La nueva mascota de la familia

La casa de los Cayado era inmensa. Del tamaño de un museo, por lo menos. Con más de treinta dormitorios, cuatro salas de estar, tres bibliotecas, dos salas de reunión, una cocina de tamaño desproporcionado y largos corredores alfombrados salpicados de hornacinas con bustos de mármol y esculturas griegas. Las paredes estaban revestidas de cientos de cuadros de antepasados ilustres. El estilo neoclásico de algunas estancias contrastaba con el aire barroco de los dormitorios, donde se podían ver camas con dosel y chimeneas con el tamaño suficiente para permitir el paso de una persona. Hasta los baños eran un derroche cegador de lujo y riquezas, con grabados de esfinges doradas en las encimeras y pan de oro en los marcos de los espejos. Las manecillas también eran de oro, el mobiliario de buena madera, sobre todo de cedro, y los ventanales acristalados de medio punto exhibían vidrieras que cambiaban de diseño cada diez minutos.

Estela miraba todo aquello embobada. Nunca había pisado una vivienda tan impresionante. Era un edificio ostentoso, pero a decir verdad, todo le parecía precioso.

Los criados, sin embargo, vivían en la zona más alejada de la casa. Allí las habitaciones eran más sobrias y sencillas, y, como en las casas de siglos pasados, existían corredores que comunicaban las distintas estancias, ocultos detrás de las paredes. Esos pasillos eran de uso obligatorio cuando llegaban invitados, e impedían que los demás magos pudieran toparse más de lo necesario con los esclavos que pululaban por la casa.

Bueno, en concreto, allí solo había cuatro esclavas más. Cisne, Rosita, Tulipán y Esmeralda. Todas eran unos auténticos bellezones de distintas partes del mundo, de entre dieciocho y veintitrés años. En especial, Cisne, una rubia impresionante, que perfectamente podría haber trabajado como modelo de Victoria's Secret. Aunque todas iban vestidas con unos horripilantes vestidos de lana marrón, Estela debía admitir que a aquella mujer le habría sentado bien hasta una bolsa de basura.

Sin embargo, también tenía algo que le causaba un rechazo instintivo. Tenía una mirada insolente y una sonrisa burlona que no auguraba nada bueno. Las entrañas le decían que debía tener especial cuidado con ella. Tenía pinta de ser la favorita.

Tulipán era la de mayor edad, y la encargada del grupo, pero estaba a las órdenes de una elfina doméstica llamaba Lubi, que, por cierto, estuvo a punto de matar de un susto a Estela la primera vez que se había aparecido delante de ella.

Había visto cosas raras en los últimos meses, pero nunca en su vida había visto a una elfa. Y lejos de lo que imaginaba, era más fea que el culo de un mono. Arrugada como una pasa, con unas orejas y unos ojos enormes y una capa de pelillos que le cubrían todo el cuerpo.

Daniel todavía se reía a carcajadas cuando se acordaba de aquel momento.

Estela miraba a las que serían sus compañeras con una expresión de vergüenza total. Cisne comentó en voz baja algo sobre la mancha de su rostro y las demás se rieron con disimulo. Y entonces, de la nada apareció una figura de medio metro de altura, cuyo aspecto se asemejaba al de un alienígena contrahecho.

Pero ¡¿qué es esa cosa!? —exclamó aterrada, al tiempo que daba un salto hacia atrás y caía al suelo de culo, con los ojos desorbitados.

Daniel, su padre y las demás esclavas estallaron en carcajadas. Su reacción les había parecido la mar de divertida.

Es nuestra elfina doméstica, Lubi. Ella hará de intermediaria cuando sea necesario. Tengo una vida muy ajetreada y no puedo encargarme de todo. Procurad no molestarme salvo que sea estrictamente necesario —le explicó el padre de Daniel, como si fuera la cosa más normal del mundo.

El señor Cayado se llamaba Cristian, pero cuando se dirigiera a él debería llamarlo señor, o en su defecto, amo.

Casi nunca sonreía, y siempre se movía como si acarreara el peso del mundo sobre sus hombros. Era sanador en un hospital mágico llamado San Crisóstomo.

Estela pronto descubrió a qué se debía aquella actitud sombría.

La esposa de Cristian tenía una maldición de la sangre que tarde o temprano acabaría por llevarla a la tumba. Él estaba intentando dar con la cura, pero todo indicaba que no lo lograría a tiempo.

Mas adelante le contaron que casi siempre estaba postrada en la cama, y aunque en algún momento había sido una mujer muy hermosa, había perdido mucho peso y su cabello castaño parecía una masa desvaída y sin brillo que colgaba inerte sobre sus hombros, como un nido de telarañas.

