Capítulo #2
Reflejo:
Pasos para llegar a la demencia
Azulado amanecer, el aura perpetua de la tierra misma, indomable, preciosa, que se elevaba desde el este. Alba divina que poco a poco desentrañaba las cristalinas estelas del sereno y entre rayos ambarinos atravesaba las blancas nubes del horizonte.
Rodeado de tanta magnificencia matinal, estaba la resumida arboleda que resguardaba en su interior los ancestrales secretos de la evolución. Docenas de avecillas cantaban una ópera al amanecer, sin siquiera notar lo que pasaba a su alrededor. En aquel recinto de sueños, adornado de fresca hierba verde y un diáfano lago, descansaba lo inesperado. Una figura ambigua, parecía humana pero con las oscuras extremidades ¿Quién podría saberlo?
Pronto la inminente mañana y sus amables tratos fueron despertándoles. Levantado como muerto se encontraba la figura de un dragón negro. Adormecido decidió dar un vistazo al imperdible amanecer, flotando por lo bajo. Sin querer había golpeado a "su padre" con la cola. Era extraño pensarlo, una criatura tan fantástica… ¿familia de un humano?
En efecto, un muchacho alto, desaliñado, con su camisa azul llena de tierra y humedad. Su cabello gris empapado por la noche y su rostro, maltratado por el suelo. Todo el tiempo había servido de cama para el dragoncito, que al acurrucarse terminó sobre su espalda. El pobre estaba bocabajo, con las manos y pies como si le hubiera arrollado un auto, o mejor dicho un Rayquaza. A su lado un improvisado torniquete de vendas, suelto, y una jeringa vacía, pero con una gota de roja sangre colgando de su aguja.
La suave sacudida que recibió de su Pokémon terminó de despertarlo. Perezoso, no quería mover ningún músculo de su entumecido cuerpo. Mas no pudo permanecer así mucho tiempo, en cuanto reaccionó que dormía al aire libre y no en su apacible cama.
Un par de insolentes hojarascas se le habían metido en la boca, amargando su paladar. Incómodo las escupió, antes de levantarse a medias. Tenía mucho sueño, de verdad había pasado una dura noche a la intemperie. Se sentía terriblemente agotado. Con un sentimiento extraño e inusual en sus hombros, se dirigió a rastras hasta la laguna, a ver si lavarse el rostro podría despojarlo de sus ataduras.
Adormecido se acomodó de cuclillas frente al encantador lago. Cerró los ojos con sueño mientras se estiraba y daba un largo bostezo. De paso, se quitó la camisa para no mojarla al refrescarse. Aun con sus ojos cerrados se tomó un tiempo para respirar el aire de la mañana, sin la mínima reminiscencia de lo que estaba por descubrir. Al final, abrió los ojos para contemplar su reflejo en el lago y la cruda realidad le asaltó en el acto.
Asustado dio un salto para atrás, sin dar crédito a lo que sus ojos veían. Pausadamente se acercó de nuevo al agua y a la fatídica realidad de su reflejo. Una traviesa hilera de escamas negras le recorría los hombros y parte del desabrigado pecho. Sorprendido creyó haberlo soñado hasta que, en su mente, la trastabillada idea de sumergir su cabeza en el lago le desmintiera. Lo hizo, pero nada cambió. En cuanto el agua se calmó volvió a ver su adverso reflejo.
Pasó unos minutos mirándose en el lago, tal vez esperando que el frío le sacudiera y ya no viera más las negras placas sobre su piel. Sin embargo un malestar desquiciante lo sacó de su letargo. Justo en su antebrazo derecho estaba la molestia. Aquella antigua piel suave quedó resumida a erupciones. Diminutos pero enrojecidos granitos marcaban una aureola, amoratada como cualquier otra infección.
