¡Buenas! Sé que han pasado unas cuentas semanas desde que subí el primer capítulo pero hasta hace un par de días no terminé el último examen y no me pude poner antes con esta historia. Si a eso añadimos el hecho de que la he reescrito prácticamente desde el principio... jajaja Tenía la sensación de que si no la modificaba iba a quedar bastante insulsa y después de todo el apoyo que he recibido no podía dejarla así Uu... ¡Muchas gracias a todos por los comentarios y tan calurosa acogida! :)

CAPÍTULO 2

Arthur se presentó a primera hora de la mañana del día siguiente. Traía una caja enorme llena de papeles y objetos extraños. Todos de su abuelo. Tras horas de búsqueda exhaustiva y ayudándose del aporte de Arthur y el recorte de periódico del caso del 64, consiguieron recoger los datos más importantes sobre la vida de su abuelo.

Arthur Kirkland, nacido el 12 de Febrero de 1929 en York, Inglaterra. Trabajó como empresario de una fábrica textil durante tres años hasta que montó un negocio de importación de té con el japonés, Kiku Honda. Se casó en 1955 con Rose Anderson y tuvieron un hijo, Peter Kirkland, nacido en 1956. Arthur Kirkland lleva desaparecido desde la noche del 14 de julio de 1964. Esa noche asistió a una fiesta pero desde que se fue acompañado de otro hombre no se supo nada más de él.

Pero esa no era toda la información que habían conseguido recopilar. También encontraron más cartas, algunas dirigidas a un tal J. Resaltaron sobre todas las demás porque tampoco eran cartas propiamente dichas sino notitas breves, sin firmas, sellos o remitentes.

Quedamos en el lugar de siempre a la misma hora.

Deberíamos dejar de encontrarnos a escondidas. Creo que mi mujer sospecha algo.

- Parece que tu abuelo tenía una amante. Eso o estaba metido en algo ilegal.

Arthur cabizbajo no respondió. Le dolía pensar que su abuelo tuviera una amante y mucho más que estuviera metido en algo turbio. Fuera lo que fuera mancharía el apellido que con tanto honor llevaba. Siguieron en silencio un rato hasta que Alfred rompió el hielo.

- Creo que deberíamos empezar por hablar con tu abuela. ¿Dónde vive ahora?

- Según el informe, no se llegó a mover de York.

- Perfecto. Arthur coge tu chaqueta.

- ¿Por qué?

- ¡Nos vamos a York!

- ¿¡Nos vamos ahora mismo!?

- ¡Claro! ¡No hay tiempo que perder!

- ¿Por qué no la llamamos por teléfono simplemente?

- Ay Arthie, como se nota que eres un novato para este tipo de cosas - Arthur se molestó un poco por ese comentario pero dejó que siguiera hablando - Lo creas o no, el lenguaje corporal nos brinda una información mucho más importante que la que te puedan proporcionar las palabras, ya que el primero siempre dice la verdad mientras que el segundo puede estar plagado de mentiras... ¡Pero no estoy llamando mentirosa a tu abuela eh! S-Solo lo digo porque muchas veces... Ya sabes...

Arthur rió un poco por la cara de vergüenza que había puesto Alfred. Extrañamente estaba cogiendo confianza muy rápido con él y eso en parte le asustaba pero también le hacía sentirse bien. Podría acostumbrase a su ruidosa presencia.

Llegaron hasta el parking del edificio. Arthur no tenía ni idea de qué coche podría tener Alfred pero le dio la impresión de que sería ostentoso y grande. Y acertó, en parte. El coche era grande sí, un todoterreno, pero por lo demás era de lo más sencillo, antiguo incluso.

- Pero ¿de verdad que nos vamos ya?

- ¿Es que tienes que avisar o pedir permiso a tu novia para hacer las cosas?

- ¡Claro que no! ¡Y-yo hago lo que me da la gana! – el inglés se ruborizó por lo infantil que había sonado su contestación.

Alfred sonrío divertido y abrió las puertas con el mando automático. Se subieron sin necesidad de acordar en que asiento se sentaría cada uno. El coche era de Alfred así que estaba bastante claro que él sería el conductor y Arthur iría de copiloto.

- Será un viaje algo largo y pesado. De todas formas ¿no te apetece hacer una vista a tu abuela? – siguió el americano intentando mantener una conversación medianamente decente con el inglés.

- Verás... No conozco a mi abuela... No la he visto nunca en persona.

- ¿Cómo es posible que no conozcas a tu propia abuela? – preguntó el americano frunciendo un poco el ceño.

