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Un café por la mañana
Él lo mira, y como es, sabe que su amigo tiene llena la cabeza de amor. No entiende bien, de hecho no lo intenta porque los años anteriores el tema era el mismo.
El mundo de su amigo Arnold Shortman estaba lleno de color pelirrojo, el cabello de la bella campirana por la que todo el mundo sonreía y suspiraba.
— Tal vez para variar deberías intentar hablar con ella.
Se le escapó entre los labios la sugerencia, para después cubrirse con ambas manos la boca y buscar alrededor por unos cabellos rubios. Suspiró aliviado al darse cuenta que Helga Pataki no estaba por ahí.
No sabía si sentía culpa o responsabilidad.
Pero el sentimiento que le oprimía el pecho estaba ahí. Le dio un suave golpe en el hombro a su mejor amigo, quien dejó el libro que tenía ante sus ojos y se giró a verlo. Sus ojos verdes, suaves y penetrantes, amables pero molestos. Últimamente su carácter contrastaba con su naturaleza pacífica.
— ¿De qué estás hablando?
— De Sawyer, mírala — Johannsen indicó con su mirada a la campirana, formada para pedir un té mañanero en la cafetería de la universidad — este es nuestro primer año como estudiantes universitarios y aún no consigues que ella salga contigo.
Arnold cerró el libro, lo guardó en su mochila y se levantó del asiento donde compartía mesa con él.
— Me parece raro que tú, el más observador no entienda nada.
El rubio se alejó en dirección a Lila, Gerald no supo qué pensar, porque en realidad no entendía nada. De pronto siente la presencia de alguien más, gira rápido sabiendo sin mirar, que es ella. Su fragancia, su energía, sus colores. Él podría reconocerla ya donde fuera.
— ¿Molesta Geraldine?
La chica tiene la mirada azul perforando a la pareja frente a ellos, se gira a verlo a él y un escalofrío le recorre la espalda. Pero lo ignora y no despega su mirada de los orbes celestes.
— Déjame Geraldo, no es de tu incumbencia y aun así tengo que soportar que le des consejos a ese tonto cabeza de balón.
— Tal vez por ese mismo motivo deberías tratar de complacerme más.
Helga apretó los puños, chirrió los dientes y apartó la mirada. Furiosa estaba, eso era obvio, pero incluso él tenía que admitir que hasta esas reacciones le parecían lindas.
— Si no supiera tu secreto, no creo que pudiera decirte lo linda y peligrosa que te ves cuando te corrompen los celos.
Un sonrojo, casi breve, aparece en la cara de la chica que está frente a él. Y también por un momento siente que ha dicho algo comprometedor.
— Voy a hacer que tu cara se vea más linda cuando termine de arreglarla a golpes.
Él lo nota, lo siente en su mirada. Esa fachada es solo dolor.
— Pero en realidad es triste ¿Verdad?
— Lo es, pero no es como si lo entendieras. Un amor unilateral…
— Lo comprendo — contestó él sorprendiéndose a sí mismo y a ella — Yo también…
Pero no pudo terminar, sintió un ligero golpe de hombro y se viró asustado al ver a su mejor amigo a su lado, con dos vasos de cafés.
— Helga, iba a buscarte. Aquí está tu café. Doble azúcar, caliente pero sin exagerar. Supe que hoy es tu exposición. Ánimo.
Geraldine da un ligero brinco, un sonrojo le cruza el rostro y toma el vaso casi con prisa.
— ¡No hace falta que me lo digas Camarón con pelos!
Ella se aleja, con las orejas rojas. Gerald apenas comprende, pero pierde la realidad cuando se gira para notar el rostro de su rubio amigo de la misma forma. Esta vez sí que no entiende nada.
