchichear.

-¿Cómo está ahí abajo?

-Estoy bien...

-¿Ya lo encontraste?

-No está...

-Sí está. No estás buscando bien... Oye, ya se hace muy tarde...

-Estoy cansada. Por favor, ayúdenme a salir.

-¿Ya encontraste el pendiente?

-No, pero tengo frío...

-No puedes salir si no lo encontraste.

-Por favor...

-Ya vámonos, chicas, o perderemos el tren.

-No, esperen... ¡Esperen!

Las risas aumentan, luego se disipan poco a poco y al fin ella nota que ha quedado completamente sola al fondo de un abismo oscuro y mojado. ¿Qué ha venido a hacer acá? ¿Fue para esto que dejó todo atrás? ¿Encontrará algo de sí misma entre este fango? Ahora no queda nada más que lodo y sombras. Reconociendo la situación, busca de qué sostenerse para trepar por la pared, pero las salientes son demasiado pequeñas. Intenta apoyarse de dos paredes opuestas, pero pierde el equilibrio, cae al lodo y se ensucia y moja también su falda, sus mangas, su cabello. Queda apoyada contra la pared, sucia, cansada, abandonada. Oscuridad tan profunda sería siempre inesperada, incluso para alguien como ella. No recordaba que ir a una escuela fuera así, tenía una sensación distinta, pero en verdad no recuerda nada con claridad. Quizá todo fue un sueño y un error, después de todo, una pesadilla de la que ahora no puede escapar.

Al fin la Luna se posiciona por sobre el hueco. No ilumina de forma consistente, pero permite distinguir el cielo de los muros. Y también permite distinguir una silueta frente a ella. Al parecer, una chica más, también miembro del salón de adolescentes, con su mismo uniforme. Sí, hay alguien más que no es parte de ningún grupo, no habla nunca con nadie. Lleva a menudo guantes negros que descubren la punta de sus dedos y sus uñas pintadas de negro. Usa maquillaje oscuro y excesivo en lo que su cerquillo cerrado no tapa de su rostro. Varios aretes se amontonan en la parte alta de sus orejas. Ahora observa a la chica nueva desde el borde de la cisterna y aunque ésta pudiera ver su rostro, jamás nadie adivina cuáles son sus intenciones.