Summary: Es el día de la boda, y Martín y Miguel se toman una foto que conmemora el último momento en que ambos son solteros. AU. Argentina/Perú.
¿Recordás aquella vez... Que te dejé ir?
Miguel no nota cuando comienzan a transpirarle las palmas de las manos... Pero le dificulta el abrocharse los últimos botones de la manga de su camisa blanca, frente al espejo. Está a sólo horas de amarrarse con alguien, como dicen sus amigos del barrio, ¿cómo no va a estar nervioso?
Respira hondo otra vez y se relame los labios.
—Oye...Tincho, puta, no sé si...
—¿Si qué? —le mira su mejor amigo y padrino de bodas, tocándose la barbilla cual pintor frente a su obra maestra—. ¿Si es la corbata o la camisa? —le estudia no en el reflejo del espejo, sino directamente. Tiene que saber cómo se ve el original.
—No sé si de verdad quiero... —si de verdad quiere casarse, suelta, terminando de abrocharse. Se arregla el cuello de la camisa—. Creo que es la corbata, es muy estrafalaria.
—Cómo —se encoge de hombros, como si Miguel le estuviera diciendo una soberana estupidez—. Pero cómo, ¡cómo! —camina hasta la mesita en que tienen enrolladas varias corbatas de repuesto y saca otra, a rallas verticales—. ¿Sabés siquiera lo que me estás diciendo?
Miguel se revuelve.
—¡Es difícil, Martín! No estás en mi posición...
—No, pero no te ayudé a elegir eso para que huyeras por la ventana —«Eso» refiriéndose al traje, desenrolla la corbata—, que si lo hacés, más te vale llevarme con vos, porque para dar explicaciones no me pagan —se le aproxima, con un gesto más compresivo en el rostro que en las palabras.
—¿Llevar conmigo? —lo ha malpensado—. Asu, Tincho... Qué descarado eres para coquetear —¿cómo cojones apareció su mano apretando el culo del rubio? Martín se deja, hasta mueve la cadera hacia él.
—Cómo creés... No me voy a quedar a dar explicaciones, viste —se cuelga la corbata del hombro y le desanuda la que tiene puesta—. Huimos en un taxi, ¿qué te parece? Y nos vamos al hotel, no vamos a tirar toda la plata —le sonríe, con boca y ojos.
A Miguel eso le hace dudar todavía más... Sabe que puede ir en broma, pero Martín siempre ha sido una tentación con patas a su alrededor, a pesar de ser amigos. Se muerde el labio, mientras le mira fijamente la boca.
—¿No me mientes? —sonríe.
Encima el desgraciado de Martín debe saber el hotelazo que ha reservado... Y cuánto le agradaría tirar todo por la borda y usarlo con él.
—Claro, che, ¿cómo te lo sugeriría si no? —se oye el deslizar de la corbata. Martín se la cuelga del hombro contrario y acomoda la nueva en el cuello de Miguel, midiéndole el largo con ojo experto—. Y vendemos la alianza, nos vamos de viaje, a Europa, a Francia.
—Qué rico... ¿Por qué me tientas así? —Miguel se ríe de los nervios y cierra los ojos, dejándole hacer. Cuando acabe con el nudo, abrirá los ojos para ver cómo quedó—. Igual, puedo dejar dormido a Pancho y nos vamos a beber, como segunda despedida de soltero —yeah.
Martín se ríe.
—Te hacemos entrar por el balcón antes de que despierte —da un paso a un lado para que se vea—. ¿Te gusta?
Ya hay gente esperándoles. Conversando sentados en sillas del patio. Paloma no suelta la mano de María.
—Martííín, qué malo eres, tú sabes que me gustas un montón... —cuando el rubio se mueve de enfrente, logra notar su nueva corbata—. Está mucho mejor que la anterior, gracias.
María está apretando la mano de Paloma, con ganas de gritar que por qué coño se demora tanto el otro novio. Daniel arregla la florcita del pecho, en el saco de Sebastián.
