Previously, on "Getaway"

—Esa voz... Se me hace conocida.

—Soy yo. Vine a buscarte.

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—Dile a Luis que asegure todo afuera. ¿Y se puede saber por qué carajo has dejado a entrar a esta escoria?

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—Es sencillo. O te acuestas y no te corto las putas piernas, o me voy y regreso con una cuadrilla.

—Haz lo que se te dé la gana, anda

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—Se va a negar cuando sepa que se lo mando yo. Dígale que lo haga por usted, él va a entender.


—Ya. No se preocupe —grita Josefa, caminando, a varios pasos lejos de Chile.

Chile se queda un rato mirándola, pensando, lento y embotado, incluso cuando Josefa ya ha desaparecido dentro de la casa. Quiere estar allí, para asegurarse de que Perú reposa, y se porta bien, pero la parte lógica de su cerebro, ésa que a muchos le desagrada porque le hace un serio y aburrido trabajólico, le dice que no. Que no debe estar allí. Que Perú no le quiere allí, y que para lograr lo que él quiere (sanar a Perú lo suficiente para llevarlo a Lima y volver a encerrarlo, no dejarlo huir para que no se rebele, no dejarlo morir porque muerto no le sirve) debe, al menos, darle la ilusión de que no se está metiendo tanto. Para que coopere.

Josefa llega a la casa y va a poner la vasija llena en la cocina. Busca limones y sal y... Suspira. ¿Y si se lo hace en un plato de comida? ¿O se lo maquilla un poco más? Se relame los labios. Puede picar cebollas y... ¿Carne? ¡Tendrá el mismo efecto y no se verá como un sacrificio! O puede simplemente seguir la puta regla que le impartió Chile. Posiblemente es eso lo que hará. Busca una taza oscura y vierte la sangre ahí. Busca perejil.

Así que llena la taza... Va al cuarto de Perú. Entra suavemente.

Ahí Perú se sobresalta al mínimo ruido que percibe (le parece horrendo que cuando más sueño tiene es cuando menos puede dormir) y parpadea varias veces para dispersar cualquier rastro de adormecimiento.

—¿Qué pasó? —pregunta la nación. Josefa niega con la cabeza.

—Tranquilito, señur, he venido a traerle alguito... —cierra la puerta y camina hasta sentarse en la orilla de la cama de Perú, quien la mira un poco desconfiado, por las circunstancias en general, no por ella en sí—. Esto le hará bien, me dicen —mandando una indireeectaaa.

Perú toma la taza, sin preguntarle «por quién» porque deduce que es alguien de su familia, seguro. Huele antes de beber y frunce el ceño.

Afuera, Chile deja la cabeza de Samanta contra el pasto, suavemente. Qué desperdicio, piensa para sí. Una yegua en sus mejores años, sin parir, sin heridas. Y, seguramente, ni charqui harán con ella. Es un desperdicio, porque se recuerda a sí mismo que Perú vale menos que un caballo (a pesar de que le prefiera por sobre uno). Se levanta, dándose cuenta recién que no guardó agua para limpiarse ahora. La tierra y el pasto se empapan en la sangre que no pudo juntar, y todavía de a poco el cuerpo del animal se va vaciando.

—¿Pasa algo, patroncito? —le pregunta Josefa a Perú al ver el gesto que hace.

—¿Qué es esto? Huele a... ¿Plata? —igual, le da un sorbito. Y se lo aleja, suavemente.

—Una cosa buena me dijeron —ella tampoco está muy a gusto con eso de ver a alguien beber sangre, es... Parece costumbre india, así de incivilizada—. Que le hará bien.

—¿Él? —sonríe internamente por el gesto de Chile (con esto queda claro que su deducción sobre si era alguien de la familia de Josefa queda descartada), se muerde el labio para no hacerlo exteriormente. Y vuelve a darle un trago, esta vez más largo. Aprieta los ojos.

—Sí... —quiere preguntarle a Perú si deben tener miedo, o si deben actuar de algún modo—. Está afuera... Y es raro.

—¿Tú lo viste matar o...? —imagina que es un cordero. Se relame los labios.

—No, porque cuando llegué —se soba las manos, nerviosa—, ya había matado al animalito. Y qué pena más grande, patrón. Qué yegua más linda —le mira apenada.

—¿Yegua? ¿Qué yegua? —baja la mirada a su taza, con un temor tan grande por el presentimiento que tiene ahora, en un devenir de lógicas. Chile no puede tener más que mis caballos, piensa. Y se agarra de eso, y le entra pena al esperar la respuesta.

—En la que vino el hombre ese... Una bonita, blanquita ella —le cuenta.

—Solo tenía una yegua blanca en mi establo —comenta él.

Ella le mira con cierto desagrado por el tema.

—Le mató su yegüita entonces... Qué le vamos a hacerle —se lame el labio—. Tendrá que cobrárselo.

—Esto es incómodo, cruel y desagradable. La cuidé mucho —admite Perú, respirando pesado, pero sí, Josefa tiene razón, ¿qué se le va a hacer ahora? Así que sigue bebiendo la sangre. Con tragos más largos. Y los ojos apretados.

