Capítulo 3
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Habían pasado tan solo unas semanas y ya deseaba que Mandos la fuera buscar ¿Por qué? ¿Por qué los Dioses le habían abandonado?
Cerró los ojos todo lo que pudo mientras apretaba los dientes respirando agitadamente, estaba suspendida de las muñecas con cuerdas de espino, la cabeza caía hacía adelante mientras su cuerpo se balanceaba de un lado a otro; los latigazos caían uno tras otro en su sangrante espalda, muslos y pantorrillas.
Cada ramalazo de dolor, la impulsaba cada vez más a la inconciencia. Hermosa inconciencia, era lo único que esperaba de cada una de esas visitas de aquellos asquerosos y sangrientos seres. La inconciencia y hasta la muerte eran bienvenidas. ¿Por qué no moría?
— ¡Grita pequeño esperpento!- otro ramalazo le pegó en el hombro y ella se sacudió con un sollozo sofocado.- la hermosa raza, la perfecta raza... ¿Qué hermoso hay en este cuerpo inmundo y desprovisto de dignidad?
Las risas la inquietaron y más lágrimas comenzaron a caer por sus ojos. ¿Cómo podían haber sido creados seres tan crueles? ¿Por qué Eru había permitido tal cosa?
— ¡Grita!- rió Scromch.
Pero gritar no le había servido de nada los últimos veinte minutos, y su garganta la tenía irritada y le dolía hasta tragar. Las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas y su rostro compungido se ocultaba entre sus brazos sangrantes.
Un leve gemido le llamó la atención sobre las risas histéricas de los orcos. Observó solo con un ojo cómo la otra elfa, entre las oscuras profundidades de aquella cueva estaba siendo estirada sobre una cama de filosos espinos. Sus manos y piernas eran estiradas cada pocos minutos y las espinas se enterraban sin piedad y rastrillaban la piel. Un gemido de dolor y desesperación salió de su garganta y los orcos rieron con más ganas mientras horrorizada, escuchaba un grito de agonía: una de las cuerda se tensó demasiado y los pies se mal formaron.
Dejó de respirar de horror. Aquella elfa, además del gemido no pronunció más ruido, como si fuera normal que sus pies no estuvieran en su lugar como debiera.
— Por favor- gritó llorosa. Su voz sonó ronca y llena de suplica y dos nuevos latigazos le pegaron en la cadera y en el muslo.
— ¡Silencio!
— Ya me he aburrido, traed el látigo de tres picos.
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El silencio de la celda era una de las pocas cosas que le alegraban desde su confinamiento. Pero el silencio ahora no era mucho, cuando había traído a esta nueva chica junto a su celda. Observó de reojo a la niña, tirada de estómago, incapaz de moverse por la espalda, muslos y pantorrillas hecha añicos por los latigazos recibidos. Había sido una bendición que se hubiera desmayado al recibir el primer golpe del látigo de tres picos, porque no le quedaría piel en la espalda si hubiera recibido más de uno.
La observó solo un momento, para sentir una leve angustia en su garganta y entrecerró el cejo. Ella nunca se había sentido pena por nadie y esa niña no iba a ser la primera. Gruñendo débilmente por su extraña debilidad, se sentó sobre sus piernas en que los arañazos ya se estaban sanando, las espinas estaban siendo expulsadas una a una mientras su sangre las iba rechazando como agentes extraños. Tomó el pie dislocado y amoratado, mientras se llevaba una de las mantas a la boca cerró los ojos y se lo acomodó con dos movimientos, el dolor le hizo ver un relámpago blanco, pero luego el malestar empezó a ceder. Movió los dedos uno a uno, esperando que no haber perdido el funcionamiento de alguno de ellos.
Más calmada volvió la vista a la chiquilla quien se había quedado en silencio. Su rostro estaba hacía su dirección pero su cabello que antes había sido rubio, ahora estaba opaco y sucio, enmarañado y gran parte pegoteado por la sangre reseca le cubría el rostro.
