El ojo rosa de Akashi me siguió aterrorizando a mí y enamorando a los otros tres.

Corrijo: Akashi nos dijo que dejásemos las formalidades y lo llamásemos Sei, o algo por el estilo.

—¿Puedo llamarte Seisei? —preguntó Hayama como si acabase de descubrir que tenía el poder de volar.

—Claro que sí, amigo mío —Akashi le sonrió con amor de madre y yo, si hubiese estado en un videojuego, habría perdido una vida—. Antes de que preguntes, Reo-san, sí. Sí que puedes llamarme Sei-chan, tal y como llevas haciendo todo este tiempo.

Había pasado una semana desde la final de la Winter Cup y Akashi —sí, lo tenía claro si se pensaba que le iba a poner un mote de esos— aún seguía en modo piruleta. Yo ya no tenía ninguna obligación de seguir en el equipo de baloncesto, de hecho, habría sido más productivo quedarme en la biblioteca estudiando para los exámenes de acceso a la universidad.

Eso habría sido lo sensato, pero ahí estaba yo. Al pie del cañón con Akashi y su tropa.

El Príncipe Caramelo estaba en medio del gimnasio con unos pantalones extremadamente cortos y una camiseta tan holgada que me pregunté si era prestada —en efecto, luego descubriría que era de Hayama—. Nadie se atrevió a decirle nada, porque por muy edulcorado que estuviese últimamente, seguía siendo Akashi Seijuurou.

O eso esperaba yo.

Esta nueva versión me ponía los pelos de punta. Cuando me veía por los pasillos, y doy por hecho que con los otros tres era igual, me agarraba del brazo y se ponía a hablar conmigo como si fuéramos los mejores amigos del mundo. La gente nos miraba y murmuraba con una mezcla de curiosidad y asco.

Cabe recordar que Akashi era también el presidente del consejo estudiantil, así que todos los alumnos del Rakuzan estaban más que familiarizados con su cara.

Otras veces irrumpía en mi clase en medio de un descanso y se me quedaba mirando sonriente.

—Para.

—¿Acaso es ira lo que detecto en tu voz, Chihiro-san? —apoyó su trasero en mi mesa y entrecerré los ojos— Solamente quiero hacerme con tu amistad.

Lo que le tuviera que decir le daba igual, así que ya ni me molesté en explicarle por qué estaba mal visto por la sociedad que entrase emanando purpurina y gatitos en el aula de los de tercero. Que conste que aún se comportaba un mínimo cuando había gente delante.

Sí, cuando estábamos solos, los dos solos, la cosa empeoraba de forma radical. Por ejemplo, yo tenía como costumbre comer en la azotea. Me tomaba el almuerzo que me preparaba mi madre y luego me echaba a leer un ratito. Akashi lo sabía, los otros tres también, y nunca nadie me incordiaba. La situación cambió con este nuevo Akashi, que veía necesario venir a darme la tabarra con sus sonrisas y sus buenos sentimientos.

—¡Chihiro-san, te he traído un almuerzo personalizado! Va acorde no solo con tus necesidades como jugador de baloncesto, sino también como estudiante eficiente de tercer curso.

Akashi sería "un cielo", pero ni un cambio de personalidad le pudo quitar la pedantería de encima.

—Gracias, pero ya he terminado mi comida.

—Lamento escuchar eso, dado que me he esforzado en confeccionar personalmente tu almuerzo, al igual que el de Reo-san, Eikichi-san y Kotarou-san.

Se sentó a mi lado y apoyó su cabecita pelirroja en mi hombro. Fue como si una horda de cucarachas se metiese en mis calzoncillos, o peor.

Al menos las cucarachas se podían fumigar. Que yo supiera, aún no había un remedio efectivo contra Akashis pesados.

—Chihiro-san, ¿puedo pedirte un favor?

Levanté la mirada de mi novela durante un momento. Akashi Seijuurou no era un tipo que fuese por ahí pidiendo favores, sino que los exigía te gustase o no.

—Depende.

—Llámame "Sei", aunque solo sea una vez —pasó un dedo por mi barbilla y sentí cómo toda la comida se me revolucionaba en medio de la tráquea, o donde diantres estuviese—. Necesito oírlo de ti.

—Doy por hecho que si te lo digo, te callas.

—Por supuesto.

Habría sonado un poco menos escalofriante si no hubiese sacado una grabadora de la mochila. Mis ojos estaban inyectados en sangre, y los suyos en amor.

No podía ganar a esa cara de cachorro.

Sei.

Akashi tenía toda la pinta de ser feliz. No me refiero a un júbilo pasajero, como el de quien gana un partido en las preliminares, sino una alegría verdadera, de las que duran para toda la vida.

Me pregunté si el antiguo Akashi también habría estado tan contento por algo así.

Reprodujo con su grabadora mi mensaje, es decir, su propio nombre, como unas cinco veces. Él estaba en pleno éxtasis, así que retomé la lectura de la novela. No es que fuese una obra maestra, pero desde luego era mejor que soportar las locuras de este pobre diablo.

