Ninguno de los personajes utilizados en esta historia es de mi autoría a excepción de Dorobō y su prole, los demás son obra de la grandiosa Rumiko Takahashi.
Capítulo III. Una mente clara.
No le gustaba sentirse así. No le gustaba que su corazón se acelerara ligeramente en cuando Dorobō la miraba.
Él era tierno y la hacía sentir especial, reconocida. Pero probablemente lo que más le gustaba era la atención que le ponía, que la incluyera con facilidad a las actividades del grupo. La hacía sentir acogida a pesar del corto tiempo que llevaba con ellos. Quedaba entonces el detalle de que ella amaba a Miroku y habían prometido unir sus vidas; por desgracia ahora todo era confuso…
Sango apretó los ojos con fuerza, intentando obligarse a dormir. La cabaña estaba tenuemente iluminada por un Sol tímido; era suficiente como para que se diera cuenta de que era de madrugada y ella no había podido pegar el ojo.
Su mente no dejaba de dar vueltas. Estaba confundida y herida; una mala combinación.
Giró levemente el cuerpo y pudo ver a Sakura, dormía a unos pocos metros de distancia. Y parecía disfrutar de una tranquilidad inmensa. Otra razón para tener celos de ella.
Hizo un gesto de molestia ante ese pensamiento. No podía permitirse ese tipo de sentimientos. Aunque algo en el fondo no dejaba de repetirle que Sakura era justo el tipo de chica predilecta de Miroku.
Tan contraria a ella.
— Dorobō —. La exterminadora sonrió cuando su compañera llamó en sueños al líder del grupo vagabundo del que estaba considerando volverse parte. Esa sonrisa bastó para que la amargura se disipara en ella. Después de todo, la chica no tenía la culpa de que ella fuera una exterminadora y no una dama cualquiera.
De igual modo, era algo que no cambiaría por nada. Amaba su trabajo, era su vocación. Algo que le llenaba el pecho de alegría. El llamado a la batalla siempre la inundaba de una sensación sumamente placentera.
Lo llevaba en la sangre. Sangre de guerreros que nunca daban un paso hacia atrás y que lo enfrentaban todo. ¡Cuánto hubiera deseado tener ella en ese momento a su lado a su padre! Recibir su sabio consejo, despejar las dudas monstruosas que vagaban dentro de su mente, retándola.
Pero sólo ella estaba despierta en ese momento. No podía hablar con nadie.
—Kagome—. Dudó al pronunciar a su amiga, pero la calidez de ese nombre en su boca la animó a continuar —¿Qué es lo que crees que deba hacer?
La pregunta quedó en el aire, aliviándola de a poco. Por desgracia no pudo terminar de sentir la energía de Kagome traspasar el tiempo. Un alboroto se había armado en el exterior, pero como el campamento masculino estaba algo lejos, no podía escuchar tanto como ella hubiera querido.
—¡Qué miedo! ¿Y si son bandidos?—. Sakura se levantó agitada, abrazándose a Sango y escondiéndose tras de ella.
—Quédate aquí, Sakura. Yo iré a ver—. La exterminadora se plantó con firmeza, y corrió en dirección hacia Dorobō. Tanta fue su prisa que no prestó atención a Kirara, quien no lucía intranquila, sino todo lo contrario.
El golpe de un cuerpo contra el tronco de un árbol viejo resonó en una pequeña pero significativa área del bosque —¿En dónde la tienes, maldito?—. Inuyasha tenía agarrado de la ropa a Dorobō y hacía su propia versión de un interrogatorio, mientras Miroku cuidaba a los otros chicos, aunque parecían suficientemente aterrorizados como para hacer algo.
—Inuyasha, con el miedo que tiene no hablará. Suéltalo, veamos si podemos llegar a algún acuerdo con el joven—. El de ojos azules lograba, no sin un gran esfuerzo, mantenerse diplomático. Era claro que sus adversarios no les representaban ningún desafío. Eso sólo servía para aumentar sus miedos, era imposible que tipos como ellos lograran hacerle algún daño a su Sanguito y llevársela a la fuerza.
—Hay algún tipo de incienso aquí. Me está molestando la nariz pero no logra que evite percibir el aroma de Sango—. Los ojos dorados de Inuyasha miraron con determinación a su amigo durante unos segundos para después devolver toda su atención al que más culpable le parecía.
