Capitulo 2
Tendría que habérselo imaginado, pensó Rosalie mientras se duchaba. Revivió el deseo que había experimentado en los brazos de Emmett, e intentó convencerse una y otra vez de que se equivocaba. Había estado entre sus brazos en innumerables ocasiones, y nunca había sentido nada parecido. Después, cuando volvieron a los ensayos, él la abrazó media docena de veces por lo menos.
Había habido algo, reconoció ella a regañadientes al recordar la tensión en el aire cuando interpretaban los pasos. Algo como disgusto e irritación.
Rosalie dejó que el agua corriera por su piel y le empapara el pelo pegado a la espalda desnuda. Estando sola intentó explicarse su reacción al abrazo de Emmett.
Su respuesta había sido claramente corporal y desesperadamente apremiante. Por otra parte, podía recordar el cálido placer de los besos de Royce; aquella tentación tan suave y fácilmente reprimible. Royce usaba palabras corteses y su seducción era la propia de un caballero. Las flores y las cenas íntimas con velas le resultaban... tan especiales. Y ni con él ni con ningún otro hombre había experimentado nada que fuera algo más que agradable.
Y de repente, un hombre con el que llevaba años trabajando, un hombre que podía enfurecerla con tan solo una palabra o hacerla llorar con un baile había hecho que algo explotara en su interior. No había sido precisamente agradable.
Nunca la había besado, ni la había abrazado como lo haría un amante, pero...
No había sido más que un accidente, se dijo a sí misma mientras cerraba el grifo.
Un desliz ocasional, una simple reacción provocada por la pasión de la danza y la furia de la discusión.
Agarró una toalla y empezó a secarse. Su cuerpo era pequeño, esbelto y delgado, de miembros largos y flexibles. Rosalie lo conocía a fondo, como podía hacerlo una bailarina. Había sido su cuerpo, propio de la danza clásica, lo que la había llevado hasta Alice años atrás.
Alice..., Rosalie sonrió al recordar nítidamente su actuación en Don Quijote, un ballet que Lindsay protagonizó antes de que las dos se conocieran. Pero la sonrisa se transformó en una mueca de tristeza cuando recordó el primer encuentro con la consagrada bailarina. Fue años más tarde, en su pequeña escuela de danza. Rosalie había estado sobrecogida y aterrorizada, pero juró que algún día ella también bailaría en Don Quijote.
Y lo hizo. Tío Jasper y Alice fueron a verla, aunque Alice ya estaba en su octavo mes de embarazo. Su amiga lloró de emoción, y Emmett se burló de ella.
Rosalie soltó un suspiro. Dejó la toalla en un montón y se puso una bata color fucsia Solo Alice habría adivinado que algo no iba bien. Rosalie se abrochó el cinturón agarró un peine. Recordó que en su última conversación telefónica le había hablado de Royce. Hablaron también de los niños, y tío Jasper le había suplicado que fuera a visitarlos en cuanto tuviera un fin de semana libre.
Pero, por encima de todas las noticias y cotillones familiares, Alice presintió algo que ni la propia Rosalie había notado: No era feliz. No desgraciada, pensó mientras se peinaba con suavidad los cabellos mojados. Solo se sentía insatisfecha.
¿Por qué? Era algo estúpido, decidió ella, enfadada consigo misma. Tenía todo lo que siempre había querido. Era la mejor bailarina de la compañía y su nombre estaba reconocido en el mundo de la danza. Iba a protagonizar el último ballet de McCarty. El trabajo era duro y exigente, pero ella lo ansiaba porque era la vida para la que había nacido.
Y, sin embargo, había veces en las que deseaba romper las reglas y volver a la vida de trotamundos que había conocido de niña. Tanta libertad y tantas aventuras.
Los ojos se le iluminaron con los recuerdos. Esquiando en Suiza, donde el aire tan frío y puro que hacía daño en la garganta al respirarlo; los olores y colores de Estambul; los niños delgados y de grandes ojos en las calles de Creta; la pequeña bonita habitación con pomos de cristal en Bonn... Durante todos aquellos años había viajado con sus padres, ambos periodistas, y no se quedaban ni siquiera tres meses en un mismo lugar. Por eso les resultó imposible establecer fuertes vínculos con nadie, excepto con ellos mismos y con la danza.
Esa había sido la única compañía que Rosalie tuvo de niña. Los escenarios cambiaban sin cesar, los profesores hablaban con voces, lenguas y acentos diferentes, pero la danza siempre había estado allí para ella.