Cuando se acaba el tazón, Josefa le pregunta si quiere que le sirva más.

—Sí —Perú termina el último sorbo y le estira la taza.

—Con permiso —ella le recibe la taza y sale... Un minuto después está llenándola, otra vez. Chile sigue sin tocar la puerta, y en lugar de hacerlo... Acarrea el jarro consigo, dando vueltas a la casa, buscando la ventana del cuarto en que está Perú.

En el camino, para asco de la mayoría, en el vasito se van formando unas pelotitas más o menos cuadradas, pequeñas. Esperen a un rato más a que se coagulen en pedazos aún más grandes.

Perú va a morder las pelotitas-coágulos esperando ver a Chile, cree que no se ha ido a pedir otro caballo, que sigue merodeando cerca, lo presiente.

—¿Patrón? —le llama Josefa, sin retirarse aún.

—Dígame.

Chile, afuera, se va a sentar debajito de la ventana abierta, revolviéndose un poco porque no sabe si espiar visualmente... Acaba por acuclillarse y erguirse lo necesario para poder oír.

Josefa no sabe cómo preguntar... Y se retuerce las manos.

—¿Tenemos que irnos, patrón?

—No, Josefa, ésta es su casa. No tienen porqué irse a ningún lado —le da un sorbo largo a la taza. Cuando le toque algún coágulo, lo va a chupar hasta que se deshaga.

—No, patroncito, no lo dicía por eso... —le mira angustiadita—. ¿Y si nos vienen a matarnos?

—Nadie va a hacerlo, yo estoy aquí, ¿confía en mí?

—Sí, sí confío... —le aclara—, pero dice que no confío, patrón —baja la voz, como hablando sólo para Perú, dándole más impronta a lo que dice—. Ese hombre parece el diablo así todo cubierto de sangre.

—Es un diablo, se lo he dicho muchas veces —Perú sonríe de lado y vuelve a dar un sorbo—. Josefita... Voy a descansar creo, si hay alguna emergencia me llamas.

—¿Emergencia como cuál va a haber? —le asusta, de verdad lo hace—. No me asuste, por favor —le mira compungida—. Le llamo cuando le tenga la cena servida, ¿mejor? —intenta sonreírle.

Afuera, Chile tiene el morro torcido, ¿cómo que "un diablo"? Él es un hombre decenJAJAJAJAte.

—Está bien —Perú deja la bebida a la mitad de bebérsela y se vuelve a acurrucar, agarrando la taza. Como un niño grande, cuidando que no se derrame nada de sangre.

—Si necesita algo, estaré en la casa —le recuerda Josefa, saliendo de la habitación. Chile oye el sonido de la puerta cerrarse, pero aún no se atreve a asomarse. Esperará unos minutos más, para asegurarse que la mujer no vuelva, por una parte, y para que Perú vuelva a dormirse, por la otra.

Perú le dará dos sorbos más a la sangre y dejará la taza en la mesita de noche, acomodará la cabeza en las almohadas y cerrará los ojos. Tratando de relajarse.

Chile aún no se asomará, todo agazapado y con los ojos muy abiertos y los oídos muy atentos, contando el tiempo en sus respiraciones.

Perú se va a remover buscando la postura ideal para dormir, terminará hecho ovillito. Bien apretado.

Diez minutos después, recién entonces... Chile se asoma lo suficiente a la ventana, para explorar precariamente el interior. Perú no hace mucho más que encontrar el sueño.

Chile le mira un momento... Dos minutos después está absolutamente convencido de que está dormido. Así que tapa el jarro con su camisa manchada para que no se llene de moscas. Tiene los brazos hasta el codo manchados con sangre seca, y se nota el contraste con el resto de su piel. Se acomoda el puñal bien en el pantalón... Y se agarra del borde de la ventana, se da un impulso y sube, evitando hacer ruido.

Perú no oye el ruido, sus ganas de dormir son más fuertes, sinceramente.

Chile se queda agarrado del marco de la ventana, como un gato, y baja con cuidado un pie. Al caer, amortigua con las rodillas, y se queda mirando hacia la cama. Debería ponerle una traba a la puerta, pero no lo hace. En su lugar, sabiendo que comete el mismo error dos veces (o sea, que Perú podría irse de querer) se acerca a la mesita de noche. Nadie le oye. Y si le oyen... Perú pensará que se ha caído algo con el viento.

Así que, tranquilamente, Chile toma la taza y se bebe lo que queda, aplastando con la lengua los coágulos. Se relame, sin limpiarse del todo el bigote de sangre que le queda. Está muerto de hambre. Verdaderamente. Traga saliva (ni siquiera sabe de dónde sacar comida, salvo quizá si le saca un tajo a Samanta) y suspira, el estómago le gruñe. Deja la tacita a un lado yyyyy, cómo no, mira alrededor, buscando algo para espiar.

Revisa el bolso (de Perú) donde encuentra su diario... Por costumbre, más que nada, y con la espalda contra la pared lo abre, pasando las páginas. Encontrando una entrada con frases escritas en quechua, con letra refinada, a un borde de la página (como un sello original del diario). Con su firma.

Lo que le sigue son relatos escuetos sobre unas cartas de soldados...

