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*Mundo Bicolor*

Capítulo II

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Disclaimer: Todo personaje aparecido y por aparecer son propiedad intelectual de Masashi Kishimoto, la historia es creacion de la autora aquí presente.

Dedicación especial, a todo el que comparta el gusto por esta pareja.

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[Cómo me duele la ausencia, como extraño su color de voz,

cómo extraño su presencia en mi habitación...]

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El sol comenzaba a caer en el ocaso cuando Sakura y su equipo llegaban a la aldea. Caminaron sin prisas los últimos quince metros, con la intención de registrar su entrada en la estación de vigilancia. Ahí se encontraron con los guardias a los cuales saludaron alegremente, y para sorpresa de Sakura, también se encontraba ahí Naruto. No pudo evitar notar el halo de silencio y seriedad que se posaba en todos ellos, y eso no le daba buena espina, no obstante, decidió pasarlo por alto y descubrirlo por sí misma en cuanto llegara con la Hokage.

—Naruto, ¿Qué te trae por aquí? No te ves muy animado, ¿Te fue mal en tu misión? –preguntó la ojiverde en cuanto lo tuvo de frente.

Lo miró con recelo, se veía pálido y a simple vista podía notar que no había dormido por lo menos las últimas dos noches. Ya hablaría con él en cuanto diera el informe a la Godaime.

—Quiero hablar un poco contigo, Sakura –dijo el rubio por lo bajo.

La chica frunció el ceño, extrañada por la petición y el tono de su amigo, sin embargo, debía llegar con Tsunade.

—Lo siento, Naruto. En cuanto dé mi informe a la Hokage hablaremos, por ahora debo presentarme con mi equipo –contestó ella con la determinación de siempre.

En seguida volteó a ver a sus compañeros y con la mirada les indicó que debían continuar. Estaba por dar un paso, cuando sintió su intención frustrada por la mano de Naruto en su brazo.

—Sakura, por favor. Es importante lo que tengo que decir –insistió el chico.

La joven jounnin suspiró con pesadez y se dirigió a su equipo:

—Vayan donde la Hokage y denle un informe general, avísenle que me retrasé un poco y que le daré los detalles después –ordenó poco antes de verlos desaparecer.

Se volvió a Naruto con una expresión no muy amable, le estaba haciendo perder el tiempo con su impaciencia.

—Ahora, ¿Qué es eso tan importante que tienes que contarme?

—Será mejor que caminemos –ordenó él moviéndose en automático, tomando el sendero que bordeaba el lago de la aldea. Sakura le siguió contrariada, ¿Qué demonios le pasaba? Continuaron un tramo en silencio, el cual comenzaba a sacar de sus casillas a la pelirosa.

—No tengo tiempo de pasear, Naruto. ¿Me dirás lo que tienes que decir, o te has acobardado? Me iré si no lo sueltas de una vez –advirtió la chica sin detener su paso.

El ojiazul levantó la vista y la dirigió a hacia ella. Se veía tan linda como siempre, tan mandona como siempre, tan ella. ¿Porqué él tenía que decirle lo acontecido? ¿Cómo es podía controlar las amargas ganas de llorar frente a ella? Pero no, aún no, tenía que decirle antes. Volvió la vista al frente y se detuvo en el puente, el punto siempre convergente de sus reuniones.

—Hace tres días la Hokage encomendó una misión de alto rango en la que ordenaba la captura de Orochimaru, dado que su paradero estaba exactamente ubicado –comenzó el rubio, recargándose en el barandal-. Para ello, envió un grupo de tres jounnin y dos agentes ANBU, entre ellos se encontraban el Capitán Yamato, Gai y Kakashi Sensei.

Sakura que escuchaba atentamente, no se sorprendió por la información, sin embargo, no encontraba aún el motivo de preocupación de su amigo.

—¿Cuál es el problema, Naruto? –le urgió la ojiverde.

El chico respiró hondo y continuó:

—Ayer trajeron heridos al Capitán Yamato y a Kakashi. Al parecer cuando llegaron al lugar indicado encontraron muerto a Orochimaru, según los informes de los agentes ANBU, Sasuke fue quien lo asesinó.

Los ojos de Sakura se abrieron de pronto al oír la noticia y un hueco de vacío comenzó a invadirle el cuerpo.

