Descargo de responsabilidad: Yuri!on Ice, así como todos sus personajes, son propiedad de Studio MAPPA y sus creadoras (Kubo Mitsurou, Sayo Yamamoto).
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AVISOS: Este fanfic participa en el #concursoYOLO, de la página "You only live once fanpage".
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AVISO 2.0: AU, fantasía mezclada con realidad, desvaríos, locuras, folclore japonés.
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SHALL WE…?
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Cuentan los más sabios, aunque nadie puede serlo más que Dios, que hace mucho tiempo, durante el siglo XII, un próspero Emperador de la tierra del sol naciente cayó enfermo después de haber lidiado con la guerra entre dos clanes enfrentados. Incapaz de comer o beber, el monarca se pasaba los días atormentado por grandes malestares y sin poder dormir, pues era asediado por terribles pesadillas cada vez que intentaba cerrar los ojos para descansar. El tormento era tanto que incluso el cielo se entristecía y reflejaba la decadencia del Emperador, pues ahora se había tornado en un gris plomizo sin lluvia, tan oscuro como el fondo del mar. Enfermo y cansado de todos los intentos infructuosos, mandó a llamar a la guardia imperial con la intención de mantener protegidos sus dominios hasta el momento en que tuviese que recibir a la muerte sobre el lecho de una cama.
Un día, uno de los samuráis, en un momento de espontánea curiosidad, fijó su vista en un fruto lejano en la punta de un árbol y elevó una flecha en el aire, apuntando y disparando sin pensarlo demasiado. Nadie esperaba lo que sucedió a continuación.
El cielo gris rugió, abriéndose de pronto y tragándose la flecha, y las nubes que anunciaban una tormenta eterna se dispersaron a gran velocidad. Cuando la corte imperial ingresó en los aposentos del monarca, le descubrieron durmiendo con placidez, con el color de las mejillas retornando y las ojeras desvaneciéndose como sombras sobre la piel, junto a una criatura extraña, muy singular, con el cuerpo de un tanuki, las patas de un tigre y la cara de un mono.
No tardarían en descubrir lo que tenían enfrente. Ese no era un animal ordinario. Precursor de enfermedad y mala suerte, una de las quimeras más antiguas que existían en el mundo conocido y por conocer. Aquella bestia… era el nue.
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Tres
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Pas de deux
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—¿Mami?... ¿Por qué se cayó de pronto?
Tenía una hoja de papel sobre el suelo frente a él y un lápiz en la mano. Las densas lágrimas continuaban acumulándose en sus ojos, una humedad muy conocida y familiar que le nublaba la vista poco a poco, sin desbordarse. A su lado, la madre trataba de sacarlo de su estupor, asustada. El niño no respondía a su llamado. Su mirada estaba perdida en la pantalla de la televisión, donde un tumulto se congregaba con rapidez ahí donde la figura delgada y blanca había desaparecido entre las sombras.
—¿Yuri? Yuri, hijo, ¿me estás escuchando? ¿Qué te pasa?
Lo sacudió frenéticamente. Yuri bajó la vista, parpadeando varias veces antes de fijarse en su dibujo. No había tenido tiempo de hacerlo bien, puesto que se movían muy rápido, pero ahí estaba, adivinándose entre los trazos irregulares. El niño de blanco y plata que repentinamente se había caído del escenario mientras danzaba.
Aunque no comprendía muy bien la razón, de un momento a otro comenzó a llorar.
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A la luz de las velas, en el silencio más sepulcral de una noche intimidada, las sombras de dos personas hincadas eran distinguibles junto a la mesa baja en el centro del comedor. Yo les observaba de pie cerca de uno de los muros, sin poder moverme. Hablaban en voz muy baja, susurrando cosas y negando con la cabeza.
No podían verme.
—Hiroko… —decía el hombre, tomando las manos de su compañera entre las suyas. Aunque su piel luciera más tersa que nunca, y aunque las sienes estuviesen tan pobladas de cabello como el resto de su cabeza, yo no podía dejar de reconocerlo. Se acomodó las gafas, suspirando—. Esto no ha sido tu culpa.
