Buenas tardes a todos, aquí Saphira con un nuevo capítulo de Chronicles. Ya estaba sufriendo por no poder subirlo hoy w"

Muchas gracias a X-JaneElder-X y a nene5623 por sus reviews

No quiero spoilear mucho del capítulo, solo que aquí se sabrá algo más sobre el antagonista de la historia

(Espero que sus fans no me maten por esto nwn")

Dentro capítulo ^^

Disclaimer: Hetalia© le pertenece a Hidekaz Himaruya, este fanfic es sin fines de lucro ^^


Capítulo 2

994

REINO DE CORAZONES

Amanecía en el palacio del reino de Corazones el Rey, Ludwig Beilschmidt, despeinado y con un pijama consistente en una camisa blanca y sus interiores. Entraron las sirvientas para prepararle el baño y las ropas que llevaría aquel día. Era un día especial, su mejor amigo volvería después de varios años de entrenamiento. Se preguntaba cuánto habría cambiado, si seguiría siendo tan infantil como lo recordaba, si había madurado…

Centrado en sus pensamientos como estaba, entró al baño. Todo estaba a su gusto, la ducha, los dos jabones que utilizaba y el cuenco con clara de huevo que utilizaba siempre para fijarse el cabello. Su hermano mayor siempre decía que era algo innecesario, que sin aquello también lucía tan asombroso como él, pero seguía sin gustarle. Demasiado tiempo pasó despeinado cuando era un crío, quería dejar eso atrás.

Entró en la ducha y abrió el grifo del agua caliente. Ya les gustaría tener a los de Tréboles ese lujo tecnológico. Eran los únicos que tenían los dispositivos de agua caliente, que optimizaba el consumo y ahorraba litros de agua y el carbón necesario que normalmente gastarían para un simple aseo. Aunque tampoco debía menospreciar de esa forma al reino que deseaba la supremacía sobre los otros tres.

Aquella situación le daba dolor de cabeza. Es cierto que cada reino tenía su ejército y sus espías, asesinos, etc., pero aquello ya pasaba de castaño a oscuro. Con un suspiro, cambio la temperatura del agua y la puso completamente fría. Aquello ayudaba a guardar el calor del vapor y activaba la circulación. O eso le había dicho Kiku. En todo caso, ya lo había hecho costumbre, y además ayudaba a despejarse y a despertarse. Cogió una toalla y se la colocó en la cintura. Cogió otra y fue sacudiéndose el pelo y secándose el cuerpo mientras miraba su imagen en el espejo.

Su corto pelo rubio, sus ojos azules, la sombra violeta debajo de los mismos, su mandíbula cuadrada, sus hombros anchos, su musculatura. Su cuerpo, más que ser el cuerpo de un aristócrata, era el cuerpo de un soldado, un soldado que no había luchado en su vida, salvo para entrenar con su hermano. A veces se levantaba por la mañana con ganas de coger una espada y empezar a dar golpes sin ton ni son. Aquellas mismas veces que se levantaba con una única imagen en la cabeza: los cuerpos desmembrados de las personas que poblaban su reino, los estandartes anteriormente rosas ahora eran rojos, teñidos por la ira y el miedo, el odio, que apresaba su ser contra la única figura que no se teñía de rojo, que mantenía su color original, brillantemente inmaculado.

En aquella imagen, él avanzaba hacia esa figura, para desentrañar quién era aquel ser del inframundo, que sostenía algo en sus manos, tan rojo como el mismo suelo que pisaba. Ludwig avanzaba, con paso seguro, sin detenerse a contemplar la masacre a su alrededor. Por fin pudo ver el color de la figura, y ya casi podía distinguir el objeto en sus manos.

Verde.

Verde y una maraña de pelo castaño.

Verde y una maraña de pelo castaño del que sobresalía un rizo.

Verde y una cabeza que conocía perfectamente y sabía a quién le pertenecía.

Vio una mirada violeta, acompañada de una siniestra sonrisa, sin una marca de sangre, con la insignia del reino de Tréboles.

Ludwig abrió los ojos y vio que el espejo en el que se contemplaba hacia un rato yacía roto, algunos pedazos en el suelo y su mano ensangrentada. Había vuelto a soñar despierto. Había hablado con Kiku sobre ese sueño, que se repetía miles de veces, algunas noches sí, otras también, y el resto simplemente eran noches de insomnio en las que se ocupaba de leer o de hacer cosas que pudieran agotarlo hasta caer inconsciente.

Algo mareado, se sentó en el borde de la cama, y agachó la cabeza.

¿Por qué?, ¿Por qué seguía con aquella imagen en la cabeza?, ¿Qué significaba?

Algo más recuperado, se vistió con la ropa que dejaron las sirvientas. Una camisa algo holgada, un chaleco de tonos rojizos de cuero rígido, unos pantalones marrones y unas botas altas de cuero. Se peinó y se echó sobre el pelo la clara de huevo y se colocó la corona. Cogió la capa rosa que había sobre una de las sillas y se la colocó por encima. Una última mirada al espejo roto, y la imagen que le devolvió uno de los trozos que aún quedaba en el marco le resultó satisfactoria.

Salió al pasillo y se dispuso a ir al comedor, donde seguramente lo estarían esperando.

Y así fue, su hermano mayor, Gilbert Beilschmidt, uno de los dos Joker del mundo, quienes se suponía que debía procurar que la guerra no estallara entre los reinos junto al otro Joker, pero que habían fracasado estrepitosamente en su misión, estaba sentado donde siempre, a la derecha de la cabecera de la mesa. A su lado estaba Xiao, el As de Corazones, también el hermano pequeño de Kiku, quien estaba a la izquierda de la cabecera de la mesa. A su lado el resto de los asientos estaba vacío.

- ¿Dónde están Yong Soo y Mei? – preguntó Ludwig alzando una ceja.

- Buenos días Ludwig-san, hoy han salido a entrenar, desayunaron temprano – respondió Kiku con formalidad. – Nosotros le esperábamos, pensábamos que le había pasado algo al tardar tanto.

- Primero, no me trates con tantos formalismos Kiku, que prácticamente somos amigos de toda la vida – dijo Ludwig mientras se sentaba. – Segundo, lo único que me ha pasado es la pesadilla de siempre.

- Kesesesese, empecemos a comer ya, ¡Me muero de hambre! – dijo el albino mientras atacaba uno de los pasteles que habían servidos.

- O sea, yo también tengo hambre y no ataco así la comida hombre – dijo el chico sentado a su lado.

Comenzaron a comer, y hablaron de los deberes que debían cumplir aquella mañana. Kiku pensaba hacer junto a Mei un recibimiento acogedor para los dos chicos que volvían aquel día, por lo que, terminando su parte del desayuno, fue a buscarla en la sala de la armería. Ludwig, Gilbert y Xiao se quedaron desayunando un poco más.

- ¿A qué hora llegarán Feliciano y Lovino? – preguntó Ludwig mientras sorbía lo que quedaba de su zumo.

- Como que, ni idea – respondió por un lado Xiao.

- Creo que llegaban algo antes de la hora del almuerzo – dijo Gilbert. - ¿Por qué lo preguntas Lud?

