Mente rota, alma quebrada

La piedra filosofal

Ni siquiera Boy pudo curarlo del todo esa noche, Harry se despertó algo dolorido pero lo atribuyó a que había dormido mal. ¿Quién hubiese podido dormir bien después de la amenaza de su tío la noche anterior? Y no había sido necesaria realmente, Harry no tenía ninguna intención de contar nada de lo ocurrido todos esos años, de hecho había decidido que iba a pensar en los Dursleys lo menos que le fuera posible.

Cuando se bajó del auto miró a su primo con una maliciosa comisura en alto. Dudley contuvo un gemido, después de dejar a Harry lo iban a llevar al hospital para que le sacaran la cola de cerdo mediante cirugía. Harry esperaba que le resultara muy doloroso.

Muy contento, cargó sus cosas en un carrito y siguió a una familia de pelirrojos. Mas tarde el más chico de los pelirrojos lo encontró solo en un compartimiento y se le sentó enfrente. Harry empleó la misma táctica para obtener información que había usado con el rubio en la tienda de ropa. Inmediatamente se dio cuenta de que el pelirrojo pertenecía a la facción opuesta. Ron describió las cuatro Casas de Hogwarts y le aseguró que todos los Slytherins eran malignos. Harry recordaba que el rubio había expresado con mucho orgullo que a él lo iban a poner en Slytherin y también se había referido a Hagrid como un sirviente.

Después de la visita de Draco al compartimiento, Harry quedó convencido de que no quería estar en Slytherin, aunque era consciente de que poseía muchas de las cualidades identificadas con esa Casa. Pero no quería estar en la Casa del que había asesinado a sus padres y que era el culpable de que lo hubiesen mandado a vivir con sus tíos. Habló muy poco el resto del viaje pero escuchó con atención todo lo que decía Ron y así aprendió muchas otras cosas sobre el mundo mágico.

El estrés mental alcanzó un punto crítico, esa noche, cuando el Sombrero le dijo que a él le iría muy bien en Slytherin. Y sintió como si algo se hubiese roto dentro de él. El Sombrero se quedó callado durante varios segundos, como si de repente se encontrara confundido; y finalmente exclamó: —¡Gryffindor!

Sin que Harry se diera cuenta, había perdido en ese instante varias partes de su pasado que habían procedido a almacenarse en una nueva personalidad que se había llevado consigo buena parte de sus cualidades, no era que lo hubiese despojado totalmente de ellas pero en Harry quedaron menos marcadas.

Corrió muy contento a reunirse con sus nuevos compañeros en la mesa de Gryffindor.

oOo

Silas observó el entorno sabiendo que en cierta forma ya no era parte de Harry. Estaba en una habitación que tenía una biblioteca con estantes vacíos, un confortable sillón de lectura de tapizado negro, una cama amplia tendida con sábanas de color verde oscuro y un espejo de cuerpo entero. Se acercó al espejo y estudió su reflejo.

Lucía dos o tres años mayor que Harry. Vestía una toga negra un poco abierta, con ribetes verdes e insignia de Slytherin. Camisa blanca de seda, pantalones negros de exquisito corte y lustrosas botas negras de vestir. Los cabellos eran lacios, negros y sedosos, y largos más o menos hasta la altura de la barbilla. Se acomodó una mecha del costado detrás de la oreja, un arito tipo remache con una piedra verde le adornaba el lóbulo. Su rostro era muy similar al de Harry pero no idéntico, los rasgos parecían más afilados. El color de los ojos viraba del celeste al gris claro según la incidencia de la luz.

Sonrió satisfecho y enfiló hacia la puerta. Sabía de las otras personalidades pero quería verlas por sí mismo. Salió a lo que parecía una sala neutra muy estándar. La alfombra era blanca, había un único sofá negro, las paredes eran de piedra gris pálido adornadas con algunos tapices de color crema. Aparte de la de su habitación, había otras tres puertas. La más próxima era blanca, lisa y simple, la de su cuarto en cambio, era de caoba oscura y con un montante semicircular en el extremo superior.

