Pensamientos
[Bella]:
-¡Ah, no! –Protesté contra la clavícula de Edward –Eso sí que no.
-Por favor… -volvió a suplicarme, con su voz de terciopelo, mientras me besaba ligeramente el cabello –sólo una vez más…
-No puedo, Edward.
Yo escondía mi semblante en su cuello, pero él me cogió por la barbilla, obligándome a encararle. Sabía que en cuanto viese su cara, sus ojos suplicantes, no podría negarle nada.
Pero su rostro era peor de lo que pensé. Sus ojos, de un dorado líquido, que parecía un mar de miel en calma, expresaban la más tristeza de las tristezas. Sus labios estaban inclinados hacia abajo, denotando pena… Era demasiado. Además, sus cejas perfectas se juntaban de un modo en el que añadía la preocupación a su tristeza.
Cerré los ojos. Quizás eso ayudase.
Deslizó sus brazos entre las sábanas y me ciñó a su pecho fuertemente. Apartó el pelo de mi oreja y me susurró:
-Me portaré bien.
-Bah, cómo si no hubiese escuchado eso antes… Me portaré bien lo has dicho desde la primera vez que lo hice. Y no lo has cumplido.
-No me falta voluntad. Además, estamos mejorando, ya puedo besarte… -y condujo sus labios hasta los míos. Debí haberme imaginado que me iba a besar apasionadamente, pero lo que hizo, no puede describirse con apasionadamente. Juntó su boca con la mía de tal modo, y de forma tan perfecta, que me hizo sentir que nuestros labios habían sido creados a medida exacta para encajar con la del otro.
Cuando terminó con el beso, yo todavía seguía aturdida, y mi mente tan solo podía procesar algo que estuviese relacionado con Edward. Bueno, en realidad, todo lo que siempre estaba en mi mente tenía que ver con Edward.
-Uff –jadeé-. Esto no puede ser verdad.
Sonrió, exhibiendo sus blancos dientes, y no pude evitar acercarme para besarle de nuevo. Pero él, no sin cierto esfuerzo, se apartó varios centímetros.
-Tendrás que hacerlo si quieres que te bese –sentenció.
Mantuve la mirada seria, y él me imitó. Cuando su ceño fruncido era claramente el ganador, me eché a reír. Mis carcajadas eran tan fuertes y prolongadas, que tuve que deshacer mi abrazo por su cuello para sostener mi estómago. Doblé mi cuerpo para resistir las carcajadas, pero no podía superarlas.
-Isabella –escuché mi nombre completo entre el ruido producido por mis risas. Intenté calmarme. Y él me sacudió despacio hacia delante y atrás -¿Qué es lo que te resulta gracioso?
-Ah… -dudé –En realidad, no lo sé. Pero lo es, ¿no crees?
-No vas a conseguir que me distraiga.
Iba a continuar hablando, pero hizo una pausa para que me relajase. Cuando vio que ya había cesado mi festín de carcajadas, volvió a poner su máscara de tristeza, no de un modo tan intenso como antes, pero sí más efectivo, de algún modo.
-La más mínima distracción me impedirá…
-Ajá –me interrumpió –yo también he escuchado eso antes.
Sonreímos a la vez con afecto.
Alcé mis manos, que descansaban en su pecho, y las posé a ambos lados de su rostro. Él me frotó la espalda para infundirme ánimos.
-Tú puedes hacerlo todo, cariño –me dijo.
Le sonreí, y después obligué a mi escudo que protegía mi mente de sus pensamientos a desprenderse de mí. No era una tarea muy difícil, después de tantas horas que Edward y yo pasamos, metidos en la cama, practicando. Pero siempre me atascaba en el mismo punto; su reacción.
Cuando tuve mi mente desprotegida, hurgué en mis recuerdos. No elegí una ocasión especial, simplemente una de nuestras innumerables noches haciendo el amor. Me concentré en intentar revivir las emociones sentidas, pero a medida que pasaban los segundos, el rostro de Edward se hacía más y más tierno, más cariñoso y hermoso, más afectado y deseoso, más agradecido y perfecto.