- Para ver si me da tiempo de firmar los tratados de comercio que dejé pendientes ayer – respondió el Rey. – Además hoy vienen algunos inventores a presentar sus proyectos para que los financie, por lo que será un día movido – terminó de decir y se levantó. – Nos vemos luego entonces.

Cuando vieron que Ludwig ya se había alejado lo suficiente, Xiao miró al Joker y le preguntó:

- O sea, ¿Por qué no se lo has dicho?

- Prefiero decírselo cuando ya lo tenga todo listo, así me podré ir sin que nadie me diga nada – dijo él. Xiao se encogió de hombros y fue a entrenar con Yong Soo, quien prácticamente estaba solo en la armería. Y dejarlo allí sin supervisión con tanta arma era más peligroso que dejar la pólvora a su mismo alcance.


- ¡Hermano!

Dos chicos venían a caballo por el camino. Vestían con dos túnicas blancas, con cinturones negros y armados hasta los dientes. El que iba primero, de ojos verdes oliváceos y cabello castaño oscuro, con un rizo sobresaliendo del lado derecho de su flequillo, con el ceño fruncido, volvía la cabeza hacia donde estaba el otro chico, quien era exactamente igual a él salvo porque sus ojos eran de un color ambarino, un rizo sobresalía de su cabeza por la izquierda y su cabello era de un castaño más claro.

- ¿Qué? No tenemos todo el día, acelera si quieres comer hoy – dijo con voz grave. El chico que le seguía hizo que su caballo apretara el paso, y se colocó al lado de su hermano.

- Lovino, hermano, ¿qué crees que habrá para comer? – preguntó el chico.

- Pues no sé, pero espero que no haya patatas. Las he acabado odiando – repuso el que parecía el mayor con cara de asco.

Pasaron algo de tiempo callados, mirando el camino, el sol les daba en plena nuca, calentando sus cabezas. El menor se colocó la capucha de la túnica que vestían ambos jinetes, y el mayor ya llevaba un rato con la suya puesta. La vegetación que los rodeaba era escasa en árboles, lo único que había era arbustos y pastos. Pronto llegaron al terreno que los granjeros cuidaban con tanto mimo, los primeros cultivos de trigo se podían ver, y con ellos los jornaleros que se les quedaban mirando.

Y no era de extrañar, puesto que nunca habían visto a dos extranjeros con túnicas blancas con cinturones negros que ocupaban medio torso y con aquellos cuchillos y espadas sujetas al cinto. El menor, que volvía a estar algo más rezagado, se quedaba mirando por debajo de su capucha a algunos cultivos, intentando recordar de que podrían ser. Alguien le enseñó a él, a su hermano y a dos chicos más, que sabía quiénes eran, pero que apenas lo único que podía recordar era que uno era rubio y de ojos azules y que el otro era más bien moreno con ojos castaños, los tipos de plantas y cultivos que en el reino crecían. E intentando recordar aquellas lecciones se quedaba mirando cada cultivo un buen rato, hasta que la bombilla se encendía y recordaba cuales eran.

Cuando quiso darse cuenta, Lovino ya estaba muy lejos, tanto, que cuando lo llamaba ni lo escuchaba apenas. Puso a galope a su caballo, y sin volver a prestar más atención a su alrededor, dio alcance a su hermano, quien tampoco se había dado cuenta de que Feliciano, que era el nombre del jinete despistado, se había quedado mirando los cultivos.

- ¿Se puede saber qué demonios estabas haciendo, idiota? – preguntó al ver que el otro estaba despeinado y su caballo resollaba.

- Ve~ … estaba mirando los cultivos y adivinando cuales eran, ¡he adivinado diez de diez, hermano! – dijo el otro con una gran sonrisa en su rostro.

- ¡Si sigues así no vamos a llegar nunca, maldición! – casi grita el mayor.

El menor fue a apresurarse una vez que vio que su hermano estaba ya impaciente por llegar y quitarse el sol de la nuca. Aunque Lovino prefería cualquier otro destino antes de la capital del reino de Corazones, ya que prácticamente no se llevaba bien con nadie. Tenía la firme creencia de que en Picas podría tener un futuro, pero ya la corte estaba… ¿cómo decirlo?... vacía. A pesar de la gente que sabía que vivía en el palacio de Picas, allí había una atmósfera que decía que faltaba algo, y no era para menos. Doscientos años sin Reina, y así parecía que seguiría.

En Tréboles había una atmósfera bien distinta, una atmósfera con la que había convivido aquellos años, una atmósfera de dolor, de miedo, de cosas horribles que imaginaba que poblarían hasta las pesadillas del Rey de Tréboles. El sitio de donde volvían estaba en decadencia, por mucho que las industrias de la minería y el ejercito que tienen avancen en sus respectivos campos, se notaba que socialmente estaban en decadencia. ¿La razón? Las ropas que llevaban algunas mujeres, rota, sucia, llena de polvo, apenas abrigando a pesar de las capas y capas de harapos que llevaban encima. Muchísimas mujeres morían apenas llegaban a los treinta. Era muy triste.

Los hombres del reino de Tréboles malvivían con sus harapos, pero tenían más suerte que las mujeres. En las minas estaban más a cubierto de las inclemencias del tiempo. Apenas podían alimentarse de gachas de avena y trozos de pan que aun duros, el día que había pan en la mesa de las familias que a duras penas aun podían respirar bajo aquel tiempo nevado, siempre nevado, era una bendición del cielo.

El mayor iba sumido profundamente en sus pensamientos, y el menor no le interrumpió. También estaba en su mundo, recordando aquel reino que habían dejado atrás. Habían aprendido a defenderse y a luchar, y también a sobrevivir, y a no confiar en nadie. El hombre que los había acogido al principio les había dicho que eran rebeldes, que luchaban contra el rey, quien a su vez los combatía con un clima aún más frio, cada vez más frio. Si aquello seguía así, ya no viviría nadie, sus cuerpos en las calles, conservados en la nieve y el hielo. Los únicos supervivientes serían los que Vivian en las minas, los sirvientes del palacio, y los grifos, que al menos tenían alas y podían volar a climas más cálidos.

Las condiciones en las que habían vivido eran duras. Ropas blancas y acolchadas con las que camuflarse en la nieve. Comida apenas caliente, dormir en el suelo. Noches en los tejados, cada vez más cerca de la fortaleza. Sus amigos, caídos ante el ejército y una mirada violeta. Cabezas colgando, conservadas, los ojos viendo sin ver.

En estas cosas pensaban aquellos dos jinetes cuando llegaron a la entrada de la capital. Miraron en su asombro las murallas, altas, sin imperfecciones. Perfectas para aguantar asedios y, sin embargo, guardaban unos habitantes pacíficos, que nada sabían de aquellos vecinos que compartían con el Reino de Diamantes. Ambos compartieron una mirada, ¿cuánto tiempo habían estado sumidos en sus pensamientos, como para no darse cuenta de haber llegado a su destino?

El menor esbozó una sonrisa, ¡pronto podría volver a ver a sus amigos! Les contaría sus aventuras, los amigos que habían dejado atrás, y que seguramente seguirían vivos, ya que eran tan agiles como habilidosos como ellos mismos. Aún recordaba la despedida, la mirada apesadumbrada de Kiku, el abrazo de Ludwig, y el deseo de que volviera sano y salvo. Deseo que había cumplido.

