Dead Space y sus personajes son una propiedad de Visceral Games (antes EA Redwood Shores), Mirror´s Edge y sus personajes son una propiedad de Digital Illusions. No reclamo beneficio económico alguno de la publicación de esta historia.
Capitulo Dos:
Desencuentros
Misery acquaints a man with strange bedfellows
William Shakespeare
Cubierta de Población, USG Ishimura.
Dos horas y treinta minutos antes del regreso de Isaac Clarke...
Al tiempo que Ribbel corría desenfrenada, por los pasillos del Ishimura, su mente se adelantaba vertiginosamente a todo lo que se movía a su alrededor. Era como si en su cabeza hubiera una guía en color rojo, que iba resaltando las posibles salidas, atajos y caminos alternos que se abrían frente a ella. No se preguntó el cómo o porque de esa súbita habilidad. Quizá era el miedo y la adrenalina trabajando a todo vapor dentro de su cerebro. Quizá era el extraño modo de percepción que había adquirido hacía ya algunas horas. No se engañó con esos pensamientos. Ya había experimentado antes esa misma sensación, de que todo a su alrededor se hacía lento cuando corría y todas las rutas posibles se abrían de pronto ante ella.
Dio un salto y esquivó a una de las criaturas, delgada y similar a un elongado y siniestro espantapájaros de color sangre. Sus tentáculos descarnados y llenos de cilios trataron de apresarla, pero ella rodó unos centímetros antes, evitando el contacto, e impulsando su cuerpo hacia adelante, sacó distancia en dos zancadas. La cosa no se quedo atrás, saliendo en carrera para perseguirla, con un aullido profundo, a medio camino entre el canto de una ballena y el sonido del dolor. Pero no fue suficiente para alcanzarla, motivada como estaba para dejas atrás a su perseguidor.
"Necromorfos"...
Así les había llamado el finado Dr. Kyne, y en su profunda sabiduría, el viejo doctor había acertado. El apelativo sonaba horrible, pero describía "clínicamente" su condición. Su apariencia física no dejaba lugar a dudas.
Ya estaba cerca de la salida. Pasó una puerta y la cerró, dejando encerrada a la criatura en esa especie de sala común con proyector de imágenes en medio, que era parte del diseño de los dormitorios de la Cubierta de Población. Se precipitó por el utilitario corredor que frente a sí, hacia el elevador en el extremo mas lejano, llegando directamente a presionar el interruptor que lo controlaba y deteniendo su carrera, mientras esperaba que el ingenio llegara a ese piso. Podía oír los rugidos de las criaturas que pululaban en los cuartos adyacentes. Ya sabía que meterse en ese instante a dicha parte de la nave era una reverenda locura, pero las provisiones y nodos de energía que los previos residentes habían almacenado eran un botín prometedor, y en las actuales circunstancias sus dueños ya no los extrañarían.
El elevador abrió sus puertas, solo para revelar otra de las criaturas. Ropas rasgadas, espinilleras y un cinturón de herramientas eran todo lo que quedaba de su antiguo ser. Del torso hacia arriba, una transformación grotesca había acontecido y llenaba a la chica de repugnancia cuando los veía. Los brazos se habían adelgazado, materia corporal seguramente retirándose de dichos apéndices cuando acontecía el cambio. Transformadas en descarnadas y malformadas protuberancias, terminadas en hojas de hueso -a veces serradas, a veces planas, siempre mortales- levantándose desde los brazos sangrientos del cadáver ambulante. La piel cayéndose a pedazos, descompuesta, prueba fehaciente de su antiguo estatus de muerte. Su rostro deforme, con acerados dientes recorriendo la mandíbula superior, y la mandíbula inferior dislocada, en un rictus salvaje. Siempre con esa mirada, a la vez animal y cruel, que le agregaba malicia al conjunto.
Su compañero Rodrigo les había llamado "Cortadores".
El engendro se le abalanzó, atraído como estaba hacia la presencia de los que no se parecían a él mismo. Ribbel echo a correr de regreso hacia la otra puerta, pensando en que no tenía oportunidad de escapar por ahí, mientras el anatema se interpusiera entre ella y el ascensor. Pero su corazón casi se paraliza cuando vio una de las rejillas del tubo de ventilación del techo, caer frente a ella, otro Cortador parecido al primero aterrizando casi enfrente.