Abrió la puerta y vio a Rose. La nena de unos once años estaba acurrucada sobre las sábanas durmiendo plácida con una leve sonrisa en los labios. Había una ventana grande por la que entraba a raudales la luz del sol. En el alféizar había muchas macetas con plantas y hierbas muy bien cuidadas a juzgar por el aspecto. En los estantes de una pequeña biblioteca había algunos libros, de cocina y de jardinería la mayoría. También había un espejo de cuerpo entero y a un lado una cómoda silla de lectura tapizada en plush blanco. Un delantal blanco con vuelos estaba colgado de un gancho en una de las paredes y había herramientas de jardín acomodadas en un rincón entre la ventana y una mesa pequeña.

La alfombra también era blanca. El cubrecama, rosa muy pálido estampado con rosas rojas, había sido plegado esmeradamente al pie de la cama. Las paredes estaban pintadas de un celeste muy tenue. Todo estaba inmaculadamente limpio. La nena tenía los cabellos rubios, que probablemente le llegaban hasta la cintura, recogidos en una trenza floja. Sus labios tenían el color de pétalos de rosa y tenía puesto un vestido blanco, con muchos vuelitos de encaje, que le llegaba hasta por debajo de las rodillas. Los zapatos blancos de vestir estaban a un lado de la cama.

Abrió los ojos en ese momento, eran de un celeste intenso, la confusión se le dibujó claramente en los dulces rasgos.

—Yo soy Silas. —le dijo— Yo voy a cuidarte y también me voy a asegurar de que Harry no haga nada estúpido. Ahora volvé a dormir.

Ella asintió apenas y volvió a cerrar los ojos. Silas cerró la puerta con cuidado para no hacer ruido, a pesar de que sabía que la nena era sorda.

La puerta siguiente era una réplica exacta de la del armario debajo de la escalera. Silas revoleó los ojos y la abrió. Y el interior lucía igual que el del número 4 de Privet Drive. El mismo catre destartalado estaba dentro y un nene de cinco años durmiendo encima. Los ojos del chico se abrieron de repente, negros y llenos de lágrimas, de desesperación y de miedo. Silas no le prestó atención a sus gemidos de disculpa y a sus súplicas de que no le hiciera daño. Estaba casi desnudo y el cuerpecito mostraba signos de desnutrición. Tenía casi toda la piel cubierta con moretones y laceraciones. Silas sabía que de nada serviría cualquier cosa que le dijera, cerró la puerta con cuidado y lo dejó para que siguiera descansando tranquilo.

Quedaba una sola puerta más. Era como las que podrían haberse encontrado en algún antiguo castillo, de gruesa piedra gris con negras bandas horizontales de hierro. Silas la abrió. Adentro estaba oscuro. Pero en el fondo pudo adivinar la forma de un hombre, parecía tener la piel muy pálida, yacía acostado a más o menos medio metro del suelo. Las manos se destacaban particularmente, los dedos terminaban en largas uñas negras de fiero aspecto, como de garras. Ni los labios, ni las mejillas, ni los párpados de la cara cadavérica mostraban color. Pero algo brillaba en el extremo de la cabeza y el brillo caía en cascada hasta el suelo formando un charco de oscuridad líquida. Silas comprendió que se trataba de los cabellos, muy largos, si la figura hubiese estado de pie probablemente le llegarían hasta el suelo. El hombre no se movió, ni siquiera parecía que respirara. Silas no se animó a entrar para observarlo de más cerca, se dio prisa para cerrar la puerta.

oOo

Harry empezó a ir a clases, conoció a sus nuevos profesores e hizo sus primeros amigos. No alcanzó a darse cuenta de que había cosas en él que habían cambiado, aprender ya no le resultaba tan fácil como en la escuela primaria y su natural agudeza y amargo cinismo se habían atemperado mucho. No era consciente de la presencia de Silas aprendiendo detrás de sus ojos, observando todo con atención, urdiendo planes. Tampoco sabía que cuando se iba a dormir, Silas tomaba el control y se colaba sigilosamente en la biblioteca para estudiar más, incluso temas que no se veían en clase. La biblioteca de la habitación de Silas se fue poblando rápidamente de libros.

