Capítulo III
Rivendel
Los orcos fueron más rápidos, las dos hadas cayeron al suelo al ser golpeadas por dos grandes y horrendos orcos. Maika cayó dándose un golpe fuerte en la cabeza que la dejo inconsciente.
Una furiosa pelea se perpetraba mientras la joven seguía en el suelo sin moverse. Haldried trataba de alejar a los orcos del cuerpo de Maika. Los llevo hasta un extremo del sendero sin darse cuenta en la desventaja en la que estaba. Tomo una de las espadas que llevaba consigo. De no haber sido de todo lo que aprendió en sus días de aventura, no hubiera podido matar a los orcos.
Victoriosa y sonriente dio un paso hacia enfrente. Un orco salió de la nada con la espada desenvainada. No reacciono a tiempo y todo se volvió negro.
―Haldried ―dijo Maika tratando de incorporarse, su vista estaba nublada y sus piernas apenas podían soportar su peso―, ¿Haldried?― seguían en el mismo sendero donde las atacaron pero había una peste en el ambiente.
Observó a su alrededor, había cuerpos de orcos en el camino, llevo una de sus manos a la boca tratando de no revolver el estomago. Solo había uno de los caballos, escucho un ruido proveniente entre los matorrales que estaban en los extremos del sendero.
Rodeo los matorrales, con una velocidad inexplicable se arrodillo asustada. Haldried estaba en el suelo con una espada, de alguno de los orcos, atravesándole el estomago. ―Haldried ― movió la cabeza de Haldried para que la mirase ―, tengo que llevarte de aquí ―la mano de la hada atrapo el brazo de Maika.
Haldried despertó, sus ojos se volvieron negros y pronuncio unas palabras de un extraño idioma que Maika no conocía.
De pronto comenzó a convulsionar asustando a Maika que lo único que pudo hacer fue gritar. Los parpados de Haldried se abrieron abruptamente dejando en descubierto que, su ojo derecho, empezaba a cambiar. De su pupila se dibujo una llama y en instantes… parecía al ojo de Sauron.
Haldried parecía ceder, sus ojos comenzaban a cambiar abruptamente. Maika no sabia que hacer algunos cuantos kilómetros estaba el puente del río Mitheitel.
―¿Qué hago? ¿Qué hago? ―se repetía.
― Ash nazg durbatuluk, Ash nazg gimbatul, Ash nazg thrakatuluk, Agh burzum-ishi krimpatul ―gritaba Haldried retorciéndose.
―¿Qué? ― no sabia que decía la hada―. Tengo que hacer algo y rápido ―junto sus manos como si fuera a rezar, entrelazando sus dedos y cerrando los ojos pronunció una oración.
El aire se calmo, el hedor proveniente de los cuerpos de los orcos desapareció. Desde lejos se escuchaban los cascos de un caballo que poco a poco se acercaban, Maika seguía rezando hasta que alguien la tomo del brazo y la jaló hacía arriba.
∞.∞.∞
En una hermosa recamara de paredes de mármol y partes de roca, sobre una cama descansaba Haldried. Abrió los ojos y se incorporó de golpe, extendiendo su brazo como si algo se le fuera de las manos.
―Por fin despiertas ― dijo Maika levantándose de la silla―, ¿Tuviste pesadillas? ―preguntó, pues Haldried seguía en la misma posición en la que se incorporó.
―No ―bajo el brazo―, sólo fue un sueño ―junto sus piernas, las flexiono y enterró su rostro en las rodillas.
Soñó que estaba en un lugar muy oscuro y de pronto salían llamas del suelo, que se elevaban hasta formar el gran ojo de Sauron. Trataba de escapar pero su cuerpo no respondía. En el otro extremo del lugar estaba Maika en una especie de hechizo. Sauron pretendía convencer a Haldried pero ella no cedía y por esto él le advertía que mataría a todos sus seres queridos.
El ojo desaparecía al mismo tiempo que Maika caía muerta.
―¿Cuánto llevo así? ―se levanto de la cama y un fuerte dolor hizo que cayera al suelo.
―Ten más cuidado aun no te repones de tu herida ―la ayudó a levantarse.