Su mente trabajó a mil por hora y quizá mas rápido aún. Sin pensar en las posibles consecuencias, decidió dar un salto hacia la pared, desafiando la inercia que la llevaba hacia adelante, y al asentar el pie en la pared cambió de dirección, su cuerpo contorsionándose de manera violenta. Pudo sentir el roce de la hoja del que había salido del ascensor, quedándose a escasos milímetros de su piel al tratar de cercenarla sin éxito. Antes de aterrizar y como en cámara lenta, lanzó una patada que conectó sólidamente con la espalda de su atacante, precipitándolo hacia la otra criatura y haciendo que ambos perdieran el equilibrio y cayeran con un gruñido estrepitoso. No se detuvo a observar sin embargo. Al caer, rodó rápidamente y se precipitó hacia el ascensor, que empezaba a cerrar sus puertas. Uno, dos, tres pasos y una marometa hacia el frente y milagrosamente penetró en el cubículo, cuando este cerraba sus puertas. Sus enemigos se precipitaban sobre ella. Su mano se estrelló violentamente en el control de descenso y el artilugio inició su viaje.
Había estado muy cerca. Su cuerpo le iba a cobrar la factura de semejante esfuerzo, débil como estaba. Pero si podía llegar al vestíbulo principal, todo habría valido la pena.
El ascensor se abrió y ella escudriñó de lado a lado, verificando si había algún otro engendro para hacer su camino difícil. No había nadie. Pasó junto a los restos de otro de ellos, uno cuyo cuerpo estaba pegado a la pared, cubierto de una sustancia fétida, y que chorreaba un líquido semi-viscoso y purulento. Había encontrado cadáveres en varias partes de la nave, por lo que deducía que algunos de los tripulantes habían encontrado la manera de combatirlos exitosamente. En un ambiente de pesadilla, donde esas criaturas pululaban sin cesar, era un consuelo saber que alguien había ofrecido resistencia.
Paso otras dos puertas, cuidándose de no pisar demasiado la sustancia pegajosa y de olor repugnante, que se aferraba a las paredes como si semejara las extensas raíces de un árbol color rosa pálido, y llegó a la sala principal. Desde la baranda del primer piso podía ver la estación del monoriel, a unos veinte metros de distancia. Dio un salto por encima, para bajar hacia la planta inferior de aspecto siniestro. Amortiguo su caída rodando hacia el frente y se detuvo a escasos centímetros de una de las pocas velas que aún estaban encendidas, iluminando el cuarto con una luz rojiza, de aspecto sombrío y resaltando los símbolos del "Lenguaje de Altman" pintados en los muros. Cosa de los uniologos y sus fantasías de resurrección de mierda. Se aseguró que la mochila que llevaba a las espaldas aún estuviera allí. Sin esos pertrechos, todo su esfuerzo habría sido en vano. Cuando percibió los contornos arrugados y tiesos de las provisiones almacenadas, lanzo un suspiro profundo y se preparó. Ya no sentía muchas fuerzas para continuar, pero su objetivo estaba a la vista.
Saltó por encima de algunas mesas del área del comedor, y esquivando sillas, se acercó a las escaleras que conducían a la estación. No contaba sin embargo con que otro de "ellos", uno de los pequeños, cuyos rostros de bebe la aterraban en sus pesadillas, la alcanzara de frente y contrarrestara su impulso, chocando con fuerza. Aún lo tenía encima, sus chillidos enervantes estremeciendo sus oídos. Trató frenéticamente de sacudírselo, pero la ferocidad y tenacidad que esas monstruosidades habían mostrado hasta entonces, compensaba su falta de miembros útiles. Se sentía ya perdida, habiendo ese horror desplegado dos de sus tentáculos, provistos de fieros aguijones, y enredándolos en sus brazos para tratar de inmovilizarla. Entre los chillidos ferales de su oponente y los suyos propios, estaban haciendo un escandalo tal, que pronto los otros se darían cuenta de su posición. El antinatura estaba desplegando un tercer tentáculo, su sendo aguijón listo para acabar con ella, cuando un rayo de plasma pasó encima de ambos, seccionando la punta y calentando el aire a su alrededor. La criatura se retorció de dolor y dejo en libertad los brazos de la chica, que no tardó en arrojarla lejos de sí y ponerse en pie.
El Merodeador se levantó de nuevo y echo atrás los tentáculos, listo para lanzar unas terribles puntas que acabarían el trabajo, pero un segundo disparo cercenó limpiamente ambas extremidades, terminando con su remedo de vida entre agudos chillidos de dolor.
