Sasuke arrugó el papel y lo apretó con ambas manos, retorciéndolo y plegándolo sobre sí mismo hasta convertirlo en una bola casi maciza.

Le parecía una broma de pésimo gusto, pero el mensaje lo firmaba su madre, y ella nunca bromearía sobre algo así. Su hermano, el heredero de la corona de Arzel, había embaucado a unos cuantos hombres, se había levantado en armas contra su padre durante la noche, y había intentado asesinarlo a sangre fría para arrebatarle la corona. Tras su estrepitosa derrota, se le habían retirado todos los honores, y había sido repudiado y enviado al exilio después de presenciar la ejecución de todos los hombres que apoyaron su causa.

Y junto a esa noticia, la Reina le enviaba otra más: iría a visitarlo de inmediato a los Picos del Titán, donde llevaba cinco años perfeccionando las técnicas de batalla y aprendiendo a capitanear las tropas, para algún día comandar los ejércitos de su padre y como siempre había creído, los de su hermano después de él.

Uno de los guardias de la ciudadela de los Picos marcó su posición para hacerse notar, y lo sacó de sus pensamientos.

—Anuncia mi visita al comandante. Voy a sus habitaciones.

—Es él quien me envía a buscaros, alteza.

Sasuke lo miró intrigado y pasó a su lado sin decir nada, caminando con paso firme por los corredores y puentes que comunicaban los diferentes sectores de la ciudadela hasta llegar a la torre de la comandancia. Se detuvo delante de la enorme puerta de madera y llamó por pura cortesía, aunque entró sin esperar respuesta.

—Bienvenido, Sasuke —saludó el anciano encogido sobre una silla detrás de un enorme escritorio. Lo miraba con un brillo audaz en los ojos, examinándolo.

—Ha llegado un mensaje de mi casa —dijo Sasuke—. Pero ya lo sabéis, ¿verdad? Porque lo habéis leído antes que yo.

—Tengo ochenta y seis años, muchacho. He conocido a tres reyes y a muchos más que trataron de serlo. Si he vivido hasta ahora ha sido por tomar precauciones que van más allá del mensaje de una madre a su hijo.

El ex comandante Emori era la única persona aparte de su familia que había tuteado nunca a Sasuke. El ahora anciano soldado había sido una leyenda sobre la que se cantaban canciones y se contaban cuentos a los niños para animarlos a tomar las armas por el reino algún día. Sasuke había sido uno de esos niños y cuando a la edad de veinte años su padre le ordenó partir hacia los Picos del Titán para que fuera el propio Emori quien le instruyera, a Sasuke se le olvidó toda la pena de dejar a su familia y a cuantos conocía.

Cuando llegó a la ciudadela de los Picos estaba entusiasmado e impaciente por conocerlo. Los trámites de instalarse en sus habitaciones, asearse y esperar a que el ex comandante terminara sus reuniones, se le antojaron eternos. Pero al final, al caer la tarde fue conducido hasta el mismísimo Emori Miyazaki, que lo esperaba en uno de los patios. Los sueños infantiles y su entusiasmo se desplomaron de golpe, chocaron contra sus botas y parecieron subir de nuevo para revolverle las tripas al encontrarse frente a un viejo marchito, arrugado y casi jorobado por la constante posición de encogimiento. El poco cabello grisáceo que le quedaba se distribuía de forma irregular por la pálida cabeza, mientras sus debilitadas manos temblaban sobre la empuñadura de un bastón tan decrépito como él mismo. Parecía estar haciendo una torpe reverencia al mundo entero, y Sasuke pensó que así es como debía ser, tratándose de alguien a quien pudiera derribar incluso el menor soplo de brisa. Después de todo, no le iba a llevar más de dos minutos aprender lo poco que aquel senil hombre pudiera enseñarle.

—Sasuke Uchiha—dijo Emori a modo de saludo.

—Emori Miyazaki, supongo—la mueca de decepción no había pasado desapercibida a los expertos ojos del anciano.

—Cuando era joven, cualquier hombre se acongojaba al tenerme frente a él. Viendo tu rostro diría que nada ha cambiado.

Sasuke trató de contener la risa ante esas palabras. En un suspiro, el bastón se alzó con renovada vitalidad y golpeó las costillas de Sasuke con tremenda fuerza, haciéndolo caer sobre sus rodillas.

—Eres muy gentil Sasuke, pero no hacía falta que te arrodillaras frente a mí.—Miró a su alrededor, haciendo partícipes a los guardias presentes de la conversación-. Una simple inclinación de cabeza hubiera sido más que suficiente.