Sus ojos, no obstante, aún mostraban una calidez y una entereza dignas de admiración.

Parecía buena persona…para ser una bruja, claro.

Al ver a Estela, la evaluó con detenimiento y casi con sincera curiosidad.

—De modo que esta es la esclava que Daniel ha escogido para que sea su compañera de juegos y su profesora particular. Mmmm. Tiene un aspecto peculiar. ¿Cómo la vas a llamar, Dani?

Estela frunció el ceño. ¿También le iban a cambiar el nombre? Ya solo faltaba que intentaran borrarle la marca de nacimiento. El señor Cayado, al menos, parecía tener esa intención, porque cada vez que la miraba a la cara, apartaba la vista como si hubiera visto algo muy desagradable.

—¿Por qué? Me gusta su nombre. Es bonito.

A Estela cada vez le caía mejor ese crío. Era un poco consentido, pero había demostrado más humanidad con ella que ningún otro mago hasta la fecha.

—¿Y qué opina tu papá de ella? —le preguntó con un gesto de complicidad. A Estela no le costaba trabajo imaginar por qué había elegido a esclavas tan guapas. Su mujer no parecía tener fuerzas para satisfacer las necesidades de su marido.

Aún así, tenía que resultarle duro saber que otras mujeres estaban ocupando el lecho del señor Cayado, aunque fuera solo de vez en cuando.

Cristian sujetó a su hijo por los hombros y tomó la palabra.

—No tiene nada de especial. La ha elegido Daniel, así que mi opinión no es relevante.

«Vaya, gracias» pensó Estela. De todas formas, dudaba mucho que un hombre como él fuera a tomarse el tiempo de conocerla y averiguar si eso era cierto. Lo más sensato sería evitar llamar su atención por todos los medios posibles.

Tampoco es que le importase mucho, mientras la alimentasen bien y no la golpearan muy a menudo. La realidad era que su lista de prioridades había variado mucho con el paso del tiempo.

La gente hablaba de rebelión y de libertad…pero allá afuera las cosas estaban tan mal que resultaba infinitamente más seguro quedarse dentro. Una chica como ella no duraría ni dos días si se fugaba. No era tonta, sabía que había cosas mucho peores que la esclavitud fuera del territorio conquistado por los magos.

Y no quería convertirse en la cena de nadie, ni morir de inanición.

—¿Jovencita, sabes algo de tus familiares?

—Ya no me queda nadie, señora —dijo, con voz desapasionada. Lo había intentado, pero no había sido capaz de derramar ni una lágrima por su padre. Nada. Como si se hubiera quedado vacía de repente y todo le diera completamente lo mismo.

«Shock de estrés post-traumático» lo llamaban. Bueno, al menos no se había echado a llorar delante de sus nuevos amos. Los tratantes también la habían obligado a beber una especie de brebaje «para calmarle los nervios y hacerla más manejable» pero en algún momento sus funciones cognitivas regresarían a la normalidad. Por el momento, lo veía todo como a través de una burbuja.

—Bueno, confío entonces en que mi hijo estará bien atendido. Lubi y las demás esclavas se asegurarán de que realizas tus actividades con la debida corrección. Sé que no hace falta que te diga lo que ocurrirá si no cumples con tu cometido con la diligencia esperada.

Estela asintió. Bueno, aquella mujer quería a su hijo, de eso no cabía duda.

—Lo haré lo mejor que pueda, señora.

Ella emitió un gruñido de conformidad, y le dio permiso para que se fuera.

Antes de que la llevaran de regreso con las demás esclavas, sin embargo, el señor Cayado le pidió que lo acompañase.

Ella lo siguió con la cabeza gacha, y casi arrastrando los pies. Daniel se había quedado un rato más con su madre.

El mago entró en una salita impoluta, con una camilla situada en el centro. En una mesita de metal había múltiples herramientas médicas y junto a la mesita, una estantería repleta de recipientes con distintas etiquetas.

—¿Son pociones? —preguntó.

El señor Cayado contestó con desinterés.

—Si. Y la próxima vez recuerda que debes dirigirte a mi con la debida cortesía —respondió con sequedad—. Siéntate en la camilla.

Estela obedeció.

—Quítate toda la ropa. Voy a examinarte.

—¿Qué? —Estela lo contempló con inquietud. Él resopló.

—Tengo que asegurarme de que no tienes nada contagioso, ni ningún otro tipo de enfermedad. Con los muggles uno nunca puede estar seguro.

«Bueno, si solo es eso…» pensó. No debía ser muy diferente de ir al médico.

—Tengo alergia a las nueces. Y hace medio año me rompí un tobillo. Por lo demás, estoy sana, señor. Se lo aseguro.