La espigada mujer volteo a las escaleras, con el rostro y el mono de trabajo de gravedad cero que cubría su cuerpo, manchados de sangre -¡no de SU sangre al menos!-. Ahí, parado frente a ella estaba Rodrigo Cortéz, en el típico traje de ingeniería pardo con vivos negros, apuntando con su cortadora de plasma. Otro gruñido semi-humano a sus espaldas la devolvió a la realidad. Dos relámpagos pasaron a su lado, cortando el súbito ruido. Ribbel corrió hasta donde él estaba, mientras lo veía extender su mano izquierda, dejando escapar una esfera de energía pálida, que envolvió una de las sillas metálicas de la estancia y la atrajo hacia sí. Rodrigo la redirigió, apuntando hacia otro monstruo que se les acercaba y después la propulsó con un ímpetu violento, que la hizo estrellarse de lleno contra otro Cortador, arrojándolo hacia atrás y dándoles valiosos segundos necesarios para correr hacia el monoriel.
En la entrada del vehículo, una tercer silueta, enfundada en un traje de combate militar y apuntando un amenazante rifle de pulso de triple cañón rotatorio, les cedió el paso al tiempo que seguía vigilando, sin duda perturbado por los gruñidos y gritos que se acrecentaban a su alrededor. Al entrar todos, Cortéz llegó hasta el tablero de mandos y apretando el botón de poder dejó que la puerta del móvil sellara y las máquinas iniciaran su marcha, ganando impulso en muy poco tiempo, y dejando atrás cualquier amenaza que los hubiera acechado.
Una vez que la sensación de movimiento aparente fue mas notoria, la chica se recargo sobre un costado y, dejando caer su cuerpo, se sentó en el frío suelo metálico. El hombre en el traje militar desactivo su casco, que se plegó sobre si mismo en formas imposibles, hasta que dejó al descubierto un rostro de niño, de tristes ojos verdes y mentón perfecto, que ella no hubiera creído posible en un soldado. El gigantesco muchacho -¡era mas grande que ella por al menos veinte centímetros, y su metro ochenta de estatura no era nada despreciable!- le extendió una botella de agua, que la pelinegra no pensó en rechazar. Después recargó el rifle en el suelo, jadeando profusamente. Ella bebió ávidamente al tiempo que el tipo preguntaba:
- ¿Como estuvo la cacería, dyvchina? - su profundo tono de voz no traicionaba cualquier señal de inexperiencia de su parte.
- ¡Hubiera deseado tener un poco de ayuda y un rifle como el tuyo, Sergei!... - mencionó ella, sonriendo pícaramente - ...sin embargo con estas provisiones podremos equilibrar un poco la balanza - comentó, quitándose la mochila de la espalda y arrojándola hacia él.
El militar sonrió y abrió la bolsa, que parecía un poco pesada. Observó el contenido y le silbó a Cortéz, quién aún prestaba atención al camino.
- Rodia tovaryš... ¿que tanto podrás hacer con seis de estos? - y le arrojó un pequeño disco semiconductor. El hombre en el traje de ingeniería atrapó el disco, que no pesaba mas de cincuenta gramos, y lo examinó para después esbozar una gran sonrisa.
- Nodos de aleación de nobio-titanio... puedo hacer magia con esto, mi amigo. Agradécele a Ribbel por arriesgar el pellejo y... - pero no pudo continuar, porque Sergei le hizo una seña de que no hiciera ruido. La cuasi-etérea mujer se había quedado dormida y su rostro reflejaba un sueño plácido...
Sergei Illya Yaskolev se recargó en una de las sillas del casi prístino cuarto, mientras veía descansar a su compañera, recostada sobre un sillón. El agotamiento le había ganado y desde que se durmió en el tren, nada la había perturbado. El joven eslavo, quien la había cargado hasta allá, estaba un poco celoso:
"Dormir en medio de este infierno... ¡chort!. ¿Como le es posible hacer eso?"
Sabía bien la respuesta, aún cuando no quisiera aceptarla de buena gana. Mas de una vez se dijo que el podía haber hecho lo mismo, maltrecho y desahuciado como estaba, y hubiera significado su perdición si sus actuales compañeros no lo hubieran encontrado primero. Tratar de escapar de una realidad que asfixiaba todo a su alrededor con imágenes omnipresentes de violencia y muerte, era algo que había considerado durante esas últimas horas. Quizá hubiera sido preferible haber muerto, junto con el resto de sus compañeros soldados, cuando el USM Valor chocó contra el costado del Ishimura. La ira, resentimiento y pena que experimentaba a tramos iguales por haber sobrevivido, no eran cosas que deseara para nadie y menos para si mismo.
Si permanecía vivo, había sido por un golpe de suerte, uno que no sabía si agradecer o maldecir a cuanto poder superior existiera en el universo.