Era Silas el que vigilaba a los otros, el que se encargaba de que Boy y el hombre-cadáver permanecieran en sus recintos sin que nada los perturbara. Pero Rose no se estaba adaptando bien, dormía inquieta y se quejaba en sueños. Para solucionar el problema, una vez por semana mientras Harry dormía, Silas se levantaba e iba a los invernaderos y allí dejaba salir a Rose para que se ocupara de atender las plantas bajo la luz de la luna.

Nadie llegó a notar el extraño comportamiento de Harry, él mismo tampoco, Silas o Rose salían sólo cuando el anfitrión dormía.

Harry estaba realmente muy contento con la nueva escuela, a pesar del profesor Snape. A Silas, por su parte, el profesor le caía más bien simpático, aunque no aprobaba cuando el ingenio socarrón del profesor elegía como blanco a su Harry.

El quidditch era otra de las cosas que a Harry le gustaban. Al principio se sorprendió y se asustó un poco cuando lo pusieron en el equipo, pero el entusiasmo de Ron y su propia creciente afición por el vuelo lograron que se le pasara pronto la aprensión. Por otra parte disfrutaba también investigando sobre el misterio del artículo de la bóveda y del perro de tres cabezas del tercer piso. Con Ron al principio y también con Hermione más adelante. Silas aprobó en silencio y complacido la incorporación de Hermione, el pelirrojo era fastidioso y tendía a hartarlo, Hermione estaba lejos de ser perfecta pero por lo menos era inteligente.

Naturalmente, las cosas no podían permanecer maravillosas de manera indefinida. En febrero, por el asunto del dragón, les pusieron penitencia a cumplir con Hagrid en el Bosque Prohibido, a Hermione, Neville, Malfoy y él. A Harry no le pareció un castigo tan severo, Hagrid le caía bien y el bosque no le suscitaba tanto miedo o al menos eso era lo que él pensaba.

Todo cambió después de que le tocó estar frente a frente con Voldemort. El unicornio muerto le hizo comprender que no estaba en medio de un juego. Se trataba de algo real y serio. ¿Y si Snape estaba trabajando para Voldemort y quería apoderarse de la piedra? Voldemort ansiaba ese artefacto que podía otorgarle inmortalidad y se iba a servir de su seguidor para obtenerlo. No, todo el asunto había dejado de ser divertido.

Silas había permanecido indiferente al misterio que había mantenido tan ocupado a su anfitrión, pero la cosa había cambiado cuando Voldemort se sumó a la ecuación. Si Voldemort ganaba poder, ellos iban a ser una de sus primeras víctimas. Por otro lado, si bien Snape era uno de los sospechosos, Silas consideraba que Harry no estaba buscando en la dirección correcta. Había algo que no cuadraba, que no llegaba a conformarlo del todo y no pensaba así sólo porque el profesor de Pociones ocasionalmente lo divertía.

Trató de ayudar suscitándole a Harry corazonadas y cosas por el estilo, pero Harry podía mostrarse a veces muy obstinado. Trató de hacer lo posible para mitigar la ansiedad creciente de Harry, pero nada parecía dar resultado. Y el estado de ánimo alterado del anfitrión empezó a influir negativamente en los otros. Rose estaba casi siempre inquieta y a veces se oían gritos y llantos provenientes del armario de Boy. Silas se sentía particularmente desazonado, sabía que algo estaba por ocurrir y de hecho terminó ocurriendo. Si bien fue algo muy distinto de las posibilidades que Silas había barajado.

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Estaban a principios de junio y los exámenes ya casi habían concluido. Pero Harry estaba más tenso que nunca. Y fue entonces que se enteraron con horror de que Hagrid sin darse cuenta le había provisto a alguien la clave para pasar a Fluffy.

Los tres corrieron de inmediato a informar a McGonagall. La profesora les dijo que Dumbledore no se encontraba en el castillo y desestimó cualquier tipo de planteo respecto de la seguridad de la piedra. Harry no podía creer lo que oía, la profesora no creía que hubiera ninguna amenaza ¡y no pensaba hacer nada al respecto!