—P-por favor ba-bájame—. Tras un monumental esfuerzo, Dorobō logró que unas palabras salieran, temblorosas, de su boca. Cuando el demonio, porque él creía que era un demonio dado su poco conocimiento fuera de lo laboral; lo observó de nuevo fijamente, sintió su alma salir de su cuerpo y a este volverse una gelatina.
—Inuyasha, déjalo en el suelo—. Miroku se sentía agotado no sólo por la exhaustiva búsqueda, sino también porque su moral estaba en un nivel muy bajo. Los dos hombres que él cuidaba habían terminado abrazados y llorando por sus madres.
—Son patéticos—. Inuyasha tiró sin mucho cuidado el cuerpo casi blanco que tenía entre garras.
—¡A un lado!—. De pronto apareció Sango en pose de guerra, pero al ver a los supuestos atacantes se quedó helada, sin saber cómo reaccionar. Tantos pensamientos enredados le estaban comenzando a causar dolor de cabeza —¡Inuyasha! ¡Miroku!—. En un arrebato corrió a abrazar a sus amigos, emocionada de volver a verlos. Y no podía negar que contenta de que uno de sus temores haya sido mandado a volar en ese preciso instante: Ellos la habían ido a buscar, era importante para ellos... Era importante para Miroku.
—¿Qué diablos estabas pensando, Sango? ¿Qué carajo haces con estos tipos?—. Inuyasha señaló al trío de idiotas debiluchos en posición fetal que estaban a unos metros.
—Inuyasha, por favor. Sango hablará cuando esté lista. Lo importante—. Miroku tomó entre sus brazos a la mujer que amaba de una forma protectora —, es que está a salvo.
El sonrojo y la sorpresa en el rostro de Sango fueron evidentes. Quiso dejarse llevar por el momento, pero recordó que probablemente sus nuevos amigos habían recibido una paliza. Su mente seguía demasiado confundida como para ceder tan fácil. Se separó aun sonrojada del agarre del monje y corrió en dirección del, un poco mal llamado, trío de idiotas.
— Dorobō, chicos, ¿están bien?—. El alma volvió al cuerpo del líder y los otros dos dejaron de llorar. Los tres miraron con ojos de cachorro a la exterminadora y se tiraron a sus pies.
—¡Por favor, sálvanos! —Hablaron en coro.
Sango sintió pena por los chicos y un poco de vergüenza por su infantil actitud. Trató de quitarlos de sus pies con un poco de movimiento —Ellos son mis amigos. No les harán daño. Pero creo que les deben una explicación.
Se hizo un silencio incómodo. Dorobō se puso de pie lentamente. Era consciente de que ese momento llegaría, pero al parecer, sus genios secuaces se habían equivocado cuando dijeron que los acompañantes de su tan querida futura esposa eran sólo un aciano campesino y su sobrino de unos ocho años. Probablemente dieron por hecho eso, sólo con verla platicar un poco con ellos.
Tragó saliva e intentó hablar, aunque en realidad sólo lograba hacer ademanes bobos. Todo su cuerpo temblaba, hasta sus ojos bailaban un poco de un lado a otro.
Bien, eso sería largo…
Tras unas eternas horas de explicaciones, en las que la mayor parte del tiempo fue usado para que Dorobō tomara aire, temblara, balbuceara y enredara palabras; al fin, Inuyasha y Miroku se enteraron de la situación en la que se encontraba Sango y el acuerdo que había aceptado.
—Ya veo…—. Miroku intentaba ocultar su molestia. Lo que más lo mortificaba era que Sango desviaba la mirada cuando intentaba encontrar azul con café. Un claro signo de que ella estaba dudando; pensando la propuesta.
—Para mí no deja de ser un secuestro—. La cara de fastidio de Inuyasha bastaba para mantener a los compañeros de Dorobō a una distancia bastante prudente —. Yo digo que les demos una paliza y nos llevemos a Sango a la aldea de la anciana Kaede— Cruzó los brazos detrás de la cabeza y se recostó en el suelo.
—Y yo creo que debemos dejarla decidir— .El monje ocultó parte de su rostro detrás de su flequillo, se levantó de la roca que le estaba sirviendo de asiento y le dio la espalda al grupo frente a él —. No parece que ella tenga claras las ideas— Se adentró en el bosque, dejando tras de sí a una exterminadora y un híbrido enfadados.
