CUIDADO CON LO QUE ESCUCHAS… EN BAKER STREET
Fic escrito en colaboración conarcee93.
Capítulo II Todo puede ser usado en tu contra
— ¿Qué crees que haces, Lestrade? —bramó el detective al ver que el DI sacaba las esposas y John no hacía nada.
— Las pruebas y su actitud lo delatan —respondió, señalando al doctor descaradamente. — No puedo creer que estés tan ciego. Mira lo que te ha hecho... —dijo ahora señalando la parte baja de la espalda de Sherlock.
— Pero no he cometido ningún delito — alcanzó a decir John con un poco más de seguridad.
— ¿Que no es delito? —gritó. Pero, ¿en qué mundo vive, doctor?
— ¿En qué mundo vives tú, Lestrade? — protestó el moreno defensor. ¿Acaso se te ha fundido el cerebro? El DI tomó aire para contestar y se giró hacia John.
— No lo esperaba de usted, doctor. De él —dijo mirando a Sherlock de soslayo —ya me lo espero todo. Pero de usted... —le volvió a mirar directamente.
— Está cometiendo un terrible error —susurró John.
— Ojalá, doctor, ojalá —contestó Lestrade colocándole las esposas.
Se dirigieron hacia la puerta para tomar el coche patrulla, directos a Scotland Yard. El inspector había decidido venir solo. Al fin y al cabo, sabía que John no opondría resistencia. Y así fue.
La señora Hudson, cabizbaja hasta ese momento sin saber qué decir, se interpuso en su camino para intervenir.
— Tal vez todo esto sea sólo una equivocación por mi parte —sentenció. — Tal vez escuché mal...
— No me haga esto, señora Hudson. Necesitamos su declaración —suspiró Lestrade.
— ¿Su declaración de qué? —inquirió Sherlock, que ya estaba marcando un número en su teléfono.
— Su declaración de los hechos. ¿De qué si no? —respondió el DI.
— Y, ¿de qué se me imputa exactamente? Todavía no he sido informado. Ni de ello ni de mis derechos —protestó el doctor. — Intento ser un buen ciudadano, pero...
— Tiene derecho a guardar silencio; todo lo que diga... —continuó Lestrade hasta que acabó la retahíla aprendida de memoria hacía ya mucho.
— ¿Y se me acusa de? —preguntó el doctor.
— ¿Cómo que de qué? ¿Me está tomando el pelo?
— Es obvio que no —intervino el detective. — Confiamos en una disculpa por tu parte y la retirada inmediata de las esposas—. El DI arqueó una ceja sorpresivo.
— Para eso tendré que tener en conocimiento y corroborar esa supuesta verdad que defendéis —refutó sin mover un dedo.
— Tome asiento, pues, si es tan amable —intervino la señora Hudson. Y Lestrade soltó el brazo de John para que, entre todos, pudieran explicarle ese incidente tan extraño por el que había sido llamado. — Haré té —expuso al aire la amable señora, partiendo hacia la cocina.
— A ver... —comenzó el inspector. — A mí se me ha llamado por indicios de violación hacia este caballero —dijo señalando a Sherlock. Ambos inquilinos se quedaron petrificados. Al cabo de unos instantes incómodos, el detective soltó una carcajada a pleno pulmón.
— No tiene gracia, Sherlock —le regañó el doctor. Y el moreno intentó recuperar un poco la compostura.
Serio, Sherlock se sentó en su sofá y adoptó la ya usual postura de voy a explicarle todo a sus inútiles cerebros. John se sentó a su lado y Lestrade en el sillón que no tenía un violín encima. Para ese entonces la señora volvía con el té, sirvió a los hombres y luego a ella y se quedó de pie al lado del detective, como si le protegiera.
—Ah, señora Hudson —empezó algo teatral—, imagino que usted escuchó el ajetreo que teníamos el doctor y yo —dijo sonriente.
— No te andes con rodeos y explícate, Sherlock —demandó Lestrade.
— La señora Hudson malinterpretó cierta confrontación verbal que mantuvimos John y yo hace unas ocho horas y media, nada serio, sólo..., minucias que no deberían ser de su interés, detective. Me atrevo a sugerir que si..., aplica el mismo entusiasmo y creatividad que usa para inculpar a John basándose en el testimonio de esta señora, veo muy turbio su futuro en Scotland Yard.
— ¡Entonces sí hubo una confrontación! —exclamó Lestrade buscando la mínima prueba.
— En efecto —admitió el detective consultor.
