Nota: los personajes y lugares le pertenecen a la maravillosa creación del profesor Tolkien, yo no tengo nada más que mi punto de vista y no recibo compensación de ningún tipo por escribir estas historias. Una vez dicho esto les presento el segundo capítulo de mi propia versión sobre lo que estaba haciendo Legolas cuando llegaron los enanos al Bosque Negro.

Capítulo 2

Legolas corrió hacia donde un grupo de alegres elfos silvanos que encendían las fogatas y acomodaban los setos –¿Has visto al grupo de enanos que deambulan por el bosque? –Le preguntó a uno de los elfos de la compañía

–Sí, aunque se veían muy graciosos porque iban cargando a cuestas al más gordo de ellos, no parecen estar muy contentos.

–Estuvimos cantándoles todo el día, pero parece que ni eso les alegra –dijo otro –hay uno muy raro, parece que es uno de sus criados, no tiene barba y lleva unas raras botas peludas con dedos.

Esto despertó más la curiosidad de Legolas, finalmente alguien más vio a ese extraño enano. No es que Legolas hubiera sido un experto en enanos, de hecho nunca había antes a uno, pero sabía las historias de enanos mineros que se pasaban la vida entera dentro de las montañas sin ver nunca la luz de las estrellas. Se estremeció ante este pensamiento.

Siempre quiso ver un enano de cerca, tal vez ahora tendría su oportunidad. Sigilosamente como es un elfo, se acercó a distancia prudente para ver de cerca de esos personajes. No quería que le descubrieran mientras escuchaba la discusión de los enanos con Bombur sobre que había olvidado gran parte del viaje, los trasgos, Beorn, el bote en el arroyo y ese ciervo que empujó al enano al agua.

–Así que tuvieron el desatino de meterse con ese arisco cambia pieles, me preguntó como salieron ilesos de ese encuentro. Si los atrapo les preguntaré –Pensó recordando que ese cambia pieles nunca fue amable con él. Después escuchó el relato del gordo enano sobre sus sueños en los que disfrutaba de un banquete y de un rey coronado con hojas marrones y un cetro tallado de roble.

–Era hermoso, todo era alegría y la comida era suculenta –decía mientras los enanos y Bilbo se agarraban los estómagos por el hambre –y el vino, ¡oh, el vino!

–¡Cállate! –Le gritaron –Que alguien puede oírte.

–Que importancia tendría, así al menos nos darían comida.

Legolas escondido y sin verles sonrió para sí, pensaba que si les ofrecía algo de comida los enanos estarían dispuestos a conversar un rato con él –Si eso es lo que quieren –pensó. Estuvo a punto de emboscar de los enanos cuando un elfo apareció delante de Greenleaf.

–Príncipe, su padre quiere verle en el palacio inmediatamente –un elfo mayor de aspecto formal se presentó delante de Hoja Verde –Estaba enfadado porque cree que vino a buscar a esos enanos bribones.

–Rayos Galión, mi padre siempre parece conocer mis intenciones.

– Por algo es el rey –Dijo el mayordomo real encogiéndose de hombros –Parece que teme que un día se vaya en una aventura con algunos montaraces del norte.

El príncipe elfo se cruzó de brazos e hizo un puchero.

El viejo Galion se dispuso a conducir a Legolas de vuelta al palacio para que se aliste para la festividad nocturna del otoño. El príncipe caminó si muchas ganas y no pasó mucho tiempo antes de que los enanos armaran un alboroto metiéndose sin ser invitados a uno de los muchos banquetes que tenían preparados los elfos para festejar la llegada del otoño.

¿Por qué no le dejaban jugar un rato con ellos? Bien podría darles un baño si estaban mugrientos y darles una cena decente para que luego le contaran historias sobre el oeste o ese cambia pieles que ni quiso decirle su nombre, pero su padre no dejaría que unos extraños interfirieran con la vida normal en el bosque, como él no intervendría en los problemas de extraños que pasaran por ahí. Ya era demasiado el que les dejara pasar por sus dominios, que se las arreglen lo mejor que puedan solos.