La mujer, mi madre, negó con la cabeza.
—Claro que es mi culpa —repetía ella, apretando con fuerza los dedos de mi padre—. Fui yo quien le permitió el acceso, sin hacerte caso cuando me advertiste —Sus mejillas regordetas estaban rojas y pronto fueron surcadas por un par de lágrimas que la traicionaron. Sentí una necesidad calcinante de avanzar y consolarla. Jamás la había visto tan destrozada—. Fui yo quien dejó que maldijeran a mi hijo…
—No, no —la interrumpió él. Sin embargo, ya no encontraba palabras—. E-eso no es así… Estoy seguro de que… no es más que una simple casualidad…
—¿Estás escuchando lo que dices? —Mi madre lucía desesperada, como si estuviese a punto de perder el juicio—. Has visto lo que ha ocurrido hoy. Es él, Toshiya. Yo lo sé. No murió cuando hicieron el ritual de purificación. Está dentro de Yuri, está dentro de mi pequeño niño… y le está destruyendo la vida.
—No pudo haberse quedado en Yuri… No…
La convicción comenzaba a menguar en el tono de mi padre. Mi madre se entregó a las lágrimas, cubriendo su boca con una mano para evitar dejar salir los sollozos.
—Mi niño… Mi pobre niño…
—¿Mami?
Una voz cantarina y adormilada, un tono de niño, les hizo dar un salto. Un pequeño Yuri de ocho años apareció en la puerta, sosteniendo un oso de peluche con una mano y frotándose los ojos con la otra.
—¡Yuri!
Mi padre se levantó al instante y levantó en brazos a mi pequeño yo.
—¿Qué sucede?
—No puedo dormir —confesó el infante, emitiendo un bostezo. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar esa tarde. No recordaba mucho de aquello—. ¿Puedo ir a la cama con ustedes?
Mi madre se acercó al pequeño, escondiendo su tristeza. Se veía frágil, a punto de romperse.
—Claro, cariño.
Caminaron juntos y de la mano, desapareciendo por el pasillo sumido en oscuridad. Una ráfaga de viento, un soplido de alguien invisible, extinguió la luz de las velas y todo fue penumbra. Entonces el sueño terminó.
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Después de lo ocurrido en el departamento no volví a ver a Víctor ni una sola vez, ni siquiera cuando entregué el demo del video y las fotos, ni cuando se marchó por fin para regresar a su país con el propósito de iniciar una gira más con el ballet ruso, una gira que quizá sería la última para él. Lo evité cuidadosamente, borrando todo indicio de anormalidad que pudiesen conducir a alguien a pensar que algo estaba pasando conmigo, o que estaba loco. Era lo que menos necesitaba.
El video estaba programado para transmitirse en los primeros días del mes entrante, en julio y, sin embargo, yo no estaría en Detroit para verlo.
—¿Tienes todo listo? ¿Maleta? ¿Boleto?
Palmeé la agarradera de la maleta, echando un vistazo a los broches y los cierres asegurados para después palparme los bolsillos en busca del papel que me permitiría abordar el avión de primera clase que saldría en menos de una hora. Asentí.
—Sí, ya lo tengo todo.
Respondió a mi gesto y se adelantó un paso, posando sus manos sobre mis hombros y mirándome con intensidad.
—Saluda a tu madre y a tu padre de mi parte —me dijo con dulzura al oído. Minako-sensei me rodeó con sus brazos y me estrechó con fuerza, aplastándome. Cuando hacía aquello me sentía indefenso. La abracé con cariño y ella me sacudió el pelo.
—Sí, lo haré.
—Ve con cuidado…
—Sí.
—Y si algo ocurre no dudes en llamar —recalcó de nuevo, enfatizando con las cejas—. Iré a recogerte en barco en mitad del océano si es necesario…
—No creo que pensar en esas cosas sea bueno para los nervios —dije en una broma.
Ella no se inmutó. Me tocó la mejilla con una mano y palmeó ligeramente. Las comisuras de mis labios se elevaron.