Trató de rascarse para quitarse la picazón, pero un dolor agudo lo envolvió. Le ardía como si hubiese echado sal en una herida abierta. Tomó agua para lavarla momentos antes de asimilarlo todo. ¡Le dolía! ¡No era un sueño! Si esas escamitas negras estaban allí… ¡¿Qué seguiría?! ¿Acaso le crecerían colmillos enormes y garras afiladas? O… ¿Perdería el cabello? O peor aun ¡Sus piernas!
Todos esos pensamientos lo abrumaron a la vez, no había pensado las cosas como debía y ahora pagaba el precio. En completo pánico se levantó, usó su camisa para cubrirse por encima y salió corriendo exasperado en dirección a su casa. Cuando Rekku notó que lo abandonaban, flotó a toda prisa tras "su padre", siguiendo su rastro de polvo y buscando a toda prisa alcanzarlo.
El muchacho, más rápido que ligero, pudo vislumbrar su casa a la distancia. Anteriormente le pertenecía al nieto del profesor, pero con los estudios que debía realizar en el extranjero quedaron en que Ted la cuidara. Sin siquiera detenerse a pensar en quien le perseguía, se paró en seco frente a la puerta, alterado por no encontrar sus llaves. Incluso cuando las tenía en sus manos se le hizo difícil abrirla.
Velozmente cerró la puerta tras de sí, hasta que una aguda y lastimera súplica le obligó a abrirla. Un consternado "hijo" se precipitó sobre él, con pavor a que le volvieran a dejar fuera. Ted se sorprendió mucho, no por Rekku sino por notar que no pudo controlarse a sí mismo… hasta el mero instante en que escuchó los ruegos del pequeño. Por supuesto, entre tanta conmoción no había notado su instinto.
Con su mano alzada le indicó a Rekku que podía ponerse cómodo, si al final era su casa. El pequeño le obedeció, arisco, enojado por sentirse desatendido. Pero a Ted, de momento, sólo le interesaba entender que estaba pasando con su cuerpo. Lentamente retiró la camisa ajada de su pecho, que estuvo sosteniendo con la mano en todo el viaje. Seguían allí, las escamas no se habían ido.
Queriendo mantener la calma, fue hasta su cuarto, se sentó en la cama y tomó aire. En ese instante pudo sentir claramente como las escamas bailaban con su respiración, igual que la piel de su pecho. Suspiró con lentitud. Ahí, notó como Rekku le miraba fijamente… a centímetros de su cara. Estaba muy atento, tal vez copiada a "su padre" o realmente se preocupada por esa expresión de terror.
Ted, al notarlo, puso su mano sobre la frente de Rekku. Aunque temblaba por sentir aquel suave rose entre su piel, las escamas de su pecho y las del pequeño, decidió abrazarlo. Poco a poco el dragón negro fue acurrucándose en la cama quedando dormido. El joven lo dejó arropado, antes de pararse a reflexionar.
Caminó de un lado al otro, nervioso entró al baño de la casa y queriendo volver a despertar, se lavó la cara. Sintiéndose impedido por el sueño, se dirigió a su cama y haciendo compañía a "su hijo" se arropó con otra manta. Trató de dormir un rato, pero cada que lo intentaba… se despertaba frenéticamente, azorado por pesadillas sin fundamento.
Volvió a levantarse, caminó hasta el espejo del baño y observó con detenimiento su reflejo. Era su rostro, sus ojos negros y cabellos grisáceos. Pero más abajo, en su pecho, negras y brillantes refulgían las plaquitas que habían ya reemplazado parte de su piel. Con miedo tornó a palparlas, temiendo que dolieran. Nada. Qué alivio, sólo sintió sus cálidos dedos sobre ellas.
Suspiró, reconociendo que no volvería a dormir ese día. ¿Día? Había olvidado por completo que debía ir al laboratorio. Raudamente caminó a la habitación y viendo como el reloj marcaba las 10:00 am buscó ropa para cambiarse. Hacía un poco de calor, por lo que una camisilla sin hombros fue su primera elección.