Se quitó el saco de lana que le habían puesto por encima y se quedó mirando la pintura del techo. Había un par de hadas revoloteando junto a los estantes. Curioso. Parecían moscas de gran tamaño y patitas alargadas.

—¡Qué cara más fea! —gritó una, con voz chillona.

—A mí me parece graciosa —dijo la otra, aproximándose un poco más a la cara de Estela—. La mancha tiene forma de mariposa.

—¡De mariposa espachurrada! —comentó su compañera con una risotada.

Estela las contempló como si estuvieran hablando del tiempo. Todo era tan raro…

El señor Cayado tenía las uñas bastante largas, pero bien cuidadas. Su actitud era tan profesional que Estela se sintió como si estuvieran realizándole un reconocimiento médico corriente.

La punta de su varita se había iluminado, y había pasado a examinarle los ojos.

—Qué raro…—dijo, de pronto—. Tienes las pupilas bastante dilatadas. ¿Te han dado algo de beber antes de venir?

—Es posible…señor —él gruñó.

—Ya decía yo que estabas muy alelada. Supongo que para mañana ya se te habrá pasado el efecto. Por tu bien, espero que no montes un espectáculo.

Después, pasó a examinar la marca de su rostro.

—Creo que puedo hacerla desaparecer —dijo, distraído. Estela tragó saliva. Esa marca era lo que la hacía diferente del resto, y siempre la había considerado un sello de identidad.

Sabía que no era bonita, pero era suya, y con eso le bastaba.

—¿Tanto le molesta, señor?

Él la miró con gravedad, retiró los dedos de su mejilla y siguió comprobando todo lo demás, con parsimonia.

—Abre las piernas. —Había cogido un utensilio metálico de la mesita.

Estela se mostró reticente.

—No, por favor…

—No te voy a hacer nada —insistió. Después añadió con una sonrisa—: Para eso ya tengo a Cisne. Solo será un momento.

Después de un leve tira y afloja, al final Estela obedeció.

—Bueno, parece que no me mintieron. Todavía eres virgen. Eso simplifica las cosas.

Acto seguido le lanzó su saco de lana y ella se lo puso de nuevo.

Antes tenía un armario ropero del tamaño de media Europa, y ahora tenía que conformarse con esa porquería.

Además, la lana picaba horrores.

—Bien, supongo que querrás conocer a tus compañeras…te daré el resto de la tarde libre. Mañana Lubi te explicará las normas de la casa y en qué consistirán tus tareas. ¿Entendido?

—Sí, señor.

—Si respetas las reglas, no tendrás nada que temer. No somos como otras familias de magos. Procuramos no pegar a nuestras…mascotas, si podemos evitarlo. Salvo que se porten muy mal, por supuesto.

Estela arrugó la frente al escuchar la palabra «mascota». Y todavía creería que era moralmente superior al resto de brutos que sodomizaban a los nomagos por puro placer…

—Claro que, si vuelves a mirarme así, podría empezar a hacerlo…—comentó. Por su forma de decirlo, era difícil saber si estaba bromeando o hablaba en serio.

—¿Puedo hacerle una pregunta, señor? ¿Por qué quieren esclavos muggles si los odian tanto?

Él se la quedó mirando un segundo, antes de responder.

—Es una cuestión de prestigio. Si los tienes, es porque eres solvente y sabes hacerte respetar. No tiene más misterio. En realidad, sois bastante inútiles. Lentos, torpes, ignorantes y…más curiosos de lo que os conviene.

—No todos son así.

—Tú desde luego, sí. Se te ha olvidado otra vez.

—¿El qué?

Zas. El bofetón llegó por la derecha, certero como una bala.

—¿Te volverás a olvidar de llamarme «señor»? ¿O te lo tendré que recordar de nuevo? Anda, ve con las demás. Ya he invertido bastante tiempo contigo.

Estela descendió de la camilla, con los ojos empañados.

El señor Cayado la contempló ligeramente indignado.

—Vamos, no seas quejica. Casi no te he tocado. No me mires como si fuera un monstruo…no tienes ni idea de lo que os están haciendo por ahí. Sería peor que te hubieran llevado a las minas…o la Arena ¿verdad? Eres muy afortunada.

—Tiene razón, señor. —No le quedaban fuerzas ni para discutir.

La luz parecía escapar en todas direcciones a medida que se desplazaba por el corredor.

«Oh, mierda» se dijo, mientras intentaba recordar el camino hacia las habitaciones de los criados.

La casa era tan grande que se había olvidado de por dónde se iba. La poción que le habían administrado antes de llevarla ante el señor Cayado tampoco ayudaba. Era como si estuviera en una dimensión paralela, tenía los sentidos aletargados.