—Estaré bien —le aseguré—. Soy el dios de la mala suerte, ¿recuerdas? Nada puede pasarme.
Se quedó sentada en una de las bancas junto a mí hasta que fue la hora de acercarme para abordar el avión. Cuando eché un último vistazo a mi espalda la contemplé de pie, con los brazos cruzados y visiblemente preocupada. Comprendía muy bien la razón
La última travesía de mi viaje estaba por comenzar.
El aeropuerto de Narita en Tokio me recibió de la mejor manera posible al día siguiente. Una fina llovizna caía del cielo mojando el pelo y las ropas de todo aquel que se atrevía a desafiarla, un presagio muy natural del inminente inicio del verano. Nadie me recibió al bajar del avión, y tardé un par de horas más en llegar finalmente a la terminal de Hasetsu pero, cuando bajé por las escalerillas eléctricas, ahí estaban.
—¡Yuri!
Un borrón de pelo castaño claro se acercó veloz y se fundió conmigo en un abrazo, arrancándome una sonrisa. Mi madre elevó sus grandes ojos y me miró con dulzura.
—¡Bienvenido a casa!
—¡Bienvenido a casa, hijo! —coreó mi padre con su humor tan característico—. Nunca puedo ganarle a tu madre en esto de emocionarse.
Sentí el calor que inundaba mi pecho y las vergonzosas lágrimas que comenzaban a invadirme.
—¡Estoy en casa!
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Un trueno resonó en la distancia cuando puse un pie en la entrada y me quité los zapatos. Mi padre se había empeñado en cargar mi maleta y se la llevó rápidamente a mi habitación.
—¿Qué quieres hacer primero? ¿Quieres asearte y luego descansar? ¿O prefieres descansar y luego asearte? ¿Tienes hambre? ¿Quieres comer? ¡Te prepararé katsudon en un momento!
Mi madre no dejaba de revolotear a mi alrededor como una pequeña paloma. Le sonreí.
—Sí, me encantaría comer un poco de katsudon.
—¡Muy bien!
A través de las ventanas contemplé la llovizna mientras me acomodaba en la sala frente a la televisión y buscaba algo en lo qué entretenerme. En la maleta, bien guardado, estaba mi equipo de fotografía y edición. Dentro de poco tendría que viajar a China, a Corea, y a otros países más de oriente. La simple idea ya me agobiaba, por lo que la descarté al instante. No quería pensar en trabajo aún.
—Minako-sensei te manda saludos —dije, recordando de pronto a mi antigua maestra de ballet.
Cambié los canales, pasando por el de fútbol y el de patinaje artístico, terminando en un documental sobre el oso panda.
—¿Sí? —preguntó con emoción—. ¡Ah! ¡Hace tanto que no la veo! ¿Cómo está? ¿Sigue tomando con tanta frecuencia como antes?
—Mmm… no, ya no. Tiene que cuidar su imagen ahora que ya despega su academia.
—¡Es cierto! ¿Qué tal fue con el video?
Una imagen mental de Víctor cruzó mi mente. Me sacudí.
—Quedó muy bien, creo. Lo transmitirán muy pronto, en los primeros días del mes.
Mi madre regresó con un enorme tazón humeante en las manos, lleno de trozos de carne cubiertos con huevo. Se le veía complacida y tan tranquila como una flor de invierno. Ante sus ojos, yo seguía siendo aquel niño indefenso cuyo mayor peligro provenía de sí mismo y no de los demás.
—Entonces, lo veremos pronto.
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El mercado de Hong Kong bullía en sonidos y colores brillantes. Mientras me paseaba por los pequeños y concurridos puestos, iba poniendo especial atención en la gastronomía que cada uno ofrecía. No era nada extraño para los lugareños el encontrarse con extranjeros rondando sus negocios; pese a todo, mi nacionalidad era bastante identificable, y me atendían muy bien. Tenía la idea de que si iba a tomar una fotografía distintiva de la cultura alimentaria de ese país, esta debía ser real y soberbia, retratando lo que la mayoría vivía y no solo unos cuantos.
