Capítulo 2. Katherine Sin apellido
Katherine nunca había estado a más de dos días de camino de su hogar. A veces había acompañado a su padre y su hermano al pueblo más cercano e incluso aquello era para ella una aventura. Por eso, cuando tras pasar la noche junto a un cruce, noche que ella pasó totalmente despierta y llorando sin hacer el menor ruido, el cirujano condujo al caballo por un camino secundario que seguramente iba a parar a una aldea desconocida, una aldea lejana de la casa donde había crecido, sintió una intensa necesidad de vomitar.
Richard notó como la joven a su lado se volvía y saltaba del carromato aún en marcha. Sorprendido, se apresuró a parar al animal y saltó él también, cayendo a diferencia de ella, de pie. Se acercó, cabreado:
-¡Estás loca! ¿Es qué quieres romperte una pierna?
Ella lo ignoró y de rodillas, en el borde del camino, devolvió todo el contenido de su estómago. Richard masculló algo y se cruzó de brazos, esperando. Katherine se sentía enferma, pero no dispuesta a darle explicaciones al hombre que la había comprado como si fuera una vulgar mula, una mula torpe, como la llamaba su padre, se levantó y volvió a subir al carro. El cirujano resopló y entrando en el carromato, tomó una bota llena de agua y se la pasó sin decir palabra. La joven miró la cantimplora con desconfianza y la olfateó.
-¡Por Dios, no está envenenada! Si quisiera matarte ya lo habría hecho.
Ella lo fulminó con la mirada pero probó un sorbo y suspiró, aliviada. Se llenó la boca con el agua y echándose a un lado escupió, antes de volver a tomarla y esta vez, tragarla. Richard se esforzó por no soltar un gruñido y cogiendo las riendas, instó al caballo a continuar.
-Se llama Altanero –señaló al caballo, tras un buen rato de silencio. Katherine lo miró y se encogió de hombros -. Ahora no parece muy orgulloso, pero lo es. Nunca lo insultes o se volverá contra a ti -. Ella no dijo nada ni tampoco hizo algún gesto que indicase que le interesara nada de lo que él le contase. Richard decidió dejarlo estar, no podía culparla. Él la había separado de su familia. Aun así, siguió intentándolo, cambiando esta vez de tema. –Hay una manta gruesa en el interior, puedes usarla si tienes frío. –Ella negó-. Dentro de una semana llegaremos a una villa. Allí conozco a una mujer a la que traté de unos huesos rotos, es buena costurera. Le pediré que te haga un par de vestidos a un precio razonable. El invierno va a ser frío, necesitas estar abrigada. –Katherine se señaló a sí misma, hizo un gesto con los dedos, frotando el pulgar contra el índice y el corazón y luego negó. Richard le quitó importancia: -Sé que no tienes dinero, yo me ocupo de todo –le sonrió. Katherine miró a otro lado y él decidió no seguir dándole conservación.
No llegarían a la aldea más próxima hasta el anochecer, él lo sabía, conocía de memoria la ruta. Antes de partir Richard había matado a la gallina, tras meditar si valdría la pena soportar el mal olor por unos huevos frescos. La respuesta había llegado de forma clara cogiendo al animal y retorciéndole el pescuezo, antes de desplumarla y dejarla en el interior. Después la prepararía para almorzar. Mientras tenía que seguir soportando el tenso silencio que su nueva compañera de viaje le ofrecía.
-¿Te encuentras mejor? –preguntó. Ella continuaba mirando el camino, sin mostrar ninguna señal de interés hacia su comprador. Richard probó una vez más: -Puedo darte algo para las náuseas. Movió la cabeza de un lado a otro como respuesta.
-De acuerdo –murmuró. Vaya negocio he hecho.
Katherine no era precisamente la más alegre de sus hermanas, pero era bastante sociable. Quizás, en otras circunstancias habría aceptado los torpes intentos del cirujano para hablar con ella y le habría explicado por gestos que aunque no hablase con palabras, era una gran conversadora. Pero no era el caso. La joven campesina tenía miedo, aunque no fuera a demostrarlo. Su padre la había vendido para quitarse una boca que alimentar de encima. No hubiera sentido tanto miedo si la hubiera llevado a servir a alguna casa en el pueblo, pero había sido dada a un hombre. Y no sabía que podía esperar de él. Os calentará la cama sin pediros nada a cambio… Las crueles palabras del padre seguían grabadas en su mente.