Ambos hermanos entraron dentro de las murallas, uno con más alegría que el otro, y fueron avanzando por el pueblo. El contraste y las diferencias con el reino de Tréboles no se hicieron esperar. El color y la vida eran lo que más resaltaba ante ellos, los sonidos, canciones y música, guirnaldas que decoraban los puestos comerciales de objetos imposibles, que solo ocuparían las mentes más descabelladas y locas que poblaban aquel reino. No en vano era el reino del arte y donde los inventores podían crear mil y un artefactos con los que facilitar la vida no solo a sus vecinos, sino también a los otros reinos, con los que podían comerciar.

Desde luego, allí la calidad de vida era mucho más digna, y los habitantes más felices. Veían los pregoneros, algunos guardias que vigilaban que no hubiera ningún problema y que los miraba de reojo. El mayor de ellos miraba los edificios, buscando los mejores sobresalientes para asirse en caso de hacer falta alguna que otra guardia desde las alturas, mientras que el menor miraba con interés algunos cuadros que veía en algunos puestos.

Siguieron avanzando por la avenida principal, hasta la entrada de palacio, donde les esperaban dos chicos. Los dos eran altos, uno más llamativo que el otro, pero ambos resaltaban. El que más llamaba la atención era sin duda el albino de ojos rojos que vestía de negro, llevando una espada al cinto, con una sonrisa y que los miraba. Los hermanos sabían quién era, y se sintieron algo extrañados de que fuera el Joker el que les diera la bienvenida a palacio. La otra figura que los recibía era un moreno, alto, moreno, con un característico rizo como el suyo, pero aún más raro, ya que el de los hermanos no tenían algo que parecía una cara sonriente. Aquel chico también sonreía de forma extravagante como el albino, aunque poseía unos ojos almendrados ahora que se fijaban mientras iban avanzando.

Llegaron a su altura y el menor de ellos se apeó de su montura y fue corriendo a abrazar a Gilbert, quien reía con su característica sonrisa y recibió al pequeño moreno.

- Kesesesese, Feli, ¡cuánto has crecido!, ya casi eres tan grande como mi asombrosa persona – dijo el albino mientras lo abrazaba.

- Y más que vamos a crecer imbécil – respondió Lovino mientras bajaba de su caballo y antes de que Feliciano pudiera decir nada en respuesta.

- Vamos, vamos, no hace falta pelearse – intentó calmar el chico con un rizo parecido al de los hermanos. – Creo que no nos conocemos, mi nombre es Im Yong Soo, soy un primo de la Reina, ¡y todo lo que veis lo hice yo! – se presentó aquel chico tan extraño. La verdad era que nunca antes habían visto ropas como las que llevaba Yong Soo, como se había presentado. Un nombre tan raro como el mismo.

- ¿Qué tipo de ropa lleváis? Son bastante raras y llamativas – comentó Gilbert mientras alzaba una de sus cejas.

- Ve~ son túnicas, donde fuimos a entrenar hacía falta ropa especial – dijo Feliciano. – Hacía muchísimo frío Gil – dijo el menor.

- Vamos a dentro, me estoy asando dentro de este puto traje – dijo Lovino con voz seca. No era para menos, lo que más quería era cambiarse efectivamente y descansar.

Gilbert y Yong Soo guiaron hacia el interior a los dos menores. Ambos miraron a su alrededor asombrados. No parecía que hubieran pasado cinco años desde que se fueran, todo parecía estar donde lo habían dejado. Los dos no dejaron de ver a su alrededor, y Lovino tenía bastante cuidado de que Feliciano no se perdiera. Era muy capaz de aquello, y cada vez que lo veía intentar irse por un pasillo diferente lo cogía de la capucha y lo ponía a su lado. Por fin llegaron a un gran salón, en cuya pared del fondo había tres asientos. Dos de ellos estaban ocupados por dos hombres, uno alto y rubio y el otro más bajo y moreno. El tercer asiento, con una J en su respaldo, permanecía vacío.

Feliciano esbozó una de sus grandes sonrisas y fue corriendo hacia las dos figuras que permanecían sentadas en los tronos. Al oír el barullo, tanto Ludwig como Kiku giraron la cabeza, y abrieron los ojos como platos. Corriendo hacia ellos estaba su gran amigo de la infancia, que había estado ausente durante cinco largos años, y que ahora volvía como si el tiempo no hubiera pasado. No parecía haber cambiado en nada, pero Kiku fue capaz de ver algo distinto, algo que no encajaba bien del todo en el Feliciano que recordaba.

Apenas pudieron ponerse en pie, cuando del impulso se volvieron a sentar, el menor de ellos los abrazaba con fuerza, riendo con auténtica felicidad al verlos.

- ¡Ve~ ve~ os he echado de menos chicos! – les dijo el castaño al aflojar un poco el agarre. Kiku empezó a revolverse incómodo, ya que no estaba acostumbrado a las muestras de afecto del menor.

- ¿Qué tal ha ido el viaje, Feliciano-san? – preguntó Kiku una vez que se vio libre de los brazos del menor.

- Ve~, ha ido muy bien, al principio tuvimos que cabalgar porque nos siguieron unos hombres malos – dijo el menor con cara de miedo y empezando a temblar. – Por suerte mi hermano y yo pudimos huir de ellos, ¡y no hizo falta que sacara mi bandera blanca, ve~! – terminó de decir con una sonrisita. Lovino suspiró con cansancio.

- Majestades, si me disculpáis, me gustaría ir a mi habitación para tomar un baño y cambiarme – dijo intentando ser respetuoso, aunque en su interior tuvo que tragarse el llamar "cabeza patata" al Rey. Ambos gobernantes le miraron, estaba muy sucio, y bajo sus ojos tenia ojeras de varios días, por lo que dieron su consentimiento para que se retirase.

Y así hizo, dio media vuelta y confiando en su memoria, fue a su habitación. Fue caminando por aquel largo pasillo que daba a los dormitorios, de paredes blancas decorados con cuadros y retratos de Reyes, -Reinas y Jacks, además de personajes ilustres y paisajes del reino. También había un par de cuadros que hizo su hermano hacía ya tiempo, que reflejaban prácticamente su infancia. En un rincón habían colocado una escultura. Representaba al anterior Jack, junto con el anterior Rey, de quien se especulaba que no tenía descendencia, por lo que fue un milagro que apareciera aquel niño. La escultura estaba incompleta, apenas estaban hechas las figuras.

Aquella escultura la había hecho él mismo, y se alegraba de que la expusieran aun sin terminar. "Bueno, ahora que estoy de vuelta, podría buscar los bocetos y seguir en el taller" pensó Lovino por fin optimista después de mucho tiempo sin ver la luz del sol. Podría abstraerse de los oscuros pensamientos que le venían acosando desde que empezara a cabalgar. Al menos en Tréboles tenia a Heracles y a Sadiq, de quienes era amigo. Lo malo era que los tres en determinados momentos tenían un genio de mil demonios, aun así, el resto del tiempo se llevaban bien. Dejo la escultura y se encamino a la habitación, que ya no quedaba lejos. Abrió la puerta y se encontró la cama hecha, un cambio de ropa más adecuado al palacio y al ambiente del reino, de colores rojizos y rosados. Cogió aquella ropa y fue al baño, donde encontró la ducha.

