Hola a todos!
Aquí estoy nuevamente publicando antes de que se terminen mis vacaciones.
Para no seguir equivocándome con los tiempos, aclaro lo siguiente:
La historia ocurre antes de la guerra Santa, poco antes. En el mismo año.
No seguiré el canon tan al pie de la letra. Espero no les incomode. Bueno, desde el momento que uso un OC ya no es tan canónico.
El fic tendrá un poco más de capítulos de lo que planeaba. El de hoy no tiene mucha acción pero espero no les defraude.
Disclaimer: Los personajes de la historia no me pertenecen sino son propiedad de Masami Kurumada y Shiori Teshirogi. La imagen de la portada tampoco me pertenece.
Capítulo 3: Volverte a ver
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A la mañana siguiente, Deuteros se levantó de madrugada. No había descansado muy bien aquella noche pensando y pensando en todo lo sucedido con Raissa. Le preocupaba lo mal que lo había estado pasando la muchacha, sin lograr entender cómo podían obligarla a comprometerse con alguien a quien ella no quería. Nunca entendió nada respecto a compromisos, pero sin duda tenía claro que eso no estaba bien.
Mientras caminaba hacia su destino -el volcán Kanon- recordaba el dulce gesto que la chica había tenido para con él al llevarle pan. Se sentía pleno, porque había logrado experimentar un nuevo sentimiento en su vida. No podía negar que a pesar de los pocos encuentros que había tenido con la joven su vida se tornaba diferente, algo en él nacía, aunque no sabía exactamente qué.
Llegó a su lugar de entrenamiento, sometiéndose gran parte de la jornada a una serie de ejercicios muy exigentes. Cuando ya casi terminaba su labor del día, puso a prueba la técnica que había estado practicando y la cual estaba muy cerca de dominar. Sin embargo, aquel día el joven Deuteros no estaba del todo concentrado, ya que las constantes imágenes de Raissa le distraían, lo que provocó que en un descuido de su parte un poco de la lava caliente cayera sobre él, provocándole una serie de quemaduras. Insistió en la técnica, pero sin éxito, por lo que las quemaduras aumentaron. Definitivamente ése no era su día, por lo que finalmente el joven de cabellos azules desistió de seguir su entrenamiento esa jornada. Al día siguiente seguro todo andaría mejor. Por ello tomó su contenedor de agua y se retiró del lugar. No podía negar que algo de dolor comenzaba a sentir en las zonas afectadas. Cuando llegase a su hogar haría algo para aliviar las molestias.
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Un par de horas antes…
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Raissa entró a su casa luego de haber hecho las ventas correspondientes a ese día. Llegó a eso de las tres de la tarde a su casa. Se sorprendió cuando al entrar notó que su madre retiraba unos panes del horno de lata que utilizaban.
La joven se quitó el pañuelo de su cabeza y le habló a su madre.
―Madre ¿por qué no me esperó para preparar el pan?
La mujer no había reparado en la llegada de su hija hasta ese momento.
―¿Qué tal hija? Es que se trata de un pedido especial que la señora Metaxás me hizo para ahora en la tarde, pues tiene visitas y quiere que el pan esté recién horneado. Necesito que se lo vayas a dejar.
―De acuerdo madre. Déjeme refrescarme un poco antes de partir.
―Me parece bien. Mientras tanto acomodaré el pedido― la mujer mayor hizo tal mientras Raissa estaba en su habitación, que en verdad solo consistía en una pequeña cama y un estante de madera que utilizaba para guardar las pocas prendas de vestir que tenía ―Ella vive en la ruta hacia el volcán―añadía la mujer ―Debes tener cuidado de no acercarte mucho a éste. Recuerda que ahí vive el demonio.
Raissa sonrió para sí al pensar en el Demonio ―No se preocupe. Tendré cuidado.
―La casa de la señora Metaxás es la más grande del lugar, por lo que no te será difícil dar con ella. En la entrada principal encontrarás un yugo que te hará distinguirla con aún más facilidad. Pon atención a lo que te digo para que no te vayas a perder. Mira que si el pan se enfría ella no lo querrá.
―No tiene nada de qué preocuparse. Lo haré―agregó la joven mientras acomodaba el pedido en el carrito que siempre utilizaba ―No prepare nada para mañana hasta que yo esté de regreso. Ya ha tenido suficiente trabajo por hoy. Yo la ayudaré. Nos vemos madre.
