IchiRuki
Una semana había transcurrido desde que Rukia fue a recibir la notificación de su ingreso a la Todai. Y, en este día que estaba por comenzar, se dirigía muy oronda a las instalaciones de la universidad. Iba a matricularse y a inscribir sus asignaturas. Estaba a punto de comenzar sus estudios como Doctora en Medicina Veterinaria.
Pero ¿qué más podríamos decir de ella, aparte de lo que se relató al principio de este relato? Pues muchas cosas. Como nuestros amables lectores querrán formarse una idea del aspecto de nuestros héroes, se trazará un ligero esbozo de los protagonistas.
Comencemos por Rukia, quien tenía dieciséis años. Era de baja estatura (1.44 metros) y delgada, con piel de apariencia nívea. A veces ella se comparaba con un potro; pues nunca parecía saber qué hacer con sus largas piernas. Tenía la boca decidida, la nariz respingada, el cabello negro, ojos azul violeta muy penetrantes y orgullosos, que parecían verlo todo, y que sabían ponerse alternativamente feroces, burlones, melancólicos o pensativos. Se enojaba con facilidad y muchas veces actuaba por impulso -medianamente estudiaba las situaciones-, y cuando había que pelear, defender y discutir por algo o por alguien, lo hacía a viva voz y sin temor. Muchas veces peleaba consigo misma por controlar ese temperamento, por corregirlo; y cuando creía que lo había logrado, surgía peor que antes. Aún así, siempre trataba de mostrarse afable con los que la rodeaban. Muchos de sus conocidos también decían que era extrovertida. Sin embargo, frente a su hermano todo ello quedaba descartado, tratando de portarse lo más correctamente posible.
No obstante, a veces en ella había cierta timidez en el ademán y en la voz. Más aún cuando entraba a un ambiente que sentía ajeno a su entorno, con personas prácticamente desconocidas; o cuando se referían a los sentimientos. Y es que en su casa la mayor parte del tiempo la pasaba sola o con su hermano. Sus padres fallecieron cuando ella apenas era una niña y su hermano Byakuya adoptó la figura paterna en ella. Pero su Nii-Sama era muy serio y reservado, casi sin expresiones faciales (a menos que sea -otra vez- para mostrar la seriedad y el enojo), por ello nunca pudo experimentar a cabalidad las expresiones fraternales, como si nunca hubiese aprendido a demostrar las emociones. ¿Y cómo hacerlo si nunca tuviste con quien?, ¿acaso alguien te enseñó? Aún así Rukia tenía muchas amistades.
Hacía poco más de tres años que viene guardando un secreto, uno que le estaba impidiendo vivir como cualquier otra persona normal. Éste además le causaba mucha vergüenza, tanto así, que solo dos personas lo sabían: Su mejores amigos Sentarou y Kiyone. Para sus condiscípulos (con lo prácticos que son), tal problema era una niñería que se podría resolver fácilmente, pero para Rukia era algo que difícilmente iba a superar pronto, todas las noches pedía vencer ese "obstáculo" pero nunca vislumbraba mejoras.
Pero bueno, ahora démosle espacio a Ichigo. Este era un joven alto, a pesar de tener -también- 16 años. De cuerpo tonificado, con cabello naranja, que gustaba vestir con ropa ajustada al cuerpo. Su principal característica física era que siempre parecía andar el ceño fruncido, como si estuviera molesto. Vivía con su padre y sus hermanas menores, a quienes cuidaba mucho. Sin embargo, tenía un gran defecto: Era muy impulsivo. Por lo general, hacía cosas pero nunca se detenía a pensar en los pros y contras, sino que simplemente hacía lo que él quería. Era muy aficionado a los deportes.
Su padre, Kurosaki Isshin, era médico en unos de los hospitales de la ciudad. Y a veces, el lugar estaba tan atestado de pacientes que tenía que pedirle ayuda a su familia. Ichigo solía actuar de enfermero y casi siempre se topaba con jóvenes que, gracias a los excesos; habían sufrido accidentes, reprimendas y enfermedades. Formaba parte también del equipo de voluntarios de dicho nosocomio, de hecho él era el encargado de las charlas sobre Educación Sexual. Pero su ayuda no se limitaba a eso, también era asiduo colaborador del Banco de Sangre, y es que con mucha frecuencia iba a donar el vital líquido. Y salvar una vida era impagable.
El día en que se cruzó con Rukia, recibió una gran noticia; había sido aceptado en la Todai estudiando Medicina Veterinaria. El decía que si su padre se encargaba de las personas, él lo haría de los animales.
Así estaban las cosas con esos chicos, quienes nuevamente se volvieron a topar fuera de las instalaciones de la Universidad de Tokio, cuando ambos esperaban el autobús que los llevaría a casa luego de una jornada administrativa en la Todai.
Otro encuentro estaba a punto de pasar.