Todos los guardias presentes estallaron en una sonora carcajada. Sasuke apretó los puños y arañó la tierra bajo sus dedos.

—Dame una espada, viejo—reclamó—y tendrán que acompañarte al retrete lo que te queda de vida, si es que no tienen que hacerlo ya.

—Si te doy una espada—respondió Emori—, serás un joven armado con acero contra un pobre anciano con la sola ayuda de un bastón. ¿Estás seguro de que es lo que quieres?

El único debate que había en el interior de Sasuke era si sería una deshonra matarlo, si también cantarían canciones que lo tildasen de traidor por algo así. El anciano pareció comprender su respuesta, y ante un gesto de su cabeza, uno de los guardias le lanzó su espada a Sasuke.

La tomó, ajustando lentamente sus dedos en torno a la empuñadura, escrutando su tacto y su peso con movimientos expertos, pero no lo suficientemente rápidos. El bastón golpeó con tal fuerza su rodilla derecha que se desplomó de bruces contra el suelo. Cuando levantó la vista, Emori empuñaba la espada que había caído al suelo, y mantenía su filo con pulso firme a apenas un milímetro de su ojo. Cuando el ex comandante pareció relajarse un poco, volvió a apretar la empuñadura de la espada y cortó la mejilla de Sasuke, desde debajo del ojo hasta el borde de la barbilla.

—Es un corte superficial, se cerrará en unos días—dijo Emori, quitándole importancia mientras devolvía la espada al guardia al que pertenecía—. Toda tu vida te han enseñado los mejores, pero nadie se había atrevido a dañarte, ¿me equivoco? –suspiró profundamente ante el silencio del chico—. Para cuando sane tu corte, no quiero que seas el hijo de un Rey al que un anciano puede derribar con un bastón. Quiero que seas mi aprendiz, y debes ser más listo que esto.

Sin siquiera mirarlo se retiró hacia el interior de la ciudadela, mientras Sasuke se levantaba y se limpiaba con la mano desnuda el fino hilo de sangre que salía de su mejilla. Ni siquiera fueron los dos minutos que había pensado al principio, en menos de un minuto aquella persona le había dado una valiosa lección, y se había ganado su respeto como pocas personas en el mundo habían hecho antes. La emoción había vuelto de golpe al pensar que realmente aquel era el hombre del que tanto se hablaba, del que estaba ansioso por aprender. Y la herida ni siquiera había dejado de sangrar.

Y cinco años después ahí se encontraba, bebiendo cada palabra que él decía para interpretarla con cuidado. Aunque el mensaje de su madre le hubiera puesto tan nervioso. O precisamente por eso, necesitaba de sus sabios consejos más que nunca.

—Mi madre va a venir aquí.

—¿Por qué crees que va a hacerlo?—Preguntó calmadamente, cruzando las manos sobre el escritorio. Sasuke desvió la mirada y se tomó su tiempo para responder.

—Quiere que sustituya a Itachi… Quiere que sea el próximo Rey.—Se llevó una mano a la frente, como si tratara de ordenar sus pensamientos, mientras el anciano asentía.

—¿Y qué responderías a esa petición?—Sasuke resopló.

—No quiero ser Rey—dijo tajante—. Nunca he querido serlo. El Rey iba a ser Itachi, estaba preparado y le correspondía por derecho… Y yo nunca lo envidié, ni un ápice. Lo admiraba profundamente y jamás hubiera imaginado un Rey mejor que él.

—Itachi es un gran hombre—repuso Emori, sorprendiendo sobremanera a Sasuke al escucharle hablar en presente—. Ni tú ni yo hemos presenciado su traición.

—¿Insinúas que…?

—No pongas palabras en mi boca, Sasuke—interrumpió rápidamente—. Pero no dejes que destruyan completamente el recuerdo de Itachi. Porque lo intentarán con insistencia, te lo aseguro. Aunque no vaya a ser Rey, guarda siempre el cálido recuerdo del hermano al que sé lo mucho que aprecias… Simplemente, las circunstancias han cambiado. Y por eso repetiré la pregunta… ¿qué responderías a la petición de tu madre?

—No creo que tenga muchas opciones. ¿Imagináis que dijera que no?

—Sí, -asintió Emori- imagino a tu señora madre montando en cólera, envenenando a tu hermano menor y reclamando el trono para sí a la muerte de tu padre.

—¿Comandante…?—Preguntó atónito, mientras el anciano reía abiertamente, hasta que por fin se calmó y lo miró con seriedad.

