Disclaimer: Kannazuki no Miko, así como los personajes de Vocaloid, no son de mi propiedad. Esto es sólo un poco de entretenimiento sin lucros.

Aquí llegando con el tercer cap mucho antes de lo esperado jejeje. Espero que lo disfruten.


Capitulo III

Turquesa y Amatista

-Tranquilo, tranquilo – "Ya ha pasado más de un año y sigues tan animoso como siempre" pensó con orgullo y amabilidad hacia el caballo negro que montaba, de cola y crin grises casi de destellos metálicos. El garañón* quería correr y galopar, le encantaba ir rápido. Pero no podía con ese otro caballo más pequeño a su lado, un hermoso palomino de cuerpo dorado y cola y crin plateadas, pequeño y ágil.

Los caballos no eran los únicos distintos, sus jinetes también eran distintas entre sí. Sobre el animal oscuro descansaba una joven de tez clara, también vestida de color negro, con los bordes y adornos de su ropa dorados. Un pantalón holgado ajustado a sus tobillos y una especie de túnica, larga hasta las rodillas, ajustada a su cintura con una faja dorada, sin mangas, eran sus vestidos. Una diadema negra le apartaba el largo cabello del rostro sereno.

Su acompañante era visiblemente más joven, sus ropas se parecían en estilo, pero su túnica sí tenía mangas, de puño ancho, eran mayormente de un café suave y los bordes y bordados anaranjados, colores más cálidos, totalmente acorde a su personalidad, y no es que la otra sea fría, simplemente es mucho más tranquila y reservada, lo que daba a la gente la impresión de que era fría, sin alcanzar a ver el brillo que despedía el mirar azul. O tal vez, era la animada adolescente la que no se fijaba en como la ojiazul miraba advirtiendo peligro a cualquiera que se les acercara demasiado.

- ¿No crees que deberíamos descansar? – Casi suplicó la más joven.

- Estoy segura qué aún puedes seguir un rato más – Le respondió con su voz tranquila.

- Pero ya casi oscurece… - Estaba haciendo un encantador puchero. La mayor miró el cielo, aun faltaba para el atardecer. Ese rato lo podían utilizar para avanzar otro tramo "o podemos buscar un lugar para descansar". Le sonrió.

- Está bien, pequeña – Una vez más, la inocencia se imponía, y no es que le molestara.

Desde que se encontraron había sido lo mismo, y no había sido un encuentro muy común. Ahora eso ya tenía más de un año, le gustaba recordarlo...

- ¡Mira! – Como siempre, obedeció, tranquila y amable. Miró hacia la dirección señalada. "Un árbol". No parecía la gran cosa, pero llevaban varios días viajando por esa inmensa pradera sin el consuelo de una sombra como la que ofrecía esa enorme haya. Desde ahí parecía que el mundo podía seguir infinitamente plano y lleno de pastos verdes.

Se dirigieron hacia ahí de inmediato, ante la alegre cháchara de la menor, que platicaba sobre un montón de cosas diferentes al mismo tiempo: lo impresionante del árbol, pues nunca había visto uno de ese tamaño; la fresca hierba; los pájaros que también hacían ruido sobre ellas; un día hace meses que había visto el mismo insecto en otro lugar muy apartado. A cualquiera le hubiera parecido que la mayor no le prestaba atención, estaba mirando a otros lugares, revisando, vigilando, sin perder ese aire calmado, casi lento, que escondía su increíble habilidad, pero que no podía esconder lo sinuoso e inadvertidamente sensual de su ser, de sus movimientos lentos y cuidadosos. Sin embargo, cada vez que le hacía una pregunta la respondía al punto y justo con la respuesta correcta. No importaba que cambiara de tema cada cinco segundos, y no podía más que mirarla con inmensos sentimientos escondidos. Le sonreía amable, tranquila, cálida, gentil, paciente.

Y la menor lo hacía sin darse cuenta, con confianza plena, pues su inocencia era el matiz predominante de todo su razonar y sentir. Incansable, radiante, brillando cual sol, animada y exuberante, a veces encantadoramente torpe, otras sorpresivamente hábil. Con ganas de aprender inmensas, con una pregunta tras otra; la otra, con ganas de enseñar.

Ninguna había mirado hacia atrás. Una porque no tenía a qué mirar, la otra por elección propia.