Los años de viaje habían hecho que madurase a una temprana edad. No había lugar para la timidez, solo para la autosuficiencia y la precaución. Luego tuvo que vivir con su tío Jasper, más tarde llegó Alice y los años con los Evanston. Todos la animaron a ofrecer confianza y afecto, pero ella siguió en su propio mundo, donde solo el baile tenía razón de ser. Quizá por eso acabó convirtiéndose en una observadora empedernida. Estudiar y analizar a las personas llegó a ser algo más que una costumbre. Llegó a ser parte de su personalidad.
Y fue esa personalidad la que la había conducido a su enojo con Emmett. Lo había observado aquella tarde y había sentido una alteración interior, pero no había sido capaz de ponerle nombre. Los pensamientos y sentimientos de Emmett seguían siendo un misterio, y a Rosalie no le gustaban los misterios.
Por eso le gustaba Royce, pensó con una media sonrisa mientras jugueteaba con los frascos del tocador.
Él era tan modesto y predecible. Parecía no tener pretensiones, y su cara era como un libro abierto. No había remolinos ni turbulencias ocultas. Pero con un hombre como Emmett...
Se echó loción en la palma de la mano y se la extendió por el brazo. Un hombre como Emmett era imprevisible por completo, una fuente constante de disgusto y confusión. Voluble, inconstante, agotador y muy poco razonable. Estar frente a él ya la dejaba extenuada, y encima era tan difícil complacerlo... Rosalie había visto a muchas bailarinas llegar al límite de la resistencia por darle lo que él quería. Ella misma lo hacía. ¿Qué lo hacía tan irresistiblemente atractivo?
Un golpe en la puerta la sacó de sus pensamientos. Se encogió de hombros y se levantó del tocador. No tenía sentido intentar comprender a Emmett McCarty. Encendió una luz en la salita y se dirigió hacia la puerta. Al mirar por la mirilla, se sorprendió y quitó la cadena.
—Royce, precisamente estaba pensando en ti.
Antes de que pudiera darle un beso amistoso se encontró en sus brazos.
—Mmm... Hueles muy bien.
Ella se echó a reír, pero él la hizo callar con sus labios. El beso fue más intenso y prolongado de lo que Rosalie pretendía, pero, aún así, lo animó a seguir con su propia lengua. Quería sentir más placer del que estaba acostumbrada. Quería excitarse; estremecerse por el miedo que aquella tarde le había producido los brazos de otro hombre. Pero cuando el beso acabó, el corazón le seguía latiendo a un ritmo sereno y su sangre seguía fría.
—Vaya, esto sí que es una forma de decir «hola» —murmuró Royce acariciándole el cuello.
Rosalie se quedó inmóvil un momento, deleitándose con la protección y seguridad que ofrecían aquellos brazos.
Al final se apartó y le sonrió.
—Es también una forma de decirte que me alegro de verte. ¿Qué haces aquí?
—He venido a sacarte de aquí —dijo él, y la llevó hasta el dormitorio—. Ponte el más bonito de tus vestidos, uno de los míos, por supuesto —le acarició brevemente la mejilla—. Vamos a ir a una fiesta
—¿Una fiesta? —preguntó ella apartándose el pelo de la cara.
—Sí... —Royce miró a Nijinsky, que estaba durmiendo sobre una mesita de cristal—. Una fiesta en casa de Jane Volterra —continuó. Ignoró al gato tanto como el animal lo ignoraba a él—. Es ese diseñador que hace medias y minifaldas estampadas.
—Sí, ya me acuerdo —a Rosalie se le pasó por la cabeza la imagen de un duendecillo pelirrojo con penetrantes ojos verdes y gruesas pestañas—. Tendrías que haberme llamado antes.
—Lo hice —dijo él—. Intenté localizarte en la academia, pero ya te habías ido y aún no habías llegado aquí —se encogió de hombros y sacó una pitillera dorada—. Jane ha organizado la fiesta en el último momento y van a asistir muchas personalidades.
Royce sacó un cigarro y volvió a meter la pitillera en el bolsillo interior de su elegante chaqueta color pizarra. Luego, encendió el mechero.
—Esta noche no puedo.
Royce arqueó una ceja y dejó escapar una bocanada de humo.
—¿Por qué no? —Le tocó el pelo mojado y la bata—. No tienes planes, ¿verdad?
Rosalie estuvo tentada de contradecirlo. Royce empezaba a dar por sentadas muchas cosas.