¿De dónde habría salido?... bueno, no era asunto suyo, era mejor, y había aprendido, que encariñarse con alguien o algo, sólo hacía sufrir a la hora de la despedida.
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Habían pasado diecisiete desoladores días. Tantos desde que su pequeña hermana desapareciera. . . ¿Qué destino le había deparado?
Habían llegado al amanecer a las tierras de Lothloriel, la hermosa tierra de la Gran Dama de Luz. Habían sido recibidos en las limes, y sido llevados por el largo camino hacia el asentamiento.
El cansancio de su cuerpo pareció mitigar un poco cuando los rayos de luz que se filtraba entre los grandes árboles plateados tocaron su cuerpo, a su buen corcel. Algunos elfos salieron a su encuentro, llevándoles comida y agua, con palabras de aliento y cariño.
A los pocos minutos, la mismísima dama Blanca estuvo frente a él, y su siempre tranquilo esposo a su lado. Lord Celeborn.
— ¡Bienvenidos, mis queridos viajeros del Bosque!- anunció Galadriel mientras abría sus manos y ellos dejaron que sus agarrotados músculos por el viaje se destensaran y se aletargaran bajo la calidez que todo allí emitía.- mi querido Legolas - susurró ésta luego, tendiéndole una mano para que se acercara.
Él avanzó un par de pasos y se inclinó levemente en una reverencia. Sintió de pronto el peso en su corazón, más que nunca, un dolor punzante. No se avergonzó de sus ojos brillosos cuando se volvió a levantar y miró los claros ojos de la Galadriel.
— Debes ser fuerte, hijo de Mirtwood. Debes ser muy fuerte.
— La pena me aqueja - susurró con la voz contraída- mi seler
— Lo sé, hijo de Thranduil... pero descansad. Descansad y velad por la seguridad de vuestra seler... si crees en ellos, los Valar te acompañaran en tu recorrido, esta noche, yo te ayudare.
Y con esas tranquilizadoras palabras, Belian, Eris, y sus demás hombres fueron llevados a reconfortantes habitaciones para descansar un poco.
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Sabía que ella no dormía, porque había aprendido en todos esos días, que cuando dormía, su respiración era lenta y pausada, ahora, aquella elfa, simplemente estaba allí, intentando sanar. La escuchaba murmurar pero no sabía exactamente qué.
— No me has dicho tu nombre- comentó de pronto mientras se estiraba un poco y detrás de un par de rocas retiraba su bolso, aquellos que los orcos no le habían quitado y sacaba una reluciente, larga y plateada flauta con dos cintas de terciopelo en una esquina.
— Nissa- susurró está ovillándose más si podía sobre la fría roca. Su voz sonaba como la de ella, sin esperanzas, sin más destino que el dolor.
¿Cuantos días habían sido llevadas para ser torturadas?, ella llevaba meses allí, y aun tenía un poco de energía ya que su otro yo no le permitía flaquear, pero aquella niña, ¿Cuánto duraría? No mucho por lo que veía.
— Nissa ¿Cuánto?- preguntó acomodándose en la roca. Ya no había espinas que le prohibieran acomodarse.
Sus músculos se tensaron de pronto, su sangre se fue calentando, respiró profundo. Había tenido que hacerlo muchas veces, siempre quería salir luego de ser torturada. Los orcos se entretenían de dos formas con ella, torturándola hasta que su cuerpo comenzara a mutar y oprimiéndolo hasta el descontrol, o simplemente torturándola para pasar el rato. Ellos sabían que no era tan resistente, que como cualquier ser, podría simplemente morir por sus maltratos. Cosa, que obviamente, aquellos seres, no querían.
— Solo Nissa- susurró con la voz comprimida. No la escuchó, pero lo sabía, ella estaba llorando una vez más.