- ¿Por qué no buscas algo de comer, pequeña? – Si cualquiera de sus conocidos la hubiera oído, no la habrían reconocido. Le brillaron los ojos. La pequeña siempre le alegraba la existencia con sus inocentes ocurrencias. La observó unos segundos más mientras se alejaba, buscando cualquier cosa comestible, sin dejar de vigilarla, para comenzar a acomodar lo que sería el pequeño campamento, quizás a su amiga le gustaría quedarse unos días por ahí. Con lo que no había ningún problema, era la ventaja de no tener ningún lugar al qué llegar, y poder llevar contigo todo lo que necesitabas y más, lo que te hacía feliz. Habían conocido un montón de lugares durante su viaje, permaneciendo a veces durante un tiempo. Continuamente se detenía a observar los alrededores. Regresó a los pensamientos en los que se había quedado justo antes de que encontraran el árbol. A sus recuerdos… una sonrisa tranquila y satisfecha apareció en su rostro.

Viajaba vigilante, haciendo su recorrido habitual para asegurar que no había nada nuevo en los alrededores más alejados de su propiedad, regresando siempre en espiral, para no perder detalle. Ésta vez hubo una cosa nueva. Había una muchacha, casi una niña, tirada en el camino, al final de un rastro de sangre y hojas revueltas, bajó de su imponente montura para revisar. Pudo haberla dejado, pero mejor la cargó y la llevó hasta su casa, sin terminar su recorrido. Mientras la checaba para comprobar su condición, pensaba que ella misma debía de haberse arrastrado ahí, quedando sin fuerzas, pues no había huellas ni marcas de otra cosa alrededor.

Tenía una horrible mordida de algún animal no muy grande en la pierna derecha, casi le llegaba hasta el hueso. No se sorprendió por la herida en sí, sino porque esa pequeña siguiera viva, apenas, pero viva. La limpió y suturó lo mejor que pudo, valiéndose también de un poco de magia proveniente de un pequeño cristal colgado a su cuello, que hace mucho tiempo había adquirido de los elfos, sin imaginarse que un tiempo después le serviría de gran ayuda en su trabajo. Sin preguntas, la cuidó hasta que se recuperó por completo, vigilando sus fiebres y sus continuas pesadillas, pues no despertaba, se valía del mismo cristal para darle la energía que no recibía por la falta de alimento, solamente le obligaba a beber agua. Eso tardó más de un mes.

No era ninguna curandera o algo por el estilo. Por el contrario. Su trabajo se basaba en estar siempre en la mejor forma posible y generar nuevas formas rápidas y eficientes de aniquilar. Por ello, había visto heridas peores que aquella, y había tenido que aprender a cuidarlas cuando era imposible conseguir a alguien diestro en esas artes. Experta en emboscadas, incursiones, escaramuzas y envenenamientos. Era de los mejores asesinos bajo el mando de su Señor Feudal, Nobunaga. Trabajaba poco y ganaba mucho, no tenía que preocuparse por nada. Con una inmensa propiedad a las afueras de la ciudad-fortaleza de su señor, tenía todo lo que podía soñar y vivía sola. No le rendía cuentas a nadie. Ella tenía 27 años cuando encontró herida a su compañera de viaje, que tenía tan sólo 14. La pequeña aparte de su nombre, su edad y algunos otros datos aislados, no recordaba si tenía familia, ni su vida pasada; quién era.

Cuando al fin se recuperó, cojeaba un poco, con ejercicios y descanso, dejó de hacerlo. Al principio despertó muy confusa y asustada, creyendo que aún huía de aquel animal que se presentaba sólo como una inmensa sombra tras de ella, de inmensos colmillos. A pesar de todos los cuidados, le quedo una fea cicatriz. Platicando, conociéndose, pasaron las siguientes semanas, donde de la nada la mayor descubrió un sentimiento intenso por esa chiquilla desconocida. No le permitió salir de los altos muros de la propiedad. Pasaba el tiempo dentro o en el hermoso y gigantesco jardín, con su bosquecillo de bambú y su estanque con puente. La asesina no tenía ni sirvientes ni verdaderos amigos, por lo que nunca recibía visitas y aún así, nunca permitía el ingreso de nadie.

Como su anfitriona tenía pocas misiones casi todo el tiempo estaba en casa, charlando con su caballo, leyendo, viendo a las carpas en el estanque, practicando con sus armas y con su cuerpo, escuchando lo que el viento quisiera susurrarle. No le gustaban las espadas, ni las lanzas, menos las hachas, pero sabía usar todo diestramente. Sus armas favoritas eran las de corto alcance, por ello detestaba el arco, demasiado fácil matar con él. Prefería los cuchillos, las dagas, las navajas, y su arma por excelencia eran las cuchillas Media Luna. Dos hojas filosas con forma de cuarto menguante, fundidas una con la otra de modo que quedaba una especie de ojo con puntas. Uno de los filos se perdía a favor de que fuera el mango, pero quedaba el otro, y las cuatro filosas y curvas puntas apuntando hacia fuera. Usaba una de éstas en cada mano, sin escudo. A veces, hasta cantaba, pero era más fácil que tocara su flauta metálica, el único objeto que desde siempre había poseído.