Y ya que no hay apuro... Chile lee. Lee incluso en quechua. En el idioma que le pongan enfrente. Porque, aunque no lo reconozca directamente, está allí para velar al enfermo. En quechua lo que dice es algo parecido a: «mi memoria es frágil, en mi cuerpo puedo hallar las pruebas de estas circunstancias. Nadie podrá hacer el trabajo mejor de lo que lo hago yo, pero se me salen de las manos velar por el sentimiento de cada uno y familia». Las demás páginas están escritas en español.

Al leer eso, Chile frunce el ceño. Pasa las páginas, buscando alguna anotación que le mencione. Quiere saber qué tanto le caló él a Perú en esto, no Bolivia. Bolivia puede irse bien a la mierda con su enamoramiento incestuoso.

«El enemigo perenne, no es Chile, verdaderamente, conocemos quién manipula los hilos de esa marioneta pero no vale la pena luchar frontalmente con él» se lee una referencia a Inglaterra y él.

Y en oooootra página: «¿Podría renacer un pacto con Bolivia? Es algo que ronda, desde que Piérola lo mencionó. Podríamos destriparlo definitivamente. Aunque no son más que especulaciones... ». «Él quiere el control. El poder. Un poder para alguien que no lo logrará por cuenta propia. No sabe cómo».

Ufff... Chile quiere resoplar del odio que siente hacia cualquier mención de otra asociación peruano boliviana. Sencillamente le enferman. Siempre lo han hecho. Aún más si es para joderlo a él.

Perú se remueve en la cama, soltando un «mmmmmduele». Chile deja el diario a un lado y se incorpora. Se acerca a Perú a, primero, tomarle la temperatura. Con su mano toda manchada de sangre seca. El otro sigue su tacto, respirando acompasado.

—Tsk —Chile tiene la mano fría, así que, nuevamente, le toma la temperatura con los labios. La siente mejor que hace un rato, pero aún alta. Perú entreabre los labios y sigue durmiendo. Tiene un rezago de sangre seca en las comisuras de la boca.

Chile respira despacio, para no despertarle... Y le queda mirando los labios al separarse. Se debe retener para no hacer una imbecilidad, y en su lugar le hace un cariño suave en el hombro, porque contra el dolor de sus heridas sanando sólo puede darle algún confort... Pequeño, no olvidemos que siguen en guerra.

Perú levanta un brazo y se le cae por gravedad, como creyendo que iba agarrar algo. Se remueve otra vez. Siente algo a su lado, trata de entreabrir los ojos. El otro se paraliza momentáneamente con ello, pero pasado el susto, sigue acariciándole el hombro... Y la mejilla luego, la frente... Dejando un reguero de polvo de sangre seca en la piel de Perú.

Perú, ante tantas caricias, abre los ojos a medias, tratando de enfocar su mirada.

Chile está inclinado sobre él, con expresión neutra, pensando en sus cosas... Tales como «quizá sí estemos jodidos después de todo».

Perú no puede evitar sonrojarse al notarlo de primer impacto, aprieta la mandíbula, se muerde el labio.

—¿Q-Qué...?

—Pobre de ti que comentes algo —le quita el cabello de la frente, supuéstamente indiferente.

—¿No puedo comentar nada? —le recorre con la mirada, los brazos salpicados de sangre seca, el torso desnudo. Luego cierra los ojos.

—Si tiene que ver con... —conmigo estando aquí—, olvídalo. Comenta. Comenta todo y haré como que te escucho —retira la mano y se las lleva, ambas, a la espalda, para resistir la urgencia de seguir tocando, enderezándose. Así a lo soldado.

—Siéntate en mis piernas, entonces.

—¿Eso es un comentario? —levanta una ceja, mirándole.

—Es una orden —abre los ojos y le mira directo. Se yergue ahí, apoyando mejor la espalda en las almohadas.

—Eh, cuidado —Chile le arregla las almohadas bruscamente, para que no haga fuerzas ni vuelve a abrirse ninguna herida—. Tú sabes que hace mucho que no me mandas, ¿no?

—Siéntate, por favor —lo humiiiiillaaaaan.

—Así dicho... —Chile traga saliva, y se sienta, pero no sobre las piernas de Perú, sino junto a éstas, mirándole de frente—, es aceptable.

Perú baja la mirada.

—Sí, claro —sumiso.

Chile agacha la cabeza, y le pone los dedos de ambas manos en la barbilla, despacio, para hacerle mostrar la mancha de sangre en la comisura de su boca.

—¿Tengo algo? —pregunta sin subir la mirada, sólo dejándose.

—Tienes sangrecita —le pasa el pulgar, pero la mancha no sale por estar seca, incluso llega a ensuciarse más—. Límpiate.

—Limpiame —se acerca unos centímetros más de ese lado.

—Mmm... ¿Seguro?

—Sí.

—Bueno... —algo torpe, Chile se lleva el pulgar a la boca y lo chupa, para limpiárselo... Y luego le pasa a Perú la yema húmeda por la comisura, no se sabe si la mancha sale del todo.

—Gracias —Perú se pasa la lengua igual por los labios, hasta la comisura. Y se aleja. Se limpia también con el dorso de la mano, para que no le quede saliva.