—Pero están bien, ¿verdad?, Kakashi está bien, ¿no es cierto? –preguntó con atropello en la voz, pero su eco no obtuvo respuesta.

—Al darse cuenta de lo que había ocurrido, Kakashi decidió seguirle el rastro para capturarle, pero en cuanto dieron con él se batía a muerte con su hermano Itachi.

Continuaba sin entender, el rompecabezas en su cabeza no encajaba con la información recibida, algo no coincidía. Iba a articular palabra según su confusión pero el rubio prosiguió:

—Ambos notaron la interrupción y Sasuke prohibió que se inmiscuyeran en su pelea, a lo que Kakashi y los demás accedieron. Presenciaron la batalla hasta que creyeron que ambos morirían, Sasuke fue el que con la poca fuerza que le quedaba quiso matar a Itachi, que según él, yacía inconsciente. Pero justo cuando lo iba a hacer, Itachi manipuló la katana que Sasuke había dejado en algún lugar de la pelea y la lanzó para atravesar directo su corazón; sin embargo…

Le estaba costando decirlo, incluso él no terminaba de creerlo.

—¿Sin embargo que, Naruto? –cuestionó la kuinochi apretando los puños y sintiendo sus uñas rasgar su piel. El latir de su corazón retumbaba sin control.

—Sin embargo, Kakashi notó el peligro y la katana atravesó su pecho –soltó en un murmuro como si él mismo no quisiese escucharse.

Sakura tragó saliva y sintió que la sangre se le iba. Quiso controlar el aumento de su respiración y el picor que se iba produciendo en su mirada, pero no debía apresurarse, seguro estaba exagerando.

—Está bien, ¿verdad?, Kakashi está bien, ¿no es cierto? –indagó con un intento de sonrisa, casi suplicante al mirarle a los ojos.

Naruto evadió su mirada y apretó los puños, la tranquilidad se le estaba yendo.

—Lo ingresaron al hospital con una fuerte hemorragia, había perdido mucha sangre. Sakura, Kakashi está…

—No lo digas –imploró la chica conteniendo apenas el mar que se formaba en sus pupilas y el temblor que recorría su piel.

—Kakashi está muerto, Sakura –informó él, dejando correr las lágrimas que se había guardado desde que la había visto llegar a la aldea.

—¡No lo digas! –gritó dolida al caer de rodillas al piso.

Como cuentagotas, el suelo fue humedeciéndose por las lagrimas que escapaban incesantemente de aquellos orbes de jade, los cuales se apretujaban en señal de consternación: eso no podía ser cierto, Kakashi no podía estar muerto, no podía dejarla sola otra vez.

Naruto la observaba afligido, llorando a su vez por la pérdida de ambos. Su pequeña Sakura se derrumbaba ante él de nuevo y se sentía impotente para darle fuerza, para ser su apoyo porque desafortunadamente él se sentía igual que ella, también había perdido a un ser querido. Dejó correr su llanto libremente, mientras se inclinaba para tomar a su amiga por los hombros, intentando levantarla del suelo, no obstante, ella evitó el agarre y se incorporó por sí misma, negando con la cabeza y susurrando cosas inteligibles al oído. La pelirosa entonces le miró fijo llorando aún desconsolada.

—¡Él no está muerto! ¡Tiene que ser una mentira! ¡Tengo que verlo! –determinó echando a correr por el puente en dirección del hospital, cual si su propia vida dependiera de ello.

Intentó detenerla pero su cuerpo no respondió, volvió la vista al lago y golpeó con fuerza la baranda del puente. No podía quedarse allí a sufrir su pérdida, debía ir tras ella, después de todo sólo se tenían ellos dos el uno al otro, y la ausencia de Kakashi solo ellos sabían lo que les significaba a ambos, solo ellos sabrían lo que lastimaría. Tenía que estar allí para ella, para llevar la carga compartida, para ser un pilar donde apoyarse y a la vez, no sentir la soledad carcomiéndole el alma al notar como la vida iba quitándole una a una las personas que amaba.

Corrió para alcanzarla, no podía concebirla destrozada de nuevo, no mientras el siguiese con vida, por lo menos, eso era lo único que podía hacer a nombre de su maestro: cuidar y proteger a su niña, a su Sakura.