Harry no podía dejar las cosas así, si nadie hacía nada le tocaba a él. Aunque tuviera que enfrentarse con Voldemort. ¿Pero cómo? ¡Si él sólo era un chico! ¿De qué podía servir un chico para proteger nada? Su convulsión interna alcanzó un punto máximo, sabía que había una misión que cumplir pero también sabía que él no estaba a la altura para llevarla a cabo.

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Silas notó que la tensión del anfitrión había alcanzado límites críticos y le pareció conveniente ir a controlar a los otros. Grande fue su sorpresa cuando se encontró a Harry durmiendo profundamente en el sofá de la sala. Y había una nueva puerta además, que estaba abierta. Era de sólido roble.

Silas se acercó y estudió la nueva habitación. Había una cama amplia de cuatro postes y dosel, las sábanas eran rojas. En un rincón había una plataforma de duelo con un muñeco humanoide para prácticas. Había una biblioteca cuyos estantes estaban llenos con libros sobre Defensa.

Silas suspiró exasperado y fue a sentarse al lado de la cabeza de Harry. Fijó los ojos en el durmiente.

—Tuviste que liberar a tu Gryffindor y lo mandaste a la batalla. —susurró— Nos vamos a morir todos.

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La nueva personalidad condujo a los otros dos bajando por la puerta trampa. Se sentía muy confiado y muy entusiasmado. Superaría todos los obstáculos y llegaría hasta la piedra. Con una sonrisa de anticipación ingresó al tablero de ajedrez y siguió las instrucciones de Ron.

Dejar a Ron atrás fue una decisión dura pero sabía que era lo que correspondía hacer. Hermione lo siguió. Una vez resuelto el enigma de las pociones decidió que lo que hubiera más adelante sería muy peligroso para ella, quería protegerla, la convenció de que regresara para atender a Ron, él seguiría solo.

Tomó la poción y cruzó el fuego negro hacia la última cámara. Fue toda una sorpresa toparse con Quirrell, que ya no tartamudeaba y no parecía débil. De hecho el profesor lo amarró con un hechizo.

Pero no se amilanó por eso. Hizo que el otro siguiera hablando y mientras tanto se las arregló para alcanzar la varita y susurrar el contraconjuro para liberarse. Al parecer le debía a Snape una disculpa. Quirrell mascullaba en ese momento algo sobre el espejo de Oesed.

—¡Usá al chico! —siseó una voz imperativa.

—Venga acá, Potter. —ordenó Quirrell con brusquedad, no pareció preocuparle verlo desatado.

Avanzó un paso y se ubicó delante del espejo. Quirrell parado a su lado demandó que le dijera qué era lo que veía. Se vio a sí mismo, la imagen le guiñó al tiempo que se guardaba la piedra en un bolsillo. Pero lo que le dijo fue un infundio de que se veía como capitán del equipo de quidditch sosteniendo la Copa.

Quirrell lo hizo a un lado con fastidio. Aprovechó entonces para ir reculando disimuladamente hacia la puerta.

—El chico miente. —siseó la voz— ¡Quiero hablar con él!

Observó con ojos desafiantes mientras Quirrell se desenrollaba el turbante, la cara repugnante de Voldemort asomó finalmente en el cráneo calvo. Los ojos rojos lo taladraron con la intención de intimidarlo, con muy poco éxito, el nuevo no conocía el miedo.

—Sí que habías sido feo, ¿no?

Voldemort hizo una mueca de rabia y odio que trató de disimular haciéndola pasar por una sonrisa, no le salió bien.

—¿Ves en lo que me he transformado, Harry Potter? Una sombra… obligado a poseer a sirvientes inferiores para sobrevivir. Pero ya no más. No, después de que me hayas dado la piedra que tenés en el bolsillo.

—No vas a tener suerte. —dijo el nuevo y empezó a retroceder hacia la salida sin quitarle los ojos de encima ni por un segundo.

—¡No seas idiota! —bramó la cara— Unite a mí, salvá la vida… o vas a terminar como tus padres que murieron suplicándome misericordia.

—¡MENTIRA! —le escupió el nuevo enojado.

Quirrell había empezado a dar pasos hacia atrás para acortar la distancia entre ambos.