Hacía mucho tiempo que no se lavaba en condiciones, tanto que creía que se le había olvidado lo que era estar limpio. Abrió la llave del agua caliente y la modero a la temperatura que más le gustaba. Caliente, pero sin hervir, no quería salir escaldado, y cogiendo un gel de color miel, procedió a su aseo.

Una vez terminado, después de creer que había pasado una eternidad y que no terminaría nunca, vio el tono de su piel. Era algo más claro que cuando era pequeño, tal vez por no haber recibido la luz del sol en su estancia en aquel reino congelado. Cogió la ropa que había colocada en su cama y se vistió rápido. Se fue a poner las botas que había en el pie de la cama y se miró en el espejo que había en un rincón de la habitación. "Demasiado color" pensó con una mueca. Prefería la ropa que tenía antes, pero con el calor que hacia allí no era muy cómodo llevar aquello.

Salió de la habitación y fue por el pasillo cuando encontró a un chico, moreno, con una especie de túnica rara. "¿Todo el mundo viste así de raro en este puto reino o que puñetas?" pensó Lovino extrañado y mirando a aquel chico.

- Hola, como que soy Xiao, y soy el As – dijo aquel extraño chico.

- Yo soy Lovino – dijo de vuelta. - ¿Sabes dónde mierda está el comedor?

- O sea, sí – dijo aquel chico. Su forma de hablar era tan rara como su forma de vestir, y Lovino se contuvo de insultar a la espera de que el otro le dijera por dónde ir. – Sígueme.

Avanzaron por un par de pasillos, y llegaron al sitio. Lovino vio a su hermano a la izquierda del Rey, sentados todos en una gran mesa en la que había una gran variedad de platos. Desde varios tipos de salchichas, hasta arroz cocinado de múltiples maneras, algunos platos favoritos de los reyes acompañados de cerveza o refrescos y zumos varios. Vio sobre la mesa un par de fuentes de ¡PASTA!, o dioses, lo que habría dado por un miserable plato de pasta durante los años de hambre y entrenamiento.

Su hermano estaba dando cuenta de un buen plato que triplicaba el tamaño de su cabeza, e internamente pensó en hacer lo mismo. Pero por decoro, en su plato había un montón más bien normal de pasta decorado con una salsa roja desconocida para él.

- ¿Podría decirme alguien que mierda es esto rojo? – preguntó con curiosidad y algo de enojo. No llevaba ni un día allí y ya aborrecía el color.

- Es salsa de tomate – respondió Kiku con tranquilidad. – Nos trajeron varios de estos frutos hará un par de días unos comerciantes del reino de Diamantes y los estuvimos guardando para vuestra llegada – explicó con una sonrisa y bebiendo un poco de agua.

Lovino alzó una ceja y comenzó a comer. Al primer bocado de aquella pasta con la salsa de tomate se quedó sin habla, el sabor cítrico del tomate, junto con los aromas de las hierbas que habían echado para la salsa, hacían que esta fuera la cosa más deliciosa que hubiera probado en su vida. También el que llevara dos días sin probar más que el pan ácimo y duro que les habían dado el viaje, hacía que la experiencia de comer aquella delicia fuera más impactante y maravillosa. Paladeó suavemente lo que quedaba del sabor de la salsa y continúo comiendo, con ansia, con ganas de comerse hasta el plato.


Una vez vieron que los hermanos comían ya más tranquilos, los chicos "raros", como les decía Lovino, se presentaron a Feli, quien estaba encantado de conocer a los primos de Kiku. Aparte de Xiao y Yong Soo, quien ya le estaba empezando a caer bastante mal a Lovino, estaba la joven Mei, quien era una chica morena que llevaba un vestido rosa ("o menuda novedad" pensaba Lovino rodando los ojos) bastante raro, ya que consistía en una túnica y una falda.

- Ve~, vuestros trajes son muy raros, ¿de dónde venís? – les preguntó Feli con curiosidad.

- Venimos del este, de una zona con unas tradiciones bastante distintas a las costumbres de aquí-daze – dijo Yong Soo. "Esto explica por qué me parecían tan raros" se dijo Lovino.

- ¿Y vosotros donde os habíais metido estos cinco años? – preguntó Gilbert, quien extrañamente había estado muy callado durante el almuerzo, dejándole causar todo el barullo a Yong Soo.

- Estuvimos en el reino de Tréboles – dijo Lovino con aburrimiento. Los demás comensales abrieron los ojos con asombro.

- Kesesese, entonces me venís asombrosamente los dos – dijo Gilbert con una sonrisa. Lovino le miró con una ceja alzada, y Feli con un "ve~" empezó a temblar como si volviera a estar en medio de la fría nieve que cubría el reino. – Necesito información sobre ese reino para un genial viaje que realizará mi asombrosa persona mañana después del almuerzo – explicó por fin Gilbert.

- Y, ¿puedo preguntar ese repentino interés por ir, hermano? – preguntó Ludwig.

- No es repentino Lud – dijo Gilbert disminuyendo la sonrisa. – Llevaba un tiempo planeando un viaje a Tréboles, y lo que me faltaba era algo de información – continuó explicando. – Recuerda que es parte de mi deber como un increíble Joker el viajar de un reino a otro para comprobar la paz.

Lovino soltó una risa sarcástica. – Pues llegas bastante tarde idiota – ladró mientras vaciaba su copa. – No sé cómo serán los otros reinos, pero Tréboles se resume en: frío, nieve, esclavitud, pobreza, muerte, nieve, desolación, bastardos, infelices, ¿he mencionado la nieve? – se notaba enfadado.

- Ve~, tranquilo hermano – dijo Feliciano intentando tranquilizar a Lovino.

- ¿Tranquilo? – preguntó con ironía. - ¿Recuerdas que apenas salimos vivos de allí? Es un reino de miserias. – Dijo tajantemente el mayor de los gemelos.

- Por eso precisamente quiero ir – dijo Gilbert conciliador en su habla. – Me gustaría saber en qué condiciones está el reino, y ver qué se podría hacer para solucionarlo.

Se hizo el silencio en la mesa. Lovino suspiró.

- Está bien – dijo, - te contaré lo que quieras saber.

"El reino de Tréboles es un reino completamente cubierto de nieve, donde nunca sale el sol. Ni siquiera en verano. De hecho, el verano en ese reino no existe. No sé cómo es ese Rey, pero los pocos que nos contaron cómo era, nos decían que era rubio, de ojos violetas, de mirada y sonrisa inocente; la Reina, una mujer de ojos oliváceos y cabello largo y castaño; y el Jack, un hombre de ojos violetas, mirada arrogante y pelo castaño. Físicamente esa es su descripción, no se sabe mucho más sobre ellos. De lo que sí se sabe es de la situación murallas afuera. Las familias apenas se sustentan, en cuanto a las mujeres, es raro que lleguen a los 40, si tienen tres hijos ninguno sobrevive más de tres años. Los pocos niños que sobreviven lo hacen a fuerza de matar a sus propios padres para subsistir al principio. Esos niños son acogidos por comunidades como la que nos acogió a nosotros dos. Allí los niños son entrenados y alimentados de animales que se cazan de forma furtiva."

