Disclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen, son propiedad del señor Himaruya. Esta historia tampoco es mía, sino de la fantástica escritora Happymood (os la recomiendo), quien amablemente me ha dado su permiso para traducirla a español y publicarla.
Romano podía ver que su padre y su hermano estaban disfrutando esto terriblemente. Los miró, incrédulo, con sus libros de matemáticas debajo del brazo y deseó que Rómulo dejara de torturarlo y le dijera que todo era una broma. Esperó un momento, pero ambos se quedaron mirándolo desde la cocina, sonriendo e instándole a llamar a la maldita puerta como si el Apocalipsis fuera a venir si Romano no lo hacía.
Romano quería decirles que el Apocalipsis llegaría si Romano, de hecho, lo hacía. Pero no. No lo comprendieron, y simplemente le sonrieron animándolo como si Romano simplemente estuviera asustado de llamar a la puerta y no a punto de partirles el cuello si no dejaban de reírse detrás de sus manos como colegialas trastornadas. (Lo que, en serio).
Romano suspiró profundamente, abrió la puerta bruscamente y la cerró con violencia detrás de él antes de que pudiera ver a su padre o a su hermano animando.
"¡Oh, hola, Lovino!" exclamó Antonio, que no parecía del todo molesto de que Romano irrumpiera en su habitación (nota: la habitación de Romano) de esa forma tan brusca. Romano gruñó y finalmente levantó los ojos del suelo para mirar a Antonio.
Antonio se quedó de espaldas a él buscando algo en su armario (nota: de Romano) y habría estado totalmente bien y elegante si Antonio no hubiera estado sin camisa. A Romano casi se le caen sus libros por la vista y se sonrojó diez tonos de rojo cuando se percató de que había estado mirando un poco más de lo socialmente aceptable.
"¡Eres un pervertido!" exclamó y se sentó golpeando con sus libros el escritorio. Antonio lo encaró, con la ceja levantada, pero Romano hizo todo lo posible para evitar mirarlo. "¡Ahora entiendo por qué ese viejo te dejó entrar! ¡Oh, Dios mío!" exclamó Romano lanzando una mirada hacia donde estaba Antonio. "¿Te vas a vestir de una maldita vez?" gruñó Romano tratando de ocultar su sonrojo de los indiscretos ojos de Antonio. El mayor lo miró completamente confundido, pero finalmente escogió una camisa y se la puso. Dios, ¿acaso ese hombre no entendía que era una falta de educación andar por ahí medio desnudo? "Vale, ¡acabemos con esto de una vez!" exclamó Romano después de abrir su libro por una página al azar.
"¿Eres virgen?"
Antonio soltó una risilla, y Romano finalmente se atrevió a lanzarle una mirada de desaprobación.
"¿Perdón?" preguntó Romano entrecerrando los ojos, pero Antonio simplemente cerró las puertas del armario y se sentó cerca de él, acercando su mano para coger el libro de Romano. Romano no se quedó para nada mirando las venas de los brazos de Antonio.
"Tengo una clase por la tarde." dijo Antonio con una sonrisa, "Espero que no te importe que no vaya despacio."
Romano se le quedó mirando, levantando una ceja. Antonio le sonrió inocentemente, y Romano se dio cuenta de que el otro no se había percatado del juego de palabras, o lo simplemente lo había ignorado. Romano gruñó, preguntándose si el otro era un idiota o sólo fingía ser inocente. Optó por la primera opción y gruñó.
"¿Por qué aceptaste? Maldita sea." Preguntó Romano abriendo su libreta y tomando un bolígrafo del escritorio. Sus manos no estaban para nada temblando. No. "Podrías haber dicho que no, joder."
"Dices muchas palabrotas." Comentó Antonio, con la sonrisa todavía en sus labios, leyendo las notas que Romano tenía en su libro. "¿Esto es un pollo?" preguntó mostrándole a Romano el pequeño dibujo con el que se había encontrado. Romano rodó los ojos.
"Se suponía que era mi profesor con una cabeza de pollo." Explicó Romano, luego suspiró y recuperó su libro de matemáticas de las manos de Antonio. "Escucha, quiero hacer esto tanto como tú, así que ¿por qué no fingimos que eres un increíble profesor y yo vuelvo a mis jodidos asuntos?"
"¿Qué son?"