Cuando me detuve ante una tienda bien surtida en semillas, noté que alguien me observaba. Era un cosquilleo incesante, incómodo, en la parte baja de la nuca, que persistía como una comezón alborotada. Volteé, fijándome en el letrero de colores que enmarcaba la entrada del puesto al otro lado del pasillo.
"Limpias. Budismo y quiromancia."
Un temblor me recorrió el cuerpo. La puerta estaba ligeramente abierta, y entre la oscuridad del interior me pareció distinguir el brillo de un par de ojos rasgados. Me moví sin ser consciente de ello, atraído por alguna fuerza desconocida y, cuando me percaté, ya estaba a un paso de ingresar. Tenía el corazón en la garganta, ahogándome y quitándome el aire.
—Sé bienvenido.
La voz era grave, calmada, y provenía de una de las esquinas del cuarto. Era un inglés tan perfecto que daba miedo. Mi pulso se aceleró aún más. Sentía ojos por todos lados, clavados en mí como alfileres.
—Guang Hong… —murmuró el extraño—. Deja de asustar a nuestro invitado.
El chico apareció entre las sombras, materializándose como si antes no hubiese estado ahí. Era pequeño, con un rostro de niño enmarcado por espeso cabello castaño claro, casi rojizo; no debía pasar de los dieciocho.
Las luces se encendieron de pronto, tenues, en tonos azules y violetas. No pude evitar dar un salto de la impresión. Las paredes de la habitación estaban tapizadas con fotos extrañas y algo perturbadoras. A pocos metros de distancia, sentado junto a una mesa llena de artefactos con curiosas formas, se encontraba un hombre delgado, de piel tostada y con el largo cabello amarrado en una coleta baja. Hizo una seña con la mano y el muchacho de antes se le acercó dando saltitos, colocándose a su espalda. Estaba vestido con ropas oscuras decoradas con tejidos hechos a manos, un atuendo tan majestuoso como el de un monje budista.
—Mi nombre es Celestino, Celestino Cialdini. Tal parece que has llamado la atención de Guang Hong —dijo, y cuando me fijé en los ojos de miel del chico, estos resplandecieron como los de un gato. Sin mirarle, le habló—: ¿Qué fue lo que viste en él, Guang?
Guang Hong no se inmutó. Su mirada era intensa, imperturbable, como si pudiese ver en mi interior. Pronunció una sola palabra, tan bajo que parecía un susurro del viento.
—Quimera.
Los ojos del hombre se abrieron y, aunque intentó controlar su sorpresa, no lo logró.
—¿Qué cosa? —pregunté, con el tono atenazado de pánico.
—¿Estás seguro? —inquirió él a su vez, incrédulo.
—Sí —contestó el chico y, alzando un dedo, apuntó justo a mi abdomen, en la zona del ombligo—. Está dentro de él.
Decir que salí corriendo es poco. Retrocedí, primero despacio, luego con desesperación, y tropecé un par de veces con las cosas que había cerca de la entrada mientras intentaba huir de aquella sensación infernal. El hombre me llamó, poniéndose de pie, estaba seguro, pero no hice caso. Todo lo que resonaba en mi cabeza era esa única palabra: "quimera".
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En el sueño, la habitación era blanca, amplia y muy luminosa. El pequeño Yuri, con apenas tres años, estaba sentado sobre un cojín grande y acolchado, jugueteando con un gatito de madera que había encontrado en algún lugar. Desde arriba yo era capaz de observar con claridad el gracioso remolino de su pelo oscuro. Los tres adultos restantes le observaban de reojo, evaluando todo lo que hacía con suma atención. El anciano de blanco, hincado y con gesto paciente, se inclinó hacia adelante.
—No cabe duda. Está dentro de él —dijo.
La magnitud del golpe se vio reflejada en los ojos asustados de mi madre, quien tuvo que contenerse para no soltarse a llorar. Ella era fuerte, con voluntad de hierro, pero su corazón era muy frágil. Mi padre la atrajo hacia él, besando su cabello en un intento de consolarla.