Esa rutina cambio con la llegada de la pequeña. Al tener tanto tiempo libre, le enseñó todo cuanto sabía, incluyendo a leer y la música. Cosa que le asombró de ella misma, pues nadie conocía de sus dotes musicales. Pasaban tanto tiempo juntas, que al final ya nunca se separaban, pues hasta dormían juntas, y aunque había camas separadas, la pequeña había insistido, pues la oscuridad no hacía otra cosa que recordarle la huida del animal.

Le había comprado el palomino unos meses después, por la animosidad que siempre expresaba cuando veía al caballo negro, de nombre Eclipse Ártico, y pese a que le había hablado de un montón de caballos con dueños famosos que habían usado nombres especiales para sus monturas, ella insistió en pensar en un nombre para su bonito regalo. Al final el palomino quedo simplemente como Eriteo, que significa Sol naciente, y sólo le llamaba Teo.

Le consiguió todo para que estuviera contenta. Llenó la casa de todo tipo de flores, de pinturas, de aves. Pero no debía salir. Las dos estaban felices. La pequeña era tan transparente y tierna, no había falsedad en ninguna de sus actitudes, por ello la quería. Era todo lo que su mundo no conocía, pues sólo había engaño, traición, deslealtad y provecho propio. Cada quien sólo se preocupaba por sí mismo. Siempre alerta, incapaz de demostrar ningún sentimiento que pudiera hacerla pasar por débil. Por ello nunca debía salir, les daría poder sobre ella, y por sobre todo, le harían daño a la pequeña. Nadie la tocaría.

Todo estuvo bien durante siete meses a partir de que la pequeña despertara, hasta que tuvo que salir a una misión. El emisario vio a la pequeña y su belleza física, que se paseaba platicando con un pequeño canario en la mano, que como la conocía casi desde el cascarón, no volaba de ella. Estaba pasando lo que tanto temía, aquello que era lo único que opacaba su lienzo de felicidad. Compró el silencio del emisario.

Éste cada vez quería más dinero, más cosas. Se decidió a liquidarlo. Consiguió la información que necesitaba con una sola salida a la ciudad y los cuarteles, sus papeles le daban acceso a casi cualquier parte. Una salida más para llevar a cabo el sencillo y perfecto plan. Dirigiéndose a la inmunda cantina, disfrazada para ocultar el peculiar y llamativo color de su cabello, logró seducirlo y hacer que la sacara voluntariamente de ahí, en cuanto estuvieron a solas, le rebanó la garganta y se deshizo del cuerpo arrojándolo en los canales. Cuando lo encontraran, cualquiera diría que fue una pelea de cantina, o una prostituta astuta. Daba igual. El peligro ya no existiría. Y por supuesto, nunca vio motivo para ocultar a la pequeña la verdad acerca de su profesión. Y siempre la veía entrenar y practicar.

Pasaron otros cuatro meses y la tranquilidad le dio falsa confianza, un error. Se atrevió a dejarla acompañarla a sus regulares patrullas en caballo, volviéndose paseos habituales. Una patrulla del señor feudal que realizaba un reconocimiento rutinario las vio en su trayectoria. Informaron a Nobunaga. Al mes apareció un nuevo emisario. Ésta vez estaba preparada y escondió a la pequeña en cuento supo que alguien se acercaba, pero no contaba con que el emisario traía precisamente la intención de conocer a su amiga. No tuvo otra opción. Si lo mataba, de inmediato sabrían que fue lo que paso, había que ganar todo el tiempo posible. Después le enviaron un mensaje a través de un halcón. Nobunaga quería conocer en persona a la amiga de la asesina. Le daban una semana de plazo. Estaba sentada en el alfeizar interior de uno de los ventanales, con la carta arrugada en su mano crispada, mirando en aparente calma el cielo nocturno.

Transcurrieron otras dos semanas. Recibió un nuevo mensaje donde la excusaban por la semana de atraso, invitándola de nuevo a presentar sus respetos y a su amiga ante el Señor Nobunaga. Sabía bien que cuanto más cortés se comportara el enemigo, más crueles eran sus intenciones. No asistió de nuevo. Sabía que esto tarde o temprano pasaría. Era su único miedo. Ahora ya había pasado un año desde conoció a su pequeña. Y nunca antes había tenido nada que celebrar, pero le salió natural preparar algo.

