No podía conciliar el sueño, simplemente no podía... Se le antojaba impensable después de todos los acontecimientos recientes. Aún seguía dándole vueltas a su encuentro con el dragón azabache y aquella voz cristalina, que impidió a ambos que se asesinasen entre ellos.
No dejaba de pensar el por qué de las acciones del misterioso personaje. A fin de cuentas, si sabía que aquello iba a suceder... Que el dragón estaría a punto de matarlo, ¿por que interfirió cuando iba a deshacerse de él? ¿Esa persona era del poblado? Si lo era... ¿por que no había intentado hablar con él? Y si era un visitante en estas tierras... ¿ por que no se acercó a la aldea? No había ninguna otra en esta maldita isla alejada de la mano de Dios. Por más que lo meditase y le diese vueltas, no lograba encajar las piezas y mucho menos encontrarle sentido alguno.
No dejaría de comerse la cabeza con el asunto hasta que se hiciera con una respuesta, por lo que, aunque sus posibilidades fueran escasas o prácticamente nulas, pensaba volver a husmear por el bosque, en busca tanto del dragón como de cualquier otro misterioso visitante...
Y con ésto en mente, comenzó a hacer planes, preparándose para su partida.
Al día siguiente, rehízo sus pasos hasta donde todo había sucedido el día anterior. Caminó y caminó hasta casi darse por vencido... justo hasta el preciso instante en el que unos atronadores gruñidos invadieron el lugar y aquellos sonidos captaron su atención totalmente. Se abrió camino como pudo por entre la espesa maleza, que se había adueñado de aquella parte del bosque concienzudamente y se detuvo en seco al borde de un saliente, observando el terreno que se extendía bajo su vista... El mismo en el que el dragón de sus pensamientos se debatía enloquecido.
"Pero... ¿por qué no sale volando?" sopesó en un susurro para si mismo.
No entendía nada, pero estaba claro que para el dragón aquella situación le estaba suponiendo un auténtico martirio, dada la forma desesperada por la que se paseaba de un lado a otro. Parecía encolerizado.
Poco tiempo después, se echó derrotado cerca de la laguna que había allí abajo.
Los pensamientos y sentimientos contradictorios de Hipo, se arremolinaban en su mente, al punto de agobiarle.. Sentía lástima de aquel ser.
Comprobando que el espectáculo se había terminado por hoy y que ya estaba anocheciendo, el joven castaño se dispuso a hacer su camino de vuelta a casa, confuso. Sin percatarse de la presencia que le observaba cobijada en las ramas de un árbol desde allí abajo, en la misma cárcel de roca en la que se encontraba el dragón.
La joven había estado observando al muchacho con sus ojos cristalinos desde que el joven llegó a aquel lugar y se había puesto a espiar. Sentía curiosidad por sus motivos, al igual que el muchacho parecía sentirla por el enloquecido dragón.
Si tanto miedo había pasado el día anterior, cuando tuvo que suplicarles a ambos que se detuvieran en sus propósitos, ¿por que volver ahora en su busca? ¿ Pretendía cambiar su decisión?
Una vez el joven se perdió de vista, la chica, exhausta y débil como se encontraba, bajó como pudo del árbol y se encaminó descalza hacia la joven bestia negruzca.
Se detuvo al otro lado de la profunda laguna frente al ser, y comenzó a meterse en el agua. Dejándose flotar y arrastrar por la corriente de aquellas aguas subterráneas que sustentaban la profunda laguna, meciéndola suavemente.
La criatura extrañada por su presencia y sus acciones, no dejó de observarla ni un sólo segundo con recelo, como era de esperarse. Sin embargo no había hecho ningún movimiento hostil ante la presencia de la joven.
La muchacha, nadó aproximándose a la orilla y comenzó a lavarse su larga melena rubia, se desprendió de los pedazos de tela que poseía como único atuendo, atados alrededor de su busto y su cintura, y frente a la mirada incrédula del dragón negro, comenzó a lavar su ropa y a asearse, dejando transcurrir el tiempo hasta que la criatura se acostumbrase lo suficiente a su presencia.
De modo que así, le permitiese acercarse y poder examinarlo. Era el único modo de que no le atacase cuando intentase sanar sus heridas, en caso de que pudiera hacerlo.
Cuando casi había terminado sus quehaceres, un torrente de burbujas irrumpió en la paz de la laguna, sobresaltando al dragón y poniéndolo alerta.
Una sombra blancuzca estaba emergiendo lentamente de las aguas, haciendo su camino hacia la superficie. Y antes de que la muchacha se diera cuenta, una cabeza con dos grandes cuernos asomó por entre las aguas, seguida de un par de patas de enormes garras. Un dragón blanquecino se dirigía con pasos lentos y firmes salpicando agua por todos lados, sin detener su camino hacia la joven rubia. Y poco antes de que pudiera quedar un paso a espaldas de ella, el furia nocturna se interpuso en su camino, para sorpresa de la joven.
El malherido dragón negruzco le mostró amenazante los dientes a la desconocida criatura, acompañando sus acciones con un gruñido de advertencia. Parecía ser que el negro dragón no había pasado por alto las atenciones de la muchacha la noche anterior cuando, mientras creía dormido al dragón, se acercó a él lo poco que pudo y depositó un enorme montón de pescados a su alcance, para que éste pudiera así alimentarse. Hasta entonces, era lo máximo que había logrado aproximarse a él.
El dragón blanco bufó ante las provocaciones de su rival, sacando a la joven de sus cavilaciones. Si no hacía algo, ambos lucharían por una equivocación, asi que con todo lo rápido que sus piernas le permitieron moverse, se plantó en medio de las dos bestias, impidiendo la reyerta y recibiendo incrédulas miradas por parte de ambos.
Alzó su mano izquierda, y la posó sobre el hocico del dragón blanco, mientras que dejaba la derecha suspendida en el aire, frente al morro del dragón oscuro.
"Lexaeus, no iba a hacerme daño, me estaba protegiendo porque creyó que tu me atacarías" Dijo la muchacha en la lengua de los dragones, de forma que ambos seres la entendieron perfectamente. Mientras, miraba a los ojos de su fiel amigo y se aproximó para abrazarlo con una dulce y cansada sonrisa en el rostro.
El dragón negro, al haber comprendido la situación, estaba ya de camino a su sitio cuando la muchacha dirigió sus atenciones de nuevo a él. Cogiendo uno de los peces que su ira celestial acababa de pescar, se dirigió a él.
Acuclillándose frente a su forma y situándose muy cerca de su cabeza. En el instante en el que iba el alimento en el suelo, el furia nocturna, comprendiendo que no la joven no le haría ningún daño, lo cogió directamente de su mano ronroneando y rozando su cabeza contra la mejilla de la muchacha en el proceso. En señal de agradecimiento, soltó aire por la nariz y la despeinó en el proceso. Cosa que hizo reír a la muchacha, que en todo momento se encontraba bajo la atenta mirada del desconfiado Lexaeus.