Antonio lo miró, sinceramente curioso, y Romano de repente sintió que sudaba al contemplar los ojos verdes de Antonio. No tenía nada que decir a eso, así que Antonio continuó:
"Tu padre dijo que necesitabas ayuda. No me importa ayudarte si puedo."
Romano rodó los ojos hacia el techo mientras Antonio abría el libro por la página de ejercicios. Antonio parecía que quería ayudarlo de verdad con su tarea, y Romano de pronto refunfuñó molesto. Tenía mejores cosas que hacer y realmente no quería seguir con esto.
"Entonces, ¿son estos de rojo los ejercicios que tienes que hacer, Lovino?" preguntó Antonio amablemente, pero Romano simplemente resopló otra vez e inesperadamente se acercó el libro, leyó el ejercicio y escribió la solución debajo en menos de tres minutos. Antonio se quedó mirándolo, asombrado, pero Romano hizo lo que pudo para no mostrarse satisfecho por ello.
"¿Ves? No necesito ninguna maldita ayuda." Espetó Romano y resolvió el siguiente ejercicio también antes de lanzar una mirada arrogante hacia donde estaba Antonio. "Ya te puedes ir a tu clase. Adiós." Dijo, cerró el libro y fue a levantarse cuando de pronto la mano de Antonio se alzó y lo agarró del hombro.
"¡Yo nunca fui tan bueno en matemáticas!" exclamó Antonio con una sonrisa. "¡Fuiste muy rápido! ¿Por qué sigue tu padre diciéndome que se te da mal?" preguntó comprobando los dos ejercicios resueltos otra vez para asegurarse de que no estaba soñando. Romano sintió que su cara se calentaba por el cumplido y frunció las cejas.
"Yo… em…"
"Me enseñó tus exámenes, ¿sabes?" dijo Antonio mirándolo otra vez, "Tú- bien…"
"Lo sé." Espetó Romano. "Yo siempre suspendo."
"¡Pero-!"
"Dije que odiaba a mi profesor, no que no fuera bueno en ello." Dijo Romano sintiendo una nota de orgullo en su voz que intentó esconder detrás de una tos falsa.
"¡Pero!"
"Escucha, Antonio. Gracias, pero no gracias. No necesito que me des clases sobre algo que ya sé. Así que, si somos buenos, yo simplemente-!" Romano movió la mano, "Lo que sea. No necesitas saber. Adiós."
Romano finalmente se levantó y caminó hacia la puerta otra vez, cuando de repente escuchó a Antonio estallar en carcajadas.
"Sólo eres vago."
Romano se detuvo y se quedó mirándolo. Antonio parecía estar divirtiéndose.
"De hecho tú lo entiendes todo bastante bien, pero simplemente eres vago."
"No todo." Dijo Romano rodando los ojos, "Física es una putada, Historia es aburrida y con Latín me dan ganas de suicidarme. Sólo entiendo mates porque… bueno, porque sé cómo manejar el dinero y cómo ganarlo con el menor esfuerzo. ¿Quién te crees que lleva esta casa? ¿Mi padre? Ja, no con la manera de la que bebe por las noches." Añadió con una nota de decepción. Antonio no pareció notarlo, sin embargo, y simplemente le sonrió ampliamente.
"Eres único, ¿lo sabías?" dijo Antonio riéndose un poco, "Bueno, eso significa que entonces pagaré el alquiler entero". Añadió haciendo un puchero con los labios como un niño pequeño. Romano se quedó mirándolo, incrédulo.
"5% no es tanto, lo sabes." Dijo Romano, frunciendo el ceño. "¡Espera! ¿Se lo vas a decir a papá?"
"Bien, si tan inteligente eres ¿por qué no haces la tarea al menos?" preguntó Antonio bromeando. "Sólo son cinco minutos de tu vida."
"Realmente no me importa si no termino el instituto. No tengo nada que hacer después… ¡pero no has respondido a mi pregunta, sabelotodo!" exclamó Romano apuntándolo con un dedo acusador.
"¡Por supuesto que se lo diré!" dijo Antonio alegremente, "Estará muy orgulloso de ti. Se preguntará por qué no te esforzaste antes."
Se levantó, y Romano tiró los libros sobre el escritorio otra vez y levantó las manos para detenerlo. Antonio elevó una ceja inquisitivo, y Romano aprovechó la confusión y lo empujó hasta sentarlo.