—De nada —Chile se relame en reflejo al verle, pasando a llevar su bigotito de lech... De eso. Le pone una mano sobre las piernas, y frunce el ceño—. ¿Puedo preguntarte algo?

—Sí —quiere tocarle.

Chile se muerde el labio. Realmente tiene más de una pregunta.

—¿De verdad pensaste que no te iba a encontrar? —o más bien, ¿de verdad pensaste que no averiguaría tu paradero, que no iría hasta ti, que te seguiría hasta el fin del mundo para hacerte regresar a mi lado?

—No era la idea que me encontraras, pero siempre me pongo en la peor de las situaciones... Así que no me sorprendió —le pone una mano en la pierna, ahora él, suavemente.

—Ya... —le mira la acción de reojo, pero no le quita la mano—, el peor de los casos. O mejor dicho, el único caso posible —se muerde el labio—. Siempre voy a encontrarte. No importa a dónde intentes huir, ni qué tan lejos pretendas llegar —se le acelera el corazón.

—Ah, te amo —se ríe Perú, con demasiada adrenalina en el cuerpo para soportar. Le aprieta la mano en la pierna y respira algo pesado. Y ese «te amo» le ha salido en un maldito impulso. Luego se quiere morir.

—No se juega con eso —Chile quita su mano y la junta a la otra en su regazo—. No vaya a oírte Bolivia no más.

—¿Qué tiene que ver él? —frunce el ceño.

—Mucho que ver —carraspea, por un nudo en la garganta extraño que se le forma—. Lo suficiente para meterte en esta clase de problemas —le explica, sin mirarle.

—¡Ah, claro! Crees que me lo he tirado —Perú se muerde el labio en medio de una sonrisa. Le acaricia más la pierna y se inclina más para Chile—. Qué sutil.

—No lo pensaba, pero para qué preguntar, si tú mismo lo dices —las orejas se le ponen rojas, nosabemosporquésiésteeselmenosvírgendetodos—. Debería darte un mínimo de asco, por decencia —no escupas al cieeelooo, Chile…

Perú le mira a los ojos y se agacha más, hasta respirarle en los labios... Delinear ahí con su aliento y moverse sólo un poquito.

—¿Decencia? Mira, y yo que ni he admitido nada —se muerde un labio, escrutándole la mirada, ¿de verdad Chile sospecha?—. Sólo verbalizo tus pensamientos.

—No te las des de... —se distrae—, inocente conmigo. No soy tonto. Nadie comete el mismo error con alguien si no —se balancea unos milímetros, hacia Perú y alejándose—, hay algo fuerte allí en medio.

—Algo fuerte —pronuncia Perú como si estuviera a punto de besarle los labios, como una mordida gigante—. ¿Fuerte como lo que sentimos nosotros?

—Sí, así —entrecierra los ojos, ahora sí mirándole (es inevitable que lo haga, como es inevitable que las pupilas le brillen)—. Se quieren tanto como me odian... —gruñe, bajo, como en un ronroneo.

—Qué profundo —Perú enarca una ceja y la cabeza le da vueltas—. Pero... ¿Acaso el aguantaría que entres a su capital? —ahora sí le roza un labio—, ¿por qué a mí y no a él?

—Tú te metiste donde no te llamaban —gruñe Chile, mirándole con rencor—. Tú me obligaste.

—Pero... Gozas haciéndolo —muerde las palabras—. ¿Qué esperas que te diga?

—Nada —se sonríe un poco—. Que aprendas. Que no te metas donde no te llaman —le pone una mano en la cintura, como para abrazarle—. Sabes como soy. ¿Por qué...? —aprieta los dientes, como quien se controla de agarrar a cachetadas a alguien, sus dedos también se aprieta.

Perú jadea contra sus labios ante el abrazo.

—Ésa es una excusa pobre —le sube una mano por el pecho—. Me provocas —gruñe—. Manchado de sangre.

—¿Más que... —movimiento con el mentón, como señalando a una esquina—, Bolivia? —le mira expectante, y no menciona al resto de vecinos de Perú porque no son una constante.

—Eres quien me provoca —él único. No le besa aún, sigue aguantando, mientras busca uno de los pezones de Chile, para acariciarle, sin denotarse desesperado—. ¡Qué chucha me hablas de Bolivia!—para que lo deje fuera de una vez es que utiliza ese lenguaje.

—Cómo voy a ser yo, si ése ha estado allí en medio —geográficamente hablando—. Cómo —esconde el rostro en su cuello.

Perú se queda... Confuso con que se esconda en su cuello. Pero le abraza y cierra los ojos.

—Sólo estamos tú y yo.

—¿Por qué me obligas a hacerte daño? ¿Si sabes cómo soy? —le increpa desde su escondite, sin abrazarle, sólo con la mano en su cintura.

—No quiero que nos hagamos daño —a pesar de eso, le encanta el drama—. No hablemos y dejémonos guiar por el cuerpo.

—No quiero. Si no te hablo y me dejo guiar, acabaré matándote —refriega el rostro contra su cuello, y le aprieta la carne, atrayéndole.

Perú le sube las manos al cabello.