Para su suerte decidió verse al espejo otra vez. Ahí notó su grave error. Las escamas ya habían llegado al reverso de sus hombros y se percibían a distancia con lo que tenía puesto. Atormentado buscó en el armario una camisa manga larga, celeste cielo, de seguro con eso nadie lo notaría. Ni siquiera había terminado de abrocharse los botones cuando su celular empezó a sonar.
El pequeño Rekku, despierto por el alboroto de su timbre, empezó a golpearlo buscando como detener ese sonido. Incluso peleó con Ted, que quería detener su intento por librarse del teléfono. Cual niños empezaron a arrastrar el aparato, a ver si alguno lograba destrozarlo o contestarlo. Así, entre altercados y extrañezas, empezaba su día, su nueva vida.
Unos sensuales jeans a la moda, veteados y con bordados metálicos. Una elegante blusa roja hasta las caderas, con cuello de tortuga. Botines negros de tacón, tobilleras tejidas a mano. Finalmente aretes y pulseras de plata, un maquillaje ligero, imperceptible, y un bolso color champagne.
Así vestía la dama del laboratorio, sólo cuando debía salir a comprar. Casi nunca usaba esa ropa, no tenía gustos particulares más que por el sentirse refinada y regia con lo que llevara puesto. Era lo único por lo que se guiaba al vestir.
Por mucho que no creyera en los preceptos actuales de la moda, se sentía hermosa, con esos pantalones que hacía meses tenía guardados en el armario. Y sus botines, guardados precisamente para salir del laboratorio. Tras advertirse completamente arreglada, decidió salir de su oscuridad, de nuevo al mundo de la luz.
Mareos. Como siempre. '1:00' marcaba el reloj del pasillo, tal vez lo único que podía ver con certeza. Continuó su marcha, con la vista nublada se guiaba del barandal. Pasó frente al baño y sintió ganas de verse en el espejo. No todos los días se vestía para deslumbrar.
A penas entró al baño, advirtió que su vista se mermaba por los anteojos, que estaban desastrados, tal y como la oscuridad de su cuarto le evitaba notar. Se paró frente al espejo antes de limpiarlos. Descubriendo su borrosa imagen, fuera de foco y alterada por su miopía, le pareció ver algo increíble.
En su negra melena, por las puntas, había varios mechones escarlata que se encrespaban en las ondas de su largo cabello. Justo limpiaba sus lentes mientras veía el inminente reflejo de una visión desaforada. Furtivamente se colocó los anteojos de nuevo… nada. Las mechas rojizas habían desaparecido en un abrir y cerrar de ojos.
"Debo estar tomando el café demasiado dulce" concluyó en su mente, sabiendo que era imposible lo que había visto.
Se apresuró a bajar las escaleras y llegar donde sus compañeros. Pasó frente a la sala y la cocina, hasta el laboratorio mismo donde ellos deberían estar terminando de guardar a los Pokémon del lugar, en sus respectivas cajas y archiveros.
Abrió la puerta, sigilosa para que no la notaran. Una habitación sencilla en diseño, pero con suficiente tecnología e información para equiparar una universidad. Allí, terminando de agrupar las últimas Pokéballs, jugaban sus compañeros. Ted, vestido de azul celeste, y Alex, con la misma camisa del día anterior y sin la bata que le corresponde llevar.
Se lanzaban las capsulas como si fueran pelotas de tenis y terminaban "encestándolas" en las cajetas de sus dueños, sin miedo siquiera a que una se abriera. Incluso parecía que el Rayquaza negro les ayudaba. Ahora que ella lo pensaba, ese pequeño no había sido registrado en el laboratorio…
Aun ensimismada los vio reídos, divirtiéndose con lo que se supone debían hacer. Ella no quería precisamente molestarlos pero tenía una condena que hacer cumplir, lo soportaran o no.
-Aha… -llamó su atención mientras se recostaba elegantemente del marco de la puerta.
Los varones voltearon la mirada, sorprendidos. Tan extraño era verla tan arreglada y sin bata que los muchachos sólo callaron. Estaban al corriente de lo que iba a pasar… y no podían hacer nada para evitarlo.
