Disclaimer: Los personajes de Hetalia no me pertenecen, sino a su autor Hidekaz Himaruya-sama, este fic lo hice sólo y únicamente como diversión.
Aclaraciones y Advertencia: Este fic está ambientado en los juegos de calabozos y dragones y contiene, fantasía, yaoi, lemon y AU.
Parejas: Ninguna hasta el momento.
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Hetalia Fantasy
Capitulo 2 El dios del Caos parte I
El grupo viajaba por el bosque, rumbo a Smederth; un pequeño poblado, famoso por sus artesanos, quienes eran capaces de crear verdaderas obras de arte. Todo parecía en calma, una tranquilidad algo anormal, que parecía ser el preludio de alguna batalla.
—Mon petit Itzamma —lo llamó Francis, sacándolo de sus pensamientos —¿Ese cosa es peligrosa? —le preguntó algo nervioso, pues el jaguar lo miraba como si fuera su cena.
El aludido paso su mirada de su compañero al jaguar y luego viceversa. Sonrío nerviosamente al darse cuenta que a su jaguar parecía no agradarle la compañía del hombre.
—Miquiztli, déjalo, no es comida; podrías indigestarte o algo —le dijo Itzamma sonriéndole al jaguar, quien dejó escapar un gruñido insatisfecho pero hizo caso al moreno.
—¡Hahahaha! —Alfred estaba realmente emocionado por enseñar a sus nuevos compañeros sus grandes habilidades como héroe; normalmente sólo viajaba con Itzamma pues casi nadie era capaz de seguirle el paso.
—Itzamma, no pareces de ninguna tribu que hubiera visto antes —dijo Elizabeta mirando al aludido.
—Soy de las tierras de Uxmal —los presentes lo miraron sorprendidos.
—¿En verdad eres de ahí? —preguntó Arthur sin poder creerlo, Itzamma asintió con la cabeza.
Uxmal pertenecía a las tierras más inhóspitas, se decía que nadie lograba salir de ahí, pues los bosques estaban plagados de las más terribles criaturas.
—¿Qué hace un habitante de Uxmal fuera de sus dominios? —dijo Francis ocasionando un bufido en el moreno.
—Mi hermana pequeña, un grupo de guerreros y yo nos encontrábamos en las fronteras pues habíamos escuchado de algunos intrusos —dio un largo suspiro. —Esos tipos estaban bien preparados y yo era el único hechicero entre mi grupo… mi hermana era la mejor guerrera de nosotros, pero ni ella pudo hacer mucho por defenderse… cuando creí que la matarían… apareció éste tarado y la salvó —ahora la atención se centró en Alfred quien hacia un puchero por la ofensa. —Cuando alguien le salva la vida a otra persona, un miembro de su familia o él mismo debe servirle hasta que saldar la deuda. De ninguna manera iba a permitir que mi hermana estuviera con él, por eso me ofrecí a saldar la deuda.
—¡Y hemos estado juntos tres años! —exclamó Alfred contento.
Estuvieron en silencio por un rato; las nubes comenzaban a teñirse de rojo y naranja; pronto anochecería.
—Es mejor que acampemos —dijo Elizabeta deteniendo su caballo cerca del camino, desmontó para estirarse un poco.
—Tienes razón, ya esta anocheciendo —la apoyó Arthur imitando a la guerrera.
—Aun nos queda un poco de luz, podríamos continuar –habló Alfred con cierta molestia. Mientras más rápido terminaran, más rápido tendrían la recompensa.
—Solo los tontos viajan de noche por el bosque —dijo Francis, al tiempo que desmontaba.
—Además, los caballos y nosotros necesitamos descansar, así que no te quejes —lo regañó Itzamma. El jaguar emitió un sonido, dándole la razón al moreno.
—Bueno, está decidido. Acamparemos aquí esta noche —sentenció Elizabeta.
Una vez se instalaron e hicieron una fogata, degustaron un delicioso asado preparado por Francis.
—Delicioso —dijo Elizabeta saboreando los alimentos —, pesé que eras sólo un pervertido, pero veo que tienes talentos culinarios.
—Merci beaucoup —respondió Francis sonriendo. No perdía la oportunidad de coquetear con ella, aunque eso le valía algunos golpes por parte de Elizabeta o de Arthur quien parecía hervir en celos cada vez que el bardo coqueteaba.
Francis comenzó a tocar, Alfred había entablado una conversación con Arthur y Elizabeta se concentraba en la música.
Mientras ellos se divertían. Iván se concentraba en mirar la nada, cuando un un plato de humeante y deliciosa comida apareció frente a sus ojos; Itzamma lo miraba fijo, con esos ojos del color de la sangre.