No le culpaba, por supuesto, pues habría sido una experiencia increíble para mí leer sus pensamientos. Pero su rostro, que se perfeccionaba a cada instante, tenía como consecuencia mi pérdida de concentración.
Mi escudo volvió a mí en ese instante y el rostro de Edward expresaba felicidad y pena por el fin.
Rió de nuevo, y me apretó más contra su cuerpo mientras me besaba por toda la cabeza: la nariz, las cejas, las mejillas, las orejas, el pelo, la mandíbula, los párpados… Yo me sentía muy complacida por todas sus muestras de afecto, y también yo entrelacé mis dedos en su pelo mientras le decía lo cuánto que le amaba.
-Esto… -murmuró -¿podrías repetirlo? Solo una vez más, por favor –suplicó.
-¡No! –me negué –Eso mismo has dicho la última vez.
-No me obligues a torturarte con mis caras de pena… no me parece divertido.
-No lo hagas, entonces –le sugerí mientras rodeaba su cintura con mis piernas, bajo las sábanas.
-Conozco unas cuantas técnicas más… -me informó mientras se aceraba de nuevo para besarme profundamente.
Debí haberme negado, pero él era tan irresistible como siempre. Por lo que mi respuesta no fue muy diferente a la suya.
Cuando pensó que tal vez me había olvidado del porqué de su beso empedernido, volvió a separarse, de nuevo con sacrificio, pues lo que quería era continuar. Pero deseaba que lo intentase una vez más.
-No sabes lo complicado que es –comenté.
-Ni tú lo maravilloso que es.
Reí de nuevo. Pero eso no iba a hacer que se distrajese de su propósito. Aparté mi escudo de nuevo, pero su rostro denotó una sorpresa tan inmensa, que apenas duró cuatro segundos fuera de mi mente.
-¡Oh! –exclamó, y se dio la vuelta en la cama, dándome la espalda.
Yo reía a carcajadas de nuevo. Me alcé en un codo y acaricié su suave brazo con mis dedos.
-¿Edward Cullen se ha enfadado? –pregunté, con la voz todavía descompuesta por mis risas.
-Con tu escudo, más que nada. ¿Acaso no se fía de mí?
-Claro que sí. Todo lo que me pertenece se fía de ti, porque todo lo que formo es tuyo. Por lo tanto, me fío de mí misma…
Edward no pudo evitar soltar una risita, pero no se dio la vuelta. Hundí mi cabeza en la almohada, contra su nuca, y pasé un dedo desde su cuello hasta la cintura, siguiendo el camino de su columna vertebral. Solté mi escudo sin ningún problema.
Elegí un recuerdo humano, algo que hubiese sucedido hacía ya muchísimo tiempo, para que le impactase. Si continuaba de espaldas, su rostro no me distraería.
Recordé cómo me sentí cuando, sola y perdida, intentaba recordar todas las técnicas de autodefensa para encararme a ese grupo de hombres que quería atacarme… Y cuando entonces, los faros brillantes de un coche plateado vinieron a mi rescate. Recordé cómo me sentí cuando entre en el frío coche y vi su rostro, tan enfadado como muy pocas veces había visto nunca. Él era mi héroe, había salvado mi vida una vez más. Se lo debía todo, él era la razón de mi existencia.
Supe que se estaba conteniendo para no girarse, y consiguió permanecer de espaldas a mí durante más tiempo del que creí, aunque su cabeza estaba levantada, mirando tan hacia atrás como podía.
Cuando se dio la vuelta, su rostro estaba completamente relajado, en paz. Mi escudo volvió a su lugar nada más ver su mirada tan deliciosa. No reaccionó de ningún modo cuando mis pensamientos volvieron a estar guardados con llave. Simplemente se lanzó a mí estrechamente y sus brazos formaron una jaula fuerte y segura a mi alrededor. También mis brazos se movieron antes de que les hubiese ordenado que lo hicieran, atrayéndolo hacia mí lo máximo posible. Tal vez le estaba haciendo daño, pues utilizaba toda la fuerza de la que disponía. Pero no dijo nada, simplemente me ciñó a él más fuerte. Mi boca, todo mi cuerpo estuvo ocupado urgentemente.
No estuvo libre hasta mucho tiempo después.