—¿Por qué? ¿Por qué? —murmuraba, sin control—. Se suponía… Se suponía que la purificación serviría…
—Una purificación no era suficiente —la interrumpió el monje con delicadeza—. Se trata de un espíritu fuerte e incontenible. La única forma de erradicarlo por completo era asesinándolo. El ritual solo lo removió de tu cuerpo, pero no lo alejó. Es posible que durante el mismo fuese traspasado… asentándose en el niño.
Mi madre escondió el rostro.
—¿Y-y…? —Mi padre no era capaz de emitir palabra—. ¿Y ahora… qué pasará? ¿Hay alguna forma de…? ¿Pueden… eliminarlo del cuerpo de mi hijo?
El monje bajó la cabeza, frunciendo los labios.
—Temo que… intentar algo atentaría directamente con la vida del pequeño. En el caso de su esposa, el espíritu la rondaba, molestándola, y era fácil de eliminar, pero con su hijo… —Tomó aire, preparándose para soltar lo siguiente—. El espíritu ya forma parte de él.
—¿Y qué pasará? ¿Morirá? ¡¿Mi hijo va a morir?!
—No puedo decirlo a ciencia cierta. El pequeño es su hospedero ahora. Podría manifestarse en una infinidad de formas, podría conducirlo y alterar su personalidad en determinado momento, o simplemente…
Un sonido rasposo le detuvo. El pequeño Yuri arrastró el gatito sobre el suelo de forma repetida, soltando sonidos de minino y riendo de forma risueña con toda la inocencia que un niño de su edad podía tener.
—Dolor y sufrimiento —concluyó el monje, con las arrugas de los ojos confiriéndole una triste expresión—, esos son los sellos personales de lo que se encuentra dentro del niño. Podría ser cualquier cosa, cualquiera…
Dolor, sufrimiento… y muerte.
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Bajo la cama, escondido en una caja de recuerdos sellada en mi habitación en Hasetsu, se encontraba el primer dibujo que había hecho en toda mi vida. Era una hoja de papel sencilla, casi amarillenta, pero todavía conservaba en ella los vívidos colores que había plasmado aquel día.
Cuando volví a Japón, la busqué con desesperación, descubriendo que ya no estaba ahí. Habían movido mi caja, guardándola en el almacén de la casa junto a otras cosas viejas que ya no se usaban. De rodillas, entre el polvo y huellas de bichos, la encontré.
Repasé los dedos sobre ella, tocando los contornos y los límites del gran árbol de cerezo que florecía sobre el papel. Eran esa hoja y mi memoria senil los únicos lugares donde aquel gran árbol seguía floreciendo. El del parque, aquel junto a un descolorido banco de madera ubicado en un césped verde que invitaba a recostarse sobre él; aquel árbol que me había cautivado el primer día de primavera, durante el hanami,..
Ese árbol… ya estaba muerto.
Esa noche, posiblemente atraído por la revolución de sentimientos y memorias que me rondaban alterando mi control, por primera vez en mi vida, o al menos desde que tenía consciencia de ella, se me apareció.
Cuando abrí los ojos, no había nada. Un espacio blanco y brillante me recibió, cegándome y maravillándome al mismo tiempo con la divinidad de un buen sueño. Entonces, frente a mí, una figura comenzó a materializarse. No era definida, y su cuerpo temblaba como la superficie de las aguas de un lago. Estuve a punto de estirar la mano con curiosidad para tocarlo cuando, de improviso, adquirió forma.
Era mi madre.
—Yuri —me llamó, pero su voz sonaba distorsionada.
—¿Mamá?
Sonreía, sumida en silencio.
—Yuri~...
Su rostro y su cuerpo volvieron a temblar, cambiando. No comprendía lo que estaba sucediendo. Un par de ojos castaños se definieron de pronto, lanzándome un guiño, y Minako-sensei se apareció frente a mí, con esa expresión tan característica de ella. Se le parecía tanto… Sin embargo, cuando abrió la boca, caí en la cuenta de que no era ella.