Respiró profundo y dejó que la música fluyera por todos los pasillos de aquellas mazmorras, por todas las cuevas, por todo su cuerpo, por toda su alma. Sus entonaciones sonaron cada vez más tristes pero siempre llevadas con gran dominio de técnica. Cerró los ojos mientras su cuerpo se destensaba, su sangre se enfriaba, su dragón se calmaba y dormía... dormiría por unos días, o simplemente hasta que una nueva tanda de golpes lo hicieran despertar.
Escuchó el susurró, y su flauta vibró en sus dedos, de pronto el susurró se hizo más fuerte y melodioso. Se dejó llevar por la música y el canto de Nissa.
La chiquilla tenía la voz de los dioses. Y su dragón extrañamente, pareció, además de dormir, sentirse muy gratificado por aquella voz que se mezclaba con su música.
Como hacía mucho no había logrado, sintió un extraño confort en su cuerpo mientras la voz suave y llena de sentimiento de Nissa se mezclaba con su cansada alma.
Como no había logrado en meses, su cuerpo y alma descansaron un poco menos cargado.
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Se levantó con cuidado mientras veía llegar a la Dama Blanca a su lado. Galadriel tenía la mirada fija en el camino y su andar, como si flotaran sobre las hojas a su pies le hizo una venía que le pedía su compañía. Él caminó dos pasos más atrás, mientras andaban, todo parecía alumbrarse a su andar.
— Tu hermana está viva, Legolas- susurró luego de diez minutos de camino. Él sintió que su pecho se hinchaba de alivio y felicidad, una arrolladora esperanza le infundó ánimos- pero no debes tener esperanzas de que siga igual.
Un extraño golpe lo dejó sin aire.
— ¿Dama?
— Las estrellas han hablado, pero, tienes que tener esperanza que tu hermana estará bien, que el destino la ha llevado donde madurará y verá su vida no como una condena. Que estará acompañada de un gran dolor, pero que, de un modo y otro, ella debe aprender a superar, y es algo, querido hijo de Thranduil que no podrán proteger, es algo que ella superará con la debida compañía.
Él dejó escapar un pequeño suspiro de dolor. No era muy agradable pensar en su hermana sufriendo, pero, ¿Qué podía hacer él? No estaba para protegerla, no había nadie para hacerlo. ¿Cómo podría ayudar a su pequeña hermana?...
— Debes ser fuerte, Legolas. Y cuando la vuelvas a ver... verás, que las cosas que ella cree no serán tan malas como los demás lo vean. Y deberás confiar en ella.
La Dama llegó a su talan, y se volvió hacía él con una triste sonrisa.
— Ve a la tierra de los hombres, y cuida a tu pueblo como lo han hecho tus ancestros, cuando el destino de tu hermana y el tuyo vuelvan a unirse, un gran cambio habrá para ambos.
Él asintió con el corazón un poco más vivo, pero a la vez, ingratamente pesado.
— Descansad cuanto queráis, aquí siempre seréis bienvenidos. Cuando volvías a la marcha, nos despediremos con buenaventura de ustedes. Pero por mientras... solo descansad vuestras pesadas almas.
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Veintitrés días… o algo así.
Se llevó las quemadas manos hacía un cuenco de agua que había logrado capturar de una gotera en la parte lejana de su cueva. Habían sido recién traídas, un poco menos magulladas, ya que uno de los orcos había llegado presuroso: habían visto en la lejanía movimiento, así que no habían logrado darle toda la sección de tortura que habían esperado.
Escuchó un leve crujido y miró a Lyandel que se acaba de arreglar una muñeca. Uno de los orcos se la había tirado hacía atrás hasta zafarla. La joven abrió los ojos mientras movía lentamente cada uno de sus dedos. Ella volvió a meter las manos en los cuencos y soltó un leve gemido de dolor. Le habían puesto las manos sobre una cacerola con agua hirviendo, dejando que el vapor le fuera quemando.