-Ted… hoy llegaste tarde… -empezó con lentitud y soberbia, sin evitar sonreírse un poco continuó –Por lo que debes compensarlo… acompañándome…
Ted asintió con desgano, sabía lo que le esperaba pero no tenía opciones. Cada que iba de compras ella se las arreglaba para castigarlos, haciéndoles llevar sus cosas, cumplir sus antojos y caprichos con tal de que aprendieran.
En un laboratorio de tanto prestigio, ellos eran quienes tenían el honor de estar allí y la responsabilidad de dejarlo en alto, por lo que la dama no podía permitirles si quiera deslustrar la reputación del Profesor Oak. Tanto Ana como Alex se habían ganado su puesto allí, pero Teddo fue agregado al equipo por el mismo profesor, después de mucho insistir.
Siguiendo el camino de su amiga, empezó salir del laboratorio mientras trataba de ignorar los quejidos de Rekku llamándolo. El pequeño dragón estaba conmocionado ¿A dónde iba él sin llevarlo? ¿Por qué le dejaba para ir con esa chica mandona? Queriendo detenerlo se abalanzó sobre "su padre" creyendo que su peso sería suficiente. Sin embargo no pudo tumbarlo.
Alex, quien hacía poco pesó al Rayquaza, quedó boquiabierto. Ningún humano corriente podría con ese peso y menos una persona como Ted. Pero allí estaba, parado sin siquiera inmutarse con esa serpiente negra tratando de pararlo. Al dejar de caminar, Rekku creyó lograr su cometido hasta que las amables palabras de Ted le hicieron retroceder:
-Tranquilo… yo vuelvo pronto… -.
Y así logró dejar al pequeño tranquilo. Con ternura acarició su cabeza y sollozando desapareció por la puerta, pensando en la suerte que tenía Alex por no tener a nadie que lo detuviera realmente.
'Pobre Teddo… los días en que ella se enoja él la paga…' pensó suspirando sobre un vaso helado, repleto de refresco de fresa. Así teorizaba el pelirrojo, impune, sentado tranquilamente frente a un gigantesco ordenador al tiempo que imaginaba el ominoso destino de su amigo.
En cierto punto le tenía lástima. Llegar a duras penas al laboratorio, mojado por la mañana lluviosa, peleando con ese intratable dragoncito, aguantar el sermón de Ana y de igual manera obligado a ser el "acompañante/mula de carga" en sus compras, con ese aspecto cansado, adormecido, como si hubiera pasado la peor noche de su vida.
Definitivamente no era un buen día para Ted, pero igual lo ansiaba. Él quería ser ayudante del profesor Oak, que el huevo que resguardaba naciera y no, no quería ser acompañante de Ana, pero igual ya no podía hacer nada al respecto. Extraño, el pelirrojo se divertía con todo excepto pensar en esa damita. Ella, como siempre, era una desalmada con quienes no se ganaran su respeto… pero a veces exageraba.
Queriendo olvidarla volvió a su trabajo, armándose de valor para conectar a Rekku al ordenador. Sorprendentemente el dragoncito negro se dejó manejar del investigador. Cumplía sus disposiciones tan tranquilo, ni que pudiera entenderlo.
'No es tan desobediente como creí ¡Ha ha! ¡Será como los niños pequeños que sólo hacen berrinche con sus padres! 'pensó Alex burlándose, al notar cómo incluso no rechistó con el examen de sangre.
Cuando terminó con el pequeño, le permitió quedarse en la sala de investigación, que a su vez servía para armar los registros y ordenar toda la información que llegaba al laboratorio. La misma habitación en cuya esquina yacía el viejo cuarto de Ted, lleno de papelería e investigaciones fallidas.
Allí volvió a vagar y beber su fría gaseosa, desinteresado de su trabajo como sólo él puede estarlo. Pensativo, recordaba que le correspondían los informes y datos de cada Pokémon, de cada entrenador y de cada inicial que permaneciera en el laboratorio. Ya era bastante con eso para que su "amigo" le dejara a cargo de los exámenes del Rayquaza.