Y así la joven salió de su hogar. Caminó por varios minutos en dirección al volcán. Obviamente que estar en ese lugar le evocaba al joven Deuteros…―Deuteros―pensaba. Al fin sabía su nombre. Fue en ese instante que pasó por su mente la idea de darle una breve visita. Después de todo él le había dicho que podía ir cuando quisiese y precisamente a ella se le antojaba ir ese día, por lo que aprovecharía lo cerca que estaba de su casa. Sonreía al pensar en esa idea. Entonces ahí noto que el lugar que buscaba estaba justo enfrente suyo. Era una casa de verdad muy grande. De hecho era la casa más grande que había visto en toda su vida, solo comparable al convento en el que había estado unos días atrás. No había duda que se trataba de la casa de la señora Metaxás, ya que en la entrada estaba precisamente el yugo del que su madre le había hecho mención, colgado unos varios metros por sobre ella.
Empujó el portón y se hizo paso hasta la casa. Unos perros que vivían ahí comenzaron a ladrarle y le hicieron dar un grito del puro susto. Cuando los vio encima de ella, por instinto comenzó a correr olvidando por completo el pedido. Uno de los animales insistió en seguirla con claras intenciones de morderle. El can alcanzó parte del vestido de la joven y de un mordisco logró arrancarle un pedazo. Raissa estaba de verdad asustada, por lo que debido a la adrenalina de un salto se subió a un árbol que halló en su camino. Fue tanto el susto que hasta se olvidó del pedido que llevaba. Al recordarlo, Raissa miró en todas direcciones y ahí notó cómo los canes se acercaban al carrito, por lo que se apresuró en regresar hasta ahí y de alguna manera alejar a los animales antes de que fuese demasiado tarde, aunque no se creía capaz de hacerlo.
Para su buena fortuna, todo el ruido había llamado la atención de la dueña de casa un poco antes, por lo que en ese momento ella ya estaba ahí.
―Rocco! Orco! Maco! Sálganse de ahí!― e inmediatamente los perros obedecieron a la voz de su ama ―¿Qué manera de recibir a los visitantes son esas? Ah?!―era la señora Metaxás, una señora de unos 53 años, de contextura gruesa y dueña de una voz bastante potente.
Luego se acercó a la joven Raissa que ya bajaba del árbol.
―Lo lamento. Seguramente te asustaste mucho. ¿Te hicieron daño?
Raissa se quedó inmóvil con una de sus manos sobre su pecho. Luego negó con la cabeza y pudo hablar ―En realidad no mucho― decía mientras tomaba con una de sus manos la punta de su vestido que se hallaba rasgada.
―Veo que destrozaron tu vestido mi niña. Lo lamento tanto. Ven, por favor acompáñame.
Raissa obedeció de inmediato, llevando consigo el carrito que contenía el pan que debía entregar. Iba muy cerca de la señora Metaxás, puesto que no quería que los perros le hiciesen algo otra vez. Entraron a la gran casona y la joven castaña no pudo disimular el asombro que le producía ver por dentro esa construcción tan enorme.
―Me imagino que ahí traes el pedido que le hice a tu madre, ¿no?―habló la señora sacando a Raissa de sus pensamientos.
―Así es―se apresuró en responder la joven mientras sacaba la bolsa ―Aquí tiene, señora Metaxás. Los treinta panes que ordenó.
La señora lo recibió y lo puso sobre una mesa. Luego buscó algo dentro de un mueble y se lo dio a la castaña.
―Aquí está el dinero. Muchas gracias por traerlo y lamento lo sucedido con tu vestido―habló apenada.
―No se preocupe, lo puedo remendar. Gracias a usted por su compra. Con su permiso
―Hasta pronto- dijo la mujer mayor. Cuando la muchacha se alejaba ésta notó cuán roto estaba el vestido por la mordida del perro, pero también observó que se trataba de uno muy viejo.
―Jovencita!―se apresuró en decir antes de que esta última se marchara ―Tengo algo para ti. Ven conmigo.
Raissa se volteó y miró sorprendida, pero no dudó en seguir a la señora Metaxás. Llegaron hasta una de las habitaciones a la que la muchacha entró tímidamente. La señora comenzó a hurgar con dedicación dentro de un gran mueble. Luego tomó de ahí un par de vestidos.
―Éstos eran de mi hija, de seguro te quedarán bien― decía mientras se los daba a Raissa, quien miraba incrédula.