"No, no, ¡simplemente no!" exclamó Romano, "No quiero que lo sepa."
"¿Por qué?" preguntó Antonio mirándolo inquisitivo, y Romano se sonrojó.
"Preocúpate de tus propios malditos asuntos." Dijo Romano, "Eres un bastardo, ¿lo sabías?" cruzó los brazos sobre su pecho, cogió sus libros y se encaminó a la cama, todo mientras ignoraba los ojos de Antonio clavados en su espalda. "Me quedaré aquí haciendo mi tarea mientras tú haces –lo que quiera que los universitarios hagáis." Espetó Romano tirándose en la cama.
Antonio se quedó mirándolo durante un rato, la sonrisa no abandonó sus labios ni una vez, y Romano pensó seriamente que el otro se estaba cachondeando de él sin decir nada realmente. Se sonrojó y abrió el libro otra vez, comprobando el resto de su tarea y fingiendo estar verdaderamente interesado en lo que tenía que hacer.
Entonces escuchó a Antonio suspirar y murmurar:
"5% es un buen trato si no tienes mucho dinero como yo."
"De modo que ambos somos felices, ¿verdad?" murmuró Romano en respuesta. Antonio se rio otra vez, encendió su portátil y miró a Romano de nuevo.
"Sí, supongo." dijo y sonrió. "Puedes pedirme ayuda siempre que quieras."
"Como si lo fuera a hacer, bastardo." Dijo Romano y empezó a leer. Antonio se rio y volvió a su portátil.
"Dices un montón de palabrotas, Lovino."
Romano simplemente refunfuñó y finalmente comenzó a estudiar. Se sintió un poco ridículo al principio, porque hacía años desde la última vez que se puso a hacer la tarea, pero pronto perdió la noción del tiempo y el silencio se interpuso entre ellos.
Romano no supo cuándo se quedó dormido. Se dio cuenta de lo que había hecho cuando abrió los ojos y vio que Antonio estaba guardando sus libros silenciosamente. Romano permaneció en silencio mirándolo, observando la forma en la que sus omóplatos se movían mientras se estiraba para coger algo del escritorio. Romano no pensó mucho en ello y volvió a sus ejercicios.
"Es Romano, por cierto." Dijo Romano de repente. Antonio se volvió para mirarlo con sorpresa.
"¿Qué?"
"Mi primer nombre." Dijo Romano. "Lovino es mi segundo nombre."
"Oh." Dijo Antonio y se colgó la mochila del hombro. "Me gusta más Lovino."
Romano resopló, cerró los libros y se levantó.
"Sí… a ella también." Murmuró para sí mismo, y sin venir a cuento le sacó la lengua a Antonio y salió de la habitación.
Al día siguiente cuando Romano fue a la escuela, se sintió un poco molesto cuando su profesor de matemáticas lo miró como si estuviera viendo un fantasma cuando resolvió el problema en la pizarra. Lo comprobó dos veces antes de decidir que no tenía chuletas escondidas en las mangas. Cuando acabó, Romano rodó los ojos y volvió a echarse la siesta al fondo de la clase.
"¡Antonio debe ser un gran profesor!" exclamó Feliciano cuando se encontraron más tarde durante el almuerzo. "¿Crees que me puede echar una mano con Historia?"
"No es ningún genio" espetó Romano masticando su bocadillo. Feliciano pareció desanimarse un poco con eso, pero no hizo ningún comentario y siguió comiéndose su almuerzo.
"Ojalá tuvieran pasta aquí." Se quejó Feliciano después de un rato y pinchó su ensalada de aspecto tan pobre. Romano resopló y luego lo miró, notando que Feliciano parecía realmente triste por algo. Romano sabía que no era por la ensalada y quería preguntarle sinceramente qué iba mal, pero no se sentía lo suficientemente cómodo para hacerlo. Inmediatamente se dio cuenta de lo que estaba molestando a Feliciano cuando éste inconscientemente levantó la mirada cuando Ludwig, ese bastardo alemán al que Lovino odiaba con todo su ser, entró en la cafetería seguido por el estudiante japonés nuevo.
Feliciano se le quedó mirando nostálgicamente durante un rato, hasta que Romano no pudo soportarlo más y lo golpeó con fuerza en la espalda. Feliciano gritó adolorido y tiró la ensalada al suelo.