El traqueteo del carromato se le hacía agotador. Él posiblemente estaba muy acostumbrado, pero ella odiaba estar tanto tiempo sentada. Además la bestia iba muy despacio, seguro que caminando irían más deprisa. Se volvió hacia su dueño, pensó con amargura y le dio un par de golpecitos en el brazo. Él se giró hacia ella.
Richard había perdido toda esperanza de que la joven le dirigiera la palabra. Por eso, cuando ella llamó su atención se volvió rápidamente, sorprendiéndola por su entusiasmo. Carraspeó, diciéndose a sí mismo que debía calmarse y no mostrarse tan amable con la chica, ni quiera sabía si todo se trataba de un truco para robarle. Pensándolo bien… si hubiera querido robarle ya lo habría hecho.
-¿Quieres algo? –preguntó al final. Ella asintió y señaló el camino.
-Aún queda mucho para llegar –dijo, confundiendo su mensaje -. Primero pararemos para comer, dentro de un rato.
Katherine negó, impaciente y se señaló las piernas, luego señaló la vía y de nuevo a sí misma. Esta vez él sí la entendió:
-¿Quieres caminar? –Ella afirmó con la cabeza -. ¿Y cómo sé que no vas a escaparte?
Richard sabía que estaba siendo estúpido. Si la chica trataba de escapar se acabarían sus problemas. Adiós a su responsabilidad con ella. Pero él no era mala persona y sabía que no podía dejarle sola en medio de la nada. Aunque si huyera… la culpa no sería suya… La joven fruncía el ceño, notó.
-De acuerdo –dijo al final, parando al caballo -. Camina si quieres, pero te lo advierto: si tratas de escapar, irás el resto del camino atada.
Katherine se bajó del carromato, sintiéndose ofendida. Puede que fuera sólo una simple campesina, pero no era estúpida. Sabía perfectamente que no podía huir, no sólo porque una fiera salvaje podría encontrarla y matarla, sino también porque en caso de todo salir bien, no tendría a donde ir. Podría volver a casa, sí, pero no sería bien recibida.
Agradeció el placer de poder moverse y se frotó el trasero, dolorida, sin ser consciente de que el cirujano la estaba mirando. Extrañada de que el carro no se moviera, se volvió hacia él y lo encontró con los ojos fijos en ella. Tensa, echó a caminar, diciéndose a sí misma que sí el trataba de obligarla a hacer algo, escaparía. Daban igual los lobos.
-No te acerques mucho a Altanero, podría morderte –la avisó. El caballo nunca había mordido a nadie y era muy dócil, pero nunca se sabía. Quizás estuviera celoso… siempre habían estado solos, sin nadie más. Ella lo ignoró y se plantó delante del animal, al que acarició, sin temor alguno. Para su sorpresa y sintiéndose un poco molesto, Altanero soltó un suave relincho, disfrutando del mimo. Katherine simplemente sonrió y continuó, a su lado.
Hacía frío y aunque ella no se había quejado Richard sabía que tendría las manos heladas. Además, llevaban ya varias horas de camino y los tres estaban cansados, así que hizo desviarse al animal para hacer una parada.
Primero soltó al caballo y lo acercó a una laguna que la lluvia formaba todos los años, dejándolo allí, junto con un abundante montón de forraje. Después, sacó ramitas secas y un par de troncos más grandes y los amontonó, prendiéndolos. Por último, sacó a la gallina y empezó a prepararla. Durante todo el proceso, Katherine se limitó a observar sin moverse de lado del carromato. Richard le hizo una señal para que se sentase junto a él:
-Ven a calentarte.
La muchacha se acercó, vacilante, pero en cuanto el calor del fuego la sedujo, se dejó caer de rodillas, arrimando las manos. Mientras, miró como el cirujano barbero partía en trozos la gallina. La otra parte del pago, pensó con tristeza.
-No tiene mucha carne, pero será suficiente para los do… -Richard se calló al ver como por las mejillas de Katherine corrían dos lágrimas. Quiso preguntar, pero nada salió de su boca. Ella volvió a alejarse, sin importarle el calor que la candela pudiera darle. La vio entrar en el carromato y quedarse allí. No le dijo nada.
Había estado con muchas mujeres, pero mentiría si dijera que las entendía. Preguntándose que había hecho a la joven entristecerse tan rápido metió los trozos de la gallina en una olla y la dejó cocerse con un poco de agua y hierbas aromáticas. Tardó en comprender que era el insignificante animal el que había deprimido a la chica.