Todo había empezado hacía cuarenta y ocho horas. El viejo Comandante Cadigan había ordenado que la nave fuera preparada para una salida de combate, debido a ordenes precisas del Alto Mando. Al abordar nadie imaginaba el porque de los gestos adustos entre la tripulación. Las municiones nucleares y de otras clases fueron cargadas sin hacer demasiadas preguntas. Mientras tanto, una de las tres secciones del cuerpo de la pequeña fragata de clase Examire, fue reemplazada por un compartimiento recubierto de un aislante especial, el cual los "cerebritos" de ingeniería no quisieron discutir. Al partir, los tripulantes fueron puestos en alerta y preparados para una posible incursión en un bastión hostil. Les fue explicado en la junta de preparación que la situación exacta aún estaba por determinarse.
Los Infantes de Marina de la Fuerza de Defensa de la Tierra, acostumbrados a cerrar la boca y hacer el trabajo sin chistar, no hicieron muchas preguntas...
Diez horas atrás, el Valor había ingresado al sistema planetario Aegis, manteniéndose fuera del rango visual de las dos presencias humanas en el sistema: La nave minera USG Ishimura, de la C.E.C. y la colonia de extracción del séptimo planeta. Permanecieron escondidos mientras esperaban una posible señal. Las transmisiones de socorro que llegaron, distorsionadas por una falla de transmisión, pusieron en alerta al Comandante. Sergei recordaba haberle apostado a su compañero, el chino Tong, que quien tuviera menos bajas en cualquier posible enfrentamiento en esa misión, pagaría la cena completa del escuadrón al regresar a casa.
Varios minutos después localizaron una cápsula de escape que venía de la nave. El Comandante mando a Remar y Tong para revisar, mientras los otros permanecían en alerta. Esa fue la última vez que los vio vivos. Minutos después, los monitores del área de bodega mostraron lo ocurrido. Remar estaba inspeccionando el interior del vehículo, buscando sobrevivientes, cuando una de esas cosas, una especie de vampiro super-desarrollado -que después habrían de llamar "Infector"-, le sorbió el cerebro taladrando primero su cráneo con una afilada probóscis, y luego inyectando un líquido amarillento, similar a la pus. Tong disparó contra la criatura, pero los tiros que acertó no fueron suficientes para detenerlo. De pronto Remar estaba en pie, distorsionado e irreconocible. Tong lanzo un alarido de terror que puso en alerta a la mayoría de la cubierta, pero no logró más que eso y el engendro terminó por cortarle las piernas. Fue el único de ellos que no se levantó de nuevo.
En tan solo veinte minutos, la nave había perdido el rumbo, el cuarto de mandos estaba hecho un desastre y los pilotos habían sido inutilizados y transformados en criaturas hostiles. El, junto con otros soldados, se había armado hasta los dientes y corrido a enfrentar al enemigo, cuando le llego la advertencia de colisión inminente de la I.A. que manejaba las funciones secundarias de la nave. De todas las cosas que podían suceder, iban a estrellarse contra la nave que habían estado vigilando. Trató de aferrarse a los amarres de seguridad, preparándose para el impacto. Sin embargo no contaba con su malhadada "suerte". Los paneles gravitatorios que regulaban la gravedad en el interior de la nave, fallaron al momento del impacto. Una "resortera" gravítica lo propulso hacia arriba a toda velocidad, estrellándolo contra el techo de la cubierta y machacando su cuerpo, haciéndole perder su rifle de pulso e inundándolo de un punzante dolor, que las inyecciones anestésicas automáticas del traje atenuaron un poco.
No había perdido la conciencia, pero no podía moverse. La catapulta anti-gravedad lo mantenía prensado contra el techo. Estaba atrapado sin morir...
Fueron cuarenta angustiantes minutos en los que los deformes monstruos que anteriormente habían sido sus amigos y que rondaban por la nave, lo ignoraron, indefenso como estaba. Cuarenta minutos de pesadilla, en los que los estertores de muerte de sus compañeros se entremezclaron con los guturales sonidos de las criaturas, el parpadeo de los sistemas eléctricos descomponiéndose y lanzando chispas y destellos entre la circuitería del velero estelar, y un malsano murmullo apenas audible, que parecía musitar su nombre una y otra vez, lenta e inevitablemente hasta casi volverlo loco.