—De nada —responde Martín como si le diera las gracias a una multitud, pecho inflado—. Estás listo entonces —alarga la última sílaba, siseándola entre dientes—. Oye... —se muerde el labio.
Entre la gente, Daniel le susurra a Sebastián que sería bonito, una boda así, ¿vos lo pensás también, Basti?
Miguel se embute los bordes de la camisa dentro del pantalón y se estira a tomar los gemelos del aparador, ése que está tras el espejo de pie.
—¿Qué pasa?
—Nada... Olvidalo. Je —Martín le mira a los ojos, y le quita los gemelos para ponérselos él—. O bueno... —acepta decirle—, ¿te das cuenta que te estoy entregando?
—Algo así... —Miguel se encoge hombros—. O... Puedes ser el amante.
—El amante que te entrega, es lo mismo, pero peor, viste —le roza la piel al terminar con los gemelos—. Te pierdo dos veces —finge rostro de llanto.
Miguel despega la mirada del espejo y la posa sobre Martín, traga saliva.
—Siempre voy a estar contigo, oe —porque fidelidad en amistad, de Miguel, la recontra tiene—. Pero... Concédeme algo antes de ir a allá.
—¿Qué cosa?
El moreno se sonroja un poquito y le hace un ademán para que se acerque.
—Ya sabes...
—No, ¿qué? —se inclina para que sus rostros queden juntos—. Decime, nene, que ya estamos atrasados.
Miguel junta sus labios con los de Martín, sin más. En sus ojos se nota algo de temor porque le vayan a rechazar, pero, aunque Martín se sorprende en principio, atrae a Miguel, empujándole desde la espalda, correspondiéndole sin ser fogoso. A Miguel se le acelera el corazón con esa actitud, y jadea en el beso de pura satisfacción que haya sido correspondido. Le sube las manos al cabello, cerrando los ojos. Esos mejores amigos que se tienen ganas.
Seguro el peruano le va a soltar unos «gracias» en medio del beso y... Para lamentación de ambos, Martín se separará mucho antes de lo que podría haber sido (tuvo que juntar mucha determinación para ello) y le sonríe (aunque justo ahora sienta pesado el corazón).
—El último beso de calidad que tendrás, eh.
Intenta bromear, no sabemos si reír o llorar. Miguel abre los ojos y le mira desilusionadito porque ha vuelto a la realidad.
—Tienes razón —sonríe también y se relame los labios. Tiene las mejillas calientes aún. Carraspea para que se disuelva ese momento denso.
—Siempre —Martín pasea la mirada, por el piso y la pared hacia el espejo, por distraerse—. Oye, nos vemos re bien —le comenta, cambiando de tema como si nada hubiese ocurrido, y se endereza, mirando su reflejo junto al de Miguel.
Luego andará llorando por los rincones como Magdalena escuchando canciones vieeejaaas.
Miguel se muerde el labio... Aún con el cerebro envuelto en ese beso.
—Oye... ¿Me das el ultimito? —por favor—. Ahora sí, enserio. El último bien dado —se estira mejor en toda su altura.
—Pero vos también dame algo, no va a ser siempre en una dirección —le bromea Martín, sacando su celular para ver la hora—. Quince minutos de atraso —comenta, activando la cámara.
Miguel se ríe y asiente.
—¡Ah, foto! —le abraza por la cintura—. Claro que sí.
—¿Y el beso? —Martín sostiene el celular enfrente de ellos, volteando hacia Miguel, con una mezcla de ternura y risa en los ojos—. Será nuestro recuerdo. De cuando aún se podía y eramos solteros y felices, ¿qué te parece? Es una genialidad.
Miguel duda un ratito porque... Teme que esa foto caiga en malas manos y le monten una escenita, pero acepta. Asiente y se moja los labios, acercándose a Martín.
—Te voy a echar la culpa, ah.
Y Martín piensa exactamente lo mismo que Miguel...