Y ahora la fuerza extraña que poseía, no era posible que se volviera tan fuerte de un día para otro. 'Esos cambios… creo que el virus que Ana investiga hacía algo parecido a los Pokémon' pensó sin siquiera imaginar que tenía la verdad consigo. No podía notar que esa eterna investigación al fin podría acabar, o comenzar apenas.
Un suave pitido lo sacó de su mente, la computadora acababa de sacar los resultados de Rekku. Un dato nada más, de a milagro unos bits de información, terminaron de darle la razón al ayudante. Pokérus. La máquina, como muchas en los Centros Pokémon, lo había registrado como un agente… infectado. El pobre quedó petrificado en el acto.
-Si tu naciste ayer… - meditó con asombro en tanto le hablaba al pequeño dragón negro, que sólo miraba con ganas de jugar –Tuviste que infectarte entre ayer y hoy… pero no había nada nuevo en el laboratorio como para traer el virus, lo habríamos notado en la revisión mensual que hicimos antes de ayer…
El ayudante hablaba solo, por más que Rekku fingiera escucharle. El Pokémon se dedicaba a copiar sus movimientos, queriendo divertirse, entretenerse para no extrañar a su "padre".
-Lo único que ha entrado o salido del laboratorio… ¡Fue la chica de Isshu! -gritó Alex, asustando al dragoncito –¡Ella! ¡¿Acaso ella te infectó?!
- Entonces… Ana jamás quiso preguntarle a la chica sobre esa manada… sino sobre ella misma y como había sobrevivido… -razonó inquieto, con voz lenta y asombrada. Rekku empezó a alejarse flotando, no quería ver a ese loco haciendo ademanes y sonidos raros.
Alex estaba tan ensimismado que ignoró ese miedo y mirando al dragoncito imaginaba la manera en que fue infectado… Quiso acercársele, pero le huían creyendo que gritaría de nuevo. Corrió para tomar la colita de serpiente, negra y juguetona, pero sólo logró que se tiraran a morderle. Por suerte nada más era para aparentar, pues Rekku llegó si acaso a embestirlo.
'Tiene sentido… tu mordiste a esa quejumbrosa' concluyó al ver que se ponía agresivo 'Debiste infectarse por su sangre…'
-¡Entonces serías más fuerte ahora! –clamó antes de que un mar de pensamientos y conclusiones lo abordaran. Finalmente llegó a estar en lo correcto.
'Fuerza… Ted es más fuerte ahora…' pensó ya con terror 'Si esa chica pudo albergar al virus siendo humana… significa que él también… y quizás no sea sólo portador sino que sufre sus efectos…'
'Él… tuvo que infectarse casi igual que tu…' siguió pensando al ver a Rekku huirle en su paso 'Ted se volvió muy fuerte en poco tiempo… yo también quisiera poder…'
Allí, fatídico segundo. Codicia, quizás envidia, fue lo que le motivó. Ya había visto en acción el poder de ese virus y no tenía dudas de que era la causa, confiaba tanto en la avidez de Ana como en la extrañeza de Katja. Era la única explicación para su incómoda presencia y el interés de su amiga por conocerla. No lo pensó dos veces… quería ese poder.
Lo tenía ahí mismo, era sólo cuestión de provocar al pequeño y dejarse morder. Nadie estaba en casa para contenerlo, nadie le detendría de obtener ese poder. Calma… no… silencio, uno perturbador y deleznable, que sin miramientos desapareció… rasgado por un grito aquella tarde.
-Estás demasiado callado… -notó la dama, anonadada por no escuchar las usuales quejas de su compañero.
-¡Si tu jamás conversas…! –le respondió aparentando molestia.
Era obvio que no podría aceptar frente a ella el sinnúmero de cosas que había descubierto ese día y la manera en que entretenían su mente; de cómo era capaz de levantar esas compras con suma facilidad, oír conversaciones dispersas en el viento, ver con más agudeza cada detalle del camino y, por supuesto, el indescriptible cosquilleo que le provocaban las escamas bajo la camisa.