- No es tan raro... – murmuró Arthur algo molesto - Desde que tengo uso de razón mi padre nunca se ha llevado bien con su madre. Nunca ha pasado con nosotros las Navidades o cumpleaños pero mi abuela por su parte nunca ha llamado para preguntar qué tal. Tampoco me ha prohibido ir a verla, de hecho él mismo me dio su dirección.

- Y ¿no crees que es un poco duro? Quiero decir, tú tienes a tu padre pero ella está sola y siendo tan mayor… ¿Cuántos tendrá? ¿Setenta?

- Setenta y siete. Lo sé pero no creo que yo sea el indicado para dar un paso, esto es cosa de ambos. Sus razones tendrán para no hablarse. Además, ella sabe de mi existencia pero no parece interesada en conocer a su nieto...

- Y ¿nunca te ha entrado la curiosidad? ¿Nunca te han dado ganas de coger un coche y recorrerte medio país para conocerla?

- En absoluto. Una visita podría empeorar más si cabe la relación entre los dos así que prefiero mantenerme al margen de los problemas que tengan o que hayan podido tener en el pasado.

- Ya veo.

Alfred se quedó meditando en silencio. La única familia del americano era su madre ya que se divorció de su padre poca antes de nacer él. En el fondo entendía la postura de Arthur porque él también la estaba viviendo en esos momentos. Tenía un padre pero parece que él no pensaba en Alfred como en un hijo. Eso le dolió profundamente.

- Cuando lleguemos sígueme la corriente.

- ¿Qué? ¿Por qué?

Pero Alfred no respondió porque le gustaba hacerse el misterioso y sobre todo la cara de desconcierto del inglés.

Pasaron unos minutos en silencio hasta que pararon un rato a estirar las piernas. Arthur estaba mareado por la zona de curvas que acaban de pasar. De hecho, en cuanto el coche se paró, el inglés se desabrochó el cinturón y salió zigzagueando hasta caer al suelo.

- Sigo pensando que tendríamos que haber cogido el tren.

- Cierto, pero tendríamos que haber hecho transbordo y los horarios son horribles en esta época y con el coche podremos movernos cuando queramos. ¿Acaso no disfrutas con mi compañía?

- Hablas mucho, demasiado y haces que me empiece a doler la cabeza.

- Oh, ¡qué borde!

- Y tú, ¡ruidoso!

Alfred rió ante tal comentario. Se lo habían dicho muchas veces; algunos molestos como Arthur, otros admirando esa capacidad y energía que desprendía por cada uno de sus poros, aparentemente inagotable.

- Se te ve con más energía. Tenía miedo de que de repente reventaras o algo... Parece que te has estado conteniendo mucho tiempo. Esto debe ser muy duro para ti, en todos los sentidos. Si alguna vez hago o digo algo que te moleste házmelo saber, por favor.

Arthur no daba crédito a lo que oía. Todo ese tiempo Alfred había sido amable e irritante a partes iguales. Arthur pensó que así era su forma de ser pero parece que lo estaba haciendo a propósito. De hecho después de gritarle se sentía mejor. Mucho mejor. No es algo de lo que se sintiera muy orgulloso, de hecho odiaba esa parte de su personalidad, pero tampoco podía guardárselo todo dentro.

-¿Se te ha pasado el mareo? - trató de disimular. Estaba poniendo nervioso al inglés y no le convenía, quedaban demasiadas horas de viaje como para tenerle de mal humor.

- S-sí.

- ¡Me alegro! - dijo con una sonrisa sincera - ¿Volvemos al coche?

Arthur asintió en silencio. Algo se movía en su interior y una sonrisa se dibujó en su rostro, la cual se apresuró a ocultar bajo la bufanda de rayas.

Llegaron a York poco antes de la hora de comer. No tardaron en dar con la casa de la señora Kirkland ya que estaba en pleno centro, en la calle más importante de la ciudad.

Después de respirar y estirar un poco sus cuerpos entumecidos llamaron al timbre y esperaron.

Una anciana que rondaba los 80 años abrió la puerta.

- ¿Es usted la señora Kirkland?

La mujer asintió.

- Buenos días. Soy Alfred Jones, detective del departamento de homicidios de Londres y este es mi compañero Scotty Valens.

- ¿Por qué están aquí? – preguntó fríamente mirándoles de arriba abajo. Después detuvo su mirada en la cara de Arthur.

- Verá, venimos por el caso de la desaparición de su marido, Arthur Kirkland.

- ¿Le han encontrado?

- Me temo que no pero tenemos pruebas nuevas sobre su caso y lo hemos reabierto. Si fuera tan amable de contestar a unas preguntas...