—¡Cuán loable lealtad! —siseó Voldemort— Siempre tengo en alta estima la valentía. Y tenés razón, muchacho, tus padres eran valientes. A él lo maté primero, pero peleó hasta el último momento con uñas y dientes. No era necesario que tu madre muriera, le di la oportunidad de que escapara, pero ella prefirió morir para protegerte. Ahora deberías darme la piedra o su muerte habrá sido en vano.

—¡Nunca, hijo de puta! —le gritó el nuevo furioso. Esa mierda asesina no tenía derecho a siquiera mencionar a sus padres. Alzó la varita y lanzó un Stupefy.

Quirrell pudo esquivarlo, giró 180 grados y empezó a atacar también. Pero el nuevo era muy ágil y zigzagueaba tan rápidamente que ninguno de los haces hizo blanco. Las maldiciones de Quirrell se tornaron mucho más agresivas. El Gryffindor saltaba de un lado al otro para evitarlas pero había empezado a sudar copiosamente. Y finalmente Quirrell logró acertarle un Expelliarmus y un Petrificus en rápida sucesión.

—¡Ahora te la vamos a quitar! —exclamó Voldemort triunfal.

El nuevo se había quedado sin posibilidad alguna de acción y recurrió a la única alternativa que le quedaba, se retrajo hacia el interior.

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Silas, naturalmente, ya lo había anticipado. Y no se había quedado de brazos cruzados. Ni Boy, ni Rose podían ayudar en esas circunstancias, y él tampoco.

Abrió la pesada puerta de piedra gris. —Tenés que salir, ¡te necesitamos!

Los ojos se abrieron, no tenían pupilas ni iris. Eran como ventanas directas al infierno, llameantes de rojo incandescente. Los largos cabellos de negro líquido se elevaron ondeando en el aire, una maligna sonrisa le torció los labios. Y un segundo después había salido al exterior. Silas no pudo evitar un estremecimiento.

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Los ojos de Demon llamearon verdes cuando tomó el control. La magia borbotó en el cuerpo menudo y se canalizó potenciada cien veces de odio primigenio a través de su brazo hasta la mano alzada. El golpe impactó a Quirrell de lleno en el pecho. El profesor chilló aterrado, el contacto le había desintegrado la ropa al instante y lo estaba quemando como un ácido.

Cayó al suelo. Voldemort bramaba ordenándole que le sacara la piedra. Demon se le echó encima implacable y le plantó las dos manos sobre la cara al tiempo que soltaba un rugido. El cuerpo de Quirrell se desgranó como un castillo de arena azotado por un huracán.

Al espectro de Voldemort sólo le quedó una posibilidad, huir. No le resultó fácil, el chico era como un vacío absoluto que absorbía toda la magia y energía a su alrededor. Alcanzó a escapar por un pelo antes de que lo aniquilara.

El espejo estalló haciéndose añicos, el suelo empezó a temblar, las paredes se rajaron y el techo empezó a desmoronarse.

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—¡Tenemos que despertarlo! ¡Él es el anfitrión! —le gritó Silas al nuevo. La sala se estaba sacudiendo como el exterior, tenían que actuar rápido o todos iban a morir.

—¡Hey, despertate! — aulló el Gryffindor zarandeando a Harry. Silas se sumó con unas cuantas cachetadas para hacerlo reaccionar. Hasta Rose se acercó y le sacudió un hombro. Boy había empezado a chillar histérico en su armario. Entre todos lo lograron. Harry desapareció y la puerta de piedra gris se cerró de golpe con un gran estruendo, que todos alcanzaron a oír menos Rose.

Rose tambaleó exhausta, Silas la condujo a su cuarto y la ayudó a acostarse. Para cuando volvió a la sala los gritos de Boy habían pasado a ser gemidos sordos. Suspiró profundamente y se sentó al lado del nuevo; giró la cabeza para mirarlo. El Gryffindor parecía tener la misma edad que él, ojos celeste intenso y cabellos castaño rojizo, muy despeinados. Era alto y musculoso, pero más bien esbelto que fornido.

Silas hizo una mueca disgustada. —Bueno, quienquiera que seas… estuviste a punto de matarnos.