Su primer día cambiado, lleno de sorpresas y confusiones desde el alba hasta esa empalagosa tarde. El sol parecía derretirse en millones de rayos color naranja, que invadían y embellecían el cielo de Kanto. En la distancia, un par de nubes moradas, sonrojadas por el fundido astro, daban cabida a la oscuridad. En cualquier instante anochecería.
En el camino, pedregoso y ceniciento de aquel pueblo, daban sus pasos. Interminable caminata, cuyo destino podían ver hacía varios minutos aunque pareciera que jamás llegarían. Al final de una colina, inconfundible, estaba el Laboratorio del Profesor Oak. Con su propio molino y sus terrenos, entrecortado paraíso para los Pokémon, se extendía cercano a Pueblo Paleta. Finalmente llegaron al conocido edificio, jadeando ligeramente por todo lo recorrido.
-Parece que no compré suficientes cosas para hacerte llorar –bromeó Ana, insensible, recordando las veces en que su acompañante no podía ni llegar al laboratorio sin quejarse.
Ted se quedó callado. No habría querido ignorarla, sólo si el día anterior ella hubiera tenido algo de corazón con él. Además estaba demasiado concentrado en lo que sentía para hacer caso a su amiga. Mientras ella buscaba las llaves del laboratorio, él se distraía con la extraña sensación que le invadía de momento.
Curiosamente familiar, pero sin llegar a comprenderlo, así era el desasosiego que tenía desde que llegó frente al laboratorio. No era como sus escamas, que bien era el sentir como se movían al momento en que respiraba. Era algo más específico, casi un malestar que le recordaba sin dudas a la presencia de Katja.
Sin querer se había quedado meditando frente a una puerta abierta. Parecía que Ana se adelantó a entrar, dejándolo sólo en el umbral. 'Nadie la detiene…' pensó al cerrar la puerta tras de sí. Estaba a punto de clamar por la llave cuando un grito ahogado lo sorprendió. Por mucho que no pudiera creerlo era un tono femenino. Inmediatamente tiró las compras en el sofá y salió disparado a la sala de investigación y registro, casi guiado. Ni siquiera llegó a preguntarse porque lo había elegido así.
Fue cuestión de entrar para que todas sus pesadillas se vieran en realidad. El final de una ardiente llamarada fue lo único que vislumbró, aunque era obvio que su compañera la había visto toda… y a quien la había lanzado. Ahí estaba, delirante y energético, tratando de sostenerse en pie tras la sorprendente muestra de poder.
Con una bata rota, pantalones destrozados y la sucia camisa roja estaba Alex, el ayudante, con una facha que jamás pensaron en ver. Se tambaleaba como ebrio, aunque sabían que no había una gota de alcohol en el laboratorio. Parecía desconcertado y reía como maniático, sin notar que sus compañeros habían llegado al laboratorio.
-¡¿Alex?! –gritaron al unísono, sin poder creer que ese fuego hubiera salido de su amigo.
Allí los reconoció, y queriendo saludarlos tomó aire para alzar la voz. En cambio y sin saber cómo, lanzó una preciosa llamarada azul, que luego tornó a naranja y terminó en una pequeña explosión roja en el aire. Los tres quedaron perplejos ante lo que acababa de pasar.
-¡Lo vieron! –gritó Alex, emocionado, alegre y con una sonrisa desquiciada en su rostro.
A pesar de su felicidad, aquella flama había encendido algunos papeles del laboratorio. Si esas chispas llegaban al viejo cuarto de Ted, lleno de papelería, podría ser el fin del laboratorio. Rápidamente, Ana fue en busca del extintor mientras el joven de celeste terminaba de reflexionar. La única manera en que su compañero lograra eso… era estar infectado.
Y el único que podría estarlo antes que él era… ¡Rekku! Aterrorizado empezó a llamar a su Pokémon, temiendo que estuviera herido. Un gruñido suave lo guió hasta su antiguo cuarto dónde, camuflado en las sombras del papel, estaba Rekku.