Llevaba doce años sirviendo a ese señor, desde sus 16, cuando comenzaba como ayuda de cámara para una de las damas principales, su ayuda para salvarla de un atentado había resultado imprescindible, por lo que comenzó su entrenamiento y demás, subiendo y escalando puestos, hasta llegar a ser una de los principales guardas de Nobunaga, para después llegar al preciado puesto de asesina, pues disponían de todas las facilidades y privilegios de los guardas, pero sin sus obligaciones de estar siempre alertas para morir en vez de su señor. Así que conocía a la perfección el modo de obrar de su amo. Nunca antes le había interesado desobedecer ni había buscado nada más. Ahora tenía un motivo. Algo que proteger. Estaba lista a salir cuando hiciera falta.

La pequeña le pidió que la dejara ir, que seguramente no habría ningún problema. Ella sólo le decía que no. ¿Cómo explicar que el mundo de fuera no era como el que tenían ellas dos? ¿Cómo decirle que el cerdo de su amo sólo la quería por ser hermosa? Ni siquiera pensar en lo que le harían en esa detestable corte. No dejaría que NADIE la dañara. No importaba si tenía que abandonar la vida que siempre le había gustado. No sólo tenía lo que quería, sino que además hacía lo único que la hacía sentirse viva; matar. Sólo en el reto de la cacería, en el calor de la batalla, en el éxtasis impensable de la pelea, en ese momento máximo de la vida donde ésta se consume así misma, conseguía el por qué de su existir. Pero le habían dejado de dar retos, matar se había vuelto tan fácil como respirar, la sangre le había dejado de hervir. Hasta ésta nueva forma de vida, donde crear era casi tan bueno como destruir, no tan intenso, pero más gratificante. Por eso no la dejaría irse, ni que se la quitaran, no mientras la pequeña sonriera de esa manera al verle, mientras quisiera permanecer juntas.

- ¿Por qué no vamos? –

- No. No iremos. Por favor, no insistas –

Llegaron. Eran doce soldados y el capitán. Los dejó entrar como si fueran una comitiva amistosa. La pequeña miraba todo desde la terraza más alta, oculta. A salvo. En cuanto se sintieron relajados, pues era obvio que estaba sola, desenfundó sus cuchillas, hábilmente disimuladas en la parte trasera de su fajilla. El capitán sobrevivió al primer ataque. Horrorizado, miraba como acababa uno por uno con sus hombres. La habían subestimado. Ni siquiera eran veteranos, puros niños en entrenamiento. La adrenalina, el instinto y el miedo los hicieron salir de su estupor a los siete que quedaban. Rodeada, se lanzó hacia el frente, con los brazos cruzados y en alto, al abrirlos un chorro de sangre salió de entre los restos de un cuello cercenado. Se giró para detener con una de las esquinas de su cuchilla derecha una espada, mientras con la otra, le abría una herida en la pierna al soldado. Volvió a moverse para esquivar un ataque combinado del flanco, dio una patada al que estaba cojeando, tumbándolo, y se abalanzó al que se separó de la formación, no pudo hacer mucho.

Llevaban una armadura ligera que les cubría el cuello, el torso y la parte inicial de piernas y brazos, junto con cascos sencillos. Una espada y el escudo.

Ahora sólo quedaban tres en pie. Harta, corrió hacia ellos, que creyéndola desesperada también se lanzaron, cubriéndose con los escudos, antes de que se dieran cuenta, ya estaba en el aire, desde donde lanzó sus dos cuchillas, que fueron a clavarse en ese espacio entre la armadura y el casco. Ahora quedaba uno. Un niño casi, no más grande que su pequeña. Estaba dispuesta a dejarlo ir, cosa que nunca antes había hecho. Nunca había sentido piedad, ni la esperaba. Hasta ese momento no se había dado cuenta del cambio operado en ella. No tenía armas a la vista, pero el chiquillo temblaba, tratando en vano de mantener en alto la espada y el roto escudo.

- Lárgate… - Dejando caer sus armas, se fue corriendo hasta que no puedo divisar más la casa. El único temor de la pequeña es que pudieran haber herido a su amiga.

Después de todo eso, tenían que irse. Ya no había lugar ahí para ellas, pues vendrían más y más. Su señor no le perdonaría la desobediencia, y aunque lo hiciera, no lo dejaría pasar sin un castigo especial, pues si no se podría correr el riesgo de que otros siguieran el ejemplo de hacer lo que se les diera la gana. Y se quedaría con la pequeña. Eso no.