— Pero por un tratamiento, ¡cielo santo! —soltó John. — Le aclaro, Lestrade, que Sherlock está enfermo por resolver el caso del asesinato/suicidio de Michael Vernon.
— Asesinato —susurró Sherlock. — John, fue un asesinato, no existe algo así como un asesinato/suicidio.
— ¿Enfermo? —poco a poco algunas piezas hicieron contacto en la cabeza del DI.
— Sherlock tiende a comportarse como un crío; sume su dramatismo, su tendencia a olvidar las cosas poco útiles, su terquedad y falta de sentido de autoconservación y tendrá una bomba cuando se enferma —soltó John visiblemente incómodo por estar esposado. —Tuve que ponerme firme con él.
— Entonces… ¿la señora Hudson sólo escuchó…?
— A mí tratando de razonar con Sherlock —explicó John.
— ¿Razonar? —espetó Holmes. — ¡Me forzaste! —un fuerte acceso de tos invadió al detective.
— ¿Ve, Lestrade? Renuncio. Si Sherlock quiere seguir enfermo y morir que lo haga—. Lestrade se apresuró a soltar las esposas al ver a John tan alterado. — Me voy—. Y dando un portazo, el doctor desapareció.
Al llegar a la calle respiró profundamente buscando calmarse, pero un conocido auto negro se detuvo en la calzada alterándole de nuevo.
— ¡Oh, no! Como si no tuviera suficiente con un Holmes —exclamó al ver la puerta trasera derecha abrirse para él. Intentó seguir adelante y acelerar el paso para esquivarlo, pero fue inútil; por mucho que corriera el auto siempre sería más rápido que él, aun con la puerta abierta. Suspiró y se introdujo en el coche que, tan pronto cerró la puerta, arrancó rápidamente. No le había dado tiempo de acomodarse cuando comenzó otro absurdo interrogatorio.
— Tengo entendido que mi hermano ya no es virgen —dispuso Mycroft sin necesidad de una corroboración por su parte.
John bufó. Se esperaba a la secretaria de éste y no a él mismo en el asiento. Se lamentó en silencio.
— Esto es ridículo, yo no le forcé —bramó muy enfadado.
— Soy consciente de ello. Lo hizo delicada y sutilmente —sonrió Holmes extrañamente divertido.
— Fue por su bien —suspiró. — Espera, ¿cómo demonios sabes eso? —inquirió.
— Yo, querido John, lo sé todo —sentenció con voz ronca y profunda. Watson no supo qué decir y decidió comenzar a reír.
— No sé cómo lo sabes —empezó, sintiendo que de un momento a otro le atacaría una jaqueca—, ni quiero saber, pero has llegado a la misma conclusión errada que Lestrade y la señora Hudson —continuó más alicaído. El día no estaba mejorando.
— No sé yo. Hay pruebas suficientes para incriminarte, John. Me sorprende que Lestrade —acarició cada sílaba al nombrarlo— te haya dejado salir impune.
— ¡Oh, por favor! —gimió John mirando cómo el pavimento se movía debajo de ellos, calculando cuánto daño se haría si saltaba.
— No me malinterpretes. Me alegra que mi hermano haya descubierto su sexualidad, pero no de esa manera; fuiste muy brusco —le regañó Mycroft apuntándole con su paraguas.
"Oh, Dios, ese paraguas es un arma, seguro que sí; si no, no lo llevaría a todos lados. Me pregunto de cuánto calibre…", pensaba John mientras su compañero de asiento seguía con sus cábalas.
Por otro lado, en Baker Street, Lestrade seguía sospechando de la situación. Sherlock se veía incómodo, levantándose, sentándose y volviéndose a levantar con una mueca de dolor y un andar demasiado rígido para poder pasar por alto.
El DI pensaba que esta vez el detective era una víctima, pero que se negaba a desvelarlo por, en el mejor de los casos, encubrir a su compañero por algún motivo que aún desconocía. Hizo uso de su intuición y, confiando en que estaba en lo cierto, tomó su teléfono del bolsillo para llamar.
— Emitan una orden de busca y captura —expuso ante la mirada inquisidora del moreno. — Dr. John H. Watson —sentenció, cerrando los ojos y colgando el teléfono, rezando para no estar equivocado. Algo así le costaría el puesto y mucho más, visto lo visto.
Sherlock le lanzó una mirada de profundo odio y se habría abalanzado sobre él si la señora Hudson no llega a interponerse.
— Lo siento, Sherlock —se disculpó con apenas voz el Detective Inspector. — Lo hago para protegerte. A veces puedes ser tan… —no pudo terminar.