—Soy Gabriel, y no te pongas tan dramático que al final todo resultó bien, ¿o no?

—Yo soy Silas, y lo que tendrías que haber hecho es ir a pedirle ayuda a Snape. ¡Y no lanzarte como un enajenado con esos dos imbéciles a la rastra! ¡Podrías habernos matado a todos!

—¡Snape es un sospechoso! ¡No podía ir a pedirle ayuda! ¡Y esos dos "imbéciles" se desempeñaron de manera excelente! ¡Y actuaron mejor de lo que podrías haber hecho vos!

—¡Oh, callate! —le espetó Silas fusilándolo con la mirada, se puso de pie y se fue a su habitación.

Gabriel se quedó mirando la puerta de Silas durante un rato con cara de fastidio y el ceño fruncido. Finalmente él también se puso de pie y se encaminó a su habitación.

oOo

Harry se fue despertando lentamente. La luz del sol entraba a raudales por la ventana, debía de ser cerca del mediodía. Estaba en el ala hospitalaria. Lo último que recordaba era haber ido corriendo a pedirle ayuda a McGonagall… que los había sacado con cajas destempladas. Giró la cabeza y abrió los ojos grandes de sorpresa, el director estaba sentado en una silla junto a la cama.

—Señor… ¿qué pasó?

—Nada que deba preocuparte, Harry. Quirrell no se quedó con la piedra. —le aseguró. Harry no sabía qué responder a eso, así que permaneció callado. Dumbledore pasó entonces a felicitarlo, y también elogió a Ron y Hermione, por haber podido atravesar todos los obstáculos que habían puesto los profesores. Harry no sabía de qué le estaba hablando, pero era algo a lo que ya estaba acostumbrado, esas lagunas de memoria eran algo habitual para él, dejó que Dumbledore hablara y captó lo suficiente como para entender más o menos lo que había ocurrido.

—Creo que el último fue ingenioso, una de mis más brillantes ideas.

Harry le miró los ojos titilantes y frunció el ceño. —Creo… que no entiendo.

—Usé el espejo de Oesed. —explicó el director— Sólo alguien que quisiera encontrar la piedra, pero no usarla, podría obtenerla.

Harry asintió distraído, de pronto empezaba a sentirse mareado. Los rasgos del director se contrajeron de preocupación, ¿acaso se estaba por desmayar? Pero al instante siguiente se incorporó sentándose en la cama. —Perdón, señor. —dijo Silas— Me duele un poco la cabeza.

Y era verdad.

En general era necesario que Harry se retrotrajera voluntariamente para que cualquiera de los otros pudiera salir a hacerse cargo, pero Harry en ese momento había estado no del todo despierto todavía y Silas había logrado abrirse camino porque era el que más familiarizado estaba con la mecánica y supo sacarle provecho.

—No es de extrañar. —dijo Dumbledore sonriéndole afable— La experiencia que te tocó superar fue muy grave.

—¿Cuánto tiempo estuve inconsciente?

—Casi tres días. Todos estos regalos que ves aquí son de tus amigos. Van a alegrarse mucho cuando sepan que ya te despertaste.

—Pero, ¿qué pasó con la piedra?

—Ah, sí, la piedra… Debo pedirte disculpas, Harry, yo no debería haberme ido. Me di cuenta a poco de haber llegado a Londres… pero pude regresar a tiempo.

Silas dejó pasar eso, aunque tuvo que hacer un esfuerzo para contener una mueca de desdén. ¡Viejo hijo de puta manipulador! Trataba de hacerle creer que era él el que los había salvado. Silas estaba seguro de que lo había hecho a propósito, para probarlo, para ver cómo se defendía enfrentado a Voldemort. ¡Y no le había importado ponerlos en peligro! Cambió rápidamente de tema por temor a delatarse. —Entonces, ¿la piedra la tiene Ud.? —preguntó animoso.

—Se decidió que lo mejor sería destruirla. Para que no pudiera ser usada con fines malignos en el futuro. Fue una bendición que hayas estado ahí para impedirlo esta vez.

Silas dibujó una sonrisa tensa. Demon debía de haberla destruido. Sacudió ligeramente la cabeza y dijo: —Tengo una pregunta.