—Ya es síntoma de debilidad que el heredero, el propio hijo primogénito, se levante contra el Rey—explicó Emori—. Es suficiente para que algunos ya pongan en tela de juicio la legitimidad y estabilidad de vuestra dinastía. Si el siguiente sucesor rechazara ser el heredero…

—Otros intentarían tomar la corona –terminó Sasuke. Emori asintió.

—No eres el primer hombre al que oigo decir que no quiere ser rey. Pero entre ellos sí eres el único que posiblemente tenga que serlo, aunque no quiera.

—… ¿Debería sentirme orgulloso? –preguntó mordaz.

—En realidad, sí –el anciano se levantó y rodeando el escritorio se puso justo frente a él. Sasuke le sacaba media cabeza, en parte a causa de la curvatura de la espalda del ex comandante.- No quieres la corona, porque para ti no es un derecho, es una responsabilidad… y verdaderamente lo es. Has sido criado como noble, educado como caballero… e instruido como comandante. Estás sobradamente preparado. Y si eres capaz de ver a la gente sobre la que reinarás, de verla de verdad, creo que es posible que seas el mejor Rey que hayamos tenido en Arzel.

Sasuke era indudablemente el hijo favorito de la Reina, y siempre fue colmado de atenciones. Había derrotado en entrenamientos al propio Itachi, su ingenio e inteligencia le valieron la asistencia a las reuniones del Consejo de su padre, e incluso había recibido la ovación del pueblo cuando había salido en acto oficial.

Y a pesar de todo, el momento en el que escuchó esas palabras de Emori, fue el más feliz de toda su vida.

Sabía que aceptaría la petición de su madre, que no pensaba ser la causa de más desgracias para su familia ni para el reino. Pero ahora, realmente creía que podría hacerlo. Se propuso no olvidar nunca las palabras de Emori y todo lo que había aprendido desde la primera vez que lo vio. Y en ese momento una punzada de dolor le recorrió las entrañas, por primera vez, sintió el dolor de verse obligado a abandonar su hogar. Extrañaba el castillo y a su familia, siempre amó a su madre y a Itachi, toleró en cierta medida a su padre y a su hermano menor, y apreció a algunos sirvientes como el caballerizo mayor o el herrero real.

Pero en los Picos del Titán encontró a Emori, quien se convirtió en un querido mentor. Si no tuviera cuidado con sus pensamientos, fácilmente vería en él una figura más paternal que la de su propio padre. Y también encontró a Tomoi, Mao o Bunmei, entre otros. Soldados de la ciudadela que se convirtieron en verdaderos amigos para él, que a pesar de dirigirse a él como "alteza", lo trataban como a uno más. Realmente iba a echarlo de menos.

—¿Cuándo regresarán Mao y los demás?—preguntó Sasuke—. Me gustaría despedirme de ellos.

—No antes que la Reina—suspiró Emori.

—Entonces no me iré con la Reina—sentenció Sasuke. Emori dio un ligero respingo sobre su encorvada silueta.

—¿Estás seguro de eso?

—Si todo esto tenía que ocurrir, me hubiera gustado poder hablar con mi hermano antes de perderlo.

Algunos de sus amigos estaban en una de las misiones que se les encomendaba a los soldados de la ciudadela, misiones para las que los señores no querían arriesgar a sus propios hombres por considerarlas demasiado peligrosas… o poco dignas. Emori revisaba cada situación antes de aceptar cumplir una misión, y a pesar de la posibilidad de crearse enemigos, rechazaba todas las que consideraba que pudieran dañar el honor de sus hombres. Pero gracias a eso, los caballeros de los Picos tenían una reputación intachable. En realidad no había más que un par de caballeros como tales, pero para todo el mundo era natural llamarles caballeros, como una fórmula de respeto. Extrañaría ser uno de ellos.

Sasuke se despidió de Emori y se dirigió a sus habitaciones. Tenía mucho que preparar, después de todo llevaba cinco años viviendo allí. Se sentó sobre la cama y agachando la cabeza se pasó la mano por el descuidado cabello. Sabía que a su madre le molestaría verlo así, y que a partir de entonces tendría que cuidar más su aspecto, utilizar las ropas ostentosas que trajo desde el castillo un lustro atrás, y deshacerse de la barba que hasta ahora apenas recortaba una vez a la semana. Todo iba a cambiar, y ni siquiera iba a regresar al hogar que conocía, sino a uno en el que Itachi había sido repudiado por traidor y él sería el próximo en cargar con el peso de la corona sobre su cabeza.