Lovino hizo una pausa ante la mirada de desconcierto de los oyentes. Mei sollozaba imperceptiblemente, al igual que Feliciano, Yong Soo y Xiao estaban atónitos ante lo que escuchaban. Kiku y Ludwig compartieron una mirada de puro terror. Si aquel Rey mantenía su reino en ese estado, y de acuerdo con los rumores que decían que Tréboles quería una guerra, aquello los destruiría. Gilbert por su parte, escuchaba atento el relato de Lovino, con el ceño fruncido y la mirada seria. Nunca en sus mil años de vida había escuchado de unos niños que apenas crecieran se comieran a sus propios padres. Esperaba que el Rey tuviera respuestas y cambiara la situación o tendría que tomar medidas drásticas. Feliciano, en medio de sus sollozos, fue a sentarse junto a Mei, quien lo abrazó como si fuera un peluche.

Lovino volvió a dar una mirada general a sus oyentes y volvió al relato.

"La organización que nos ayudó y acogió era una plataforma de resistencia, estaba liderada por algunos militares que fueron dados por muertos y entrenaban a algunos de los niños que sobrevivían. Otros niños eran capturados por los elfos a las órdenes del Rey, y eran llevados a las minas. Los hombres que trabajan allí no viven más de cincuenta años. Apenas los niños adquirían fuerza se les enseñaba a empuñar un arma, atacar, defender, escalar, correr, aguantar el frío, entre otros. Nosotros no fuimos menos. A pesar de todo ello sobrevivimos. El alimento escasea, y los elfos cada vez hacen más frío el ambiente. Ni siquiera los grifos son capaces de aguantar el frío. Los pocos elfos que pudimos reclutar, nos contaban que el Rey es una persona cruel, frío, al que gustaba de torturar y masacrar a los habitantes de su reino. Gobierna por medio del terror, la Reina y el Jack eran criaturas sin voces que no podían hacer nada sin la autorización el Rey. No pasa nada en el reino que no sepa él.

Cuando volvíamos, alguien nos delató. El Rey sabía que mi hermano estaba allí, por lo que era cuestión de tiempo que viniera a por nosotros. Dos amigos nuestros, Heracles y Sadiq, nos acompañaron a las afueras de la capital, donde nos despedimos. Los elfos del Rey venían detrás nuestra, con lo que nos teníamos que apresurar. Corrimos todo lo que pudimos, y durante cinco días corrimos todo lo que nuestros pies daban. Al salir de la frontera, los elfos dejaron de seguirnos. Encontramos un pueblo, agitado por una ventisca, y después de dos días de descanso, enviamos nuestro mensaje."

- Creo que no hay nada más que pueda contar – finalizó Lovino. Todos los presentes estaban impactados por lo que acababa de relatar el mayor de los gemelos, sin terminar de dar crédito a lo que había dicho.

- En ese caso, es mucho más grave de lo que yo creía – dijo Gilbert con voz seria. "Tal vez tenga que hablar con el enano de Peter para evitar la guerra" pensó preocupado.

- ¿Crees que podría haber una guerra entre los reinos, hermano? – preguntó Ludwig con seriedad.

- Creo que sí Lud – dio con severidad. – Hablaré con el otro Joker después de visitar Tréboles y veremos qué podemos hacer para evitarlo, sin embargo.

- En ese caso, - dijo Ludwig – lo mejor es que Feliciano descanse con su hermano.

- Ve~ eso haré Lud – dijo Feliciano algo más alegre.

- Cuenta con ello bastardo – dijo su hermano con un bostezo.

- Los demás tenemos trabajo que hacer – dijo Kiku.

- Cierto, tengo que terminar de prepararme para el viaje – dijo Gilbert mientras se encaminaba hacia los dormitorios.

El resto se levantó y los gemelos siguieron a Gilbert hasta sus respectivos dormitorios.

- Dulces sueños, hermano – dijo Feliciano con la voz más dormida.

- Que descanses idiota – musitó en respuesta Lovino.

No despertaron hasta el día siguiente.


El resto de miembros de la corte, habiendo escuchado su relato y sabiendo las cosas que habían vivido los gemelos, lo menos que podían hacer era dejarlos dormir. Ludwig estaba perturbado.

Pocas veces había tenido miedo, pero esta vez tenia razones de peso para tenerlo. No solo por el relato de Lovino, sino que también por las amenazas de guerra que se cernían sobre ellos. Sobre todo, sobre Picas. Todo el mundo sabía de la rivalidad entre aquellos dos reinos. Tendría que hacer un viaje hacia Diamantes para sopesar sus opciones. "Tal vez" pensaba Ludwig, "los tres reinos podamos contra Tréboles, una alianza nos podría venir bien."

Ludwig cavilaba y meditaba acerca de las posibles alianzas en el salón del trono, en lugar de entrenar con los soldados en el patio o seguir financiando patentes como había estado aquella mañana.

Kiku por su parte, también pensaba en el estado del reino de Tréboles. Estaba con su prima Mei en el jardín paseando mientras escuchaba el canto de los pájaros y compartiendo impresiones con ella.

- Mei, ¿qué podríamos hacer para ayudar a la gente del reino de Tréboles? – preguntaba Kiku con preocupación.

- No lo sé, parece que solo derrocando a ese Rey se podría hacer algo – dijo Mei apenada por ver a Kiku así.

- No me imagino que haya reyes tan déspotas – dijo Kiku. – Que maten por placer, destruyan y quieran gobernar el mundo de esa forma. – Hizo una pausa y miró a un grupo de elfos que rodeaban a un árbol.

Los elfos entonaban un cántico con el que hacían crecer al árbol. Era un cántico tranquilizador, que invitaba a la relajación, y Kiku y Mei fueron a un banco cercano a disfrutar de la serenidad que evocaba aquel momento. Una de las criadas trajo dos tazas de té, cosa que ambos, tanto la Reina como su acompañante agradecieron. Observaron cómo el árbol crecía a una velocidad desorbitante, las ramas se expandían y con ellas la sombra que daban, que alcanzó a los dos observadores.

Mientras tomaron el té, los elfos finalizaron su cántico, acariciaron el tronco del ahora gran árbol y fueron a otra zona del jardín donde había más plantaciones que cuidar.

Una de las elfas que había dirigido el cántico fue a donde estaban Kiku y Mei, y con una pequeña reverencia que el chico respondió con una inclinación de cabeza dijo:

- Erume a'qore Majestad, ¿cómo está yendo su día?

- Bastante agotador si he de ser sincero Arêia – dijo Kiku algo apesadumbrado. La elfa, sabiendo que el día de hoy era el día en el que volvían el Jack y su hermano mayor, presentía que lo que aquejaba al joven era algo relacionado con aquel suceso.

- Si no le importa Alteza, ¿qué es lo que le aflige? – preguntó la elfa sentándose al lado libre de la Reina. Kiku notaba la preocupación en el timbre de voz de la dama, cosa que agradeció.

- Me preocupa una futura guerra y la situación del pueblo de Tréboles – dijo con sinceridad. Mei acarició los hombros de Kiku, preocupada también por él.