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La que la vieron surcar el camino, la miraban sorprendidos; algunos con cierto recelo, otros con cierta condolencia. La noticia se había esparcido por toda la aldea, no había quien no se lamentara, no había quien no sintiera el funesto deceso. No era desconocida la relación que les unía, por lo que los que la miraron correr desenfrenadamente, sabían el motivo de su prisa y angustia.

Llego al edificio y entró sin detenerse. Casi por instinto fue que dio con la habitación precisa, con las personas precisas. Divisó a Tsunade en el pasillo junto a Shizune, Jiraya y Yamato. Dejo de correr, sus piernas temblorosas le permitieron sólo caminar por ese pasillo que a ella le pareció eterno. A cada paso el corazón amenazaba con salir, a cada paso el nudo de su garganta se apretujaba, obstruyéndole al respirar. Su vista se tornaba mas nublada cada vez, anticipándose a la colisión de su sentido con la realidad. No quería verlo postrado en aquella cama sin vida, inerte. No quería pensar siquiera que él no estuviese más para ella, que no pudiera escuchar su voz, que no pudiera mirarle de nuevo, que no le sonreiría otra vez.

Escuchó lejanamente su nombre en los labios de los presentes, pero ella ni se inmutó, lo único que podía pensar era en verle, constatar que él estaba bien, que esa noche irían a casa, comerían el ramen favorito de Naruto y ella tocaría para ellos con el violín que su maestro le regalase; justo en la terraza, en su lugar favorito. Sería el cumpleaños perfecto.

Llego al marco de la puerta y se detuvo apoyándose en ella. Desde ahí pudo observarle recostado en la cama, con sus ojos cerrados, seguro dormía.

—Ya he vuelto –susurró con la voz quebrada.

Se acercó al camastro, haciendo caso omiso de las palabras e intentos de evitar que se acercase. Estaba pálido. Los parpados cerrados daban la impresión de que él solo dormitaba, de que en cualquier momento el despertaría.

No lo hizo.

Las lágrimas cayeron sobre el rostro albino en cuanto Sakura delineó el contorno de su cara, notando la frialdad que la envolvía, y entonces la realidad la golpeó con fuerza: su maestro la había dejado sola de nuevo. Kakashi había fallecido. Un llanto agudo y desgarrador se hizo presente, embargando a los que le escucharon. La congoja oprimió sus corazones, y un aura de tristeza imperó en el lugar.

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El amanecer llego frío como el invierno. La habitación aun se hallaba en penumbras. Quiso estar sola, quiso ser consiente de su propia suerte. En el hospital deseo quedarse prendida al inerte cuerpo de su tutor hasta que las lagrimas se le acabasen, pero su deseo fue turbado por Tsunade y Naruto que literalmente la arrancaron de la cama para poder llevarse el cuerpo y prepararlo para el rito funerario. Su maestra intento en vano consolarla, le abrazaba, le susurraba palabras de aliento y apoyo hasta que, por la fatiga del viaje y el impacto de la noticia poco a poco fue quedándose dormida.

Cuando abrió los ojos después de unas cuantas horas, se hallo en su habitación y la realidad volvió a abofetearle, todavía podía sentir su presencia. Naruto estaba allí con ella sentado a su lado con la mirada perdida en el vacío. Se acercó en cuanto ella despertó, rodeándole en un abrazo consolador, acompañándole en su pena, refrendando el pacto de amistad que desde niños les unía. La noche transcurrió sombría, hasta que una brisa gélida anunciaba el amanecer.

Quiso estar sola. Por ello en cuanto el cielo comenzaba a clarear le pidió a Naruto que se fuera. Él no rezongó, sabía que lo necesitaba para esclarecer sus ideas y que por muy vulnerable que fuera, jamás sería tan tonta como para hacer una locura. Se marchó, no sin antes recordarle que le esperaría en el puente para ir al rito funeral, en cuanto los primeros rayos de sol entraran por su ventana. Ella no contestó, pero él sabía que le había oído.

El sol nunca entró por su ventana. La mañana se adornaba frágil y gris, igual que si le acompañase en su tristeza. Se levantó sin ganas, recorriendo sus pies desnudos por la habitación y el pasillo dirigiéndose lento a la terraza, arrastrando con ella el estuche negro de su violín.

Con desgano lo abrió y lo encajo en su hombro, recargándose en el sitio que a él le gustaba frecuentar. Comenzó a pasear el arco por las cuerdas emitiendo la misma tonada que le había dedicado el día de su partida. Un sonido desafinado se produjo cuando ella rasgó con fuerza las cuerdas, la impotencia y el coraje recorría de a poco su piel.