—Que te crean es otro cuento —le murmura, besándole con los ojos cerrados, más laaargo y lento que recién.
Miguel, esta vez, luego de acostumbrarse a sus labios, va a meterle lengua y repegarse mucho a Martín, quien presiona la pantalla varias veces, porque alguna foto tiene que salir buena a pesar del movimiento y de la falta de flash. De hecho, en una, también se ve la lengua de Martín en eso que se ríe, de los nervios, mezclándola con la de Miguel. La barbilla de Miguel saldrá más marcada en las fotografías, con una sonrisa también cuando Martín se ríe. Empezando a calentarse... Sumado a los nervios, la urgencia de desahogo. Se separa antes que le crezca tremendo Misti en los pantalones y luego no pueda bajarlo.
Martín baja el celular y abre la galería de fotos, la cual revisa rápidamente. Algunas capturas son nítidas.
—Ya es hora —suelta entre dientes, y mira a Miguel no muy contento a pesar de sonreír a medias. Le da unas palmadas en la espalda—. Vamos, Francisco te espera.
—Puta... Sí —igual Miguel no evita el bajar y dejarle unos besos en el cuello, tiene que hacer esto porque sabe-Dios-cuándo volverá a pasar. Madre mía, más que casarse parece que va a irse a cana—. No sólo él —lamida y mordida debajo de la mandíbula. Martín se ríe con las mordidas, dejándose hacer.
Igual, a pesar de tanto deseo... Sabe que con Martín no podría hacer nada serio en ese terreno, más aprecia su amistad. No están hechos para ello. Así Martín pueda argumentar lo contrario. Se aleja después, sonriendo pícaro.
—Vamos, vamos.
—Dejá, te abro la puerta —Martín se guarda el celular en el bolsillo y en tres pasos le abre, haciendo una pequeña reverencia, EL PAYASO.
—Ya... Oe —se ríe más con la reverencia y tira de él para que salga.
—Bueno, bueno —se quita, y espera a que Miguel salga primero, dándole una ultima repasada con la mirada.
Miguel se queda parado, esperando el veredicto de Martín.
—Andá —le apura, sin saber que espera su opinión—. María y Manuel deben —risita—, querer asesinarnos ya.
—Dime si no me falta nada —se arregla algunos mechones sueltos, detrás de la oreja.
—No, nada —le pone una mano en el hombro y le da un empujoncito hacia la salida—. Si no vamos a escaparnos, dejá de torturarme, Miguel.
—Igual... Puedes pensarte lo que te ofrecí —lo de ser amantes—, eso incluye viajes —le da un beso en la comisura de los labios y empuja más la puerta, para que se abra en su totalidad.
Martín le empuja para que salga y por eso sufre. Le abrió la puerta, hizo la reverencia. Es duro para él... Porque le esta diciendo «¡sal, sal de mi vida! (con una pose dramática)», pero en su mente. Y Miguel sale, caminando orondo. Mirando de reojo que le siga Martín, sin enterarse absolutamente nada de su drama interno, aunque también lo comparta, de una manera que siente que si lo verbaliza... La va a cagar más. Sí, mírenlo, sigue esperando con todo su corazón que Martín sea más amante que amigo con derechos, de esos que son hace varios años.
María esta a punto de la embolia, esperándoles.
Martín cierra la puerta detrás de ellos.
—Te voy a tener agarrado de las pelotas —le molesta, por dispersar el ambiente—, si te portás mal... Tengo las fotos.
Francisco espera en el altar, nervioso. Nervioso como su hermana, María, horas antes de abrir su fiesta de quince años. Junto a él, Paloma trata de calmarlo... Mientras Manuel (su padrino de bodas) espera a un lado, mirando el reloj.
Miguel llega y... Se pone mil veces más nervioso cuando ve a Pancho, quiere mear.
Y otra vez, para melancolía de todos, jamás llega a oír el último comentario-advertencia de Martín.
A Tigrilla le sorprendió la sincronía de estos dos.
Gracias, Anon 2, por el pedido :D