— ¿Vez ese musgo café que tienes detrás?- comentó Lyandel mientras le veía moverse dentro de celda. Ella asintió al verlo.- sácalo y frótalo entre tus manos, es un poco hediondo y pica como los demonios, pero así sanará más rápido y dolerá menos.
— ¿En serio?- preguntó con la voz compungida. Lyandel no le contestó. Ironía: como si le fuera a mentir, ridículo, ¿Qué sacaba con ello?
Se inclinó y con un poco de dolor logro sacar el musgo que se desprendió con facilidad.
Al empezar a frotarlo por sus adoloridos dedos, notó la picazón y el rancio olor a algo descompuesto. Pero además de la picazón notó disminuir el dolor en su piel. Y mientras tomaba su ajada manta y la ponía más cerca de las rejas y se ovillaba allí, miró a Lyandel, de la cual solo se percibía un destello rojizo, que no lograba vislumbrar bien.
— Gracias- susurró, y se quedo dormida, mientras la suave música acariciaba sus sueños. Aquella flauta, emitía la música de los dioses.
Había perdido la cuenta de los días, pero ¿Qué importaba?
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Pasaron solo unos cuantos días más en Lorien esperando noticias para el futuro e incierto viaje que tenían delante. Su padre les había enviado noticias: aún no se sabía nada de Nissa, y les pedía que viajaran a Minas Tirith para poner al corriente al rey Elessar de las constantes venidas de los Ruronianos hacía las Tierras Pardas, y de paso poner al corriente a Aragorn de la desapareció de su hermana y la ayuda que necesitaban para su búsqueda.
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Se convulsionó mientras su uñas se enterraban en el suelo. Una a una las varillas calientes se estrellaron en sus piernas, glúteos y espalda. Sus ojos llenos de lágrimas y su boca estaban sangrantes por la serie de golpes que había recibido hacía tan pocos días.
Cuando la dejaron en paz y fueron a reírse del nuevo método de quebrar dedos que había logrado recrear para Lyandel ella se ovilló llorando pidiéndole a Mandos que la dejara ir, que por favor… se la llevara.
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Nissa le miraba desde la cueva del frente, estaba boca abajo temblando y con sus ojos grises puestos en Lyandel, que terminaba de acomodarse los dedos luego de que los orcos hubieran estado toda la sesión de aquel día intentando encontrar una nueva e innovadora manera de romperle los dedos sin lacerar la piel.
Toda una entretención para los bastardos.
No podría tocar la flauta aquel día con sus dedos rotos, así que solo cerró los ojos.
— Ya no hay luz en mí - escucho a Nissa susurrar.
La luz de los elfos, aquel vínculo con lo infinito, con las estrellas.
Ella también lo había perdido hacía mucho, mucho tiempo. Y cuando así había sido, cuando se había apagado toda en ella, la esperanza de salir de allí, de ser normal, de viajar a los Puertos Grises se había desvanecido por completo.
La escuchó llorar, pero no era un sollozo por la espalda inflamada por los cortes y quemaduras, no, era por la triste estancia de estar allí, era una tristeza interior que dolía hasta a ella misma.
No había un futuro cierto para ellas, no si seguían allí.
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Dejaron la guardia en Lorien y emprendieron el viaje a Minas Tirith. Belian había estado sumamente preocupado por su primo, Eris, quien no estaba dado a los largos viajes en caballo y mucho menos a no tener un descanso apropiado, pero él veía a la vez que todo ese esfuerzo, ni una queja, y el agotamiento desmedido en silencio eran solo por su hermana, y lo agradecía.
Cuando llegaran donde Aragorn, tomaría otras decisiones, pero por ahora, la compañía de los chicos eran un bienestar preciado.
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Lyandel cerró los ojos y dejó que el dolor circulara en paz por sus miembros. Los orcos tenían la costumbre de dislocarla como si verla desarmada fuera la mejor de las entretenciones. Siempre de una u otra forma alguna pieza de ella terminaba malformada o en el peor de los casos, rota. Pero jamás amputada, lo que agradecía en silencio.
