Exoneración: los personajes así como el universo Mass effect, pertenecen a bioware.
OCASO
Ahora vive en la Ciudadela, sede de la cultura y el progreso. Ha publicado varias tesis, artículos y posee cierta reputación entre los de su gremio, es por ello que actualmente colabora con un equipo de reputados científicos salarianos y asaris.
Su trabajo es realmente gratificante.
Una mañana, durante el descanso que tienen para tomar el café, se entera de que Shepard se encuentra en la Ciudadela. Nunca antes había estado tan cerca de ella.
Esa noche no consigue dormir, la posibilidad de encontrarse cara a cara con ella es ínfima, la ha calculado – es algo que suele hacer a menudo en su vida cotidiana, una costumbre adquirida con su trabajo -, aún así puede ocurrir.
La presencia de Shepard en la Ciudadela se hace notar, es ruidosa. Como si del argumento de una película de Blasto se tratase los acontecimientos se suceden: disturbios en el antro de Chora, tiroteos en el centro médico, escandalosas visitas a la consorte Sha'ira.
Es una de sus compañeras asari la encargada de contárselo, no en vano ella es prima de la Consejero Tevos: Shepard ha sido nombrada espectro, la primera de su especie en ostentar ese cargo. La noticia todavía no ha trascendido al público, no será hasta dentro de veintisiete minutos que el Consejero Udina – henchido de orgullo y satisfacción - aparezca en pantalla para retransmitirlo. Pero para entonces Conrad ya se ha apostado a la entrada de Seg-C, esperando verla aparecer, con la emoción enarbolada por bandera, nervioso también, pues ha tomado la repentina y valiente decisión de acercarse a hablarle en cuanto la divisa.
Ella es todo lo que ha imaginado y mucho más, en su interior fulge una llama que irradia calor por los poros de su piel, una llama que brilla y baila en su verde iris. En todo momento es cortés, cuasi amigable pensará más tarde en la soledad del atardecer Conrad.
Entre ellos, con el tiempo, acaba forjándose una estrecha relación similar a la de un maestro y su discípulo, así al menos es como la contempla él. Es por ello que su muerte lo abate. Se niega a creerlo, Shepard ha sobrevivido a lo que quiera que fuese que destruyó la Ciudadela. Ella es un héroe y los héroes no mueren, siempre resurgen de las cenizas y con más poder del que ya poseían.
Mima el altar que posee en su casa, ese que ha ido construyendo poco a poco, desde que otrora escuchara hablar por primera vez de la desaparecida comandante – no muerta, porque para él Shepard está escondida en algún lugar recóndito, esperando el momento propicio para reaparecer: cuando la galaxia necesite volver a ser salvada,-. Habla con ella; los domingos le lleva un ramo de claveles rojos, como los que reposaban sobre su ataúd en el falso entierro que por ella realizaron, para él representan la pasión y la melancolía, prepara café y charla con ella durante horas.
Una noche, días después del cumpleaños de ella, llega a casa ebrio, insatisfecho con la experiencia sexual que acaba de tener. Estrella un vaso contra el enorme retrato sonriente de ella, enseguida se arrepiente, cae de rodillas, derrotado, resquebrajado una vez más y llora. No se da cuenta de que un fragmento cristalino le ha cortado en el pie descalzo. Todavía de rodillas, se deja caer hacia atrás contra el respaldo del sillón y se duerme. Cuando despierta ella lo hace también.
La seguirá hasta Illium, - la seguiría incluso hasta las mismísimas llamas del infierno, - para corroborar con sus propios ojos que ella ha permanecido viva y escondida durante estos años de ausencia. No sabe porqué, pero todo parece indicar que la causa es la Alianza, que tan alegremente ha propagado su muerte a los cuatro vientos, forzándola a buscar apoyo en Cerberus para poder proseguir la lucha contra el mal.
La guerra estalla en medio de la vorágine cotidiana. La vida en la Ciudadela apenas cambia, sólo se ven muestras de lo que está sucediendo si uno tiene las suficientes agallas como para allegarse hasta los muelles, allí donde una multitud de refugiados se hacina, pugnando por encontrar un lugar en el que esconderse, algo que quizás ni exista pues la guerra no entiende de neutralidades e inocencias.
Cuando un agente de Cerberus le pide que colabore con ellos lo hace, orgulloso de poder ayudar a la causa insensatamente -como más tarde descubre - y altruistamente – como corresponde a todo buen héroe y su ayudante, rol que él mismo se ha adjudicado en lo concerniente a Shepard -.
La cruel realidad estalla en sus narices en forma de bala dirigida a la comandante. Apenas sí tiene tiempo de pensar, simplemente actúa, movido como por un resorte que se interpone entre la bala y la mujer que le inspira; ella es más importante, su vida en estos momentos es crucial, la de Conrad prescindible.
Cree que va a morir. Un destello en los ojos de Shepard que le recrimina suavemente lo que acaba de hacer, le indica que ella lo estima, que lo echará de menos. Conrad casi puede asegurar que si en ese momento él le pide una última voluntad -robarle un beso-, ella se lo concederá.
Y entonces, entonces en ese momento mágico que precede al beso soñado que se instala entre ellos, Jenna hace su aparición.
Está a salvo, todo gracias a Jenna, aquella que le hace sentirse con su presencia libre, libre de las cadenas que lo atan a una pesada bola de hierro que encierra en su interior sus miedos, sus anhelos, sus sueños incumplidos e inalcanzados, un lastre que lo ha hecho arrastrarse durante la mayor parte de su vida. Ahora es consciente de que no tiene que simular ser otra persona para buscar la aprobación que desde niño le ha sido negada, que simplemente puede ser él mismo.
Los gritos de una banshee lo siguen, cada vez está más cerca. Entra en el Flux, sabe que su batalla termina aquí. Recuerda a Jenna.
Jenna Jenna Jenna. El nombre resuena como un eco en su cabeza. Ojalá hubiesen tenido más tiempo. Recuerda con cariño su segundo día de noviazgo, como ella quiso entrar en el apartamento y como Conrad caballerosamente se negó. Jenna lo quiso más por ello, sin saber que la única razón que lo había detenido había sido esa habitación en la que reinaba Shepard, no la caballerosidad o la falta de deseo.
Pero no hacía ni una hora que la había dejado agonizante en un charco de sangre, ella había insistido, él no había podido negarse. Le prometió que volvería, ella fingió creer que eso sería posible y él fingió creer que podría, así que se fue sin mirar atrás, sin poder llorarla.
La banshee lo levanta bióticamente y comienza a acercársele. Ha perdido todo rastro de humanidad, o quizás se diga asaridad. Conrad no lo tiene claro.
Comienza a reírse. Se ríe de la muerte, se ríe de la vida y la banshee no comprende porqué se ríe, no hasta que un tintineo metálico resuena en el suelo, pero ya es demasiado tarde, pues un destello la envuelve en su interior, a ella, a él y a su irónica risa, reduciéndolo todo en pocos segundos en meros escombros.
Conrad muere al ocaso, sin saber que su quimera del héroe se fundirá con la del científico inspirador de futuras generaciones. La nave que él y unos pocos – entre los que se encontraba Jenna-, que tuvieron el valor de unírsele han puesto en el espacio como si fuese no más que chatarra ha permanecido intacta a la devastación de los segadores : 789 sobrevivientes hay en su interior, le deben la vida ellos y 37 refugiados de los muelles que han conseguido esconderse en el Presidium, en el comedor del Consejo gracias a la lucha del equipo liderado por Conrad. Para ellos y para la historia Conrad Verner se convierte en un gran héroe: el héroe de la Ciudadela.