―Son para ti. Tenlos―
La chica los tomó con timidez ―Pero..?
―Anda! Tranquila. Después que me hija se convirtió en madre ninguno de sus vestidos le volvió a entrar―rió ―De seguro a ti te quedarán perfectos. Toma, pruébate uno.
Raissa lo recibió con algo de vergüenza. Se dirigió hasta donde había algo así como un biombo y se quitó su viejo vestido. Estaba tan gastado que con el movimiento terminó por romperse casi en su totalidad. Se puso el vestido que la señora Metaxás le dio, el cual era de color palo rosa y que le marcaba la figura. Era largo, muy elegante, con grandes volados en la parte baja. Cuando la señora Metaxás la vio, quedó impresionada.
―Te ves hermosa muchachita. De seguro que el señor Katsaros quedará incluso más impresionado al verte. Es muy afortunado.
―Muchas gracias―dijo la castaña no muy convencida. No por lo del vestido, sino por el hecho de que le recordaran a su prometido.
―De nada. Es lo menos que puedo hacer por ti después de las molestias que mis perros te causaron. Ahora dame ese viejo vestido que tienes ahí. Creo que su tiempo se acabó―habló dando una gran risotada. Cuando tomó el viejo vestido gris de la muchacha notó que éste estaba en muy malas condiciones. Tanto así que en partes podía ver a través de la tela.
―No olvides llevarte el otro vestido- Ése era más sencillo y lo podría usar en el día a día. Era de color celeste.
Luego de un rato, Raissa se retiraba de la casona llevando puesto uno de sus nuevos vestidos y en el carrito el otro. Se despidió de la dueña de casa y se retiró, no sin antes coger una rosa de un color muy similar al de su atuendo. Se acomodó el cabello y a un lado de su cabeza acomodó la flor. Se sentía bien y femenina como nunca lo había hecho. Miró sus zapatos gastados que era lo único que arruinaba el atuendo, pero le restó importancia dado que el vestido los cubría.
Avanzó con la intención de pasar a saludar a Deuteros ―¿Notará que llevo puesto un vestido nuevo?―pensaba ella ―Nah! Lo dudo!
Pasado un rato, llegó a la casa de Deuteros. Esperaba hallarle ahí para no perder el viaje. Respiró hondo y golpeó la puerta.
No habían pasado ni cinco minutos desde que el de cabellos azules había llegado a su morada. Se sorprendió al oír la puerta. En ese momento comenzaba a quitarse las vendas que usualmente usaba en sus antebrazos. Pensaba limpiar sus heridas. Dejó de hacer aquello y se allegó a la puerta para abrirla. Grande fue su sorpresa al ver que era Raissa quien le visitaba.
―Buenas tardes Deuteros. Lamento interrumpirte.
Él le quedó mirando estupefacto. La chica se veía realmente hermosa. Ese color iluminaba todo su rostro, sin dejar pasar que combinaba con el rubor que ella tenía en sus mejillas en ese instante. Le tomó unos varios segundos reaccionar.
―¿Puedo pasar?―preguntó ella dado que el joven parecía no reaccionar.
―Cla-claro! Adelante―se sintió como embobado, pero no le dijo nada al respecto. Mientras la muchacha ingresaba a la pequeña casa que ya le estaba resultando familiar, Deuteros habló.
―¿Qué haces por aquí?―el tono utilizado daba la impresión de que le molestase.
―Siento haber venido sin avisarte…―replicó ella algo avergonzada ―Es solo que tuve que llevar un pedido muy cerca de aquí y me pareció buena idea pasarte a saludar. Es todo.
Él trató de componer su semblante. No había sido su intención incomodarla.
―Te lo agradezco. Toma asiento por favor― dijo con gran amabilidad. Tanto así que él mismo se extrañó.
Raissa se disponía a tomar asiento, cuando en ello reparó en las quemaduras que Deuteros tenía en sus brazos.
―¡Qué te ha sucedido!―exclamó preocupada
El muchacho quiso bajarle un poco el perfil a la situación.
―No es nada, no te alarmes. Solo me quemé con un poco de lava mientras entrenaba en el volcán hoy. Todos los días lo hago.
―Pero cómo me pides que no me alarme! Si son muchas quemaduras― En ese instante la castaña lo tomó con cuidado del brazo y le obligó a sentarse. Fue hasta donde había un tiesto que para su fortuna tenía agua fría. Lo acarreó con ella hasta quedar justo frente a Deuteros, quien la miraba atento.
