El Ciclo de la Luna Roja pertenece a José Antonio Cotrina.

Este fic participa en el reto Emociones del foro Bajo la Luna Roja. Las emociones que me ha tocado plasmar son dolor, tristeza y envidia. Esta viñeta está dedicada a la tristeza.


El Señor de los Asesinos de Rocavarancolia sobrevuela la ciudad, iluminada por la Luna Roja.

Antes, Esmael tenía por costumbre dar un paseo sobre la ciudad de los monstruos con Dama Fiera, por mera curiosidad, sólo para ver si sus predicciones respecto a los cosechados se habían cumplido. Hacían apuestas, y por lo general ella era la que más acertaba.

Ahora no hay nada que ver. Y, lo que es aún peor, nadie con quien comentar el absoluto fracaso de la Cosecha.

El último crío que quedaba vivo se tiró a la Cicatriz de Arax, horrorizado ante las muertes que habían tenido sus amigos, incapaz de enfrentarse a ello y de convivir con la pérdida de los demás. Y el Consejo y la regla de no intervenir habían impedido que cualquiera pudiese hacer algo para salvar al mocoso de su propia cobardía.

Esmael resopla. Ese niño no era digno de ver la Luna Roja; no era lo suficientemente fuerte como para sobrevivir. Denéstor ni siquiera debería haberse molestado en traerlo. Había tenido más de lo que merecía, una vida insulsa en la Tierra.

Por primera vez, que Esmael recuerde, no se abre ningún vórtice que lleve a otro mundo en el cielo de Rocavarancolia. Todos saben que es porque ningún cosechado ha sobrevivido, pero nadie lo comenta. Igual que nadie quiere hablar la batalla que supuso la caída del reino hace dos años.

La destrucción de Rocavarancolia aún es sobrecogedora. Esmael recuerda las maravillas que atesoraba cada rincón de la ciudad, y cómo en unos días todo se redujo a escombros. Aún no se acostumbra.

Esmael suspira antes de aterrizar en el tejado del Torreón Margalar, bufando cuando unos murciélagos flamígeros revolotean a su alrededor. No puede negar que, más allá de las dudas acerca de la funesta elección del demiurgo de Rocavarancolia y del desprecio hacia toda la cosecha, la visión de las ruinas de la ciudad, el olor del esplendor perdido, hacen que la tristeza lo consuma.

Qué grandes fuimos, piensa, con las alas agachadas y los ojos entornados. Y qué patético se ha vuelto este mundo.