"¿A qué ha venido eso?" exclamó Feliciano. Romano abrió ampliamente los ojos:
"¿A qué ha venido eso?" lo imitó Romano. "¿A qué ha venido eso?" repitió señalando a Ludwig, que los estaba mirando ahora (como la mayoría de los estudiantes). Feliciano se puso rojo como un tomate y se arrodillo para limpiar la ensalada del suelo.
"¡Eres un malvado, Romano!" exclamó Feliciano. "Te odio."
"¿Habéis peleado?" preguntó entre dientes Romano enfadado. "Si te ha hecho daño, yo le-!"
Feliciano inmediatamente se levantó y volvió la mirada hacia Romano con una expresión de pánico en la cara.
"Nonono." Dijo negando con la cabeza. "¡Yo-! Bueno, ¡yo estoy-! ¡No! No hemos peleado."
Romano se sintió extrañamente aliviado.
"¿Entonces qué?" preguntó Romano. "Tú siempre estás pegado a él, ¡como pegamento!" Romano lo pensó por un momento y entonces le sonrió ampliamente a su hermano: "Finalmente has entendido que es un gilipollas y has decidido alejarte de él, ¿verdad? ¿Verdad?" Preguntó esperanzado. "¿Verdad?"
Feliciano torció el gesto.
"No sé por qué lo odias tanto, Romano." Dijo Feliciano y lo dejó durante un momento para tirar a la basura el resto de su almuerzo. "Él es muy amable."
"¿En serio?" preguntó Romano, "Quien lo diría con esa mirada asesina y esos enormes músculos suyos. ¡Parece como si hubiera desalojado la prisión!"
"Ha ha." Se burló Feliciano, y luego después de un momento de silencio: "¿Es esa tu manera de decirme que debería hablar con él?"
"¿Qué?" exclamó Romano. "¡No!"
"Quizás debería." Continuó Feliciano como si Romano no lo hubiera agarrado por la camisa y pareciera a punto de darle un puñetazo.
"Vale, lo haré." Dijo Feliciano con una sonrisa. "De hecho lo haré ahora mismo." Añadió con firmeza, empujó a Romano bruscamente y caminó en línea recta hacia Ludwig.
"¡Feliciano!" exclamó Romano, pero fue inútil. Feliciano se dio la vuelta y le sacó la lengua de forma infantil. Romano gruñó, se tragó el último trozo de su bocadillo y se largó enfadado.
Esa tarde Romano se echó en la cama de Antonio con la tarea en el regazo, pero no se podía centrar en ella. Continuaba hablando sin parar de su hermano, sin importarle realmente si Antonio estaba interesado o no.
"¡Mi hermano es un completo idiota!" exclamó Romano al final. Antonio paró de intentar escribir en su portátil y volvió la mirada hacia él.
"¿Por qué dices eso?" preguntó Antonio, "Parece realmente listo y lindo."
Romano resopló.
"¡Sí, claro!" exclamó y rodó los ojos. "¡Especialmente cuando está encima de ese bastardo voluminoso como si su vida dependiera de ello!"
Antonio se rio un poco con eso.
"Creo que sólo está enamorado, Lovino." Dijo Antonio, "Déjalo estar."
"¿Déjalo estar?" repitió romano abriendo mucho los ojos, "¿Has visto a ese tío? De hecho, no. Olvídalo. ¿No deberías estar estudiando o algo?"
"Sí, probablemente." Dijo Antonio y le sonrió, "¿Y tú?"
Romano se le quedó mirando durante un rato antes de echarse otra vez sobre la almohada de Antonio.
"Sí. Mmm… sí. Debería. ¡No me des órdenes, bastardo!" exclamó Romano. "Eres increíble."
Antonio se rio otra vez y se volvió hacia su portátil una vez más. Romano lo contempló durante un rato y luego retornó a su tarea. Pensó que no le importaría pasar las tardes de esa forma. Al menos nadie lo molestaba con historias sobre alemanes voluminosos o insistiendo en que lavara los platos o algo. Estaba seguro ahí.
Y Antonio, de hecho, tenía unos omóplatos realmente atractivos.
Tacha eso. Romano estaba cansado y no sabía lo que estaba pensando.