La chica se subió un poco las mangas de su vestido
―Dame uno de tus brazos―él obedeció
―Las vendas están muy pegadas a la piel. Si las quito te causarán aún más daño. Lo mejor será sumergir tus brazos en agua antes― Y así lo hizo, hasta que le fue posible retirarlas. Ella parecía muy concentrada en llevar a cabo su tarea.
―No tienes porqué molestarte por mí. No es la primera vez que me quemo y siempre curo mis heridas yo solo―habló finalmente el peliazul.
―Pero ahora no estás solo. Estoy yo para ayudarte. Así que mejor guarda silencio― A él no le quedó más que obedecer en silencio, con aquellas palabras haciéndole eco –Ahora no estás solo- Sonrió ante ello.
Con sumo cuidado Raissa retiró todas las vendas de las partes heridas. Tenía varias lesiones, algunas un tanto serias.
―Ahora necesito que te quites esa polera―agregó ella sin poder evitar sonrojarse, aunque lo hiciese solo para ayudarlo.
El joven se quitó su vieja y quemada polera dejando a la vista su bien formado torso. Ella le quedó mirando sin poder disimular, hasta que se dio cuenta que Deuteros las observaba.
―Creo que las peores quemaduras las tengo en los brazos―habló él, provocando que las mejillas de la joven se cubrieran –literalmente- de rojo.
La muchacha sacudió un poco la cabeza y se alejó unos metros para tratar de ocultar su vergüenza. Fue hasta donde estaba su carrito y de ahí tomó un paño con el que llevaba envueltos los panes. Lo sumergió en el agua y son delicadeza lo pasó sobre cada una de las quemaduras que Deuteros tenía. La mayoría de ellas estaban en sus brazos, pero también algunas las tenía en su pecho y abdomen. Cuando rozó la quemadura más grande, el joven hizo una mueca de dolor.
―¿Te duele mucho?― inquirió ella.
―En verdad no tanto. Quizás es solo por el agua fría.
―Y dime, ¿tienes familia?― preguntó ella con el fin de distraerlo y saber un poco sobre él, al mismo tiempo que limpiaba las heridas.
―No tengo familia. Mis padres murieron cuando era muy pequeño. No los recuerdo. Mi hermano también murió.
―¿Hermano? ¿Y cómo ocurrió?
Deuteros ladeó la cabeza ―No quisiera hablar de eso por ahora.
Ella no insistió. Esa era ya una gran razón como para que el joven tuviese una mirada tan triste.
―Mejor háblame de ti― continuó él ―Aparte de tu madre, ¿tienes más familia?―ella negó
―Solo mi madre. Mi padre murió cuando yo tenía diez años. Antes de eso teníamos una buena vida, sin lujos, por supuesto. Cuando él enfermó y murió, las cosas se pusieron muy difíciles para nosotras. Por esa razón yo y mi madre vendemos pan. Al menos así tenemos para vivir.
―¿Y qué hay de tu prometido?― sin saber porqué había utilizado un tono más duro
―Ya te dije que no lo quiero. Solo lo hago para hacer a mi madre sentirse tranquila. Si de mí dependiese no me casaría con él.
―La verdad es que no entiendo cómo te puedes comprometer con alguien por quien no sientes nada.
―Quizás para ti es difícil de entender, pero sucede más a menudo de lo que crees― ella hizo una pausa ―Necesito vendas―pensó. Tomó el borde de su vestido y de una jalón quitó el vuelo que quedaba en la parte de más abajo del vestido.
―¿Qué haces? ¿Por qué rompes tu vestido?
―Tranquilo. Es solo un vestido. Además, como soy de baja estatura me queda largo― agregó al mismo tiempo que envolvía los brazos del joven con los pedazos de tela ―Con esto tendrás por mientras. Así tus heridas no se infectarán. En casa tengo algo de gelatina de petróleo que ayudará a curarlas. Mañana vendré muy temprano, así que no puedes salir, ¿me oíste?
Él solo atinó a asentir, mientras observaba el vendaje color rosa que la chica le había puesto ―Te lo agradezco mucho.
―No ha sido nada. Por ahora te recomiendo descansar. Yo ya debo retirarme antes de que mi madre se preocupe. Recuerda que mañana regresaré, ¿de acuerdo?