—Debes tener hambre —dijo Itzamma entregándole el plato.
—Iván no necesita de la lástima de los demás, da —dijo el bárbaro desviando la mirada. Itzamma frunció el ceño.
—No es lástima, pedazo de idiota —gruñó molesto —, pero si no comes y recargas fuerzas serás un lastre para los demás.
Iván abrió y cerró la boca pero ningún sonido salía de ella; era la primera vez que alguien se atrevía a hacerle frente. Miró a Itzamma quien ya se había acomodado a su lado.
—Escucha… eres el único (aparte de Elizabeta), que parece ser un ser pensante y si de todos modos tengo que estar atado a esta misión de porquería —dio un largo suspiro —, me gustaría al menos contar con un amigo, ¿Qué dices?
Iván se quedo mudo, jamás nadie le había dicho esas palabras; era la primera vez que alguien quería acercarse a él en vez de lo contrario; por inercia tomó el plato que le era ofrecido y asintió con la cabeza.
—¿Entonces amigos? —dijo Itzamma sonriendo.
—Da —respondió con una sonrisa infantil, pero el hechicero pudo darse cuenta que era diferente a las demás que había visto en Iván, parecía… verdadera.
En ese momento el jaguar, amigo del druida saltó sobre Iván, haciendo que tirara el plato de comida y se golpeara fuertemente contra el suelo mientras le lamía el rostro. Aquella acción sorprendió aún más al joven, pues hasta ahora ningún animal había algo así con él.
—Miquiztli, es suficiente —dijo Itzamma. El jaguar dejó a Iván para sentarse al lado de su compañero humano. —Lo siento, es demasiado cariñoso con los que le agradan.
Iván sonrió; con cuidado, acercó una mano a la cabeza del felino quien se restregó contra ésta comenzando a ronronear gustoso por el contacto.
Después de dos horas, se reunieron con los demás.
—Es necesario que uno se quede haciendo guardia —dijo Elizabeta en tono serio.
—¡El héroe hará la primera guardia!, ¡hahahaha!
—Bien, después de ti le tocara a Arthur, luego a mí, después a Itzamma, Iván y por último a Francis.
La mayoría estaban dormidos; Alfred observaba la oscuridad de la noche a través de los árboles. Había demasiado silencio para su gusto, ni siquiera se escuchaba el sonido de los insectos y Miquiztli parecía estar alerta, pues no se había separado de Itzamma ni un segundo.
Alfred decidió ir a investigar, quizás sólo era algún depredador y no había necesidad de despertar a los otros.
Muy cerca del lugar donde el grupo acampaba, dos jóvenes los observaban desde las penumbras; su atención se centró en una bolsa que se encontraba junto a Elizabeta. Se acercaron a ella, despacio, para no despertarla. Uno de ellos tomó su objetivo, pero una mano lo atrapó por el tobillo.
—Lindo gatito… —dijo el hombre con una falsa sonrisa —¡Gilbert… quítame ésta cosa!
Itzamma llamó al jaguar, quien se alejó de los dos intrusos pero no bajó la guardia.
—¿Dónde demonios está el tarado de Alfredo? —Itzamma estaba realmente molesto con su compañero, pues se suponía que él se encargaba de vigilar que nada como eso pasara mientras los demás dormían.
—Lo siento… sólo necesitamos la comida; nadie tiene que salir herido por eso.
Elizabeta le sonrió de forma macabra y lo golpeó en el rostro soltándolo.
—¡Antonio! —Gilbert corrió en auxiliar a su compañero. Comenzaba a ponerse cada vez más nervioso.
—Cometieron un error al intentar robarnos —dijo Arthur, listo para lanzarse una maldición.
—Lo siento, pero necesitamos la comida… no tenemos opción —Antonio miró a Gilbert sorprendido, su viejo amigo actuaba tan serio que parecía ser otra persona.
—¿Y qué harán? —habló Elizabeta. —Los superamos en número.
Gilbert y Antonio se preparando; a como dé lugar debían llevarse esas provisiones. Elizabeta desenvaino su espada, lista para hacerles frente. De pronto…
—¡Nos atacan! —gritó Alfred. Al siguiente momento una lluvia de flechas encendidas los tomó por asalto.
—Oh, Oh —dijo Antonio.
Una de las saetas fue directa a Itzamma, pero Iván lo apartó, evitando que ambos salieran heridos.
—No debemos estar al descubierto —dijo Francis, pero no tuvieron tiempo de ocultarse en la espesura del bosque, pues se vieron rodeados de pequeños seres de un color rojizo, grotescos, de ojos saltones; algunos llevaban espadas mientras que otros sólo antorchas.