Con un suspiro más de molestia que de cansancio, la casi octogenaria mujer hizo un gesto que les invitaba a pasar dentro. Por la forma de caminar y las marcadas arrugadas se notaba que los años habían pesado mucho en ella. Por los rasgos, poco visibles ya por los marcados surcos que recorrían su cara, debía haber sido una mujer muy atractiva años atrás.

- ¿Crees que me ha reconocido? – susurró Arthur.

- Ahora lo sabremos – murmuró cediéndole el paso.

La casa era bastante amplia y antigua aunque tanto los muebles como el suelo parecían estar bien cuidados y conservados a pesar del paso del tiempo.

- ¿Cuánto tiempo lleva viviendo en esa casa?

- Casi 60 años.

Sin mediar palabra siguieron a la anciana hasta el salón de la casa. El olor a té recién hecho invadía cada uno de los recovecos de la estancia.

- Y ¿qué pruebas son esas? – preguntó con tono molesto mientras se sentaba despacio en uno de los butacones.

- Su hijo encontró unas cartas escritas por su marido. Algunas de ellas dirigidas a él mientras que otras a un tal J. ¿Conoce a alguien con ese apodo?

- En absoluto.

- Bien, le haré las preguntas pertinentes que seguramente respondió hace 50 años pero necesito que las vuelva a responder si es tan amable ¿qué estuvo haciendo la noche en la que desapareció su marido?

- Estaba en casa.

- ¿Sola?

- Sí.

- ¿Sabe si el señor Kirkland tenía enemigos?

- No que yo supiera.

- ¿Parecía preocupado o angustiado los días previos?

- No, ¿alguna cosa más detective Jones?

- Sí, ya la última pregunta; ¿podría decirnos de algún amigo o conocido de su marido con el podamos hablar?

- Su socio, el japonés... ¿Kiku Honda se llamaba? Pasaba más tiempo con él que en casa.

- Gracias por su ayuda. Le avisaremos si descubrimos algo.

Salieron en silencio. Ninguno de los dos se atrevía a comentar nada. Tenían la sensación de que eran observados a través de alguna de las cortinas de encaje de encaje blanco de las ventanas. Una vez lejos del punto de mira compartieron sensaciones.

- Parece que tu abuela es una persona muy...- Alfred no sabía cómo continuar sin hacer enfadar al inglés.

- ¿Fría? Sí, ya lo veo - completó sin contemplaciones. Para él, ella era una anciana más. Los lazos de sangre no significan nada si no hay un mínimo de afecto.

- Algo así. Apenas ha reaccionado cuando le hemos dicho que vamos a reabrir el caso de su marido. De hecho parecía tensa, ha contestado a todas las preguntas con monosílabos y prácticamente nos ha echado a los 5 minutos. Parece como si ocultara algo...

- Ahora entiendo a mi padre – dijo algo distraído Arthur, no estaba prestando mucha atención al brillante monólogo deductorio de su compañero.

- ¿No crees que si le dices que eres su nieto cambiaría algo su actitud? ¿Qué colaboraría más?

- Estoy convencido de que cambiaría, pero a peor. De todas formas tengo la sensación de que solo con verme se ha dado cuenta.

- Puede ser. Parece una mujer muy perspicaz.

Siguieron caminando calle abajo hacia el coche.

- ¿Scotty? ¿En serio? ¿No sé te ocurrió un nombre mejor? – preguntó dándole un suave golpe en el brazo.

- Eh! Es un nombre muy chulo y te pega muuuchooo – bromeó - ¡Venga Scotty vámonos a comer!

- ¡Qué no me llames así!

- ¡Pues vámonos a comer, Arthie!

- ARTHUR.

Alfred se alejó para evitar otro golpe del inglés. Molestar al inglés había pasado a formar parte de sus nuevos hobbies, algo peligroso pero muy entretenido.

Arthur por su parte, le siguió todavía algo enfurruñado pero menos nervioso. La estupidez de Alfred hacía que dejara de pensar en todo el estrés que había supuesto el interrogatorio de su abuela. Tenía la sensación de que este caso pondría su vida patas a arriba pero no le importaba mientras se siguiera sintiendo así, aunque tampoco sabía muy bien cómo calificar esa nueva sensación.

N/A: Escogí el nombre de Scotty porque es el nombre del compañero de Lili Rush (protagonista de la serie en la que he basado parte del fic) y porque me hizo gracia que también sea uno de los nombres más utilizados para llamar a Escocia ;)

¡Nos vemos! :)