Hace días que su hábito se había vuelto rutinario, hábito que nadie parecía notar. Blaine había encontrado un pequeño y oculto oasis entre matorrales. Claro, lo había encontrado después de grandes, diversos traumas: depresión, ansiedad, soledad.

La que parecía quedarse en su mente era la idea del suicidio. Lo había planeado, y no, su causa no era tristeza, dolor ni rabia. Ya había superado esa etapa. Sólo había comprendido que su vida no valía, ni para él, ni para sus antiguos amigos, ni para sus padres. Al menos eso creía.

Su vida no valía, era basura, desperdicio. Como si su vida no fuera algo único y prodigioso.

Pero no quería morir en silencio, quería que al menos su vida significara algo. Entre sus planes estaban traumas severos a pubertos e infantes, unos más arruinados que otros, viendo cómo su cuerpo golpeaba el asfalto, gracias a la gravedad. Cómo sus órganos reventaban, cada hueso de su cuerpo se rompía, y el conocimiento viajaba lentamente al limbo de las almas en el que creía como ateo pesimista, con gritos agudos y voces aterradas siendo su orquesta de despedida. Lo había planeado.

También quería que un poco de su sangre salpicara a los de preparatoria. Tal parece que Blaine no sabía mucho de anatomía humana.

16 metros de alto conformaban una fantasía, que parecía sexual por el placer que le daba. Un placer liberador, ansioso y nervioso, que hacía la espera cada vez más dolorosa.

Pero esa no era su única idea.

También había pensado en ahorcarse, algo simple pero rápido. Lo podría hacer entre clases, los niños violados y psicológicamente mudos parecen tener privilegios como ir al baño cuando quisieran. Así, no tendría impedimentos de ninguna clase.

Sólo necesitaba una cuerda, un gran árbol y claro, su miserable vida.

Así que en un descanso, ampliando sus posibilidades, decidió recorrer el campus en busca de dicho árbol. Caminó unos minutos, rodeando la pared que tenía rejas eléctricas por encima. No es un colegio, es más una cárcel, se dijo para sí.

Después de un tiempo encontró una división particularmente uniforme que separaba dos espacios, pero era tan espesa que parecía no traspasable.

Otro beneficio de ser niño violado es la capacidad de explorar sin ser cuestionado por hacerlo, como si pensaran que te liberas un poco del trauma si caminas solo y nada más que solo por donde se te ocurra. Sumado al hecho de que todos tenían cosas más importantes que hacer que ver a un estudiante escarbar unos arbustos.

Separó ramas, algunas cortaban líneas irregulares en su piel, pequeñas rayas blancas y algunas rosadas adornaban su muñeca. ¿Metáfora? Tal vez. Unos cortes y espinas y estaría en lo desconocido de la escuela. Se podía ver que nadie frecuentaba el lugar, pues no había paquetes plásticos, cajas de jugo o condones* usados regados por el prado.

Era, además, naturalmente hermoso.

Había dos árboles grandes por lo cual le sorprendió no haberlos visto detrás de los matorrales. Uno más pequeño y ancho captó su mirada, tenía ramas gruesas en la parte baja, y hojas de colores más arriba. Se daría cuenta que lo más hermoso no era el árbol, era lo que ocultaba tras de sí.

Unos pasos a la derecha se dio cuenta de una abertura en la pared, más bien en la muralla, pues 10 metros de ladrillo y cemento no son fáciles de ignorar. 10 metros de un gran sin escapatoria. Pero, a decir verdad, a Blaine no le desagradaba tal idea, no en un lugar como ése.

Parecía un hoyo de ladrillo ausente, y daba la vista a un prado vacío, que al acercarse pudo definir como el patio de otro campus, más pequeño y viejo que el suyo, con detalles desgastados y grises. A pesar de esto era bonita la vista hacia los prados vacíos acompañados por el sonido de las banderas ondeando.

Y mágicamente, sus pensamientos suicidas fueron reemplazados por intriga. Claro, seguía en la búsqueda de una muerte súbita e impactante, pero un rayo de luz asomó en lo que parecía muerto. Sintió curiosidad por el lugar, lo cual era algo raro pues era sólo un colegio, y mientras pasaban los días prefería aquel lugar para pasar el tiempo perdido.

Entonces ése día pasó.

Cuando atravesó los arbustos, por sexta, séptima vez, encontró que no estaba del todo sólo.

Al otro lado del gran muro escuchaba gritos, más como insultos, palabras fuertes que se tornaban estúpidas y sin sentido con cada segundo. El sodio era acompañado de golpes, no, choques, cortantes, rápidos. El que estaba golpeando parecía tener mucha rabia, y fuerza. O Blaine estaba paranoico, o esos eran huesos quebrándose.

Pero, qué importaba. Tal vez aquella persona se lo merecía, tal vez estaba mejor muerto que vivo. Tal vez el que agonizaba era el malo de la historia.

Claro, eso nunca pasa.

Siempre eran nerds, losers, integrantes del coro o del equipo de ajedrez, siempre los mismos escuálidos con gafas a los que Dios castigaba con pocos atributos y narices frágiles. Siempre el mismo modelo de pequeño idiota, que sobrevivía por la idea de que sus problemas acabarían al terminar sus estudios.

Otras veces sólo eran muchachos, disconformes con la ironía de su vida, creyendo en un ser supremo que los hizo gays por satisfacción propia, para regocijarse mientras éstos trataban de arreglar su vida. Un dios que, al final, no tenía cielo para ellos. Un dios irónico.

Pero qué importaba, no era su vida. Tal vez era un alma en pena, y en el mejor de los casos se lo encontraría en el limbo de las almas perdidas. No es tan mala idea, pensó mientras se acercaba al hoyo, hasta que lo vio.

Dos mechones de pelo oscuro ocultaban sin éxito los moretones de sus ojos. La sangre que emanaba por s u boca y nariz hacía indefinible el contorno de su pálido rostro. Aún así sus ojos asomaban. Azules y apagados, viendo la vida que le quitaban forzosamente.

La víctima en cuestión estaba muerta a los ojos de Blaine, o lo estaría muy pronto. Pero había algo en el que no quería dar su vida. Si alguien merecía vivir era esa persona. Impulsivamente Blaine llamó al 911, y con voz de niño violado advirtió que estaban matando a un joven en cierto colegio público. Mientras colgaba, alertaba a los abusadores, sobre todo a uno ancho y no muy alto que captó su atención, que había llamado a la policía y que deberían huir. Claro, no fue escuchado, hasta que sonó la sirena. Mientras corrían, gritaba como podía al castaño para que éste no perdiera el conocimiento. En eso también falló.

*La sexualidad era un tema teórico en clase y experimental en los recesos. Además, el sexo gay es más placentero, ¿verdad?