Lo peor sin embargo, fue cuando aquel hombre del traje de ingeniería paso junto a él. Quizá era un sobreviviente del Ishimura, que no daba crédito a la desolación que se desarrollaba a su alrededor. La cortadora de linea que traía entre sus manos se movía rápidamente de izquierda a derecha, cercenando los miembros de los engendros que trataban de acercarse. El tipo lo observó, como se mira un bicho raro... sin preocuparse demasiado por su suerte. Quiso gritarle que desconectara los sistemas, que hiciera lo posible por sacarlo de ahí, que no lo abandonara a su destino. O por lo menos que gastara una de sus cargas en liberarlo de su opresiva prisión. Pero de su boca salieron solo palabras ininteligibles. Animales gruñidos y gritos acompañaron la partida de ese hombre, que se alejó de él sin mostrar si había piedad u horror en su rostro, aturdido como estaba entre el dolor y el estupor.
Lo ignoró, dejándolo solo y rumiando su desconsuelo en la obscuridad.
Varios minutos después, hubo un súbito corte de energía y la trampa que lo mantenía retenido dejó de funcionar. Cayó a plomo sobre los restos torcidos de la derelicta nave, alejándose de los brazos de su macabra amante como quien se aleja del abismo. La que pensaba sería su tumba, le dio un posibilidad de escapar. Tomó su arma tan rápidamente como pudo y echó a correr, alertado por la voz de los altavoces, que mantenía una compostura impensable frente al caos que estaba por desatarse. El resto fue disparar sin voltear hacia atrás, pasando de largo ante los cuerpos de sus ex-compañeros, y cortando de tajo la parodia de existencia de esos que habían sido casi sus hermanos durante dos años, cuando se presentaron para franquearle el paso. Varias cargas se le fueron en eso y Straczinsky fue la última persona -¡Persona!, ¡que jodida estaba su mente si aún pensaba en ella como una persona!- a la que abatió, invadido por un sentimiento de tristeza y dolor que casi le hace perder la vida. Salió como pudo de la nave haciendo volar una de las escotillas de emergencia y, saltando en gravedad cero, fue dar contra el muro de uno de los depósitos de esa sucursal espacial del infierno.
Corrió a toda velocidad y solo se detuvo a descansar cuando las macizas puertas de descompresión le indicaron que había salido del área de gravedad nula de los depósitos del Ishimura. Su traje estaba dañado, las rutinas de ayuda de disparo no estaban funcionando como era debido y sus sensores de movimiento e indicadores de posición se comportaban de una manera extraña y rayana en lo salvaje, al entrar en ese nuevo entorno. De pronto no pudo contenerse más y rió a tambor batiente. Era una carcajada de dolor, amargura, aflicción, hilaridad y adrenalina, todo ello atiborrado en una simple expresión. Su mente le acababa de decir que había sobrevivido a lo que parecía una pesadilla, y para no volverse loco, rió. Lo hizo, no como el como el depredador animal cuyo frenesí hace que le hierva la sangre, sino como el último recurso del desahuciado, como la única defensa contra un mundo hostil.
Sus armas eran pocas, sus esperanzas menores aún, y su futuro tan negro como el pozo oscuro y desolado que se extendía afuera, mas allá de las paredes metálicas. Pero rió porque aún estaba vivo. Y maldiciendo a viva voz tanto como pudo, tanto que ninguno de los monstruos que aún pululaban por la cubierta dejaron de oírlo, se encaminó hacia la terminal de monorieles. Si iba a morir, iba a hacerlo en sus términos, y cualquier lugar de ese gigantesco monstruo minero era bueno para ello. No tenía mucha confianza en que sobrevivir fuera su futuro, pero ya lidiaría con la muerte cuando le tocara enfrentarla de nuevo...
Fue entonces cuando Ribbel y el latino lo encontraron.
Pensándolo mejor, era mejor que la mujer asiática durmiera. Por lo menos sus recuerdos no estaban plagados de pesadillas que lo perseguirían hasta el fin de sus días...
- ¿Me ayudass con esoss cirrcuitos porr favorr, tovarich? - Rodrigo Cortéz se burló de él, mientras exageraba un acento eslavo. Batallaba un poco para alcanzar la bolsa de nodos que estaba en la mesa a sus espaldas. Otro soldado lo hubiera puesto de cara al suelo en un par de segundos. Él mismo hubiera podido hacerlo, dada la marcada diferencia de estaturas y peso. Sin embargo encontró de pronto que la burla no le importaba en lo más mínimo.
Estaban dentro de un cuarto de la cubierta de minería, que los necromorfos no habían encontrado aún. Confiaban que el secreto lo mantuviera así durante otras dos horas, hasta que el tal Isaac Clarke, que su amiga había contactado, llegara con el transbordador:
- No soy ruso... tovaryš. Soy de Ucrania... de la Zona Militar Ruso-Europea - comentó con tono tranquilo, mientras tomaba la bolsa y la acercaba al banco de mejoras, en el cual el ingeniero estaba muy ocupado reparando los diversos nano-circuitos de lo que le habían presentado como un "Supercolisionador de partículas C-99", pero que en el argot minero se conocía simplemente como un "rayo de contacto" averiado, con el que se habían topado.