―De acuerdo
―Entonces me marcho― la joven ordenó las cosas y se despidió con la mano, tomó su carrito y salió del lugar, dejando a Deuteros confundido. Si aquel gesto del día anterior por parte de la chica le había conmovido, el de ese día mucho más. En su corazón algo nuevo comenzaba a nacer.
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Veinte minutos más tarde Raissa llegaba a su casa. Estaba preocupada pues le había tomado más tiempo del esperado regresar. Entró y su madre que comenzaba a hacer una mezcla de harina y agua le miró con atención.
―Tardaste más de lo debido, ¿dónde has estado?
―Pues en la casa de la señora Metaxás, ¿dónde más?
Ella le miró incrédula, más aún cuando notó que su hija llevaba un vestido diferente al que usaba cuando salió.
―¿De dónde sacaste ese vestido?
―Me lo regaló la señora Metaxás. Es éste y otro más. Es que uno de sus perros rompió el mío y ella quiso compensarlo regalándome dos vestidos de su hija―la chica se acercó y le entregó a su madre el dinero recaudado. La mujer mayor recibió el dinero y luego entrecerró los ojos, pues no creía del todo lo que su hija le decía.
―¿No será que aquel hombre que te trajo el otro día te los dio? ¿No estarás haciendo cosas que no corresponden? Mira que estás comprometida, no lo olvides. Por muy bella que puedas ser no cualquier hombre va a venir para comprometerse contigo. Los hombres ricos no miran a las mujeres pobres, así que te advierto que tengas cuidado.
―No sé de qué habla madre. Desde ese día no he vuelto a ver ese hombre. Es más, no lo conozco. Solo se trató de una persona amable que me auxilió. Es todo.
―Entonces trataré de creerte. Ahora ve y cámbiate de ropa para que me ayudes con el pan.
―De inmediato madre― y así la joven ayudó a su madre como ya era costumbre. Antes de prepararse para ir a dormir, buscó aquella gelatina de petróleo que sabía tenía en su hogar y sin que su madre lo notase la guardó entre sus pertenencias. Cuando se acostó, sus pensamientos nuevamente comenzaron a girar en torno a Deuteros. Algo le decía a la castaña que comenzaba a sentir algo especial por ese joven misterioso, que a pesar de parecer muy rudo en ocasiones, estaba segura era poseedor de un gran corazón. Deseó por un momento no estar comprometida para así conocerle más….y hasta algún día estar con él-suspiraba- Claro! Si él le correspondiese. Con esas ideas en mente Raissa se quedó dormida, feliz porque comenzaría su día viéndolo a él.
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Pese a que el agua estaba muy fría, Deuteros tomó un baño vertiendo el agua del balde como siempre. No podía estar mal presentado sabiendo que la joven Raissa le iría a visitar muy de mañana. Luego se vistió con su mejor ropa y hasta acomodó su larga cabellera. No sabía porqué estaba actuando así. De lo que sí estaba seguro era que ella vendría.
Terminó aquella tarea justo a tiempo, pues alguien golpeó la puerta. Quiso ocultar la alegría que le producía la visita de la joven, pero falló en el intento.
―Buenos días joven Deuteros―dijo la joven, quien esta vez llevaba una capa.
―Buenas días―respondió él invitándola a pasar. Aún era de noche, por lo que admiró el valor de la muchacha al ir ahí sola.
Cuando ella estuvo adentro, tomó de su carrito un frasco en el que se encontraba la gelatina de petróleo de la que había hecho mención. Ella procedió a quitarle el vendaje para aplicar el ungüento.
―Tus quemaduras se ven mejor que ayer―decía concentrada
―Eso es gracias a tu ayuda― agregó él. La joven le miró y sus miradas se cruzaron. Se quedaron mirando el uno al otro por unos segundos. Ella interrumpió para desviar el asunto.
―Por hoy tienes prohibido ir a entrenar, ¿me oíste?
―¿Cómo?
―Como te dije. Hoy te prohíbo ir al volcán. De esa manera te recuperarás más rápido. Yo volveré por la tarde, aprovechando que mi madre no estará. Sería muy difícil darle explicaciones.
―¿Se irá de viaje?