En estas cavilaciones avanzaron hasta que de que vieran a un grupo de guardias corriendo en dirección contraria. El mayordomo preguntó a uno que era amigo suyo.

–¿A dónde van tan a prisa? –Galion le detuvo por unos instantes –¿El rey pregunta por nosotros?

–Todavía no Galion, sabe que traerás al príncipe contigo aunque sea amarrado –dijo el guardia ignorando el ceño fruncido de Legolas, porque bien sabía que Galion era un buen amigo de Greenleaf –Nos han dicho que un grupo de enanos andrajosos ha interrumpido en uno de los banquetes del bosque. No tuvieron el menor reparo en dar gritos y en corretear sin dirección de un lado a otro, tropezando entre sí buscando quien sabe qué.

–¿Qué hicieron los elfos del banquete? –Preguntó Legolas disimulando mal su curiosidad.

–¿Qué iban a hacer? –Respondió el guardia –se fueron inmediatamente, a avisarle al rey. Le contaron que eran muy ruidosos y medio atolondrados, incluso para un enano. Alguien dijo que había uno especialmente chistoso, no tenía barba y llevaba unas botas peludas.

Otra vez esa enano raro, si de por sí los enanos levantaban gran curiosidad en Hoja Verde, esta otra criatura le parecía algo más raro y único. A lo mejor sería un buen compañero de juegos, podría enseñarle canciones y a tocar el arpa, tal vez por eso los enanos lo traían consigo, porque era un compañero divertido.

–¿Crees que se atreverían a interrumpir en otro banquete? –Preguntó con interés

–Lo dudo, con todo le avisaré a su majestad para que él decida que hacer –dijo el guardia –me pareció muy permisivo de su parte que les dejara caminar por el bosque libremente.

–Mi padre y sus encantamientos –pensó y luego se le ocurrió una idea –si atrapo a ese enano extraño podría mostrarle a papá que no veo visiones y que no estoy soñando todo el tiempo.

–He olvidado mi arco –dijo de repente –volveré en enseguida Galion, dile a mi padre que estaré a tiempo para el banquete –y se fue corriendo en dirección hacia donde los enanos había aparecido.

Galion sacudió la cabeza –Este joven príncipe es muy impulsivo –dijo mientras el guardia le miraba con la misma expresión.

–Yo no quisiera ser tú y tener que decirle al rey que su hijo se fue otra vez detrás de cualquier criatura errante que osa pasar por el bosque.

–No es la primera vez –habló el mayordomo –¿recuerdas cuando persiguió por tres días a ese cambia pieles tratando de ver el momento exacto en que cambiaba de forma?

–El rey estaba furioso. Legolas no se imaginaba que los cambia pieles eran sujetos tan violentos y susceptibles. ¿Es que nadie le dijo al príncipe que no hay criatura más cambiante que un cambia pieles?

–Cambiantes los cambia pieles –rió Galion –casi te sale en verso. Bueno, a ver que nos dice ahora el rey de todo esto.

Los enanos dormitaban en el mismo claro donde había irrumpido uno de los varios banquetes élficos, Legolas los vio mientras cabeceaban, escudriñó a los intrusos uno a uno en busca del extraño enano sin barbas y con las botas peludas, cuando de pronto el enano que hacía guardia señaló hacia el lugar donde se instalaba otra cena alegre. Los siguió de cerca y sin hacer ruido, cuando divisó a Bilbo, su presa, pero el pequeño hobbit fue tomado por Thorin quien a empujones lo mandó al centro del claro a pedir comida.

–Le haré caer en el sueño –pensaba Thranduillion –para llevarle al palacio.

Pero alguien se le adelantó cuando estaba a pocos pasos del hobbit.

–Cuando se te ordena que vengas al banquete debes obedecer –dijo Thranduil agarrando a Legolas de la oreja –y te lo digo como tu rey, no como tu padre. Ni siquiera estás vestido para la ocasión.

Galion y el guardia intercambiaron miradas, sabían cuan duro era el rey cuando regañaba a Legolas.

–Espero que mantengan a esos enanos harapientos a raya, que no quiero más interrupciones en el festival de otoño.