Primer Capítulo:
Las feroces bestias la miraban con sus diminutos ojos fijamente, ella presa del pánico se quedó helada en la misma postura que tenía al momento que las extrañas criaturas se pusieran delante de ella. Sabía que debía hacer algo, tanto su instinto humano como vampiro se lo decía pero algo entre esas cosas le hacía entender que mientras estubiera quieta y no hiciera nada no correría ningún peligro.
El tiempo pasaba y las piernas le comenzaron a temblar, el corazón le palpitaba con fuerza sobre el pecho y unas pequeñas gotas de sudor le resvalaron por la frente hasta caer sobre el suelo.
La bestia más grande de todos abrió las aletas de la nariz, gruñó y en pocos sengudos los cuatro animales desaparecieron de su vista. Aún con el temor en el cuerpo y después de haber pasado unos minutos seguía en la misma postura, esperando caer en el suelo y emitir algún quejido de lo normal, pero sabía que si lo hacía se metería en un grave problema.
Al fin sus piernas sedieron ante su peso y calló al suelo con la respiración agitada y intentando calmar cada parte de su cuerpo antes de caminar hacía su hogar. Que si no se equivocaba ya estaría lleno de sus queridos familiares preocupados y emocionados por su clase de ese día.
De golpe comprendió que era una estudiante y que tenía tareas por hacer. Se levantó del suelo y corrió hasta dónde estaba su mochila y zapatillas tiradas en el mismo lugar dónde ella misma las había dejado. Al ver todo tal cual como estaba y sin un más mínimo cambio tuvo un repentino escalofrío y en poco tiempo su nombre resonó por todo el camino que no había cogido antes.
- ¡Reneesme!- la voz musical de Bella le llamó desde el interior de la casa. Ella sabía que nisiquiera había alzado la voz las décimas necesarias para un reproche humano. Trago saliva y se calzó los zapatos y mochila.
Antes de entrar a la casa se atusó el pantalon lleno de tierra, hojas y un poco de moho luego se ordenó el cabello en la coleta, se llenó de aire los pulmones y abrió la puerta.
La imagen de sus abuelos paternos, tios y tias y padres en el porche era escalofríante y al mismo tiempo maravillosa. Tanta personas hermosas juntas no era una buena señal. Ni siendo humana ni híbrida.
No fue necesario que hablara, ni tampoco que mostrara cara de ángel. El rostro de Edward se crispo de rabia al usurpar la mente de su hija. Comenzó a caminar de un lado a otro de la sala agitando las manos en el aire y dejándo claramente nervioso a los demás. Bella por su parte le sujetó la mano a su hija y con rostro maternal, encanto maternal y palabras maternales le hizo contar totalmente la verdad.
Conto todo, exeptuando la parte de las grandes bestias peludas que prefería omitir en esa conversación. Ya tendría con lo que sabía como mínimo un mes entero de trabajos a la comunidad familiar.
- ¿¡Cómo se te ocurrió meterte por ahí!?- jadeó Edward cuando al fin se sentó al otro lado de la habitación y aún con las manos fuertemente cogidas entre si para reprimir algún golpe que dañaría sin ninguna duda el caro inmobiliario. Pero por experiencia, sabía que eso carecía de importancia. En lo que llevaba de mes el recuento de camas compradas había superado los cincuenta en cada uno.
- Fué algo expontáneo...- se justifico ella. Miró a Alice que tenía el seño fruncido intentando averiguar algo que ella no hubiera contado.- Simplemente salió...
Edward aún seguía sulfúrico cuando le sirvieron la cena en la cocina, sus manos se pasaban de su pelo, a la mesa, de la mesa a su pelo después sus ojos iban de su hija a su mujer, de su mujer a su hija. Bella un tanto arta por el papelon de su marido se levantó de la mesa lo sujeto de la mano y al acto Reneesme supo que debía agregar un uno al recuento de cama de sus padres.
Se quedó medio sola en la cocina. El medio era porque el gran fortudo y preferido tio Emment se encontraba en el jardín intentando mantenerse al margen de las peleas familiares y conyugales.
Derrotado entró en la cocina, se sentó al lado de su sobrina y la comenzó a observar con los ojos claros y nada hambriento. Por muchos años que pasara con ellos aún le ponía nerviosa esas profundas miradas...
- No hice nada malo...- suspiró al saber que su tio no iba a hablar.- Solo di una vuelta...
- Eso no te lo crees ni tu...- soltó en una risotada.- Sabes que puedes contar conmigo...- le animo.
- Contigo cuento, pero cuando mi papá te saqueé la mente...
Bufó molesto ante la inteligencia de la niña y inconforme se levantó de la mesa. Antes de que este se marchara ella le sujetó del brazo y le pasó con imagenes borrosas los sentimientos que había sentido aquella tarde. Solo los sentimientos... las imagenes se decantó por hacerlas borrosas.
Al ver aquello Emment bajó la mirada hasta su sobrina y le acaricio la cabeza de forma de agradecimiento. Sabía que entre la familia esa noche tendrían una larga charla para averiguar aquello que ella no les quería contar.
El día fue igual que el resto de la semana. Tapado, lluvioso y totalmente aburrido. Los deberes cada día eran más difíciles de resolver y su orgullo le impedía recurrir a ayuda de sus padres. Ella sola podía hacerlo.
Su reloj de forma de huevo marcaban las cinco pasadas y el ejercicio de matemáticas seguía igual que en la clase de esa mañana. La hoja estaba comenzando a romperse y sabía que si volvía a borrar todo su laborioso trabajo de orden se iría al garete. Enojada lanzó el libro al suelo y lo comenzó a patear, en ese mismo instante Esme- su abuela- entró en la habitación con una taza vaporienta de chocolate caliente. Al ver semejante berrinche de su nieta y el libro en el suelo sonrrió.
- Seguro que en el instituto aún estará algún profesor que te podrá ayudar...
Se metió la mano en el bolsilló y le lanzó las llaves del pequeño citroen de color verde. Su abuela era la persona más cariñosa del mundo, se llevaba bien con ella y era con la única que más o menos se sentía identificada. Esme nunca había sido buena en el colegio.
Con la calefacción al máximo y una triste canción en la radio le hecho gas al motor y arrancó hasta su instituto. Como había dicho Esme el coche de el profesor de matematicas aún estaba estacionado en la entrada. Aparcó en el lugar más cerca de la entrada y se bajó. Se enganchó la mochila y entró dispuesta a entender esa bendita ecuación que no la dejaba vivir.
Lo busco por todo el antro, pero ni rastro de él. Frustrada se paró en el bar, se compró una cocaola con extra de cafeína y se sentó a empollarse el problema. No se iría hasta resolverlo.
Ya había pasado media hora y había logrado despejar solo la primera x y aún quedaban varias ies.
Frustrada volvió a lanzar el libro al suelo y cuando estaba apunto de pisarlo un olor horriblemente particular le perforó la nariz...