—¿Y qué haremos? —masajea ahí con sus dedos.

—Nada —Chile se deja hacer—. No vales la pena, ni me importas —asevera contra todas las evidencias.

Perú le deja un beso en el cabello.

—¿Y por qué bebía esa taza de sangre? —obviamente diciendo «claro, no te preocupas por mí, pero bien que sacrificas a mi yegua para alimentarme».

—Porque te falta sangre, lo sé porque te presioné la mano —refunfuña—. Y muerto o desmayado no me sirves. Sólo quiero tu salitre.

—No me falta sangre...

—Sí te falta. Y aunque no, aun así, te lo vas a comer todo para ser fuerte —hace el amago de separarse, pero se arrepiente y vuelve a su lugar en Perú—. Prefiero que te sobre la sangre.

Perú sigue acariciándole el cabello, aun cuando trata de separarse.

—¿Te crees mi mamá?

—No, si no te quiero. Lo hago por tu salitre —le agarra el rollito que se forma naturalmente al sentarse.

Perú sonríe de lado.

—Oye...

—¿Mmm? —apenas se despega de su piel, lo suficiente para verle la barbilla.

—Sube más.

—¿Así? —se le acerca más sobre la cama.

—Sube más la carita —le mira a los ojos.

Chile pasea la mirada entre los labios de Perú y sus ojos, y se acomoda para quedar a la altura de su rostro, separándose de su cuello, con gesto algo lánguido porque sabe que esto está mal. Quedan frente a frente.

Perú se muerde el labio y se relame.

—Así... Así —pero no hace nada más que contemplarlo.

Chile entrecierra los ojos otra vez, escudriñando en los ojos de Perú y en su rostro cuáles son sus intenciones. Perú se llena de aire y traga saliva.

—¿Qué... ? —comienza y lo desecha—. Tus ojos.

—¿Qué tienen? —frunce el ceño, y eso que no le ha soltado. Ha bajado su otra mano para sostenerle de la cintura con ambas.

—Son... Profundos —Perú ya no se aguanta y le da un besito, un piquito en los labios.

Chile se tensa, abriendo lo ojos como platos, pero no se quita. Incluso después del piquito, permanece tenso, indeciso entre empujarle y atraerlo.

—¿Y eso?

—¿No acordamos que no habrían preguntas?

Chile se relame.

—Eso lo decidiste tú —se echa más hacia atrás, pero es obvio que no quiere dejarlo ir—. Te advertí. Si me dejo llevar no sé qué más te haría —además de, ya sabes, invadir tu capital y prenderle fuego por error.

—Por favor... No quiero violencia ahorita —pide Perú, tratando de prevenir lo otro. Su voz es... Cansada.

—No sé qué más podría darte en este preciso momento —Chile acaricia a Perú con los pulgares, metiéndose bajo la camisa—. No sé ni por qué me darías otra cosa. Hace poco menos de una hora me estabas pegando —le dice tan plano como puede.

Perú busca darle otro beso en los labios a Chile. Bajando los dedos hasta la hebilla de su pantalón. Chile le queda mirando los labios como si buscase una trampa en ellos, así que Perú mantiene su distancia en cuestión de besos... Pero sigue buscando colar su mano en el pantalón contrario. Sin premura. Igual, sus movimientos se notan indecisos porque Chile está tan… tranquilo. A pesar de que a Chile le provoca que le desvista así. Tanto así, que se muerde el labio, cediendo.

—Tsk —suelta antes de besarle.

Perú le sigue el beso, tan tranquilito y con la mano tanteando ese lugar. Son besos de puros labios. Y mirada fija en las acciones del otro, por parte de Perú.

Chile mantiene los ojos entrecerrados, vigilante a pesar del beso, y le aprieta la carne esperando que le abra la boca, hace el gesto, raspando suavemente con sus dientes los labios peruanos.

Perú abre la boca al tamaño que quiera Chile, debido a las cosquillitas con los dientes que le genera, comienza a apretarle Chiloé y los dedos le comienzan a sudar encima de la prenda.

—¡Nh! —se queja Chile, los ojos se le cierran otro poco. Se da su tiempo en besar a Perú, lo mejor que puede y sabe... Le busca su lengua, y sus manos, lentamente, pasan de la cintura de Perú a su espalda, ida y vuelta, varias veces. Perú abre la boca y hasta le mete la lengua él también... Si alguien viera este beso tan obsceno y húmedo... Josefa se llevaría un susto porque, primero, no sabe que Chile está allí... Y luego viene lo raro de ver dos hombres besándose.

Chile se inclina hacia adelante, empujando a Perú de a poco... Con una mano que baja a su cadera, para acomodarlo más abajo en la cama y que no se golpee contra la pared.

Perú le jadea en la boca, siguiendo con sus caricias, se abre un poquito de piernas y se deja hacer, resbalándose para que Chile se le trepe. Cosa que el chileno hace, situándose encima suyo a horcajadas, dejándole un momento.

—Sólo... Sólo por hoy, ¿sí? —negocia con Perú y se excusa consigo mismo, con un tono muchísimo más amable y cariñoso del que ha utilizado con Perú en un buen tiempo.