—Tonterías. Pronto regresaremos por ti, Sango. Y no aceptaremos otra respuesta a que regresas con nosotros a la aldea— Inuyasha se levantó y miró con dureza a su amiga. Sin Kagome, la falta de tacto era aún más obvia, y también el dolor de poder perder a otro de sus amigos era reflejado con facilidad. Saltó a la copa de un árbol e hizo un camino aéreo para salir de la vista de los espectadores.
—Eran chicos muy apuestos, ¿quiénes son?—. Sakura se asomó tímidamente. No quiso intervenir en lo que ella creyó una batalla exhaustiva y estorbar. Pero la angustia de no ver regresar a ninguno de sus compañeros o a la exterminadora que se suponía, estaba a su cuidado, la hizo encaminarse en búsqueda de ellos. Para su desgracia, había llegado muy tarde para enterarse de la situación —¿El monje es tu amigo? Es muy apuesto, se ve que— Sango se levantó con rapidez, dejando a Sakura con las palabras atoradas en la garganta y a un grupo de hombres bastante confundido —… Está interesado en ti.
La morena agachó la mirada, incómoda y triste. Dorobō se acercó a ella y colocó su mano sobre el delicado hombro femenino, atrayendo así a Sakura a su lado, sobre su pecho —Tranquila, Sakura. No fue tu culpa, no dejes que esto te ponga triste.
Ambos se miraron con dulzura durante unos segundos. Hasta que notaron el contacto físico que los mantenía juntos, emparejando sus rostros con un gran sonrojo. Ella lo empujó, incómoda y se giró tímidamente hacia un lado —Será mejor que vayas a buscarla, jefe. Es tu oportunidad para asegurar su matrimonio.
Dorobō asintió, ligeramente confundido. Dio un último vistazo a su grupo original y corrió al encuentro de la exterminadora.
Estaba recargada sobre una de las paredes de la cabaña, bastante molesta. ¿Era posible que Miroku estuviera cediendo, otra vez, con tanta facilidad? Probablemente así de poco era su interés. Sólo faltaba que Sakura hubiera aparecido un poco antes, para que así, el monje pervertido hiciera uso de su tan famosa coquetería, y le pidiera un hijo. No lo culpaba, Sakura era tan femenina como ella no. Su piel era nívea contrastando con su cabello oscuro y su cuerpo era tan grácil que bien podría incluso danzar, si hubiera tenido la oportunidad de aprender a hacerlo. Era delicada y sobre todo, dulce. Sango no era ninguna tonta y notaba el interés de la morena en Dorobō, por eso entendía su intento de tratarla de mala forma cuando recién aceptó las dos semanas de prueba. Pero al final, la personalidad de la chica ganó y terminaron haciéndose amigas.
Dejó caer su peso de a poco, hasta que terminó sentada, abrazando sus piernas. Lo único que pedía era que disiparan sus dudas. Que su corazón dejara de palpitar y provocarle tantos sentimientos al mismo tiempo. Su estómago se encogía preocupado, ardía por el enojo y parecía haber seres dentro de él por culpa de la emoción. Era culpa del monje, y un poco de su entusiasta pretendiente.
Dorobō se acercó dudoso hacia la mujer que tanto deseaba, se casara con él. Le tocó el hombro con delicadeza y esperó a que ella lo mirara. Obtuvo una mirada ligeramente irritada, pero era claro que Sango intentaba calmarse.
—Perdona. Todo esto es mi culpa, debí haber hecho las cosas diferentes desde el principio—. Él se sentó a su lado, a varios centímetros de distancia —. Creo que fue tanta mi sorpresa al encontrarte que no pude pensar con claridad —Habló con sinceridad. Bajó la mirada al suelo sucio y se encontró con un tallado bastante pequeño, hecho con caligrafía sencilla que le resultaba familiar. Al leer lo que estaba escrito, no pudo evitar soltar un sollozo.
Sango se giró ligeramente preocupada, olvidando por ese instante su enojo —¿Qué pasa? Perdona si me molesté, no es tu cul— Se percató de donde estaba colocada la mirada de su pretendiente y leyó la inscripción en voz alta—… "Que nuestro amor perdure hasta más allá de la muerte. Te amo, querido"
—Debe haberlo escrito mi madre, ¿sabes? Tengo entendido que ella provenía de una familia noble. Pero se escapó. Supongo que después de un tiempo la dieron por muerta y volvieron a su vida rutinaria.
—¿Huyó para encontrarse con tu padre?— La exterminadora no pudo evitar sentirse enternecida. Pero Dorobō negó ante su pregunta.