Varios días más tarde el cambio se había hecho patente: en apariencia, Sasuke había vuelto a ser el mismo que llegó allí. Se le diferenciaba perfectamente de los demás, que empezaron a bromear haciendo exageradas reverencias a su paso, mientras él maldecía o devolvía alguna ofensa. Poco a poco empaquetaba todas sus pertenencias, incluidas las ropas y bártulos que había usado y reunido durante esos cinco años. A pesar de su recientemente recuperada apariencia, allí no era un Príncipe, y debía hacerlo todo él mismo. Ya había avisado a los escasos mayordomos de que multiplicaran los cuidados y formalismos con su madre. A él no le había costado demasiado adaptarse a esa nueva forma de vida, era un precio pequeño por las nuevas posibilidades que se abrían ante él. Pero su madre solo estaría de visita, no estaría dispuesta a acostumbrarse a otra cosa que el trato que correspondía a una Reina, y a nadie le interesaba ofenderla.

Sasuke se había cerrado bastante en sí mismo desde que llegó la carta de su madre. Intentaba ordenar su cabeza para prepararse para lo que estaba por venir, y las burlas de sus compañeros no ayudaban en absoluto. Si al menos sus mejores amigos estuvieran allí… Pero Tomoi, Bunmei y Mao aún tardarían en regresar. Algunas veces había deseado no poderlos esperar, para que no tuvieran que verlo así. Detestaba la idea de que juzgasen que siempre había sido un Príncipe que se consideraba por encima de ellos, y que ahora no le costaba nada dejarlos atrás.

Pero sobre todo, había repasado todo lo que iba a ocurrir. Su madre llegaría, a pesar de sus esfuerzos mostraría su disgusto por su aspecto, aprovechando para menospreciar a los que han sido sus compañeros durante tanto tiempo. Se instalaría en las mejores habitaciones como si fuera a quedarse un año, y después de un minucioso aseo y de la cena, tendrían una pequeña conversación en la que aparentaría que todo iba bien. Al día siguiente le contaría con todo lujo de detalles lo ocurrido, y casi como si no fuera el objeto de su visita, le formularía la gran pregunta. A pesar de que ambos sabrían la respuesta de antemano, su madre se fingiría toda comprensión y buena voluntad y le daría unos días para pensarlo, días en los que ella visitaría las ciudades cercanas con su gran séquito, para honrarlos con su presencia. Y finalmente, cuando ella lo estimara oportuno –es decir, cuando se cansase de todo aquello-, le pediría una respuesta. Se mostraría irritada ante la petición de Sasuke de permanecer unos días más en la ciudadela, pero no le negaría el último capricho antes de regresar definitivamente al castillo.

Solo la había visto un par de veces desde que partió hacia los Picos del Titán, pero se sorprendió de lo predecible y absurdo que le resultaba el protocolo. No había sido entrenado para esto, solo para ver lo poco importante que esconde toda esa parafernalia. Dudaba que se pudiera acostumbrar de nuevo a ese tipo de vida, no era la que le estaba destinada ni la que quería, pero se esforzaría por hacerlo bien… Y por descubrir qué ocurrió realmente con Itachi. ¿Familia u honor? Siempre habían representado una misma realidad para Sasuke, pero por primera vez entendía que no era un pensamiento general. Cuanto menos, no lo había sido para Itachi.

—Alteza—llamó uno de los guardias de la ciudadela, junto a la puerta entreabierta de sus habitaciones—. Ha llegado la Reina.

—Sí —asintió serio Sasuke recogiendo su capa de una silla—. Voy para allá.

Cruzó un puente que lo llevó hasta la torre principal y bajó a paso ligero las escaleras, con un nudo en el estómago que parecía endurecerse a cada escalón que descendía. Él amaba a su madre y estaba feliz por su visita, pero no sabía bien qué esperar. Tenía claro que él no sacaría el tema de Itachi aunque deseara hacerlo con todas sus ganas, y si no podía hablar de ello con su madre, que era quien más unida estaba a ellos dos, no le iba a ser nada fácil averiguar algo.

Al llegar al pie de la escalera vio la calesa de su madre, tan vistosa como siempre. El rastrillo ya descendía tras ella y un paje se aproximaba a la puertecilla. Sasuke apretó el paso y se colocó delante de él justo cuando la puertecilla comenzaba a abrirse. Antes de ver nada, se inclinó en una perfecta reverencia y extendió una mano. En pocos segundos sintió una delicada mano apoyarse suavemente sobre la suya.

—Bienvenida, madre.


Layla-chan