- ¡Ah!, todos los eslavos tienen orígenes comunes, ¿no es cierto? - menciono el del traje café, mientras tomaba uno de los discos de la bolsa y lo instalaba con presteza en una pequeña placa rectangular, que estaba conectada por alambres blindados de varios tamaños, hacia el condensador de energía del arma. Movió las manos rápidamente mientras daba ordenes a los sistemas internos del banco, para que hicieran la modificación pertinente al sistema, provocando la admiración del muchacho.
Sergei inhaló fuertemente un momento y después continuo:
- Tanto como los mexicanos y guatemaltecos y salvadoreños los tienen... - mencionó con desdén - ... además hace mucho que los destinos de los Rus estaban separados. Pero las circunstancias y un puñado de retrógrados hicieron que nos volviéramos a juntar...
No inhibió el reproche que le carcomía por dentro. Volvió su mente a las clases de Geopolítica del profesor Okala, cuando iba a la universidad, hacía mas de cuatro años, pero como si hubieran sido ayer...
Las tensiones entre Ucrania y sus vecinos rusos no eran ninguna noticia. Desde mas de mil años atrás el legado del Imperio Rus de Kiev había sido motivo de disputa entre las naciones de Bielorusia, Ucrania y Rusia. Los tres países tenían ese pasado común, rico en tradición e historia. Sin embargo el mismo problema que hizo que el Imperio Rus desapareciera, fue el mismo que mantuvo separadas a los tres países -los intereses particulares de cada una de las dispares regiones, para ser mas exactos-. Aunque después se juntaran en la Unión Soviética, la semilla nacionalista ya estaba ahí, sembrada en los corazones de millones de sus compatriotas, esperando...
Al caer el gigante comunista, el nacionalismo resurgió y las disputas volvieron. Cerca de cien años les había costado ponerse a la par de las naciones del mundo. Entonces vino la Pandemia de la Peste Escarlata, y el levantamiento de los mares, debido a la Crisis del Calentamiento Global, precipitando el colapso de muchos estados en todas las regiones del mundo. Ucrania había aprendido a la mala, al igual que muchas otras naciones, que sus fronteras eran los puntos débiles de su situación. La enfermedad que acabó con el Viejo Mundo fue finalmente exterminada por completo, al cabo de cincuenta años, pero entonces vino la Época de la Duda. En el transcurso de los siguientes cincuenta años se encontró el Monolito Negro y finalmente la Humanidad aprendió que no estaba sola en el universo. La Uniología, una religión que había crecido en el Oeste, invadió los remanentes de Europa con la fuerza de un huracán, y muy pocas instituciones, religiones, fuerzas políticas o ejércitos, se opusieron a ella.
El golpe más duro vino cuando los recursos empezaron a escasear. Las fuentes de energía no renovables se habían acabado hacía mucho, así como algunas de las alternativas. La extracción mineral no era practicable, y disputar a los rusos territorios con algunos yacimientos minerales, no era mas que un sueño bastante tonto. Despojada de mas de un treinta por ciento de su población joven, fallecida en la gran plaga del dos mil doscientos, o emigrada durante el ultimo siglo a las colonias que la humanidad había creado en otras partes de la galaxia, la madre Ucrania ya no podía competir con sus rivales históricos. Y la reacción de los rusos no se hizo esperar...
Después de trescientos años de separación de sus hermanos, de establecer una identidad, cuando parecía que su pueblo ya había sanado sus heridas internas y estaba lista para enfrentarse al mundo en sus propios términos...
- ¡Ah!, la culpa la tienen los desglaciados "ojos rasgados". Esos chinos que solo saben almidonal camisas... - comento el ingeniero con sorna, mientras tecleaba algunas cosas en el panel de circuitos.
El eslavo no pudo menos que sonreír mordazmente. A pesar de ser un comentario profundamente racista, -en un mundo en el que el concepto de raza estaba cada vez más diluido-, al mexicano, pues tal es lo que era, parecía "darle de lado". Era el reflejo de una cultura que se revolvía contra si misma, moldeada a lo largo de cientos de años por situaciones de profunda desigualdad social. O quizás -y solo quizás, quería admitir- tenía un poco de razón. No importaba que el mundo se cayera a su alrededor a pedazos. Tomarse las cosas demasiado en serio podía llevar a la desesperación y casi enseguida a la locura.