—¿Sólo por hoy qué? —Perú tiene el cerebro en otro lado con el bochorno de sus caricias.

—No importa —le desabotona como quien no quiere la cosa—. Yo me entiendo. Usted, calladito —o Josefa podría entraaar. Perú le jala del cuello para volverle a besar.

Chile le muerde fuerte, como para romperle el labio y Perú también le muerde, va a encontrar alguito de labio para someter. Mientras sus caricias abajo se vuelven más... Rápidas. El chileno gime bajito, en medio de una queja por la mordida... Puede sentir el sabor metálico en sus labios y luego en su lengua.

Perú gruñe en el beso, ondeando un poco las caderas porque... algo crece. Tiene una cordillerita ahí, como la que debe sentir en su mano.

Con cuidado, Chile se recuesta sobre Perú, muy puesto entre sus piernas para no hacerle peso. Y tendrá cuidado, en no ser brusco, en no aplastarlo, en no abrirle las heridas (no aún, no aún).

Perú hace como que le embiste cuando se recuesta más y... Le sube las manos por la espalda, acariciándole con fervor. Le mira con la respiración agitada y las mejillas sonrojadas. Chile le fija los ojos brillantes, le resigue las costillas con las puntas de los dedos, se relame... Y así, de a poco, con cautela, entre besos, le va desvistiendo completo.

—Cuidado con las heriditas —recuerda Perú, estremeciéndose con el toque en las costillas, hasta que queda desnudo y vueeelve a acariciarle a Chile la cordillerita, lánguidamente, como si jugara con ella.

Chile se quita los zapatos a la mala, y patea lejos su pantalón y todo, con la misma vitalidad que le permite pelearse con dos a la vez. Perú se toca en la cama, mirando a Chile hacer, se muerde el labio cuando queda sin pantalones. Le gustan sus piernas laaaaargas y delgadas. Se ven bastante delicadas para ser de hombre. Chile se baja los calzoncillos (largos) con un obvio sonrojo que le rompe la expresión segura y dominante, arrodillado en la cama, entre las piernas de Perú.

Perú le nota el sonrojo y sonríe ampliamente.

—Flaquito.

—Cállate —se los baja hasta las rodillas, dejando ver su pene, el vello a partir de las ingles y las costras (cortesía de Perú) en sus piernas.

—Qué rico —Perú no se calla por lo visto y se acaricia más descaradamente, muy feliz ahí. Está de más decirlo—. Ven, ven.

—Mmm —gruñe Chile bajito, pero se le va encima, apoyándose con sus puños en la cama y los brazos rojos tensos. La región vital forma una curvatura—. Shhh... Silencio te digo.

Perú gime cuando se le viene encima, muy excitado.

—Mierda, ¿por qué siempre quieres que me calle? —agradado y molesto a la vez. Le gusta que le manden un poquito.

—Porque no te voy a escuchar —mentira, porque le avergüenza. Le mira desde arriba—. Quítamelos.

—Ah, sordo eres —dándose cuenta de su fatal mentira—. Te los quito, papacito —baja sus manos y, la cabeza para ello, agarra la prenda como si fuera un trapo. De los dos lado y la baja, lentamente—. Mmmm...

Chile levanta las rodillas para dejar que se lo quite, aprovechando de treparse más en él. Sentándose sobre su pelvis después.

—Bueno, ya. Es que no quiero que venga la señora —se inventa oootra excusa. Perú sube la boca al cuello de Chile y gime contra su piel.

—Hazme lo que quieras, ahorita, te deseo sólo a ti —aprieta los calzoncillos, que ya se soltaron del cuerpo de Chile, en su mano. Luego se deshace de ellos, tirándolos lejos. Chile bufa, buscándole la región vital a Perú, y bombeándola luego.

—¿Puedo hacer que te rindas? —le pregunta, retórico. Hace un movimiento más largo y lento.

—A-Ahhh... ¡No! —esto parece un juego. Le riega a Chile besos cariñosos por el cuello.

—Dijiste que hiciera lo que quisiera contigo —estira el cuello, levantando la barbilla, y suspira con los besos.

—Pero no ese tipo de... —beso—. Cosas —lamidas varias—. me duele ahí, hazlo despacito.

—Ah... —Chile se estremece entero, Chiloé incluido—. ¿Despacito cómo? —le aprieta menos fuerte—. ¿Así? ¿Por qué habría de mmmm? —se muerde la lengua.

Perú le manda un gemido por esa mezcla de sonidos y caricias.

—¿Por qué habrías de qué? —suena a quejido. Doloroso. Doloroso.

—¿De hacerte vaso y darte en el gusto?

Perú parpadea, parpadea.

—¡No quiero que me hagas un vaso! —se ríe, es inevitable.

—Caso, quise decir, vi la taza y... —se chupa el labio, soltándole Lima y volviendo a tomarla de la base—. Me distraes —le acusa.

Perú destroza la risa en un gemido otra vez, que le eriza algunos vellos del antebrazo.

—Mmm... —le muerde fuerte el cuello al chileno. Como si fuera a sacar un pedazo de carne, el otro se queja fuerte, entre dientes, pero se lo aguanta.

—Más —le pide.