Y ahora mientras el soporte se iba hundiendo cada más en ella, apretando sus costillas e interrumpiendo el aire a sus pulmones, solo en el encierro mental de su mente esperaba que terminara pronto. Que todo terminara pronto.
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Escuchó a Nissa removerse y se preguntó si las heridas abiertas por los cuchillos aun le sangraban o no, pero cuando ésta se levantó y se acercó a su reja, ella abrió un ojo. En la oscuridad cerrada pudo notar como su cabello ennegrecido y sucio de tierra y sangre era lo único palpable.
— ¿Podrías contarme de Rivendel?
— ...
— Mi hermano solía contarme de las hermosas cascadas y la casa del Lord, y su hija Arwen ahora reina de los hombres. ¿La conociste? ¿Era tan hermosa como cuentas las historias?
— ...
La escuchó soltar un suspiro resignado –tal vez creyéndola dormida- y la vio desvanecerse en el sueño tan rápido que le asombró. ¿Estaría apagándose ya?... si era así, sería lo mejor...
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Tanto Lyandel como Nissa esperaban ansiosas en cada ocasión que la garganta de la primera sanara para que pudiese ponerse a tocar. El sonido de la flauta les consolaba enormemente. Incluso a veces, cuando su estado físico y emocional se lo permitía, Nissa le acompañaba con su voz.
— No lo hagas -Escuchó Lyandel en su cabeza una voz como de susurro, cuando iba a tomar el instrumento. Al principio lo atribuyó a su imaginación.
— El encierro debe estar afectando al fin mi cabeza.
— ¿Has dicho algo? -preguntó Nissa extrañada.
— Tan sólo creí. . . - hizo un nuevo ademán de tomar la flauta, colocó la boquilla en sus labios, y a punto estaba de soplar cuando escuchó aquella voz hablarle de nuevo.
— Hoy no... -Lyandel lanzó un corto gemido de sorpresa. Una extraña fuerza le hizo bajar las manos suavemente hasta su regazo.- Hija de Itanar, es menester que hoy te guardes...
Tras escuchar otra vez entendió que no se trataba de una sola voz.
— ¿Quién eres? – realizó la pregunta al aire, sin pensar verdaderamente que le sería respondida.
— Somos quienes les protegen... - no podía estar segura, pero en su interior tuvo la sensación de que eran los mismos valars quienes le habían hablado. Apoyó la espalda en la pared, cerró los ojos y se concentró en el caótico sentimiento de su interior.
— ¿Qué te sucede? -preguntó Nissa preocupada.
— ¿No has escuchado nada?
— Solamente tus murmullos.
— Duerme Nissa. Hoy no voy a tocar, ni tú tampoco debes cantar -el frío semblante de Lyandel se había tornado grave.
A Nissa no le gustaba nada el verse privada del acariciante sonido de la flauta, pero dudaba que a Lyandel le agradase más que a ella, así que simplemente se resignó; sin embargo, no iba a quedarse sentada haciendo la terrible espera más larga. Dobló el brazo para apoyarse en él como almohada, y se entregó al sueño, aunque no inmediatamente. Había logrado acostumbrarse un poco a esa clase de oscuridad sofocante que reinaba bajo la tierra, no obstante, dudaba que pudiera hacerlo completamente algún día. Al menos ya no sentía la garganta cerrada.
Volteó a mirar a Lyandel y le encontró tan serena como solía estarlo siempre ¿Cómo es que el encierro no le afectaba tanto como a ella misma? Probablemente tenía algo que ver con el hecho de que no pudiese sentir la luz que emanaba de su cuerpo, con su extraño ojo y todo eso podría también tener relación con el incidente de Lord Glorfindel. Deseaba con todas sus fuerzas preguntarle, sin embargo, si ella no le había revelado su pasado ¿Qué derecho tenía de preguntarle a Lyandel el suyo? Era imposible que se tratasen de recuerdos gratos. Mientras pensaba así comenzó a dormitar.