—No. Huyó de los cuidados excesivos que le daban. Aunque en realidad no eran excesivos, su cuerpo era frágil. Murió cuando yo era pequeño, la recuerdo siempre recostada en esa esquina y a mi padre cuidando de ella—. Sango agachó la mirada de nuevo a las palabras grabadas. No sabía qué decir —No recordaba que ella escribió eso una tarde en que mi padre había ido a trabajar. Murió a los pocos días.
El ambiente se tensó. Pero el mismo Dorobō fue quién lo rompió —Pero bueno, lo importante es que te encontré a ti. Espero que tu estadía aquí siga siendo cómoda. No puedo ofrecerte mucho, como verás, no rebozo en lujos. Pero nunca te faltará amor, y tendrás un poco más de lo necesario para vivir. Sólo deseo aceptes unir tu vida a la mía.
Esas palabras calaron hondo en Sango. Eran las palabras que tanto había anhelado escuchar. Sin embargo, tenían un sabor algo amargo viniendo de otra boca a la que deseó. Tal vez era una señal de que debía aceptar el nuevo camino que se le ponía enfrente.
—Si sigues actuando igual de idiota, seré yo quien te golpeé primero, Miroku. No es la primera vez que esto pasa, y vuelves a salir huyendo. Normalmente dejaría que ustedes arreglen solos sus problemas, a decir verdad no termino de entenderlos, sin embargo—. Inuyasha estaba recostado en la rama de un árbol que le servía de apoyo a la espalda de Miroku y miraba de reojo a su compañero —… Es lo que Kagome querría hacer —Lo dijo casi como un susurro.
—No podrías entenderlo de todas formas—. Miroku alzó la cabeza para poder ver a su interlocutor.
—Creí que ya se había ido tus dudas—. De un brinco, Inuyasha se colocó frente al monje, quien lo seguía con la mirada. Se sentó con cierta violencia y lo miró con aire burlón —Habías dicho que tu amor por Sango te dio la fuerza necesaria para acabar con Naraku. A veces eres muy idiota y parece que fuera mentira.
Miroku no se dejó provocar. Cerró los ojos y dejó salir un suspiro pesado —Déjame descansar por lo menos esta noche, Inuyasha. Quiero aclarar las cosas en mi cabeza.
—Keh, como quieras —El híbrido se recostó en su lugar y cerró los ojos —. Pero lo que deberías hacer es pensar cómo hacer que Sango vuelva.
—Tal vez tengas razón —. Miroku abrió los ojos y observó con ensimismamiento el fuego de su pequeño campamento. Era verdad que sentía temor de no ser suficiente para su preciada Sango. Sus curvas eran demasiado perfectas, su personalidad era un tesoro de dulzura, timidez y amabilidad, siempre velando por los demás, además de femenina era una guerrera fuerte. Cuando Sango peleaba en ese traje entallado, que por milagro tenía piezas que cubrían justo lo necesario (sino, él se hubiera desmayado y muerto antes de poder matar a Naraku), parecía danzar. Un baile apto sólo para ojos entrenados. La mujer perfecta.
Su mujer perfecta.
¿Y él? Él tenía un pasado deshonroso, poco justificado por su temor a la maldición que portó durante tanto tiempo. Era embustero, pervertido, y una lista infinita más de defectos. No era digno de ella.
Pero ella había aceptado estar con él, lo amaba, estaba seguro ahora. No se podía permitir hacer a un lado tan preciado regalo, y regalarlo así de fácil. Lucharía, esa personalidad, esa belleza y ese trasero serían sólo suyos. Después de todo, si había un culpable de las dudas de Sango, ese era él.
—Lo siento mucho, Dorobō. Sanguito ya es mía.
Inuyasha abrió un ojo y sonrió, en silencio. Eso era todo lo que necesitaba para tener una noche de sueño tranquila.
Tadá. Lo siento si este capítulo es muy desastroso, Yumi. Mi musa no quería cooperar, pero logré hacer este capítulo. Espero no haberme centrado mucho en los personajes secundarios, pero no quería que fueran cuadrados y vacíos. Te prometo que el próximo capítulo tendrás más de la pareja principal.
Gracias por sus reviews a Samara-Lestrange, y claro a Yumi. Me hace muy feliz que me dejen saber lo que piensan. Espero este capítulo sea de su agrado.
Sin más, me despido. Nos leemos en el próximo capítulo.