El guiso olía bien, no iba a negarlo, pero no tenía hambre. Katherine sólo podía pensar en que si el cirujano barbero se hubiera llevado a las gallinas, ella seguiría en casa. Se dijo a sí misma que nunca más probaría una gallina, que jamás volvería a probarlas. Y se mantuvo firme, incluso cuando él entró en el carromato con un cuenco humeante.
-Deberías comer ahora que está caliente –le ofreció, pero ella negó -. Está muy bueno, creo que incluso mejor que tu guiso de conejo. –Recibió por respuesta una mirada airada; él trató de no reírse -. De acuerdo, quizás no tanto, pero comételo.
Cuando la campesina volvió a rechazarlo, Richard cejó en su intento. No se tomaría la maldita gallina. Pero tendría hambre y aunque una parte cruel le instaba a dejarla sin comer, otra más amable cogió el par de trozos de ave que había en el cuenco y volvió a ofrecérselo: -Al menos bébete el caldo.
Eso no lo rechazó.
Altanero seguía descansando y aunque junto al fuego estarían mejor, en el interior del carro no se estaba tan mal. Cogió la gruesa manta de lana, bastante larga como para taparlos a los dos sin tener que acurrucarse y le pasó un extremo. Katherine se limpió la barbilla con la mano antes de cogerla, ponerla sobre sus piernas y seguir comiendo.
-Bueno… ¿cuál es tu nombre completo? –Preguntó cuándo terminó, pasándole una manzana. Quería conocerla un poco mejor. Ella lo miró fijamente, abrió la boca y luego la cerró. Richard cayó en la cuenta: ella no hablaba. -¿Sabes escribir? –probó, aun imaginando la respuesta, que efectivamente fue negativa. –Bien… entonces supongo que no podré saber tu apellido. -La chica pareció frustrada por ello, evidentemente quería decírselo. La vio volver a abrir la boca, tragar y mirar al suelo del carromato, alicaída. -¿No hablas por qué no puedes o por qué no quieres?
Ante esa pregunta Katherine se levantó de golpe y trató de apartarse, pero él la sujetó, rápido. –Está bien, perdona, perdona. No quería ofenderte -. Lo miró y lentamente volvió a sentarse, pero sin eliminar la frialdad en su cara.
Richard se mantuvo afable y se sentía bien. Acababa de descubrir dos cosas sobre ella: Katherine, Sin apellido era sensible. Y además el temas sobre su mudez, estaba prohibido. Al menos iban avanzando.
Tras lavar los cacharros y guardarlos, el cirujano volvió a colocar al caballo en su sitio. Luego apagó el fuego y se dirigió hacia un árbol, atendiendo la llamada de la naturaleza, tal como Katherine había hecho unos minutos antes. Al fin, con todo listo, volvió a subir y echando la vista hacia el interior de su vivienda sonrió. Ella se había quedado profundamente dormida, bien abrigada con la manta. La dejó en paz, sabiendo que necesitaría recuperar las horas de sueños perdidas durante la noche.
Tal como había supuesto, llegaron a la aldea al anochecer. Si no hubiera estado acompañado por la joven, Richard habría dejado el carromato y hubiera acudido a la taberna en busca de una mujer, hacía ya mucho tiempo que no sentía el calor de una y en aquella taberna había una que le gustaba mucho, de grandes tetas blancas y cabello pelirrojo natural. Pero ahora no podía acudir, no hasta que supiera con seguridad que la chica no iba a escapar.
Pasaron la noche a las afueras de la aldea, tal como hacía siempre que llegaba a esas horas. Ya entraría al día siguiente, con su enorme sonrisa y sus gritos para llamar la atención de los aldeanos. Katherine aceptó los restos del caldo que habían sobrado del almuerzo y que él previamente calentó al fuego. La cena de Richard fue mucho más abundante, pues tenía las sobras de la gallina para él solo y además contaban con el queso que había cogido de la casucha. Cortando un trozo, se lo tendió junto un poco de pan duro, preguntándose sí también lo rechazaría. O bien el sueño había mejorado su humor, o bien tenía mucha hambre, porque lo tomó sin vacilar y dio buena cuenta de él. Tras la cena, el cirujano sacó un par de manzanas y le pasó una, dándole un buen mordisco a la suya. Se quedó sorprendido cuando la joven cortó la suya por la mitad y se acercó a Altanero, ofreciéndole una parte. Indignado se levantó y se la quitó de la mano:
-No malgastes la comida –la regañó. Se volvió, enfrentándolo, apretando los labios. Quizás tuvo miedo, quizás comprendió que él podía deshacerse de ella, quizás estaba demasiado cansada para luchar; sólo se apartó de él y entró en su nuevo hogar. Richard resopló, acariciando a su viejo corcel, que se había quedado sin manzana –Esto no es para ti –le aclaró, antes de volver junto al fuego.