―no respondiste a mi pregunta ― volvió a recostarse.
―llevas como una semana en estado de suspensión.
―Por suerte Maika me llamó a tiempo ―dijo el medio-elfo desde la puerta.
―¡Lord Elrond! ―grito con emoción –, qué alegría. . . aush ―se quejo.
―Lilith vendrá con un vestido para que te cambies ―dijo sin moverse ―, Maika necesitamos hablar.
Salieron de la habitación cuando Lilith llego a ayudar a Haldried a vestirse. Caminaron hasta uno de los balcones donde estaba Gandalf el gris.
―Señorita ―dijo el mago cortésmente.
–¡Gandalf! ―lo tomo de sorpresa al abrazarlo y después Maika recordó donde se encontraba y se separó.
―Dile a Gandalf lo que escuchaste salir de los labios de Haldried ―le ordenó Lord Elrond.
―Ash nazg durbatuluk, Ash nazg gimbatul. . . ―dijo tratando de recordar.
― Ash nazg thrakatuluk, Agh burzum-ishi krimpatul ―interrumpió Gandalf―, un Anillo para gobernarlos a todos, un Anillo para encontrarlos, un Anillo para atraerlos a todos, y atarlos en las Tinieblas― dijo moviendo su pipa.
Maika se sobresalto al escuchar del Mago la traducción de lo que había escuchado.
―Ha empezado ―dijo Lord Elrond con frivolidad.
―Para nuestra desgracia ―apoyó Gandalf.
―nunca debimos salir del bosque negro nunca ―decía Maika con desesperación.
―¿Por qué llegaron por el río Mitheitel si vienen del bosque negro? ―pregunto desconcertado Lord Elrond.
―No quisimos entrar por las montañas así que rodeamos por el paso de Rohan y henos aquí ―la voz se le fue apagando al ver la cara de preocupación del señor de Rivendel.
―al menos están a salvo ya ―interrumpió Gandalf levantándose―, vamos ve por tu hermana que hay una comida en el salón.
Maika hizo una pequeña reverencia y huyó del lugar en busca de su hermana.
―¿Cree que sería prudente que ellas…
―eso lo decidiremos más tarde.
El salón de la casa de Elrond estaba en su mayoría lleno de elfos, aunque había unos pocos huéspedes de otra especie. Elrond estaba sentado en la cabecera de la mesa sobre el estrado; a un lado tenía a Glorfindel y al otro a Gandalf. Maika diviso a Arwen que estaba sentada En el centro de la mesa, apoyada en los tapices que pendían del muro.
Maika vestía de un verde pastel y portaba en su cabeza una de las joyas preciadas de Fairymir, la tiara de bayas de oro. Detrás de ella venía Haldried con un vestido color rojo con toques de negro y portaba la corona de la familia Real de su especie, adornada con hojas color esmeralda y anaranjado, unas escarchas onduladas doradas que descendían en sus cabellos y cuatros copos de nieve plateados simbolizando los puntos cardinales. La corona que se daba antes de la coronación de la descendencia directa de la Hada Creadora o como algunos la llamaban, Madre Naturaleza.
―¡Glóin! ―gritó Haldried acercándose donde estaba el viejo enano―, tanto tiempo sin verlo ―se arrodilló a un costado de la silla donde él estaba sentado―, dichosa de mí que lo veo.
―Pequeña ―dijo el enano acariciando el rostro de la hada―, ni tan pequeña, párate para verte mejor. Haldried se incorporó, una que otra lagrima rodaba por sus mejillas.
―sí Thorin le viera ―dijo melancólico.
―me mataría ―rió―, y diría "¿cómo osas venir a verme con esa estatura? Te pareces a esos malditos elfos, puaj" y después me daría un golpe ―las lagrimas rodaban con más rapidez.
―¡Casi lo olvidaba por completo! ―exclamó Glóin llevándose las manos al rostro―, le presento al Señor Frodo Bolsón sobrino de nuestro saqueador favorito ―dijo.
―mucho gusto señorita.
―el gusto es mío ―sonrió ampliamente limpiándose la lagrimas.