—¿Qué rayos son esas cosas? —Elizabeta hizo una mueca de asco; aquellos seres se veían aún más repulsivos en la precaria luz del fuego.
—No lo sé, pero no se ven muy amistosas —Francis también estaba asqueado.
—Manténganse unidos y cuídense las espaldas los unos a los otros —era la primera vez que Iván hablaba al grupo, pero lo hizo con tal autoridad que hasta Antonio y Gilbert asintieron con la cabeza.
Una de las criaturas hizo un extraño ruido y como consecuencia las otras comenzaron su ataque. Iván se encontraba cerca de Itzamma para protegerle.
Las espadas no parecían hacerle nada a las criaturas, ni la extraña arma de Alfred que lanzaba diferentes hechizos; no fue hasta que una bola de fuego fue despedida de su pistola que se dieron cuenta: sólo el fuego podía lastimar a las criaturas. Arthur e Itzamma comenzaron a lanzar cuanto conjuro ardiente les pasara por la mente.
Minutos después, todo regresó a la calma.
—¿Esos fueron todos? —preguntó Antonio, cayendo sentado al suelo. Exhausto.
—Eso parece —le respondió su compañero.
—¡Hahahaha! ¡El héroe ha salvado el día! —Alfred era el único que parecía no haber perdido las energías, al contrario, se le veía más entusiasmado.
—No sabía que eras hechicero —dijo Arthur mirando a Alfred quien lo miró confundido.
—No lo soy.
—Pero usaste magia…
—No lo hizo —dijo Itzamma acercándose a su compañero para arrebatarle su arma. Era una especie de pistola, muy robusta y con un cañón ancho. —Alfred era arquero cuando lo conocí, pero aunque tenía una gran puntería, no podía hacer mucho al enfrentarse a varios oponentes… por eso, un alquimista que vivía en mi tribu le dio esto. Le llama pistola, con estos cartuchos que parecen huevos de serpiente, puede lanzar el hechizo contenido en ellos, pero es necesario que un practicante de la magia los recargue después de usarlos.
—Oresama le caería muy bien una de esas, kesesese —fue en ese momento que todos recordaron a Antonio y a Gilbert.
Iván no esperó más y tomó al extraño por el cuello de sus ropas a Antonio, mirándolo con una sonrisa infantil.
—Iván, suéltalo—le pidió el rubio.
—Pero intentaron robarse las provisiones, merece ser castigado, da —aunque su voz era dulce e incluso inocente, Antonio comenzó a gritar, removerse e incluso llorando.
—¡Déjenlo! —gritó Gilbert. —Queríamos robar sus provisiones por qué…
—No importa —dijo Itzamma interrumpiéndolo. —No se robaron nada y nos ayudaron en la pelea… olvidemos esto. —los presentes lo miraron estupefactos.
—¿Estás consciente de lo que dices, idiota? —lo regañó Arthur. Estaba completamente decepcionado, pues en un principio había creído que Itzamma era un ser pensante, muy diferente a su compañero.
—Primero, no me hables en ese tono si no quieres que él te ataque —dijo señalando al jaguar que le gruñía a Arthur —, segundo, ellos no son malas personas, de haberlo sido habrían aprovechado para escapar con las provisiones cuando nos atacaron; sea cual sea la razón por la que intentaron robarnos… dudo que no tuviesen una razón muy fuerte.
Elizabeta dejó escapar un largo suspiro, miró al par de ladrones.
—Nombres…
—Soy Antonio y él es mi compañero Gilbert
El grupo se presentó.
Al final, resultó que Antonio y Gilbert habían intentado robarles para ayudar a una anciana que vivía a una hora de ahí, quien estaba enferma y necesitaba de medicamentos; ellos eran aventureros, no conocían mucho de medicina; Itzamma decidió ayudarles, en su tribu se les enseñaba el poder sanador de las plantas, además de que contaba con hechizos de curación.
Después un par de días, la anciana se recuperó y los dos amigos, muy agradecidos, decidieron unirse al grupo.
—¿Y a donde se dirigen? —le preguntó Antonio a Fancis, quien estaba sentado junto a él frente a la hoguera.
—A Smederth.
—Es un pueblo pequeño y dicen que últimamente ha habido ataques de monstruos —comentó Gilbert mientras acariciaba la cabeza de una pequeña ave amarilla llamada Gilbird.
—¡Con más razón debemos ir! ¡El héroe debe rescatar ese pueblo! ¡hahahaha! —exclamó Alfred y todos dejaron escapar un largo suspiro. Sí, definitivamente tendrían una resaca al lado de ese rubio desquiciado.
Continuará…