- Majestad, vientos helados vienen de esa dirección – dijo la elfa. – La diosa Morrigan está preparando a sus guerreros, nuestros hermanos preparan las armas y nosotros debemos prepararnos. – Dijo solemne. Alzó la mirada al cielo y añadió: - Los dioses nos amparan, mi Reina, contra la crueldad que viene del este. Ahora, si me disculpa, iré a hablar con mis hermanos.

La elfa se levantó, y fue a dar las nuevas a sus hermanos elfos. Kiku y Mei terminaron de tomar su té, y una sirvienta fue a retirar las tazas. Ambos se encaminaron a continuación al salón del trono, donde debía estar el Rey sumido en sus pensamientos, tal y como lo había estado la Reina, cuando fueron interrumpidos por Xiao y Yong Soo.

Ambos venían corriendo, tenían sus ropas chorreando en sudor, pegándose a sus cuerpos. Pararon junto a ellos y recuperaron aliento antes de poder decir nada.

- Han venido… arf… arf… unos embajadores de… aaah… - decía Yong Soo jadeando todavía.

- De Picas – completó Xiao algo más repuesto que Yong Soo.

- ¿Unos embajadores de Picas? – preguntó Kiku sin poder creerlo aún.

- Sí, o sea, tenemos que ir – dijo Xiao. Yong Soo decidió quedarse atrás con Mei, ya que, seguía algo asfixiado.

Xiao y Kiku fueron al salón del trono, donde Ludwig y Gilbert ya habían recibido a los embajadores. Eran un grupo pintoresco compuesto por cinco personas, cuatro de ellas vistiendo los azules y violetas representativos del reino de Picas. Uno de ellos, sin embargo, vestía de negro, por lo que debía ser Peter, el otro Joker. Peter y Gilbert se miraron, y mientras el primero sonreía al ver a su compañero, el otro sostenía una mirada severa. Gilbert avanzó hacia Peter, y haciéndolo a un aparte, habló con él.

- Peter, enano, me alegro de verte, pero mi grandiosa persona tiene que hablar de un asunto muy importante contigo – dijo con severidad una vez que se aseguró que nadie podría escucharlos.

- ¿Qué pasa?, ¿Tiene algo que ver con Tréboles? – preguntó el pequeño Joker.

- Sí – dijo el mayor. – Hoy han llegado el Jack de Corazones y su hermano, venían de ese reino y las noticias que nos han traído no podían ser peores.

- Hace un par de días, el Rey de Picas recibió una carta de amenaza desde el reino de Tréboles – contraatacó Peter. – Amenazaban con guerra Gil… ¿Qué podemos hacer? – preguntó con los ojos algo aguados.

- Por lo pronto, mi asombroso yo va a viajar a ese reino – le contó Gilbert. – Y luego pensaba ir hacia Picas para hablar contigo de esto y de lo que viera por mí mismo.

- No dejaremos que haya guerra, ¿verdad? – preguntó el pequeño. A pesar de los años y siglos que pasaran, Peter seguía siendo un niño en su carácter. Gilbert se enterneció ante el puchero y el miedo que delataban los ojos del menor.

- Por supuesto que no – dijo el albino. – Somos demasiado asombrosos e increíbles como para dejar que eso pase, ¿no crees? – terminó de decir con una de sus ruidosas risas.

- Sí – dijo el pequeño más animado. - ¿Vendrás entonces a Picas?

- Por supuesto, te tendré que contar lo que se cuece allí – dijo el mayor.

El menor sonrió, ya más confiado. Se había asustado mucho cuando leyó aquella carta junto al Rey, el príncipe Alfred, el Jack Yao y el joven Matthew. Aquella carta causó un gran revuelo en el palacio, el futuro Rey frenético, el Jack intentando tranquilizarlo, y Matthew, el hermano del príncipe, llamando a Mathias y a Berwald, quienes pudieron controlarle, al menos lo suficiente como para llevarlo a una de las mazmorras y encerrarlo allí hasta la mañana siguiente, cuando ya se hubo tranquilizado y volvía a ser el chico de trece años que sólo pensaba en ser un héroe como el de las historias. Peter estuvo insistiéndole a Berwald y a Tino de que le acompañaran al reino de Corazones para hablar con el otro Joker, ya que ellos eran los que mejor le caían en palacio. No era que se llevara mal con el resto de los que vivían allí, sino que se le hacía más familiar el estar con ellos.

Y allí estaban, el pequeño Joker acompañado de un grupo de cuatro guardias, ya que los propios Tino y Berwald aún eran demasiado jóvenes según había dicho el actual Rey de Picas.

Ludwig vio entrar a Kiku y a Xiao, quienes no se habían dado tanta prisa como antes, por lo que no estaban como el As y su primo hacía un rato. Se acercaron los dos al Rey, y esperaron a que los dos Jokers terminaran de hablar.

Gilbert se acercó al grupo.

- ¿Más malas noticias? – preguntó el Rey con una ceja alzada.

- Peter, cuéntaselo – dijo el albino.

- Vale – dijo el pequeño. Este se acercó al trono y le acercó un sobre al Rey. – Es una copia de la carta que han recibido en Picas. El Rey dijo que la leyerais vosotros también.

Ludwig abrió el sobre y sacó la carta que había en el interior. Abrió los ojos a más no poder y palideció, lo que ponía allí era prácticamente imposible. La carta era terrorífica:

Hola ^J^

Soy el Rey Ivan del reino de Tréboles.

Voy a aplastaros a todos como los insectos que sois.

Bazofia del reino de Picas, os destruiré. No dejaré en pie ni la sombra de vuestro nombre.

Durante siglos habéis estado sin Reina, y me encargaré personalmente de que vuestra estirpe acabe cuando le arranque la cabeza a ese pequeño bastardo que llamáis "príncipe".

Sed buenos ¿da~?

^J^

"Tendré que enseñarle modales a ese miserable" pensaba Gilbert. Miró a Peter, quien miraba al grupo bastante preocupado por la palidez que habían adquirido al leer aquello. Ahora sí que era seguro que iba a haber una guerra. Kiku ya podía escuchar los tambores de guerra y oler la sangre de los moribundos. Ludwig, por otra parte, recordaba aquellos sueños que había tenido tan recientemente. Ahora había confirmado quiénes eran los que ocupaban aquellas pesadillas.

El Rey Ivan… sosteniendo la… cabeza de…

Feliciano.

No podía permitirlo.

Justo aquel día había recuperado a su amigo, a su Jack, y si el relato de Lovino era cierto, cosa que no dudaba, había habido una posibilidad de que muriera y él no se enterara.

- Bien, - tomaba la iniciativa Kiku; - les daremos alojamiento hasta que deseen volver al reino de Picas. Mientras tanto, el Rey y yo redactaremos un mensaje para vuestro Rey mostrando el apoyo del reino de Corazones en caso de que haya algún tipo de ataque. Una sirvienta les mostrará sus habitaciones. – Dijo con determinación. Fijó la mirada en Peter. – Peter-san, si no es molestia, yo le mostraré dónde está su habitación. Espero que la encuentre cómoda y a su gusto – terminó de decir con una pequeña reverencia.