Cabreado, murmuró una maldición y olvidándose de la campesina y de su posible huida, fue a la taberna. Allí encontró a su vieja amiga, que al verlo lo recibió con los brazos abiertos:
-Cariño, te he echado de menos.
Meredith era una mujer muy guapa, a pesar de su cabello enredado y sus labios agrietados. Además, era limpia y olía bien. Con eso bastaba. Sacó cinco monedas de una bolsa y se las tendió sin decir palabra. No le apetecía hablar. Rechazó una jarra de vino y la cogió de la mano, subiendo las escaleras que iban a parar al cuarto donde la pelirroja recibía a los hombres. Esperó pacientemente a que la ramera colgase en la puerta el ramo de flores como señal de que estaba ocupada.
-¿Qué quieres que te haga? –preguntó, zalamera, soltando sus calzones. Richard se dejó hacer, cerrando los ojos cuando las pequeñas manos femeninas se cerraron en torno a su miembro. Ella se levantó las faldas, pero él, dejándola con la boca abierta, negó. -¿No? –preguntó, extrañada.
-Sólo tus manos.
-Pero… -Lo miró, notándolo cambiado y encogiéndose de hombros, aceptó. Se dijo a sí misma que era mejor, menos trabajo pero por otra parte… se sentía ofendida. Teniéndola delante cómo se atrevía a rechazar su dulce sexo. Nunca antes lo había hecho. Pero obedeció y empezó a masturbarlo, de forma mecánica, con aburrimiento, hasta que notó como el semen le manchaba las manos. Richard se alejó y se vistió. Sin decir una sola palabra, abandonó el cuarto y la taberna.
¿Qué demonios le pasaba? Siempre había disfrutado con Meredith, pero esa noche… sólo podía pensar en unos ojos color avellana que lo miraban entre ofendidos y heridos. De mal humor, apagó el fuego y entró en el carromato, donde ella dormía o puede que fingiera dormir. Tenía la manta para ella sola y no quería iniciar otra pelea, así que cogió su capa y se tapó con ella. Luego cerró los ojos y, con el delicioso aroma a mujer que invadía el interior de la carreta, se durmió. A la mañana siguiente tomaría una drástica decisión.
Se levantaron al amanecer. Tras desayunar unos huevos, pan y un poco de queso, Richard le dijo con sequedad que permaneciera dentro del carro y empezó a engalanar al caballo, que permaneció quieto, acostumbrado. Cuando lo vio presentable se cambió de ropas, dejando sus calzones negros y poniéndose unos azules, muy caros que un mercader le había regalado al ayudar a su mujer a dar a luz. La criatura y la madre habían sobrevivido, a pesar de que el parto fue difícil y el padre, agradecido le había ofrecido todo tipo de telas. El cirujano había tomado la añil, diciéndose que a la gente le gustaría un poco de color a la hora de hacer el espectáculo.
Entraron en la aldea como siempre lo hacían, Altanero con la cabeza bien alta y él gritando alegremente. Las gentes se reunieron poco a poco en la pequeña plaza, conocían bien al hombre y se divertían con sus trucos de magia y sus cuentos, a veces obscenos, a veces, terroríficos. También Meredith estaba allí; la prostituta lo saludó con un gesto. Él se limitó a mover la cabeza en señal de reconocimiento.
Hizo un buen espectáculo de malabarismo, regalando luego una de las pelotas a una niña de unos seis años de carita sucia. Después, se sacó de la boca un trozo de tela de colores y cuando la gente aplaudió empezó su discurso, enseñando un pequeño frasco.
-¡Esto, buenas gentes, es un frasco de la gran medicina traída del mismo Oriente! ¡Lo mismo cura los dolores femeninos, que las espaldas cansadas! ¡Un resfriado se calma y los huesos rotos dejan de doler! ¡Tomen, mis buenos amigos, tomen y pruébenlo!
Katherine oía todo desde el interior. A través de una rendija, podía ver como los aldeanos tomaban los frascos y luchaban para ser los primeros. Había visto antes como el cirujano lanzaba al aire cuatro pelotas de colores y las hacía bailar. Hubiera sentido ganas de aplaudir, sino fuera porque lo odiaba. Lo odiaba por haberla gritado. Ella había recibido gritos durante toda su vida y estaba harta. Y ahora encima la obligaba a quedarse en el interior del carromato, sin poder participar en la pequeña fiesta en la que él era el protagonista. Resoplando, se dejó caer en el suelo de madera y se cruzó de brazos.