Si los demás pensaban que era medio lela, ahora estaría a punto de confirmar sus sospechas.

Abrió otra puerta y probó suerte. La sala no tenía nada de especial, pero un murmullo procedente del interior de un armario llamó su atención. Algo estaba rascando la puerta del ropero con insistencia.

Se aproximó con cierta cautela y golpeó la puerta con los nudillos. Las puertas estaban cubiertas de una serie de símbolos extraños.

—¿Hay alguien ahí?

—¡Socorro! ¡Sácame de aquí! —La voz era chillona, como la de un niño.

Estela parpadeó, desconcertada. Igual era eso lo que le hacían a los esclavos que se portaban mal. Encerrarlos hasta que aprendieran la lección.

Y después el repiqueteo comenzó de nuevo.

Estela sujetó las puertas y trató de abrirlas.

—¡Está cerrada! —dijo. Y buscó con la mirada algo que le sirviera para forzar la cerradura.

—¿Ves un palo blanco con espirales azules? Si golpeas la cerradura con la punta, se abrirá.

Estela se movió por la estancia, ligeramente atolondrada, pero al final encontró lo que buscaba. Una especie de bastón blanco con dibujos e incrustaciones azules que lo surcaban de arriba abajo en espiral.

—Ya lo tengo, aguanta, que ya voy —dijo, y apoyó el bastón sobre la puerta. De súbito, un chispazo recorrió la punta y los símbolos que cubrían la puerta se iluminaron.

Tras emitir un chasquido metálico, la cerradura se abrió sola.

Entonces, las puertas se abrieron de golpe, Estela cayó al suelo y soltó el bastón. Una bola de luz azul salió disparada hacia afuera y rebotó de unas paredes a otras como una exhalación.

—¡Sí! ¡Soy libre! ¡Soy libre! ¡Yuju! —gritó la bola de luz con voz chillona y repelente, al tiempo que rompía jarrones, empujaba muebles y varios libros salían despedidos de los estantes.

Estela se había quedado muda de asombro y ni si quiera hizo ademán de ponerse en pie.

De repente, la cosa dejó de dar vueltas y se detuvo sobre el marco de un cuadro. La bola azul se había transformado en un hombrecito increíblemente delgado, de veinte centímetros de altura, piel violácea, orejas picudas, nariz desproporcionada y dedos largos como tenazas. Se parecía un poco a Lubi, la elfina, pero no parecía tener la misma vocación servicio.

—¡Menos mal que el bruto ese se olvidó de descargar el bastón! ¡Eso le pasa por holgazán! Como has visto, hasta una muggle ignorante como tú ha podido utilizarlo.

—¿Qué…quién eres tú?

—Soy un duende, zopenca. ¿Es que nunca has visto ninguno? Ah…menos mal que los buenos tiempos volverán pronto. No tendré que volver a esconderme jamás, jamás, jamás —dijo. Y flotó hasta quedar a la altura de Estela.

A esas alturas ya estaba curada de espanto.

—¿Un duende? ¿Y por qué estabas ahí dentro?

—Ese mago asqueroso, roñoso con el cerebro de una gárgola me encerró ahí. Decía que necesitaba mi ayuda para fabricar no sé qué poción curativa. ¡Habrase visto! Como si no tuviera mejores cosas que hacer. Me quitó mi bastón mágico —los magos dicen que es ilegal, los muy presumidos. A mí nadie me preguntó— y me encadenó dentro del ropero hasta que accediera a ayudarle. Yo no puedo ayudar a su mujer. Se lo he dicho diez mil veces…pero el tío sigue erre que erre con lo mismo. Qué tonto es, por las pestañas de Oberón.

El duende recogió su bastón y dio otro salto para mirar por la ventana de la habitación.

—¿A dónde irás ahora?

—Mmmm puede que me de una vuelta por la casa. No puedo marcharme sin despedirme como es debido. ¡Gracias por tu ayuda, chati! Te debo una. Espero que no te zurren demasiado. —Y dicho esto, se convirtió de nuevo en una bola de luz y salió escopeteado por la puerta, en dirección al corredor.

—¡No! ¡Espera! ¡Me vas a meter en un lío!

Estela lo siguió, el tiempo justo para ver como iba tirando al suelo las estatuas de las hornacinas, rayaba vidrieras y arrancaba alfombras y tapices con saña.

Eso no era un duende, era una puñetera catástrofe.

—Me van a matar…—susurró en voz baja. Y casi como si aquella idea hubiera encendido una chispa de entendimiento en su mente, se dejó caer y enterró la cabeza entre las manos—. Me van a matar.