- Gracias – dijo el pequeño Joker.

Kiku le hizo una seña para que le siguiera, y acompañado de Xiao y Peter, se encaminó hacia los dormitorios por donde habían desaparecido los gemelos un par de horas antes.

Ludwig y Gilbert se quedaron solos en el salón del trono. Gilbert, al ver la palidez del Rey, se sentó al lado y estiró un brazo hacia él.

- Lud, ¿qué pasa?, ya sabíamos la posibilidad de una guerra, y esto lo confirma – empezó a decir el albino. - ¿Sabes que puedes confiar en mí no?

- Claro – dijo el menor. "Tal vez, deba contarle lo de los sueños" pensó. – Voy a contarte una cosa, pero necesito que escuches hasta el final y no te rías – dijo con seriedad.

- Kesesesese, ¿cómo me voy a reír de algo serio, Lud? Puedo ser serio cuando me lo propongo – dijo Gilbert con una sonrisa. Ludwig suspiró antes de empezar a hablar.

- He estado teniendo sueños. Sueños en los que me encuentro en un campo. Ese campo está teñido de rojo, y hay cuerpos amontonándose uno encima de otro. Al principio era solo eso y lo veía solo cuando dormía. Pero últimamente puedo verlo incluso estando despierto. A veces es solo el campo con manchas de sangre, otras están los cuerpos. Hoy ha ido a más – hizo una pausa para mirar a Gilbert a los ojos. – Hoy, aparte de estar despierto, de ver la sangre y los cuerpos, he visto al Rey Ivan sosteniendo una cabeza cortada. – Hizo otra pequeña pausa, hundiendo los hombros apesadumbrado. – Sostenía la cabeza decapitada de Feliciano – terminó de confesar.

- Puede que sea una visión – dijo Gilbert bastante serio. Ludwig miró al Joker hundido. – No te lo tomes a mal Lud, has visto eso, y es terrible, pero hay algo bueno. – Ludwig alzó la vista junto con una de sus cejas. – En realidad hay dos cosas buenas kesesese – dijo con una sonrisa.

- ¿Y qué podrían ser? Yo no logro verle el lado bueno – dijo aún sin creérselo.

- Lo primero, es que el futuro puede cambiar – dijo el mayor. – Por lo que tendrás que trabajar para que lo que has visto no pase. Y lo segundo – hizo una pausa y miró a los ojos al Rey, - es que estás enamorado de Feli.

Ludwig abrió los ojos sorprendido ante la aseveración del mayor.

- ¿Yo? ¿Enamorado de Feliciano? – estaba incrédulo, creía que al mayor se le había saltado un tornillo con lo que había pasado en el día.

- Pues claro Lud – dijo el mayor mientras asentía. – La prueba está en que la cabeza que sostiene el loco es la de Feli pudiendo sostener la de Kiku, la de tu padre, incluso la mía. Pero sostiene la de Feli, y eso hace que temas perderle por encima de todos. – Se levantó y fue hacia la salida. – Si quieres, pregúntale a Kiku, él sabrá el tipo de lazo que te une a Feli.

Y con esas palabras, Gilbert se encaminó hacia la armería a recoger y afilar a sus pequeñas bellezas. Ludwig fue sin embargo a la biblioteca. Cuando entró vio la inmensidad de libros que allí se guardaban. Había una gran cantidad de libros sí, pero no podría llegar a igualar las salas de lectura del palacio de Picas. Allí se guardaban copias hasta de libros que existían antes de la destrucción y el posterior orden que se decía que creó a los actuales cuatro reinos y las cortes que los gobernaban.

Se quedó leyendo allí hasta que una sirvienta le avisó de que era la hora de la cena. Le preguntó si debía despertar al Jack y a su hermano, quienes seguían durmiendo ajenos al barullo que había habido con la llegada de Peter. El Rey dijo que no haría falta, que los dejara descansar. La sirvienta se retiró con una pequeña reverencia y él fue al comedor, donde vio a los dos Jokers, a la Reina y a sus primos, quienes hacían escándalo con los Jokers.

Se sentó en su lugar en la cabecera y cogiendo un par de sándwiches, empezó a comer. A pesar de las muchas cosas que habían pasado aquel día, no se sentía con los mejores ánimos para comer. Lo único que quería era dormir, preferiblemente sin pesadillas.

Tanto él como Kiku comieron en silencio, masticando lentamente sus alimentos, y cuando terminaron, fueron los primeros en irse.

- Espero que pase una buena noche, Ludwig-san – dijo Kiku antes de entrar a su habitación.

- Igualmente, Kiku – dijo Ludwig en respuesta. – Gracias por haber reaccionado antes, estaba algo en shock al leer la carta.

- No hay de qué Ludwig-san – dijo el chico con una sonrisa. – Que descanse, mañana será un día igual de agotador.

- Y que lo digas – dijo con un suspiro de cansancio. – Buenas noches.

Una vez dentro de su habitación se desnudó y se metió en la cama. Cerró los ojos y dejó que Morfeo lo abrazara.


Amanecía en el palacio del reino de Corazones el Joker Gilbert, preparado para emprender un viaje peligroso, no por el viaje en sí, sino por el lugar al que se dirigía. Un lugar donde según le habían contado, reinaba un Rey que buscaba la destrucción por mera diversión.

Preparó a su espada, la Magna, y sus dagas, y se las enfundó al cinto. Fue al comedor, ya vestido, y preparado para salir en cuanto terminara el desayuno. Llegó y se sentó en su lugar habitual, donde se sirvió varios bocadillos y pasteles, además de un té que se sirvió. Comenzó a comer sin esperar a nadie, y llegaron Mei, Yong Soo y Xiao, los primos de Kiku, quienes se sentaron también y se sirvieron. Vino a continuación Lovino, quien se veía más alegre y con mejor humor que el día anterior.

- Buenos días bastardos, - dijo saludando a los varones sentados a la mesa. – Señorita – añadió mientras cogía una mano de Mei y la besaba galantemente.

Se sirvió un zumo y varios pasteles, y comenzó a comer también. Mei y Xiao le pusieron al corriente de lo que pasó en la tarde, sorprendiendo al menor. Gilbert, quien había guardado la copia de la carta que Peter trajo, se la mostró, e hizo que Lovino escupiera a un lado el zumo que bebía. "Esto no hace más que empeorar" pensaba el chico.

Hizo aparición Peter, a quien se le había pegado las sabanas, seguido de Kiku, Feliciano y Ludwig. Los demás, quienes habían terminado de desayunar hacía un rato, los acompañaron por mera cortesía. Hablaron de temas corrientes, y Lovino se encargó de poner al corriente a Feliciano una vez comiera.

Una vez que terminaron de desayunar los miembros de la corte, bajaron al patio principal, donde el día anterior habían recibido a los gemelos.

Allí lo esperaba su caballo, blanco y ensillado, con las alforjas llenas de comida que podría consumir en el viaje.

- Espero que lleves ropa de abrigo bastardo, porque se te van a helar los huevos allí.