Unas horas después me pasé por el gimnasio porque la idea de estancarme toda la tarde en la biblioteca seguía sin parecerme del todo apetecible. En el centro, rodeado por sus lacayos, estaba Akashi con la grabadora en la mano, presumiendo de "la amabilidad de Chihiro-san". Mibuchi y Hayama le sonrieron por no reírse de él, mientras Nebuya lo miraba confundido.

—¡Oh, Chihiro-san! —exclamó Akashi mientras reproducía una y otra vez la dichosa grabación.

Sei, Sei, Sei.

No sé ni para qué le hice caso.

—Mira qué feliz le has hecho —me dijo Mibuchi, tocándome el hombro. No sé quién estaba más asqueado, si él o yo—. ¿Ves? No cuesta tanto ser amable.

—¡Seisei, juguemos a un uno contra uno! Si gano yo, nos invitas a todos a cenar. ¿Te hace?

—No hace falta ganarte para invitaros a cenar, mis bienqueridos amigos. No obstante, acepto con sumo gusto tu desafío.

Las habilidades de Akashi en el baloncesto no habían decaído con su cambio de personalidad. La única diferencia era que sonreía mientras jugaba, y eso no lo consideré del todo un defecto. Estaba tan relajado que nadie se pensaría que la leyenda del Emperador solitario, antiguo capitán de la Generación de los Milagros, era cierta. Verían, ni más ni menos, a un chico con unas habilidades extraordinarias que practicaba el deporte que más amaba.

En algún momento que no supe detectar, Nebuya le dio un codazo a Mibuchi, los dos me miraron, y se empezaron a reír. Ni les pregunté qué les pasaba, porque sinceramente me daba igual.

—Ahí va, Seisei, ¡eso ha sido genial! Oye, oye, ¿me enseñas a hacerlo?

—Por supuesto, amigo mío.

Hayama tenía la mirada de un perro abandonado que acababa de encontrar una familia cariñosa y comprensiva. Si no fuera porque era un imbécil, me habría alegrado por él y todo.

—Oye, ¿tú no tienes exámenes? Estás en tercero.

Gracias de corazón por recordarme en qué curso estaba, Nebuya. Cómo se notaba que los niñatos de segundo no tenían que afrontar ningún examen de los que solucionan o destruyen un currículum.

—Algo me dice que nuestro venerado senpai no quiere despedirse del equipo —comentó Mibuchi con su voz cantarina y sarcástica.

De ti, en concreto, .

Y de Hayama y de Nebuya, también. Me entraron ganas de pudrirme en la biblioteca antes de tener que soportar una palabra más de esos dos estúpidos.

Volví a mirar al frente y Akashi y Hayama estaban medio abrazados, celebrando algo. Supuse que Hayama por fin había aprendido la técnica de Akashi, o algo parecido. Ni me molesté en averiguar si era cierto.

Se reían a carcajada limpia, con una amistad que se antojaba real. Nunca vi a Akashi riéndose. Había visto a los otros tres bromeando un millar de veces, e incluso Akashi, el de siempre, había esbozado algo así como una nano-sonrisa cuando estaba de un humor excepcional.

Aquello, sin embargo, era una carcajada. Resonaba en todo el gimnasio y entró de lleno en nuestros oídos como una sinfonía que estábamos destinados a escuchar.

Akashi había tenido que cambiar de personalidad para permitirse un poco de felicidad. Me estaba empezando a dar pena y todo.

Al rato, Mibuchi, Hayama y Nebuya tuvieron que dar vueltas alrededor del instituto —aunque parezca mentira, Akashi seguía siendo un capitán estricto— y yo, que danzaba entre los límites del alumno y exalumno, me pude quedar vagueando en el banco. Estuve reflexionando sobre todo tipo de tonterías durante unos minutos que pudieron ser horas. Pensé sobre mi futuro y el inminente muro del ¿y ahora qué? contra el que me estamparía una vez terminado el instituto.

—Pareces pensativo —me dijo Akashi, que venía chorreando sudor, sentándose a mi lado.

—Qué poco has tardado.

—Admito que me siento más veloz que antaño —contestó con una sonrisa tímida. Me hizo gracia el uso de la palabra "antaño", como si fuese un anciano rememorando tiempos mejores—. ¿Mi ausencia era motivo de júbilo para ti, Chihiro-san?

Le pasé una toalla y él me dio las gracias con una vocecita que no correspondía ni a este Akashi, ni al anterior, ni al de un universo paralelo. Le pasaba algo, y yo lo sabía, pero no le hice preguntas al respecto. No era mi problema.

—¿Qué he hecho mal? —se preguntó a sí mismo, o a mí. Seguí en silencio.

La pregunta, en realidad, sería que qué ha hecho bien. Mucho presumía él de ser absoluto e infalible pese a ser una persona que no paraba de soltar idioteces por un tubo.

Estaba ante el Akashi que acababa de perder ante Seirin, aquel que parecía una pluma perdida en el viento. Tan frágil e indefenso como una criatura recién nacida.

Tal vez ese fuera el verdadero Akashi Seijuurou. Un niño cobarde que tenía que excusarse bajo máscaras para poder afrontar la realidad.

Aunque eso seguía sin explicar lo del ojo rosa.