El estruendo de pisadas bajar por las escaleras le despertó de sobresalto. La angustia le apretó el pecho. Ya no podía decir que se tratase de miedo, pues el miedo se aplica a lo desconocido, y para Nissa el dolor ya no era un desconocido.
Escuchó Nissa las risas de los orcos. Parecían más agitadas de lo normal, lo cual no podía significar nada bueno para ellas. Volteó a ver a Lyandel, cuyo semblante se miraba sumamente perturbado; temblaba, y sus puños se cerraban fuertemente, como queriendo contener unas ansias muy fuertes. Iba a preguntarle que le sucedía, pero al momento aparecieron los orcos y se pusieron a dar gritos y golpes en su celda.
— ¡Adivina qué elfa! El jefe ha traído un nuevo juguetito muy divertido ¡Esta noche será muy divertida!
Les sacaron de sus celdas tan violentamente como acostumbraban. Al subir, Nissa advirtió asustada que el temblor en el cuerpo de Lyandel había incrementado. Una sensación extraña se dio paso en su estómago.
Una vez se encontraron en el cuarto acostumbrado, a Nissa le tomaron de las manos y le ataron a su poste, a Lyandel le sujetaban mientras dos de los orcos se dedicaban a ajustar el complicado sistema de poleas de cables de plata de una maquina que hasta ayer no habían visto.
— ¡Ey, Krom, espera! -Siseó uno de ellos con voz de serpiente.- Está muy agitada, y para ponérselo necesitamos quitarle el mithril. . .
— ¡Calla y quítale los grilletes! Tengo muchas ganas de jugar algo nuevo. Sólo será un momento mientras se los ponemos otra vez ¡Ponle la espada al cuello y hazlo de una vez!
Así lo hicieron, pero ni la espada ni todos los demás orcos pudieron hacer nada. El espíritu de la bestia había esperado demasiado tiempo, y Lyandel a duras penas le podía contener. En cuanto se vio liberada dio rienda suelta al caos de su interior.
Le vio Nissa y se paralizó de miedo. Ambos ojos de Lyandel se tornaron rojos, sus manos garras, su piel escamas negras, su cuerpo aumentó unas veinte veces hasta convertirse en el de un dragón negro. Lanzó un rugido al aire e incineró a todos los orcos que ahora corrían despavoridos por los pasillos de las cuevas. Con sus garras y cola destruyó todo el oscuro instrumental de la habitación. Todas las trampillas y artilugios quedaron regados por el piso, reducidos a simples astillas, y cuando al fin la criatura pareció advertir la presencia de la princesa, se volvió hacia ella, y enseñando los colmillos de su hocico rugió tan alto que por un momento escuchó Nissa solamente el piar de sus oídos. Después del ensordecedor rugido el dragón se le quedó mirando.
Sentía Nissa su cuerpo lívido, las mejillas y los ojos mojados sacudirle por completo. Jamás en su vida había sentido un terror igual. No podía advertir, que si el dragón le miraba fijamente era porque Lyandel había recobrado por un momento la cordura y el control de su mente. Salió Lyandel reptando hasta las celdas para buscar su flauta y su broche. Tiempo en el que Nissa despertó y buscó con desespero desatarse de las cuerdas que le tenían atada, pero el rato que le tomó a Lyandel regresar no fue mayor a unos segundos.
Levantó Lyandel una garra hacia ella, lo hizo pausadamente. Nissa cerró los ojos pensando que su hora de morir había llegado, pero la zarpa no le golpeó, tan sólo rompió las cuerdas con su punta afilada. Cayó Nissa de rodillas sin fuerzas para levantarse, se las había consumido el miedo. Con la mano que no llevaba empuñada le tomó Lyandel suavemente de la cintura, abrió sus poderosas alas y se alzó en vuelo atravesando el techo de piedra con suma facilidad.