- Kesesesese, dudo mucho que le pase algo a mi perfecta persona – dijo Gilbert haciendo gala de su modestia. Fijó la mirada en Peter y en Ludwig. – Nos os preocupéis, estaré bien kesesese – Montó en el caballo y acomodó las cintas de la silla, los estribos y el largo de la brida. – Peter nos vemos en Picas. – Añadió por último antes de lanzarse al galope a través de la calle principal de la capital.

Todos le habían deseado buena suerte, aun cuando ya no podía oírles. Entraron y Ludwig, Kiku y Feliciano, a quien le explicaron que debía quedarse con ellos por lo menos hasta que terminaran de dar audiencia a los inventores, y peticiones a la corona del día.

Lovino, quien se vio libre de estas obligaciones, fue a su habitación a por los bosquejos y bocetos de la escultura que dejó a medias al irse. Esperaba que conservaran sus herramientas y que sus habilidades de talla no se vieran dañadas por el tiempo en el que no las había utilizado. Una vez recogió los papeles, buscó a Yong Soo, que, a pesar de ser un bastardo molesto en su opinión, creía que podría ayudarlo a llevar el trozo de mármol hacia el taller.

Pudo encontrar a Yong Soo acompañado de Xiao en el patio de armas. Vio durante unos momentos sus técnicas de lucha, y pensó que podría patearles el culo a los dos si se lo proponía, al ver los movimientos que, aunque elegantes, eran bastante torpes.

- Xiao, Yong tonto, necesito vuestra ayuda – llamó Lovino en un descanso que habían tomado los dos combatientes.

- O sea, ¿qué pasa? – preguntó Xiao ignorando las quejas de su compañero al ser llamado tonto.

- Necesito que llevéis una escultura de mármol al taller, voy a terminarla – dijo el menor.

- ¿Pero acaso sabes coger un martillo? – preguntó Yong Soo un poco en venganza por haberle llamado tonto. Lovino se mosqueó y cogiendo impulso desde la barandilla saltó y aterrizó de pie en el suelo. Avanzó un par de pasos hacia Yong Soo y dio una patada que alzó un poco de arena. Xiao de apartó antes de que le cayera algo de polvo en la cara, y pudo ver lo que pasó.

Lovino dio un paso hacia atrás y con un movimiento directo, en línea recta, sacó la hoja de una cuchilla que fue a descansar en el cuello de Yong Soo. No fue a atravesarlo, sin embargo, no la quitó de allí. Yong Soo sentía la hoja, y no movió ni un solo músculo.

- Vuelve a llamarme inútil, y te juro por los cadáveres que descansan bajo la nieve del Rey de Tréboles que te desuello y me hago una capa con tu piel – amenazó Lovino enfadado. Yong Soo apenas movió la cabeza brevemente, por lo que fue la señal de Lovino de retirar la mano, y con ella la hoja. Xiao, a pesar de haber visto el brillo del acero, no había visto la daga que Lovino había utilizado.

- Como que, ¿dónde has guardado la daga? – preguntó. Lovino le miró y alzó la mano derecha, enseñándole el brazal que llevaba el día anterior cuando llegó. Movió levemente la mano y sacó aquella hoja. – Es una hoja oculta. Tanto el estúpido de mi hermano como yo tenemos una de estas, por lo que no recomiendo que nos toquéis los huevos. – Se volvió hacia los dos chicos y añadió: - Ahora, si no os importa, me gustaría llevar mi escultura al taller.

Lovino, Xiao y Yong Soo se encaminaron hacia el pasillo de los dormitorios, donde se hallaba la escultura. Antes de llegar, fueron a por un carro con el que movilizar el trozo de mármol sin dañarlo. Cogieron con ayuda de dos trabajadores más la escultura y la llevaron al taller, donde la coloraron en un rincón donde habían colocado los antiguos instrumentos de Lovino. Con todo listo, Lovino se despidió de los trabajadores y de los dos idiotas que le habían ayudado, y observando la escultura en su totalidad, comenzó a utilizar los distintos cinceles e instrumentos.


Los tres gobernantes estaban agotados a la hora del almuerzo. Habían recibido noticias del este, que decía que los pueblos más cercanos a las fronteras con Tréboles habían quedado totalmente cubiertos de nieve, a pesar de la época del año. Apenas iba a comenzar el verano y aún seguía nevando en aquellas zonas. Los emisarios, una pareja joven, decían que las ventiscas eran comunes, que las cosechas se habían desperdiciado, entre otras demandas.

La solución a la que habían llegado era la concesión de unas tierras lejanas a la frontera a las familias del pueblo. Una vez que se fueron y pudieron tener un respiro, Feliciano habló.

- Ve~, pero ¿qué haremos si las ventiscas aumentan y llegan más adentro de las fronteras?

Aquella era una buena pregunta para la que aun cuando llevaban horas pensando, no encontraban la respuesta.

Terminaron un poco más tarde de lo acostumbrado, ya que de varios puntos cercanos a la frontera con Tréboles llegaban peticiones similares. Una vez que llegaron al comedor, vieron que los que estaban en la mesa los estaban esperando para comer. Se sentaron en la mesa y comieron en silencio, armando barullo únicamente Yong Soo y Peter.

Los reyes y el Jack, estaban preocupados y sumidos en sus pensamientos durante el resto del día, el cual dedicaron a leer, pasear y buscar un buen lienzo donde poder expresar lo que llevaba adentro.

Un par de días pasaron así hasta que los guardias que vinieron acompañando a Peter dijeron que ya era hora.

El pequeño Joker preparaba las cosas para irse cuando los gobernantes del reino entraron en su habitación.

- Peter-san, tenemos un favor que pedirle – le dijo Kiku.

- Claro, decidme – asintió el pequeño.

- ¿Podrías darle esta carta al Rey de Picas? – preguntó Feliciano.

- En la carta dice que daremos nuestro apoyo al reino de Picas en caso de que haya una guerra tal y como temíamos – acotó el Rey.

- Mmm… Vale, pero no os acostumbréis a tratarme como un mensajero – advirtió el pequeño.

- Ve~ no te preocupes – dijo el Jack con una gran sonrisa.

- Muchas gracias por hacernos el favor Peter-san – dijo la Reina.

Al día siguiente, la comitiva partió, siendo despedida por la corte al completo. Cuando alzaron la mirada al cielo, todos palidecieron ante lo que les venía encima. Una tormenta.

De nieve.


Bueno, y aquí el capítulo de hoy ^^

Espero que os haya gustado, me ha costado bastante escribirlo, y lamento lo OC que me ha quedado Lovino, pero es que no había manera de colar los insultos que suele decir, además de que con lo que cuenta no me quedaba apropiado ^^" por no hablar las referencias de Assassin's Creed que hay *^* (me encanta ese juego)

El siguiente aún tardará un poco más, porque tengo una operación pendiente y bueno, creo que para la semana del 14 al 18 de marzo estará listo ^^ (y eso siendo optimistas, nunca se me dio bien cumplir plazos de entrega w)

Muchas gracias por tomaros el tiempo para leer estos desvaríos ^^

Una pregunta/mini spoiler: ¿os gusta más el PruAus o el PruHun? ^^

Ciao :3

*Aparece Feliciano con una pancarta*

Ve~~ Dejad un review

PD: Dejad en los reviews quiénes creéis que son los anteriores Rey y Jack de Corazones :3