Perú cierra los ojos y le chupa ese lugar donde se quedó para volver a darle otra mordida de ésas. Pero esta vez más fuerte. Quiere sacarle sangre. Así que da otras mordidas en ese mismo sitio blandito. Chile gime largo y profundo, y se retuerce, feo, como si quisiera liberarse de la mordida.

—Así... —le halaga cuando vuelve al control de sus movimientos—. Mmm... —se refriega contra Perú, quien gime, sudando por la espalda.

Josefa, desde la cocina, oye algo extraño, un sonido estrangulo, si me entienden.

Perú le muerde otra vez, con más ensañamiento, hasta sacar la tan deseada sangre. Un poquito.

—Así, así —le imita Perú, tras lo que le da lamidas, saboreando el metálico. Su mano vuelve a tomar vida en Chiloé.

Chile siente un placer extraño con las mordidas. No por el daño en sí, sino porque le hacen sentir menos culpable. Como un castigo que sólo él conoce. Es un placer en su conciencia.

—Así, sí, allí. No. La mano no —inconexo, lleva una mano a la de Perú para que deje de tocarle.

Perú baja con besos hasta el hombro de Chile, dejándose llevar por las sensaciones, para morderle ahí. Fuerte, descargando iras, incertidumbres, amargones. Igual sigue moviendo su mano. Es un niño desobediente, se lo he dicho ya. Luego la mandíbula se le cansa, y se aleja de la piel chilena, no le da ni besos ahora. Recuesta otra vez su espalda en las almohadas.

Chile respira agitado, sin quitar su mano de la de Perú, queriendo que, al menos, baje el ritmo o no durará mucho. Que se retiren los besos, en ese aspecto, es un alivio.

—Lento, lento —le suplica con la voz urgida, apretándole la muñeca.

Perú le mira fijamente, medio hechizado con todo Chile encima suyo. El deseo hasta lo hace ver un sex-symbol. El sudor, su pecho, la sangre, la piel irritada por las mordidas que le ha dejado... Baja la velocidad de sus movimientos en Chiloé sólo porque siente el apretoncito en su muñeca. Se relame como un jaguar luego de saciar su sed en el río.

Chile suspira aliviado y sin perder el equilibrio, se lleva una mano atrás, para prepararse a sí mismo. Cuando dijo que sería sólo por hoy, se refería a esto. Sólo por hoy volvería al status quo que tenía con Perú. Mordiéndose el labio, y sonrojado a más no poder, se va introduciendo en sí mismo, con orgullo, como diciendo «esto yo puedo hacerlo y sólo puedes mirar, no tienes ningún control sobre deseo».

—P-Pero...

Perú está confundido, aunque Chile más bien lo hace por ser él el que decide qué, cuándo y cómo, Perú ya se imaginaba sodomizado y eso ya le aterraba (aunque le guste). Trata de llevarle las manos ahí igual, para ayudar.

Chile se sienta, y niega con la cabeza, maligno. Perú traga saliva y duda en verbalizar todo, pero...

—Deja que te ayudo —se inclina a darle un besito en el esternón.

—Puedo solo, gracias —dice Chile, bien marcado—. Tú recuéstate.

Perú se siente ofendido con eso (el que no le crea capaz) y niega con la cabeza, ahora sí, un poco más tosco... Le busca meter un dedo. Apretando los dientes. Chile se asegura muy bien de estar sentado y tapando cualquier acceso.

—Yo decido, cholito —sonríe de medio lado.

Perú observa cada centímetro de esa sonrisa, pero igual... Busca, hace fuerza en sus piernas y eleva un poco a Chile.

—Yo decido todo.

—¡Eh! —medio tambaleante, se afirma de las rodillas de Perú. Entonces ahí éste último aprovecha para meterle los dedos, pero con lo mucho que se retuerce Chile para evitarlo y no dejarse… caen aparatosamente de la cama, sobre la espalda de Perú, y Chile de inmediato reacciona levantándose (con el dolor en sus rodillas retumbándole aún).

—Au, mierda —aprieta los ojos, el peruano—. ¡Mira lo que haces!

Josefa frunce el ceño ante esos ruidos. Pero afuera hay un caballo muerto y alguien debe faenarlo antes de que se pierda, ¿no? Así que sigue afilando el cuchillo.

—¿Yo? Tú no me hiciste caso —Chile se arrodilla a su lado para revisarle, pasa un dedo con cuidado por las costras. Si les preocupa... Un dedo de la otra mano.

Perú le agarra de la nuca y le atrae para un beso forzado. Chile se opone, pero acaba por dejarle o le romperá el cuello. Abre la boca, recibiendo el beso al fin, y la cabeza se le vaaaa. Perú le agrega lengua y mordidas en general, bajando sus dedos... ya que Chile ya no tiene nada ahí. Todo lo cual contribuye a que el chileno pierda otro poco la cabeza y jadee allí, con las rodillas lastimadas en el suelo duro.

—La —suspira—, cama, P...

Perú gime a cada sonido que hace el cuerpo de Chile. Sin contestar.

—¿No crees que te lo mereces?

—Es por ti —le susurra sobre los labios—. ¿Te duele? —le besa, cerrando los ojos.

