Daba vueltas de un lado al otro, por más que intentaba dejar de pensar en ello, su cabeza seguía conduciéndolo al mismo camino.
Se había despertado, agitadamente. El movimiento brusco, había sobresaltado a su hija de tres años, que había comenzado a sollozar en voz baja.
Por más intentos que hacía, jamás lograba concebir el sueño. ¿Cuándo dormía él? Nunca. Bajó la vista hacia la niña de tres años, que se revolvía incómoda en la cama. La había tomado entre sus brazos y con un respirar hondo, caminaba hasta la cocina.
Colocaba un poco de leche tibia en un biberón, ella era aún muy pequeña. Y la observaba, tomaba la leche mientras estaba sentado en el salón, recordando.
la voz de Nymphadora, áspera, aún estaba en su cabeza. Lo aturdía y al final, no había tenido más remedio que casarse.
— Papá...papá...
— ¿Por qué nunca puedes dormir en tu cuna? ¿A qué le tienes miedo?
Se levantó mientras la sostenía y ella largaba sus brazos en su cuello. Caminó hasta la habitación donde dormían ambos pequeños y contempló el lugar.
Nada que pudiera asustarla, al menos no a la vista.
— Ven, vamos a la cuna.
Pero ella forcejeaba. Ella no quería quedarse allí y al final, despertaría a su hermano. Inspiró, se preguntaba el por qué de su comportamiento.
Se parecía tanto a él, cuando Nymphadora había aparecido por primera vez en su vida. Aquellas palabras aún continuaban resonando en su cabeza. Quizá ella había heredado ese temor. Ese miedo a la oscuridad.
El mismo que él había sentido.
Trataba de olvidar el pasado y resultaba muy complicado.
Regresó a la habitación y observó sus alrededores. Todo tan callado, pacífico. Pero nadie comprendía el malestar que sentía.
Desde hacía muchos años atrás.
— ¿No puede dormir?
La voz de su esposa a un lado, lo había sobresaltado. Asintió en silencio, mientras la sentaba en la cama. Nymphadora se había inclinado para sostenerla esa vez, mientras él las observaba en silencio. Había sonreído y con su mano, acariciaba su cabeza lentamente.
Pero había algo que tenía que decirle.
— Nymphadora...yo...
¿Cómo empezaba? ¿Cómo resultaba ser específico acerca de una marejada de pensamientos que no se definían ni resultaban ser claros?
— ¿Severus?
— Buenas noches.
Resultaba imposible. Y se había dejado caer en la cama, dándole la espalda.
Jamás se había imaginado que la vería de esa forma. Jamás habría imaginado que ella daría un cambio tan drástico, obligándole a sentir miedo de ella misma y de sí mismo. A la vez.
Se sentía preso.
Ella era la mujer de sus pesadillas. La mujer que había conseguido herirlo.
Y Tonks había tenido la misma sensación de colocar su mano sobre su hombro, estirarla hasta él, decirle algo.
— Severus...lo siento.
Eso había susurrado...