- Debemos irnos. Mañana en la mañana. Descansa – La miró de esa manera tan especial – No podemos quedarnos, Himeko – Le sostuvo el rostro, para que la mirara, pues la pequeña había desviado su mirar, sabiéndose la responsable de todo aquello de algún modo. Esas vidas…

- Pero… tu casa – Su vida…

- No importa. Ellos no te harán nada – Dijo con determinación en la mirada.

Debían alejarse cuanto pudieran de ahí. Alejarse del poder de Nobunaga. No había sido sencillo escapar de la ciudad. Aunque vivía a las afueras, había puestos avanzados, cuarteles, puestos de guardia y torres fronterizas. Patrullaje constante. Además, habían puesto carteles recompensando a quién la entregara viva. Su plan era llegar a la siguiente ciudad importante que fuera por lo menos neutral u hostil a Nobunaga, así podría vender alta su información y posiblemente encontrar un trabajo similar al que tenía, pues su fama era bien conocida en todos los reinos, y aunque no era conocida por su nombre verdadero, muchos conocían de su legendario sobrenombre "Ara-Ambar"*(Arambar), sólo haría falta hacer una demostración de sus habilidades para que fuera reconocida como tal. Como una de las asesinas principales, había tenido acceso a un montón de información valiosa y muchas veces clasificada. Todas sus presas habían sido peces grandes. Tenía muchos secretos en su poder que podrían serle útiles a algún otro señor, en las continuas guerras que había. Tenía en mente uno, con fama de ser honorable, su única condición sería que nadie tocara a Himeko.

Pero una cosa era planear. Se encontraron con que viajar no estaba tan mal. Conocían gente y lugares. Y la presencia de Himeko de algún modo sólo conseguía sacar lo mejor de las personas. Casi no había tenido que matar a nadie que intentara algo tonto, como insultar a Himeko. Desde entonces ya habían pasado otros seis meses, y no había ninguna prisa por llegar a ninguna ciudad, por llegar a ningún lado.

Sólo vivir, aprender y disfrutar.


Nee, qué tal? jajaja

Me alegra que sí hayan adivinado de los personajes pasados, en efecto. Son Kaito Shion y Gakupo Kamui, aunque como son hermanos, no he decidido aún si llevaran otro apellido o se quedarán con alguno de esos dos. Que opinan?

Bueno, ahora a lo del cap. Está claro que los nombres de los capitulos hacen referencia al color de los ojos de cada pareja presentada, pero como a partir de ahora, se mezclaran y comenzarán a salir los personajes secundarios, pues supongo que se pondrá un poco complicado seguir con las referencias a las piedras preciosas, aunque investigando he encontrado algunas palabras interesantes que podrían servir.

En el siguiente cap, ya dos de estás parejas se mezclaran, y la ultima aún le faltará espacio de algunos capitulos más llegar hasta los demás, para formar ya el grupo. les aseguró ser imprevisible jaja XD cómo ven esto?

Supongo que ya habían adivinado quién de las dos era Himeko desde el principio, antes de dar el nombre. Sabrán quién es su dura e implacable protectora? Seguro que sí. Sólo me queda explicar lo de su apodo. Las palabras vienen del Quenya, el lenguaje elfico de Tolkien. Ara- o Ar- son el sufijo para designar a un noble, alquien importante, vendrían siendo como el "sama" en japonés. Y Ambar, significa destino o muerte, un final, entonces se me hizo un buen juego de palabras para nuestra asesina. Lo dejaré como "Arambar", de corrido.

Para cualquier aclaración sobre eso, tengo el archivo del mejor diccionario Quenya-castellano, según a mi parecer. Con referencia directa a los libros de tolkien, donde aparecen dichas palabras.

Por fin, muchas gracias por los reviews y espero que la historia siga siendo de su agrado.

"Sólo dentro de la Oscuridad, la Luz puede brillar con toda su intensidad, convirtiendo todo en Sombras"

MoonAssasyn


Adelantos...

El incendio era enorme, ya se extendía varias manzanas. Desde lo lejos podían verlo.

- ¿Podemos ayudar? - Había pesar y urgencia en su voz.

- Vamos - y emprendieron el galope hacia las llamas. Otro par de jinetes también iban rápidamente hacia el mismo punto.


Garañón: Semental

Ara-Ambar (Arambar): Señora de la muerte. Dueña del destino.


ups... jajaja, lo olvidaba, estaba pensando en unos shots más relacionados a los dos anteriores, para los demás personajes... Miyako, Tsubasa, Souma y quizás hasta el exagerado de Girochi. Pero no sé... se animan a leerlos? Les aseguro por lo menos una sonrisa jejeje =D