—Contestaré a todas tus preguntas… a menos que tenga una muy buena razón para no hacerlo… si ése llegara a ser el caso te pido que me disculpes. Mentirte no es una opción, naturalmente.

Sí, claro… si hasta te voy a creer y todo, viejo ladino, pensó Silas. Sabía que iba tener que darle una credibilidad muy condicionada a la respuesta pero preguntó igual.

—Señor, Voldemort dijo que él mató a mi mamá sólo porque ella se empecinó en no permitirle que me matara, pero, ¿cuál es la razón de que Voldemort quisiera matarme?

Dumbledore suspiró profundamente. —Oh, ¡qué contrariedad! Es la primera cosa que me preguntás y no puedo contestártela. No ahora… algún día lo vas a saber. Sería mejor que lo apartaras de tu mente… cuando seas mayor… sé que esto te debe de caer muy mal… cuando estés listo lo vas a saber.

Silas había tenido sus reparos respecto de Dumbledore desde el principio pero ahora estaba seguro… ¡lo detestaba! Igual decidió que iba a dejarlo pasar por el momento y encaró otro punto.

—Señor… en relación al profesor Snape… debo admitir que yo había pensado que era él… —dijo Silas y se retrotrajo. Salió Harry.

Fue Harry el que oyó directamente la respuesta.

—Ah… el profesor Snape. Habías pensado que era él el que había maldecido la escoba durante el partido de quidditch, ¿no? Fue Quirrell en realidad, el profesor Snape estaba tratando de salvarte con el contraconjuro. Había estado sospechando de Quirrell desde hacía ya algún tiempo, por eso lo vigilaba de cerca. Nunca dudes del profesor Snape, Harry. Yo confío en él de manera implícita.

—Eh… humm… perdón, señor. —dijo Harry que no sabía bien de qué le estaba hablando. Debía de ser otra de esas lagunas.

—Por mi parte, te ruego que perdones sus actitudes duras. Se originan en la antipatía que existía entre tu papá, James, y él. Era muy parecida a la que existe actualmente entre el señor Malfoy y vos. Se hacían bromas crueles y se insultaban con frecuencia. Y en una oportunidad James hizo algo que Severus nunca iba a poder perdonarle.

—¿Qué fue lo que pasó? —preguntó Harry abriendo los ojos de sorpresa.

—Tu papá le salvó la vida.

Harry pestañeó con desconcierto.

—A veces es muy extraño la forma en la que actúa la mente, ¿no? El profesor Snape no podía soportar estar en deuda con tu papá. Creo que este año se esforzó tanto por protegerte porque lo veía como una manera de pagar la deuda que tenía con James, para así poder seguir odiando su memoria a sus anchas pero sin remordimientos.

Harry hizo un esfuerzo para entender lo que le acababa de decir pero era demasiado para él y se dio por vencido. Dumbledore se fue poco después. Por fortuna, la mayoría de las preguntas que se le habían planteado fueron contestadas más tarde por Hermione y Ron. Ellos le contaron con detalle toda la aventura. Hermione le dijo que no se preocupara demasiado por no acordarse, aunque tanto ella como Ron se mostraron un poco decepcionados de que no pudiera relatarles lo que había pasado en la última cámara. Pero dadas las circunstancias, era entendible. Hermione le confió que madame Pomfrey le había dicho que el enfrentamiento con Quirrell lo había drenado muy severamente de magia.

En realidad, a Harry no lo molestaba no acordarse. Se acordaba de la confrontación que había tenido con Voldemort en el bosque y para él eso ya era más que suficiente. Durmió muy profundamente esa noche y la mayor parte del día siguiente. Cuando se despertó se sentía mucho mejor y convenció a madame Pomfrey para que le permitiera ir al banquete de despedida.

Fue una suerte que pudiera estar presente, pero se ruborizó cuando Dumbledore otorgó los puntos de último momento y los colores de la decoración cambiaron de los de Slytherin a los de Gryffindor. Pero probablemente fue la mejor noche de su vida, de las que él se acordara al menos. Había sido tan gratificante como ganar al quidditch.

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