Disclaimer: Todo lo que reconozcan pertenece al grandioso George R. R. Martin.


El caballero y la reina

II.

La mañana siguiente, Jaime se levantó con renovadas fuerzas, dispuesto a derrotar a Ser Wallis Frey a quien fuera su oponente en la final, Ser Barristan Selmy o el mismísimo príncipe Rhaegar.

—Hoy el príncipe ganará y me convertirá en Reina del Amor y la Belleza —pregonaba Cersei entre sus doncellas, mientras tomaban el desayuno juntos.

"Eso está por verse", pensó Jaime, casi ahogándose con su bebida, ansioso para que las justas empezaran.

Los sirvientes prepararon su caballo y armadura mientras la muchedumbre gritaba extasiada en el exterior por el enfrentamiento que se producía en ese momento.

—El príncipe Rhaegar derrotó a Ser Barristan, mi señor —le respondió una de las criadas cuando Jaime indagó por el resultado.

—Y yo lo derrotaré a él —aseguró el joven heredero, convencido de que así sería mientras salía de su carpa al encuentro de Ser Wallis.


—Mira, Lyanna, ¿ese no es tu novio? —dijo Brandon, conteniendo las carcajadas mientras señalaba discretamente al caballero que se enfrentaría a uno de los Frey.

Un ligero rubor cubrió el rostro de la Doncella Lobo al percibir que el hombre era nadie más y nadie menos que Jaime Lannister, el encantador heredero de Roca Casterly que había tenido el placer de conocer el día anterior.

—Cállate, Bran —le espetó Lyanna, ocultando su rostro de la vista de sus hermanos, para que estos no pudieran percibir su anormal reacción ante la presencia del muchacho.

Brandon largó otra carcajada, Ned negó con la cabeza reprochando la actitud de su hermano y Benjen solo miró detenidamente a Jaime, como evaluando si este era lo suficientemente digno de su hermana mayor.

Ignorando los comentarios de su hermano Brandon, Lyanna imitó al menor de los Stark, concentrándose en la justa que Jaime Lannister ganó para la sorpresa del público que la contemplaba. Lyanna aplaudió junto a los demás espectadores, incapaz de ocultar la sonrisa que tantas burlas arrancaban al heredero de Invernalia.

El muchacho, antes de volver a su carpa para un pequeño descanso antes de la final, se giró hacia las gradas, buscando con la mirada a alguien. Cersei se encontraba lista para saludar a su hermano, pero no fue a ella a quien Jaime sonrió. Lyanna Stark correspondió el gesto dirigido a ella, volviendo a sonrojarse por la atención que recibía del hijo de Lord Tywin mientras el joven Eddard se preguntaba si no le tocaría escribir a su padre esa noche para impedir el compromiso entre su amigo Robert y la pequeña Stark.


Jaime se subió a su corcel blanco mientras uno de los pajes de su padre le alcanzaba su yelmo dorado. En el otro extremo de la pista el príncipe Rhaegar y sus sirvientes imitaban sus gestos, preparándolo para la justa.

Jaime miró de soslayo al estrado desde donde los Stark observaban el torneo, sabiendo que no podía dejarse ganar por Rhaegar, al menos no frente a la hermosa Lyanna.

—¿Mi señor? —dijo uno de sus lacayos, extendiéndole la lanza, sacándolo de sus pensamientos—. Buena suerte, mi señor.

—No la necesitaré, Lommy —respondió Jaime con arrogancia, sonriendo de lado, antes de colocarse el yelmo y posicionarse para enfrentar a su rival.

El príncipe parecía tan seguro de su victoria, que Jaime no podía esperar para desmontarlo de su caballo y demostrarle que los Lannister no son una familia a la que deberías subestimar tan fácilmente.

Cuando finalmente ganó, Jaime no sabía si concentrarse en la cara de estupefacción de Rhaegar o la de su gemela Cersei, ya que ambos parecían competir en ridiculez. Los aplausos resonaban ensordecedores a su alrededor mientras el rey y su consejo lo felicitaban por su victoria.

Su hermana se recuperó rápidamente de la sorpresa, componiendo una sonrisa altiva cuando alguien le tendió a Jaime una corona de flores azules para que nombrara a la Reina del Amor y la Belleza, como indicaba la tradición.

Sin dudar ni por un segundo, el heredero de Roca Casterly atravesó el palco de los Tyrell, los Martell y los Lannister, ignorando a una ofendida Cersei, encaminándose directamente hacia el lugar que ocupaban los señores del Norte.

—Mi reina —dijo Jaime con galantería, mientras colocaba la corona sobre la cabeza de una sonrojada Lyanna Stark, ignorando las miradas indiscretas sobre ellos.

—Felicidades por su victoria, Ser —respondió la norteña, sonriendo mientras Lannister besaba su mano con descaro.

Jaime fue no pudo contener una sonrisa de vuelta, antes de alejarse en dirección a su padre, dispuesto a pedirle un viaje a Invernalia lo más pronto posible para hablar con Lord Rickard sobre su hija y el destino de esta.

Puede que Lyanna Stark nunca llegara a ser una reina de verdad o que Jaime Lannister aún no hubiera sido nombrado realmente caballero, pero poco les importaba a ambos esos hechos en ese momento. Porque para ellos, todo era posible en el misterioso castillo de Harrenhal.

Fin.


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