Al verse atrapada de esa forma lanzó Nissa un grito y trató de safarse pataleando, pero la garra, aunque no le lastimaba, se cerraba en torno a su cuerpo poderosamente. Tras un rato de forcejeo se quedó por fin quieta. Lyandel lo advirtió y pensó que debía de ser muy incómodo colgar de esa manera, así que le subió para que se acomodara en su lomo. Para Nissa fue como sentarse en una plataforma hecha de reluciente metal negro. De haber sido más temprano el reflejo del sol sobre las escamas podría haberle encandilado, pero tras el horizonte se dibujaban unas últimas líneas de color rojo. No podía hacer nada por el momento, así que simplemente se dedicó a resguardar la cabeza entre los brazos y a agarrarse fuertemente de entre los huecos de las escamas para evitar caerse.
Al fin, tras lo que parecieron horas Lyandel comenzó a descender hasta internarse en el bosque; volvió a tomar a Nissa de la cintura, la depositó suavemente en el suelo y a pocos metros se tendió en el suelo; luego se encogió hasta volver a ser de nuevo Lyandel. Su figura por completo desnuda, a su lado la bolsa en que guardaba sus tesoros.
El cantó de los pájaros fue lo primero que percibió a su alrededor, luego el aire en su rostro, las últimas luces de la tarde, los árboles cantando a su alrededor. Tan sólo hasta entonces comprendió que ya no estaba dentro de las cuevas. Se sintió viva. Como si hubiera estado muerta y el mundo le regalase la vida otra vez. Se rió, lloró, besó el césped, cada árbol, gritó de júbilo y, se echó a correr tan torpemente como sus piernas le permitieron. Aún no se recuperaba de una fea herida en sus pies, pero el dolor era nada comparado con la felicidad de su interior. Jamás la creación pareció le más hermosa.
En medio de su carrera pasó por su cabeza la imagen de Lyandel tendida en el suelo. Paró, y entonces cayó en la cuenta de que no tenía la menor idea de dónde estaba, qué hacer o a dónde dirigirse.
No sentía temor ni nada parecido; ni siquiera el vencido señor de Mordor hubiese podido opacar con su repentina llegada la dicha que su corazón desbordaba. Oyó a Lyandel despertar, levantarse y dirigirse a un afluente de agua donde al parecer el bosque se quebraba y daba origen a una pequeña cascada. Deshizo sus pasos. Le alcanzó cuando apenas iba metiendo los pies en el agua. Al verle, Nissa se llevó las manos a la boca del asombro.
Era la primera vez que veía a Lyandel con claridad. La luz de la luna le iluminaba la piel de mármol manchada de sangre seca; era un espectáculo verdaderamente lamentable la cantidad de cicatrices que cubrían su cuerpo por entero. Marcas imborrables de su experiencia en las cuevas.
Se sentó Lyandel en una gran piedra bajo el chorro de agua, se abrazó las piernas y medio escondió el rostro, dejando a la vista el luminoso ojo carmesí.
Nissa se sintió muy sucia de pronto. Advirtió lo mugrosa que estaba. Casi rompió a reír al mirar lo que quedaba de su vestido. Sin sentir vergüenza en ningún momento se quitó el trapo que llevaba encima y se adentró en el agua ella también. Estaba fría, pero a ella le supo deliciosa. Se sentó junto a Lyandel, con sus manos enjugó la suciedad de su cuerpo y también la que insistía en no abandonar la del cuerpo de Lyandel; desenredó el enredado cabello de ambas lo mejor que pudo con los dedos, tomó la mano de Lyandel y descansó la cabeza en su hombro. Así se quedaron hasta el amanecer.
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Estamos arriba con el capitulo tres, se que hay gente leyendo... fanfiction es un copuchento de niveles cosmicos, asi que sin verguenza por favor comentad que tal esta. :D Somos dos escritoras y muchos años dandole forma a este fic. De verdad... muchos años. Asi que bueno, ya sabe, comentarios por favor ;) Saludos y cuidense.