Tenía razón en una cosa: La guerra comercial -y después militar- entre los estados del "Conglomerado Asiático Chino-Japonés" y los de la "Zona Libre Americana" -es decir los remanentes convulsos de los Estados Unidos de Norteamérica- de hace dos siglos atrás y la posterior "Guerra de los Recursos" del siglo pasado, dieron al traste con el mapa geopolítico de ese lado del mundo y otorgaron a Rusia el pretexto perfecto para formar una nueva "alianza" con sus camaradas Rus. Una en la que ellos seguían llevando la parte del león...
Un desencuentro más, en una vida en la que los malos ratos parecían ser cosa de todos los días.
Las metálicas y frías paredes blancas se iluminaron con destellos rojos y amarillentos que sobrevivieron solo unos segundos, para después morir al tiempo que el banco irradiaba una luz blanquecina, que se reflejó en el traje del ingeniero. Y enseguida el banco de mejoras se contrajo, mientras el hombre de la armadura café retiraba el la pesada arma y se la ofrecía al niño-soldado, sosteniéndola con una mano:
- ¡Listo!. Es un poco más ligero de lo normal, y con un poco de suerte el arma tendrá mas o menos la misma pegada, con la mitad de consunción de batería por disparo, con lo que no tendremos que preocuparnos tanto por la munición.
El ucraniano no dijo nada y solo verificó el ajuste de mira, así como los sistemas del improvisado ingenio. Quizá el tipo pudiera hacer algo también por su rifle de pulso, empero, sin nodos de aleación suficientes para modificar los sistemas electrónicos internos, era una causa perdida. Sin duda era muy útil tener un ingeniero a la mano, las reparaciones provisionales hechas a su traje por él confirmándolo, ¿pero hasta donde podía confiar en ése hombre, que parecía tener problemas para tomarse la vida en serio?. La primera lección que había aprendido en la Infantería de Marina era a confiar en las personas con las que hacía causa común. Pero ver a este tipo tomar la situación tan a la ligera, le hacía pensar que confiar en él era algo imprudente.
- ¿Que te pasa?, ¿cual es tu duda? - preguntó el otro, levantando manualmente su casco. Sus facciones morenas y sus rasgos pequeños pero bien conformados no podían ocultar su estirpe, mitad española y mitad indígena. Sus ojos, de un café profundo, desmentían cualquier rastro de humor con el que tratara de disfrazar su comportamiento.
- No puedes confiar en mí, ¿no es eso?, ¿crees que estoy arriesgando todas nuestras posibilidades con mi actitud, no es así?...
El eslavo pareció sorprendido, ¿acaso tan transparente era?. Volteó el rostro rápidamente para ocultar su sorpresa, a lo que el latino puso cara de pícaro y sonrió abiertamente:
- No leo mentes... pero hasta el mas despistado puede preguntarse de vez en cuando acerca de mi. ¡Y tu mi amigo, tienes la poco usual costumbre de poner atención a lo que hace la gente a tu alrededor!.
Sergei no supo que decir. Tenía problemas expresando sus emociones de manera tan abierta. Y trataba de compensarlo observando a los demás. A pesar de tener años de convivencia con gente de distintas costumbres, aún había caracteres que exigían de él una cualidad de tolerancia que a veces no se sentía dado a extender:
- Mira... mexicano: Cuando hablas das la impresión de que el mundo no te importa. Y cuando nos cruzamos con esas cosas, no parecías muy asustado. La sonrisa que pusiste cuando uno de ellos se cruzó en tu camino... ¡pareces otra persona!, ¡un maldito demente!, ¡prokljattja! - señalo el niño-soldado, siendo lo más franco posible. De la experiencia con sus compañeros del servicio, la cosa que mas le había quedado en claro era que los hombres valoraban la honestidad por encima de todo.
Cortéz no dijo nada. Bien sabía él que había momentos en que su vida parecía no importarle. Las cosas buenas que había habido en ella se habían esfumado de pronto. ¡Tan rápidamente como el hecho de que esa nave maldita se había ido a la mierda!. Su hermana había muerto allá abajo. Sola... rodeada de criaturas hostiles y sin esperanzas. Su ex-compañero y amigo, Neumann estaba perdido y casi con probable certeza también estaba muerto. Sus padres habían sacrificado todo para que sus cuatro hijos pudieran ir al espacio a conseguir una vida mejor. En respuesta, el abismo negro se los había tragado a casi todos...