—Creo que toco fatal –murmuró entre sollozos-. Dijiste que regresarías a casa con mi melodía –pronunció para enseguida verterse a llorar de rodillas al piso.

No iría al funeral.

"Si caes siete veces, levántate ocho", las palabras de Kakashi retumbaban en su mente, revelándole su significado. Se levantó del suelo y limpio sus mejillas húmedas con determinación. El se pondría muy triste si la viese así, tenía que seguir adelante, levantarse otra vez.

Empuñó de nuevo el violín y emitió un nuevo sonido, una tonada melodiosa que se colaba y se entremezclaba con el viento, llevándole su ofrenda a su tutor, que más que su maestro había sido como su padre. Las notas inspiraban melancolía, tristeza y aflicción; sin embargo, había algo distinto: una tonada de futuro, fortaleza y esperanza.

Abandonó el instrumento al término de la pieza y le guardó en su estuche. Entró de nuevo a su habitación y lo colocó en su armario. No volvería a tocarlo más, lo dejaría atrás junto a sus memorias, una nueva Sakura habría de renacer.

Contempló su imagen en el espejo y notó su rostro pálido y demacrado, sus cabellos largos y brillantes caían desordenados por sus hombros. Cerró los ojos un momento y suspiró hondo. Entornó su vista al tocador y miró la foto con vestigios de enigma, en esa donde estaba su maestro y los dos jóvenes más entrañables de su vida: Naruto y Sasuke.

Tomó el kunai que se situaba al lado del retrato y, de un solo tajo cortó un mechón de su pelo a la altura de hombro. Las hebras rosáceas cayeron sobre la duela, esparciéndose una a una formando una estela de olvido, entereza y resignación.

—Te ves linda –comentó Naruto desde el umbral de la puerta, contemplando el corto de su cabello y los hilos dispersos por la habitación.

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Una a una las piedras cayeron. El rugido de las aguas ante la electrificante centella simulaba el cielo de una tormenta. Cayó rendido en la orilla de la cascada con la respiración escindida. No había podido dejar de entrenar desde aquél día funesto. No podía permitirse hacer otra cosa que exiliar su dolor, pena y culpa del único modo que podía hacerlo.

Talló sus ojos con frustración y soltó un grito de furia. Arrojó su katana en algún lugar del suelo y se recostó contra la tierra. Los recuerdos volvieron nítidos y traicioneros. Antes sus ojos volvió a mirar el filo de la espada atravesando el pecho de Kakashi y una punzada le invadió el cuerpo. Se reveló su cuerpo cayendo e impactándose contra el suelo ante la mirada atónita de los presentes. La irracionalidad de su voluntad fue la que inesperadamente le llevó a ir a su lado y sostener su cuerpo para revisar la herida. Lo tomó sobre su regazo y pudo observar la seria hemorragia que brotaba de la lesión, podría asegurar sin equivocarse que no sobreviviría a ella.

Todavía podía sentir la misma impotencia, el mismo coraje que le hervía en la sangre por la estúpida decisión que había tomado su ex-mentor para protegerle, ¿en qué demonios estaba pensando? Se recordaba a sí mismo llamándole para que reaccionase, insultándole por la idiotez que había cometido, y escuchándole decir cosas incoherentes. Memoraba los dos cristales que cayeron por su cara y las palabras arrancadas de vida que pronuncio para él: "Vuelve a tu hogar algún día, y cuando lo hagas, cuida bien de Naruto y mi pequeña Sakura…"

Cerró los ojos con furia y ordenó a Yamato y a Gai que se lo llevaran a la aldea, aunque él sabía que no viviría, no quería quedarse sin poder hacer nada por salvarle si es que esa posibilidad existía.

Suspiró profundo y tomó su katana del suelo. Regresó a la cascada para continuar con su entrenamiento, ahora más que nada debía consumar su venganza, otro de sus seres queridos se sumaba a la lista que Itachi le había quitado. Kakashi había sido su maestro más preciado, había sido su amigo y el que más le había comprendido. Le vengaría como a su clan y, cuando eso sucediese, sólo hasta entonces, cumpliría su promesa: volvería a Konoha, a su hogar.

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Editado el 10/07/2010.