—¿Tan difícil te parece, Royce? —le preguntó, disimulando su enfado con una sonrisa.
—Claro que no —respondió él devolviéndole la sonrisa—. Es solo una suposición. Ahora sé una buena chica y ponte ese modelito rojo. Jane está obligada a llevar una de sus famosas combinaciones. Harás que parezca una animadora fuera de lugar.
Ella lo miró pensativa durante unos segundos.
—No siempre eres tan amable, ¿verdad, Royce?
—Los negocios no son amables, cariño —dijo él.
Rosalie reprimió un suspiro. Sabía que Royce se sentía atraído por ella, pero se preguntó si le gustaría igualmente sin sus vestidos.
—Lo siento, Royce. No puedo asistir a una fiesta esta noche.
—Oh, vamos, Rose —golpeó con un toque ligero el cigarro en el cenicero. Un signo de impaciencia—. Todo lo que tienes que hacer es ponerte guapa y hablar con algunas personas.
Ella intentó no dejarse llevar por la creciente irritación. Royce nunca había entendido lo exigente y dura que era la carrera de una bailarina.
—Royce —le dijo con mucha paciencia—, llevo ensayando desde las ocho de la mañana. Estoy rendida y, si no descanso lo suficiente, no seré capaz de seguir. Tengo una responsabilidad con el resto de la compañía, con Emmett y conmigo misma.
Con mucho cuidado, Royce apagó el cigarro. El humo permaneció unos segundos en el aire, antes de disiparse por una ventana abierta.
—No puedes decirme que no quieres hacer vida social, Rosalie. Es ridículo.
—No tan ridículo como crees —replicó ella —. Quedan menos de tres semanas para el ballet, Royce. Hasta entonces las fiestas tendrán que esperar.
—¿Y yo, Rose? —la estrechó entre sus brazos, pero bajo su aparente calma se percibía el enfado—. ¿Cuánto tiempo tendré que esperar?
—Nunca te he prometido nada, Royce. Te dejé claro desde el principio que mi trabajo era mi prioridad. Igual que tú trabajo lo es para ti.
—¿Significa eso que vas a seguir negándote que eres una mujer?
—No creo que haga tal cosa —dijo ella con frialdad.
—¿No?
Royce la abrazó con más fuerza, igual que había hecho Emmett horas antes. Pero a Rosalie le resultó curioso que los dos hombres le provocaran reacciones tan distintas. Con Emmett se había sentido atraída y enfadada.
Con Royce solo se sentía cansada e impaciente.
—Royce, no estoy negando mi feminidad por no querer acostarme contigo.
—Sabes lo mucho que te deseo —la atrajo más hacia él —. Cada vez que te toco ciento que empiezas a abandonarte, pero enseguida te paras como si hubieras topado con un muro — su voz se endureció por la frustración—. ¿Hasta cuándo vas a resistirte?
Rosalie sintió una punzada de culpa. Las palabras de Royce eran ciertas, pero no había nada que ella pudiera hacer para cambiarlo.
—Lo siento, Royce.
Él vio el arrepentimiento en sus ojos y probó otra táctica. Se acercó de nuevo a ella y la miró con ternura.
—Sabes lo que siento por ti, cariño —le rozó los labios con los suyos de una forma tranquila y persuasiva—.
Podríamos salir temprano de la fiesta y volver aquí con una botella de champán.
—Royce, no... —empezó a decir ella, la interrumpieron unos golpes en la puerta.
Ella fue abrir tan distraída que se olvidó de mirar antes por la mirilla.
—¡Emmett! —exclamó al verlo.
—¿Le abres la puerta a todo el mundo?—preguntó él en tono desaprobatorio mientras entraba sin esperar a ser invitado.— Tienes el pelo mojado —añadió tocándole un mechón—. Y hueles como la lluvia de primavera.
Fue como si nunca hubiera oído las palabras enojo. Emmett la miró sonriente, con ojos burlones y se inclinó para besarla la nariz.
Rosalie hizo una mueca e intentó poner en orden sus pensamientos.
—No te esperaba.
—Pasaba por aquí y vi la luz encendida.
Al oír la voz de Emmett, Nijinsky saltó de la mesa y se puso a dar vueltas alrededor del bailarín. El se agachó y le acarició el lomo. Luego se echó a reír cuando el gato se levantó sobre sus patas traseras pidiéndole que lo levantara.
Emmett se irguió, con Nijinsky ronroneando en sus brazos, y entonces vio a Royce.
—Hola.