Sus circunstancias no eran halagadoras, y si se hallaba en esa nave de porquería, era porque tenía una oportunidad de cambiar esa situación de penuria y miserias que lo había perseguido toda su vida. Sin embargo parecía, que la broma cósmica que le estaba siendo gastada no lo iba a dejar escapar tan fácilmente. El joven suspiró y se sentó en una silla cerca de donde descansaba Ribbel. Miró a la pelinegra dormir plácidamente. Al igual que su otro compañero envidiaba la facilidad con la que la asiática encontraba el sueño. Tamborileo un momento con sus dedos en la superficie de la mesa y después volteo a ver al gigantesco muchacho. Decía tener veintidos años, pero la mirada en su rostro decía que había vivido más cosas de las que les había contado. Irritado consigo mismo, pero reluctante a contarle al soldado lo que pasaba por su cabeza, el latino comentó:
- No me malinterpretes. Yo también me asusto: El ver esas cosas levantarse de entre los muertos me hace querer salir corriendo y vomitar a partes iguales... - el ingeniero miró a su lado, concentrando su vista en un punto fijo - ...¡no soy valiente!, pero tengo una razón para esto. Una de la cual no voy a a entrar en detalles, pero que es demasiado importante para mí y no voy a ignorar...
El latino terminó su comentario y permaneció con el semblante grave, sin siquiera moverse, enarcando las cejas mientras parecía divagar. El ucraniano no preguntó, pero observó en los ojos de ese hombre un destello que ya conocía. El mismo que en algún momento vio en algunos de sus compañeros. Ese brillo que revela a partes iguales la ambición y las penurias pasadas por su causa. Tenía la cara de aquellos que no están dispuestos a dejarse amedrentar por las dificultades. Esos que en el momento clave juegan a matar o morir.
Al reconocer esa terrible y avasalladora emoción, desvió la mirada. Decidió no preguntar que lo había orillado a ese personal tormento. Hay cosas que un hombre hace mejor en no indagar.
Un rugido los saco de su contemplación. El sonido de metal doblándose los hizo voltear hacia el techo del cuarto, en donde la rejilla central de ventilación que habían soldado, se estaba doblando hacia adentro. El muchacho se acercó a Ribbel, quién se agitó y volteo a verlos, con su semblante crispado en un rictus de sueño intranquilo. El joven rubio la tomó del brazo, levantándola mientras Rodrigo apuntaba el rayo de contacto hacia arriba. Al momento la asiática se despabiló, asustada por los golpes continuos que amenazaban con tirar la protección. El soldado le extendió la cortadora de plasma de su compañero y ella la tomó, replegándose hacia atrás, sosteniéndola con una mano temblorosa, mientras se alejaba instintivamente del peligro. El eslavo tomo su rifle del suelo justo en el momento en el que la reja cedía y una de esas monstruosidades caía en el centro del cuarto.
La ráfaga de energía que echo a la criatura hacia atrás, lo propulsó contra la pared, estampándolo con una fuerza desmedida. Una segunda de ellas cayó inmediatamente, pero un par de tiros de la cortadora y ambos miembros, como enormes cuchillas manchadas de sangre cayeron al suelo, el cuerpo derrumbándose para no levantarse más. Sergei hizo blanco en la entrada del ducto de ventilación, perforándolo y revelando un chillido humano que surco el aire, apagándose pronto y dejando, como única señal de que algo había estado ahí, un hilillo de sangre que cayo en el piso metálico. Los tres sobrevivientes apuntaron al pequeño túnel mientras el ruido de pasos a su alrededor se hacía lejano, hasta volverse inaudible:
- Este lugar ya no es seguro. Nuestra mejor oportunidad de permanecer vivos es volver al monoriel otra vez, pero la estación esta un poco lejos... - el gigantesco muchacho se acercó a la puerta.
- ¡Mejor nos largamos de aquí mientras podamos! - la espigada chica comentó mientras seguía apuntando nerviosamente hacia la ventila.
- Ni que lo digas... ¡Aún faltan dos horas para esfumarnos de aquí y quiero conservar mi cabeza en su lugar mientras tanto! - Rodrigo terminó, dejando entrever un ligero temblor en su voz.
Sin chistar, y apresurándose todo lo humanamente posible, recogieron sus cosas y el moreno se puso frente a la puerta. Ribbel se puso detrás de él cubriendo sus costados y el eslavo tomo la retaguardia sin dejar de apuntar hacia atrás. Dándose una ultima mirada de desesperanza todos asintieron. Enseguida el latino movió la mano y presiono el interruptor holográfico.
La puerta se abrió ante ellos y sin chistar los tres enfilaron hacia la opresiva oscuridad de los corredores...
