Hermione sonreía ligeramente, bajo una expresión de sarcasmo cruzando su rostro. Admirando las largas marcas de golpes en su espalda. Parte de lo que Snape llamaba: "trato especial", no era más que eso. Golpes y golpes. Más golpes para desayunar, los mismos que cenó el día anterior. Así era ese hombre. Un depravado sexual reprimido.
Suspiró mirándose en un enorme espejo. Si por acondicionamiento de interiores hablara, Snape sabía muy bien lo que hacía. Seguía sin entender, por qué vivía en una mazmorra tan mal amoblada, como en Hogwarts.
Todo cuanto "no había pedido" lo tenía. Hermosas y comfortables sábanas. Una enorme cama, un también hermoso baño. Se daba de lujos de una forma u otra, solo para ella.
¿Por qué? ¿Por qué no se buscaba otra mascota que no fuera ella? Respiró pesadamente y se sentó en la cama. Sus extremidades y partes bajas, estaban adoloridas. Su partes íntimas o más bien, su vagina, estaba adolorida.
¿Quién pudiera pensar que Severus Snape era amante del sexo rudo? Bueno, no se lo podía criticar. Luego, claro, de tanto tiempo encerrado dentro de aquellas largas ropas negras y ese calabozo en el que vivía. Por supuesto que tenía que sentir fantasías y deseos de romperse dentro de cualquier chica a la que pudiera sobornar, atrapar, secuestrar.
Como fuera. Porque seguramente, ninguna se ofrecería a libre albedrío. ¿O sí? Y sin embargo, luego de haber estado tanto tiempo junto a él, encarcelada, Severus Snape no tenía un mal físico. Todo lo contrario, se desperdiciaba.
Quizá había entrenado con hombres. Le veía poco futuro con mujeres.
Se echó a reír de ello y mientras reía, oyó un llamado a la puerta. Seguramente era él o para que le satisficiera sus más íntimos pecados o para que almorzara junto a él. Lo primero que pasase.
Abrió la puerta. No estaba bien resistirse. Lo admiró. Desde que ella le "pertenecía", Severus no solía vestirse como acostumbraba. Traía la camisa blanca, mal abotonada y sus pantalones negros, abiertos ligeramente.
Podía ver algunos vellos, tan oscuros como su cabello negro. Suspiró y parada frente a él, se dejó caer en el suelo, de rodillas. Imaginaba por qué venía de esa forma. Se lo hacía todo más fácil.
Sin desvestirse. Sostuvo su cadera con sus manos y Snape, bajó la vista, con una sonrisa escueta en sus labios.
— No te llamé para eso, Granger.— dijo y Hermione por un momento, se sintió aliviada de no tener que introducirlo en su boca. Al menos no, sin desayunar.— Además, ya había sido suficiente con la noche anterior Te he llamado para el almuerzo. Creo que te has dormido de más y te has saltado el desayuno.
Estaba segura de que no dormiría de más, si Snape no abusara de sus energías. Como fuera, intentó ponerse de pie nuevamente. Resultaba doloroso el solo moverse. Severus la miró caminar hasta la cocina. Bajo su mirada, sentía que la acorralaría y de espaldas, la tumbaría sobre la mesa. Pero no. Solo la siguió en silencio y se sentó frente a ella con una sonrisa. El almuerzo se veía exquisito. No solía comer "tanto". ¿Estaba de buen humor?
— ¿Cuál es el motivo de esta opulenta comida? ¿Qué estamos celebrando que vamos a comer de esta manera, señor?
Odiaba tener que usar ese calificativo, pero le iba peor si no lo hacía. Severus negó con la cabeza y suspiró.
— ¿Es que no podemos solo comer bien? Además, creo que la señorita Weasley viene de visita y por supuesto, el señor Lucius.
La mano que sostenía el salero, se endureció de pronto y echó de más en su pavo asado. Odiaba escucharlo. Odiaba ver cómo se burlaban.
Pero no tenía otra forma de vivir, que esa. Tenía que soportarlo. Ante ese gesto, Severus inspiró y posó su quijada sobre una de sus manos, divertido.
— ¿Te molestó ese comentario?
No contestó y negó con la cabeza suavemente. Trató de respirar y de comerse el pavo. Estaba harta de él. De escucharlo. ¿Es que no podía tratarla como un ser humano? No, él prefería tenerla como un juguete sexual. Cuánto tiempo no se habría reprimido solo por ser ella una estudiante. Quizá mucho más de lo que creía. Por como la trataba, seguro lo estaba esperando desde mucho tiempo atrás de la existencia.
Y con Snape, nunca exageraba.
— ¿A qué hora podré verla?
— Luego de que nos den un pequeño espectáculo. Seguro no les importará. Como ustedes son amigas, Granger.
Depravado. Eso era. Un hombre depravado.
Hermione se quedó en silencio y una sonrisa suave se posó sobre los labios de Snape mientras servía dos copas de vino tinto. Eso le hizo recordar su sangre, aquella que sobresalía de sus heridas con el látigo. Desvió la vista.
— ¿No lo quieres? Un poco de vino te hará muy bien.
Hermione se preguntó si trataba de embriagarla para divertirse con Ginny, ella y su poca tolerancia ante el alcohol.
— ¿Qué tal si antes de su llegada, no divertimos un poco?
Su risa se oyó por todo el pasillo mientras se llevaba la copa a la habitación. Supuso debía seguirlo.