―Algo parecido―continuaba ella mientras ponía nuevos vendajes en los brazos de Deuteros ―Mañana por la noche comienzan las celebraciones por la Pascua Griega, entonces mi madre viajará hasta Rodorio para vender todo tipo de dulces allá. Cada ño prepara dulces como los tzourekias o las kulurakias. Pese a ser una festividad cristiana mucha gente se reúne a celebrarla, por lo que mi madre ve en ello una buena oportunidad de hacer algo de dinero extra. Yo me quedaré aquí para seguir con lo del pan. Por ello hoy desde muy temprano estaremos preparando estos dulces y ahí haré unos para ti.
―¿De verdad? En realidad jamás he probado alguno de ellos.
―De verdad. Pero para ello debes quedarte en casa.
Él esbozó una sonrisa y asintió con la cabeza ―Entonces te estaré esperando.
―De acuerdo. Yo vendré después que mi madre tome el barco. Hasta entonces.
La joven salió del lugar feliz. Esperaba no haber sido un tanto insistente al ofrecerse a visitarle otra vez. Por otra parte Deuteros sonreía. La chica había hecho sin duda mucho por él en ese poco tiempo que llevaban conociéndose y le daba felicidad tenerla de regreso, algo que no recordaba haber sentido antes. Tan alegre estaba que decidió hacerle caso a la chica y no entrenaría aquel día. Decidió, como nunca, ir a dar una vuelta a la parte poblada de la isla. Tomó algo de dinero que tenía guardado desde hace un tiempo por si lo necesitaba.
Llegó allá sin dejar de ser víctima de miradas acusadoras y llenas de odio. Quería retribuirle a Raissa de alguna forma todo lo que había hecho por él. Pasó un buen rato sin saber qué comprar. Él jamás había hecho un obsequio, no iba con él. Pero esta vez no le importaba hacer una excepción. Sin embargo, seguía sin ideas. Avanzó hasta una fuente que se hallaba en la avenida principal y se sentó junto a ésta. En ese momento vio una pareja. Por la forma en que se comportaban parecían ser enamorados. Deuteros prestó atención y notó que el hombre le entregaba a la mujer un ramo de rosas y fue ahí cuando tuvo una idea. Recorrió varias calles hasta que dio con un puesto de flores. Compró un lindo ramo de rosas rojas, que pese a no ser nada espectacular, era todo lo que le alcanzaba y lo hacía con cariño sincero. Por ser él de pocas palabras creyó que sería más sencillo dar las gracias a través de esas bellas flores. Regresó a su casa más feliz que nunca, haciendo caso omiso a las personas que insistían en mirarlo mal.
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Aquel día Raissa lo pasó trabajando muy duro. Primero vendiendo el pan como lo hacía todas las mañanas y luego ayudando a su madre a preparar esos bizcochos tradicionales. Hicieron muchos. A eso de las cinco de la tarde, la castaña acompañó a su madre hasta el puerto llevando consigo un gran canasto con la mercancía. Su madre le dio algunas recomendaciones y pronto se estaban despidiendo.
La castaña corrió hasta su casa emocionada. Tomó un baño y se puso su vestido celeste. Ató su cabello en una coleta alta. Buscó los dulces que había apartado para Deuteros antes de que su madre los contase y también buscó el ungüento y nuevos vendajes. Se acomodó por última vez y salió. Mientras avanzaba pensaba que si alguien le veía se excusaría con que iba a la playa como siempre. Es que las personas no se cansaban de preocuparse de la vida de los demás.
Caminaba veloz hasta que alguien la tomó del brazo. Por unas milésimas de segundo se le cruzó por la mente de que se tratase de Deuteros, pero al girar el panorama era otro.
―¿Qué se supone hace MI prometida a estas horas, sola y con esa ropa?― se trataba del señor Katsaros, el prometido de Raissa. La verdad es que no era tarde, pero él se lo estaba tomando mal.
La joven se puso nerviosa y no supo qué decir. El hombre perdía la paciencia, por lo que con fuerza la tomó por los hombros ―Dime― habló de nuevo ―¿A dónde vas sola y con esa ropa? ¿Se te olvida que estás comprometida conmigo?- a esa altura estaba sacudiendo a la muchacha con bastante brusquedad.
―A MI CASA!―ambos se voltearon para ver de quién se trataba.
Continuará…
Espero les haya gustado este capítulo! Quizás lo hallaron un poco lento….pero es que no quiero apresurar las cosas (eso es muy raro viniendo de mí)
Nos leemos
Saludos!
Saga Dreamer