Perú no puede evitar sonreír estúpidamente y excitarse más con esa frase que se le antoja súúúper adorable. No contesta por el beso durante unos segundos, se lo está devolviendo con lentitud, mirándole cerrar los ojos.

Sigue con sus dedos.

—Sí, por eso quiero que estemos aquí —porque es doloroso para ambos.

—Eres bien tonto tú —le entierra una mano en el cabello, en una pésima posición—. Sube. Hazlo o te pego.

Pero Perú no le hace caso y lo que hace es jugar con Lima a... Acariciar Santiago.

Chile se hace para atrás con eso, y hace el amago de levantarse.

—Vamos, arriba. Luego no vamos a poder.

Perú resopla y cede, sacándole los dedos.

—Espera —le pide Chile, abre la boca al sentirle salir. Y le odia un poco por eso y también por haberlos metido en primer lugar.

—Ya, apura. Que se me van a ir las ganas —contesta Perú, levantándose todo lo que puede con Chile encima, quien se tambalea, afirmándose del suelo.

—Te quiero acostado —le avisa el chileno, incorporándose.

—Y yo te hago caso... —sarcástico, igual Perú se levanta y se tira a la cama. De cara. Y trata de darse la vuelta, perezosamente, hasta quedar barriga al cielo, pero Chile le retiene del hombro cuando se está dando la vuelta, haciendo presión para que se quede quieto y bocabajo. Perú levanta la colita, con una sonrisita.

—¿Quién te crees que eres? —Chile acaricia la baja espalda de Perú, camino a ya saben dónde (no a Lima)—. ¿Para andarme haciendo eso?

—Mmmm... Perú, soy el Virreinato del Perú —ugh—. Soy también... Hijo del dios Sol.

Chile rueda los ojos, y presiona contra la piel.

—Ya no —le dice seco. Perú jadea y se relame los labios.

—¿No? —mueve en un círculo el culo.

—No. De hecho, no eres ni la sombra —presiona más, enterrándose (lento, aunque no lo crean)—. ¿Te mueves porque te gusta?

Perú hace un sonido extraño desde el fondo de la garganta, pero aprieta los dientes para que no salga... Mientras siente que se le entierran no puede evitar abrir los labios y soltar un gemido.

—Mmmsí, sí... Aunque —suelta una risa media extraña, se confunde con un jadeo—. No sé cuánto disfrute de... Esa... Cosita. Tan chiquita.

Chile se queda sin contestación ante eso. Los colores se le suben y empuja otro poco.

—Ya me estás hablando de Bolivia nuevamente —gruñe, por desviar el significado (y de paso, insultar a Bolivia). Curva el dedo, tanteando.

—No, él sí la tiene grande —comenta Perú, por joder, pero sin reírse para que sea más creíble—. No me hagas acordar que me voy a correr rapidísimo —traga saliva y vuelve a soltar un «mmnnn» por su dedo.

—No me hagas ser cruel —Chile continúa moviendo, todo el rato, probando el músculo—. Y ahora mismo podría serlo, así que piénsalo un poco.

—Yo creo que ya está —indica Perú, ignorando la advertencia de Chile—. Ya hazlo —manda. Se muerde los labios.

—Aún no —empuja otro dedo, despacio—, ¿ves? Si te metiera lo otro... Tienes que calcular un ancho mayor —cómo arruinar el momento, una guía escrita por Chile. Junto a esa excusa yace el «te jodes, porque yo decido».

Sólo se oyen esos sonidos que Perú suelta, quejidos y jadeos. Chile se tarda un rato más, y no dice nada sobre Santiago doliéndole, o sobre que esto no era lo que se esperaba en un principio. Ni siquiera le advierte a Perú cuando saca los dedos y se sube a la cama.

—Oye... C-Cierto...

—¿Mmm? —le besa la espalda.

—Tú no tendrías que estar ahí —agitado.

—¿Por? —acomoda las rodillas a los lados de sus caderas, y se las aprieta con aquellas.

Perú siente un tirón en el estómago cuando le aprieta con las rodillas.

—E-Ese... Es mi lugar.

—Hay tantas cosas a las que podría responderte que ya no —le queda mirando los moretones—. ¿Quieres una lista escrita?

—Dímelas...

—Ufff, son tantas —le sale la voz pesada, poniendo a Chiloé entre las nalgas de Perú, para frotarlo allí. No menciona que pensaba darle ese lugar, pero que ante su osadía había cambiado de idea—. No terminaría nunca. Ya no eres mi jefe, ésa va primera.

A Perú no le gusta por completo lo que Chile le hace seguido de eso, tampoco le desagrada, pero se lo aguanta y sólo esperemos que alguien lo haya dejado descansar por fin, cuando Chile escape después. Josefa no hará preguntas, pero sentirá un ambiente raro al regresar a la habitación para darle una dosis más de ñachi a Perú, ni tampoco las hará cuando alguien corra la voz de que es peligroso tener a un chileno entre ellos sin que estén armados.


Aquí acaba la que considero nuestra mejor historia a la fecha.

Esperamos que la hayan disfrutado en su totalidad,

tanto como la disfrutamos nosotras. ~G.