—¿Te acuerdas de Royce? —preguntó Rosalie, avergonzada de haberlo olvidado.
—Por supuesto —respondió Emmett, sin dejar de acariciar las orejas del gato. Nijinsky miraba desafiante al otro hombre—. Una amiga común, Irina Denaly, llevaba un vestido tuyo —sonrió mostrando sus blancos dientes—. Era tan bonito como ella.
—Gracias —dijo Royce arqueando una ceja.
—¿No vas a ofrecerme nada de beber, Rosalie? —preguntó Emmett con la vista fija en Royce.
—Lo siento.
Rosalie se dirigió presurosa hacia el pequeño bar que tenía instalado en un rincón, destapó la botella de vodka y sirvió una copa.
—¿Royce?
—Scotch —respondió él con brevedad, intentando alejarse de la camaradería de Emmett.
Rosalie le tendió una copa llena de Scotch y caminó hacia Emmett.
—Gracias —este se sentó en un mullido sillón con el gato en su regazo.
Nijinsky dio unas cuantas vueltas antes de quedarse dormido.
—¿Cómo van los negocios? —le preguntó el bailarín a Donald.
—Bastante bien —Royce se quedó mirándolo mientras daba pequeños sorbos a su copa.
—Usas tejido escocés para tus modelos otoño.
Emmett tomó un largo trago de vodka, con una típica despreocupación rusa hacia su elevada graduación.
—En efecto —dijo Royce con un ligero tono de curiosidad en la voz—. Nunca me hubiera imaginado que sigues la moda femenina.
— Sigo a las mujeres —respondió y tomó otro trago—. Me gustan.
Era un comentario para ser interpretado en sentido literal, sin doble sentido ni matices sexuales.
Rosalie sabía que a Emmett le gustaban las mujeres desde la pura amistad, como la que mantenía con Alice, a apasionados romances como el que tuvo con aquella amiga en común, Irina Denaly. Sus aventuras amorosas eran la primera plana de la prensa amarilla.
—Creo que a ti también te gustan las mujeres —le dijo a Royce—. Demuestras ese gusto en el diseño de tus vestidos, y es lo que las hace tan atractivas e interesantes.
—Me siento halagado —dijo Royce. Se había relajado lo suficiente para sentarse en el sofá.
—Yo nunca halago —replicó Emmett con una sonrisa torcida—. Creo que es desperdiciar las palabras. Rosalie puede decírtelo. Soy un hombre muy... frugal.
— ¿Frugal? —Rosalie frunció el ceño—. No, creo que la palabra adecuada es egocéntrico.
—Hubo un tiempo en que la niña mostraba más respeto —comentó Emmett vaciando su copa.
—En efecto, cuando era una niña —espetó ella—. Ahora te conozco mejor.
Algo ardió en sus ojos al mirarla. Ira, desafío, regocijo... o tal vez las tres cosas. Rosalie no estaba segura, pero le mantuvo la mirada.
— ¿En serio? —Murmuró él, y soltó la copa en una mesita—. Cualquiera pensaría que está sometida a hombres de nuestra edad —le dijo a Royce.
—Royce no pide sometimiento —respondió ella, consciente de lo acalorada que estaba—. Y no le importa si pienso en él como en un anciano prudente y sabio.
—Afortunado él —dijo Emmett.
Ninguno de los dos se molestó en mirar al hombre de quien estaban hablando.
—Entonces, no tendrá que replantearse sus expectativas —Emmett acarició la cabeza Nijinsky—. Parece que la nena tiene una lengua afilada.
— Solo para unos pocos.
—Vaya, ahora soy yo el que se siente halagado —respondió Emmet con una de sus encantadoras sonrisas.
Rosalie lo miró furiosa y retorció su cuerpo bajo la bata de seda.
Royce bajó la mirada, pero Emmett mantuvo los ojos fijos en ella.
—Al igual que tú, considero que los halagos son una pérdida de tiempo y de palabras —le dijo con una fría sonrisa—. Y ahora, si me disculpas, tengo que vestirme. Royce y yo vamos a ir a una fiesta.
Había algo de satisfacción en darle la espalda y alejarse.
Cerró la puerta del dormitorio y sacó el vestido rojo del armario. Sacó también un conjunto de lencería del cajón y lo arrojó todo sobre la cama.
Acababa de quitarse la bata cuando oyó girarse el pomo de la puerta. De forma instintiva se cubrió con la bata, agarrándola con ambas manos a la altura de los pechos.
Se quedó paralizada por el asombro cuando Emmett entró en la habitación, cerrando la puerta a su paso.