Justo después de encontrarlo, escuchó los tacones de Ana en la habitación, seguro traía el extintor y ese cuarto ya no era peligroso. Por lo que le ordenó seguir escondido… no quería que viera a Alex tal y como estaba. Cerró la puerta y se decidió encarar a su compañero.
En efecto, la dama estaba haciendo frente a los estragos que Alex provocó. Diestra se dedicó a apagar algunas cosas que habían sucumbido ante ese fuego descontrolado.
En tanto el ayudante tosía, se descalabraba para repetir ese "incidente". Exasperado continuó en su intento, retorciéndose sin hacer caso a las tristes miradas que se posaban sobre su cuerpo. Forzó tanto su garganta que al tercer intento escupía sangre.
-¡Calma Alex…! No hagas de esto el fin del mundo… -clamó Ted, queriendo que se calmara. Hasta cierto punto lo entendía, una parte de él había estado toda la tarde ansioso, esperanzado en descubrirse a sí mismo y su nuevo estado.
Alex aparentó ignorarlo mientras apartaba su cara e intentaba exhalar fuego otra vez. Deseaba con todo reproducir esas llamaradas, sin llegar a pensar que nada surge de la nada.
¡OK!
Se escuchó gritar, acompañado del inconfundible sonido de metal chocando. Imponente, la dama había dejado caer el extintor cerca del muchacho enmalecido. Estaba por retomar el mando que la angustia y la sorpresa le habían arrebatado.
-¡Mañana…! Mañana temprano veremos que puedes hacer… por ahora descansa… no querrás desfallecer… -sugirió la astuta señorita, tergiversando un poco la mente de su amigo.
El joven sólo la miró inseguro, casi con un terror escondido. No importaba cuanto hubiera cambiado, Alex seguía notando esa autoridad disimulada que por tanto tiempo se había inculcado en el laboratorio. Volvió a tambalearse, notando como perdía el sentido de la orientación.
Confundido, deseando no estar atado a esa cadena de mando, quiso salir al patio. Pero no por la puerta pues, a su actual parecer, era mejor romper la ventana. Sin embargo sólo llegó a ver su reflejo en el pulido cristal. Allí estaba, pasmado en la lustrosa superficie de la ventana.
Su cabello enrojecido, despeinado, salvaje. Sus ojos desconcertados, cómo si no pudiera dominarlos. Un hilillo de sangre corría desde la comisura de su boca y una traviesa, truculenta respiración que abrasaba sus pulmones. No pudo reconocerse. Aquel mutado cuerpo, al borde de lo humano y lo bestial… era él. Qué curioso sentir, una mezcla de caos, malestar ¿Lástima tal vez? Sea lo que fuere ya no soportaba ver su reflejo.
-Mmmm… pues si… tal vez debería descansar… - reconoció Alex, agotado mientras se daba la vuelta y dejaba entrever unos muñones en su espalda.
Sin razón aparente dio un par de pasos hacia adelante, con sus piernas temblando y la mirada perdida. Finalmente se desplomó, como en cámara lenta y sin chance de frenarse. Tras todo su acto, su incendiario poder, quedó inerte sobre las sencillas baldosas del laboratorio.
-¡¿Qué le pasó?! –vociferó Ted asustado.
-Su cuerpo… ha usado varios de sus recursos para cambiar su propia estructura interna y darle… esa habilidad de lanzar fuego… sólo reordenar un par de órganos lo ha agotado –explico Ana, casi poseída por verlo así.
Mientras, Ted se acercó al desmayado joven y trató de levantarlo. Aunque pudo hacerlo sin esfuerzo tuvo que fingir dificultad, para que su amiga no lo notara. A última hora, entre ambos, lo acomodaron en su cuarto. Así quedó el ayudante, desmayado, traído hasta su cama a cuestas, arropado por unas dulces, frías manos y descansando, con un raro, imperceptible cosquilleo en la espalda.
