Chapter 2: La puerta derrumbada


—¿Qué está pasando? —con su tan característica aura autoritaria, Maker impuso su voz sobre el tumulto reinante y se abrió paso entre la gente que se agolpaba delante de la habitación de Fighter.

Sirvientas del palacio habían intentado ingresar a realizar sus quehaceres de limpieza durante la mañana, pero la sailor les había pedido que se retiraran y volviesen más tarde, rehusándose siquiera a entreabir la pesada puerta. Hacia el final de la mediamañana, cuando el sol se colaba por los altos vitrales de los pasillos, ya eran seis las mujeres que cotilleaban a una distancia prudente sobre lo que podría estar sucediendo dentro del recinto. Hablaban de un posible estado de depresión, de la nueva enfermedad que aquejaba a la clase baja del Planeta de Fuego, de una noche alocada, entre otras muchas teorías sin pies ni cabezas. Healer, furibunda por ser plantada en el entrenamiento especial sin ningún tipo de consideración ni notificación, se apareció por allí pasado el mediodía para buscar a su hermana, pero tampoco le fue permitido entrar. Solo escuchó un muy agudo "¡Lo siento! Te lo compensaré" desde el otro lado de la puerta y el plantón siguió como si nada.

—¡Maker! Lleva cuatro horas encerrada ahí, según dicen las muchachas, —indicó, haciendo un gesto con la cabeza hacia las mucamas —¡tienes que hacer algo! ¡Me plantó en el entrenamiento!

Maker frunció el ceño. No era extraño que Fighter faltase a sus obligaciones de vez en cuando, pero siempre se presentaba e inventaba alguna excusa inverosímil para poder irse por ahí muy campante, como ajena a las obligaciones de los simples mortales. A veces, su lado irresponsable era más fuerte que las tareas que la ataban a la defensa del planeta, pero... ¡cuatro horas encerrada! Eso era muchísimo para una personalidad inquieta como la de ella. Muy diferente era el caso de Healer, quien podía pasar horas y horas haciendo nada y, de hecho, ella misma podía estar así si tenía un buen libro entre las manos. Pero no Fighter, su espíritu libre la llevaba de aquí para allá, la empujaba a conocer cada recóndito lugar del planeta, a pasearse por las plazas, entablar conversaciones con los súbditos del reino, mezclarse entre la gente. Aún con los gestos endurecidos, se hizo lugar entre la pequeña muchedumbre a base de sutiles empujones y golpeó la puerta de madera con firmeza.

—Fighter.

Nada.

—Fighter.

De nuevo, silencio.

—Figther, abre la puerta en este mismo instante.

Maker estaba indignada. Frunció los labios con molestia y juró que hasta pudo sentir una vena marcándose en su frente. ¡Estaba siendo ignorada! Ni siquiera una excusa, un mínimo sonido que le confirmarse que al menos estaba siendo escuchada al otro lado. ¿Dónde estaba la cortesía?

—Voy a entrar, te guste o no. Y lo voy a hacer en este mismo momen...

Un casi imperceptible sonido en el interior del cuarto la hizo detenerse en medio de su oración. Pasos apresurados que se dirigían hacia la puerta lograron escucharse por sobre el cuchicheo de la servidumbre y los constantes bufidos de Healer. Bien, se dijo; Figther abriría la puerta y así podría saber de una buena vez qué era lo que estaba sucediendo y, llegado el caso, golpearla por semejante actitud irreverente hacia sus mayores y sus tareas reales. Pero todo se mantuvo igual y ninguna puerta se abrió.

—Muy bien, esto es ridículo. Todas aléjense, ahora. —Healer, cansada del drama inútil y de estar parada sin hacer nada, sacó su arma de la parte de atrás de su short de cuero, mientras la hermana mayor incitaba a todas las mucamas chismosas a retirarse y seguir con sus labores —¡Infierno estelar de He...!

—¡Esperen, esperen! ¡Healer, no lo hagas! —exclamó una voz ronca, grave, masculina. Una voz que nadie escuchaba desde hace bastante tiempo. Maker, perturbada, abrió los ojos desmesuradamente, en lo que Healer prosiguió con su ataque desmedido ante la inocente caoba oscura.

—...aler!

Cuando la puerta finalmente cayó, con un sonido sordo que resonó en todo el corredor, ya solo estaban en el pasillo ambas Sailors, con la sorpresa desfigurando sus atractivos rostros. Congeladas, con los ojos abiertos a más no poder y ambas bocas abiertas, miraban incrédulas hacia el piso donde un muy traumado Seiya Kou —repleto de astillas y con una sábana atada a la cintura—les devolvía una mirada apenada.