—No puedes entrar aquí —empezó a protestar la joven, demasiado sorprendida para sentirse avergonzada o furiosa.
—Ya he entrado —dijo él ignorándola por completo.
—Bueno, pues ya puedes darte la vuelta y salir —subió más la bata, pero sabía que estaba en una posición de clara desventaja—. No estoy vestida —recalcó innecesariamente.
Emmett recorrió con la vista, y con una aparente falta de interés, sus hombros desnudos.
—A mí me parece que tienes el atuendo apropiado —la miró directamente a los ojos—. ¿No ha sido el día suficiente para Rose? Mañana tienes una clase a las ocho.
— Sé a qué hora tengo la clase —replicó ella.
Con mucho cuidado soltó una mano de la bata y se echó el pelo hacia atrás.
—No necesito que me recuerdes mi agenda, Emmett, ni tampoco tu aprobación de lo que hago en mi tiempo libre.
—Sí la necesitas, cuando tu tiempo libre interfiere en tu actuación.
—No has tenido queja de mi actuación, que yo sepa —dijo ella con el ceño fruncido.
—Hasta ahora —concedió él—. Pero quiero lo mejor de ti, y es muy difícil que puedas dármelo si pierdes tus energías en esas estúpidas fiestas.
—Siempre te he dado lo mejor de mí, Emmett, pero a ti no te bastan las gotas de sudor derramadas en el esfuerzo —quiso darse la vuelta, pero recordó que la bata no le protegía el costado ni el trasero—. ¿Haces el favor de marcharte?
—Tomo lo que necesito —respondió él—. Y no hace muchos años, milaya, estabas ansiosa por dármelo.
— ¡Eso no es justo! Todavía lo estoy, y en cada ensayo no hay nada que no quiera darte. Pero mi vida privada es eso, privada. Así que deja de jugar a ser padre conmigo, Emmett. Ya he crecido.
—¿Es eso lo que quieres? —la furia de sus palabras la asustó y la hizo dar un paso atrás—. ¿Lo más importante para ti es ser tratada como una mujer?
—Estoy harta de que me sigas tratando como si tuviera diecisiete años, y como si tuviera que hincar la rodilla cada vez que te acercas a mí —su enfado creció mientras hablaba—. Soy una adulta totalmente responsable y puedo cuidar de mí misma.
—Una adulta responsable —repitió él con los ojos entrecerrados. Rosalie reconoció en su expresión la señal del peligro—. ¿Quieres que te enseñe cómo trato a los adultos responsables que, además, son mujeres?
—¡No!
Pero ya era tarde para negarse. Enseguida se encontró entre sus brazos y con el beso.
Pero no fue un beso duro y dominante como ella había esperado, preparada para resistirse. Emmett la besó como si supiera que ella respondería con la misma pasión y deseo. Era la boca de un hombre buscando la de una mujer. No había necesidad de forzarlo.
Rosalie separó los labios y sus lenguas se encontraron.
Todos sus pensamientos y sensaciones se concentraron en él y solo en él. Soltó la bata, que cayó al suelo entre los dos, y Emmett le acarició la espalda desnuda. Ella dejó escapar un gemido de placer y se apretó más contra su cuerpo.
Y mientras él llevaba las manos hasta sus caderas, el beso aumentó de intensidad y llevó a Rosalie hasta los límites de lo desconocido.
Echó la cabeza hacia atrás y enredó los dedos en sus cabellos. Lo atrajo hacia ella, exigiéndole que tomara todo lo que le ofrecía. Era una sensación más fuerte y penetrante que nada de lo que hubiera experimentado. El cuerpo le temblaba y le ardía de necesidad al sentir el tacto de sus manos.
Emmett la había tocado miles de veces; para levantarla, enderezarla y hacerla girar, pero esa vez no había música ni coreografía para combinar sus movimientos. Solo había instinto y deseo.
Cuando sintió que él se apartaba, protestó y quiso acercarse; pero Emmett la sujetó por los hombros y mantuvo la distancia.
Rosalie se quedó desnuda frente a él, sin hacer nada por cubrirse. Ya había visto su alma, por lo que no tenía sentido ocultar su cuerpo.
Emmett la recorrió lentamente con la mirada, como si estuviera memorizando cada centímetro de su piel. Luego, la miró a los ojos, despidiendo una furia penetrante y, sin decir palabra, salió del dormitorio.
Rosalie oyó el portazo de la puerta principal y supo que se había marchado.