Se sobresaltó cuando Richard entró en el carromato, seguido de una vieja. Esta última arqueó las cejas, el cirujano le quitó importancia. –Es mi prima, sus padres han muerto y ahora está a mi cargo.
Ella sintió rabia al oír aquella mentira; la anciana debió creérselo o entendió otra cosa, porque riendo la ignoró y se sentó en una silla de madera que previamente él había dejado en el centro del carro.
-¿Cuál es tu dolencia? –le preguntó.
Le faltaban prácticamente todos los dientes y fue difícil entenderla. Al menos Katherine no la comprendió, pero él sí debió hacerlo porque la instó a abrir la boca y echar la cabeza hacia atrás. –Un diente infectado –informó -. Te lo sacaré.
La anciana puso mala cara pero asintió. Richard le dio de beber un poco de su medicina y después, la sujetó a la silla con una cuerda. Luego, cogió unas pequeñas tenazas del cajón de las herramientas y con rapidez y precisión le arrancó el diente. La vieja apenas se quejó. Katherine se preguntó si era así como había perdido la mayor parte de su dentadura. El cirujano le dio un poco de agua para que lavara la sangre y la mujer se marchó sin decir palabra, tras pagarle. Luego fue el turno de un niño.
El pequeño se había dislocado el hombro, Richard notó. Tras calmar a la madre y decirle que esperase fuera, le quitó al crío la camisa y sujetó el brazo. Pero no había empezado cuando una mano mucho más pequeña que la suya lo frenó. Se volvió sorprendido hacia ella:
-¿Qué haces?
Por toda respuesta Katherine abrazó al niño, con un gesto protector. Él masculló algo entre dientes. –Haz el favor de apartarte, tengo que curarlo. –La campesina negó, obstinada, recordando demasiado bien como su hermano había gritado ante la brusquedad del cirujano. El niño empezaba asustarse. Richard perdió la paciencia. –Se acabó, es suficiente.
La cogió del brazo y la llevó a una esquina, donde la obligó a sentarse antes de atarla de pies y manos. Ella se retorció. –Te soltaré cuando termine, le dijo y la dejó ahí. –Después se ocupó del niño, que tal como ambos habían supuesto, se desmayó.
Esa mañana atendió a diez pacientes en total, todos, afortunadamente, fáciles de tratar. Cuando terminó, las gentes volvieron a sus tareas cotidianas y él se acercó lentamente a la campesina que lo miraba como un gato enfadado. Despacio soltó sus muñecas y sus tobillos y trató de masajearlos para aliviarle el dolor, pero ella le dio una patada, dándole en el muslo. Él gritó, dolorido y alzó la mano, pero la bajó lentamente, apartándose de ella.
Volvieron al camino tras el almuerzo, que consistió en un potaje de legumbres y verduras. Ella iba a su lado, sentada. Richard habló despacio.
-He tomado una decisión. Hay un convento a tres días de camino, te dejaré en él. Serás más feliz que viviendo conmigo y allí nadie podrá venderte otra vez.
Lo había meditado durante todo el día. No podía quedarse con una chica que lo odiaba y que interfería en su trabajo. Además, no tenía ningún parentesco con ella y, maldita sea, no tenía por qué mantenerla. No era asunto suyo. Katherine estaría mejor con las monjas. Y él… estaría mejor solo. Volvería a su vida tranquila y no volvería a soñar con ojos de color avellana.
Viajaron durante tres días en completo silencio, sin apenas mirarse. Ella no había hecho ninguna señal sobre el tema del convento. Es como si le fuera indiferente. Eso alivió en parte su culpa. Pero sólo en parte.
Al fin, llegaron al convento. Richard llamó al portón y esperó, con ella a su lado, mirando al suelo. Les recibió una monja de rostro severo que escuchó atenta las palabras del cirujano y aceptó a la joven, no como novicia, sino como criada. Él había esperado que se negara o que dijera que no había sitio, pero cuando la vio tomar a Katherine del brazo y cerrar el portón, dejándolo fuera, aceptó el hecho. Se alejó despacio de allí y subió al carromato. La culpa había vuelto a aparecer y pesaba. Mucho. Sintiendo algo bastante desagradable en el estómago, partió.
En el próximo capítulo:
-¿Cómo te atreves? Sal de aquí y no digas nada de lo que has visto, ¿me oyes? –Katherine salió corriendo, asustada, en dirección a la cocina. Su vestido se enredó entre sus pies y tropezó, cayendo por las escaleras.