—Yuri, lo siento —murmuró, sin dejar de sonreír. La voz era la misma, pero había algo oculto, casi imperceptible, que la volvía distinta—. Nunca fue mi intención quedarme tanto tiempo contigo… Pero ha sido divertido, ¿a que sí?
En ese momento lo comprendí. Era él. No fui capaz de responder.
—¿Sabes? —comenzó, agradable—. Es la primera vez que me sucede algo como esto —balanceó las caderas de un lado a otro, sonriendo—. Admito que… eras mi última opción de todas maneras pero… tampoco creí que tendría que verme obligado a actuar tan rápida y precipitadamente.
—Tú…
Su risa fue cantarina, muy aguda, como la de una hiena.
—Es una pena —continuó—. Todavía me sorprende el que pudieras resistirte a los impulsos que inyectaba sobre ti —Su sonrisa era burlona—. Y al final escogiste la fotografía. Raro pero inteligente, no lo niego. Ibas a ser un gran artista. El más grande de toda la nueva era. En verdad, te lo aseguro. Yo pude verlo. Y aunque el tiempo contigo ha sido… educativo —Su expresión se tornó seria. Estaba alterándome los nervios—, ya estoy cansado de esto.
Su declaración me tomó por sorpresa.
—¿Q-qué…?
Me miró con intensidad, y en lo profundo de aquel tono chocolate de los ojos de Minako-sensei, sobresalió una chispa roja como la sangre.
—Una vida… —susurró—… por una vida. Para comprar tu vida, necesito que me des otra a cambio —Su rostro se volvió brusco—. Necesito que mates a alguien… pero no puede ser cualquiera.
Se alejó un par de pasos, sin dejar de sonreír como psicópata y abrió los brazos, como si fuese a entregarse a mí. La comprensión me cayó encima como un balde de agua helada.
"No puede ser cualquiera".
—No…
—Puedes hacerlo, Yuri… Está bien —afirmó, encogiéndose de hombros. Su forma cambió y volvió a mostrarse como mi madre—. Es tu elección…
—No… no, no, no…
—¡Hazlo! ¿O es que prefieres a…?
El rostro mutó de nuevo. El cabello se volvió más fino y delgado, palideciendo mientras se acortaba cada vez más. La complexión se tornó delgada y la delicadeza del cuerpo cobró vida. El corazón casi se me salía del pecho. Víctor Nikiforov me guiñó el ojo, lanzando una media sonrisa.
—¿Qué…? ¿Cómo…?
—Estoy conectado a ti —dijo como si aquello fuese lo más obvio del mundo—. Tus emociones son mías también. No tienes ningún secreto que yo no pueda conocer…
Percibía el calor del rostro. Él se percató de ello.
—No esperaré por mucho —advirtió. La amenaza chocaba en demasía con el particular tono de Víctor—. Si no decides pronto… no volverás a decidir nada jamás, Yuri...
Desapareció, dejando tras de sí un ligero aroma a muerte y podredumbre.
—Yuri…
El eco de mi nombre seguía rebotando a mi alrededor, como si se burlara.
—No… —Me tapé los oídos. Sentía cómo se inmiscuía en mi cabeza, arrastrándose como un gusano hacia el interior.
—Yuri~…
—¡No!
—¡Yuri!
El sonido de la puerta me despertó. Estaba sudando, con el rostro frío y sin aliento. Mi hermana volvió a tocar, esta vez con más premura, e hice un esfuerzo descomunal para salir de la cama y abrirle. Se quedó con la mano en el aire, a punto de tocar de nuevo.
—¿Yuri? Te escuché gritando. ¿Estás bien?
Intenté sonreír con despreocupación, sin éxito.
—Sí, sí… Solo era… un mal sueño.
—Oh… —Tan tranquila como era, decidió no inmutarse—. Bueno, a lo que iba. Mamá dice que tienes visita. Un amigo extranjero tuyo, parece. De Detroit.
—¿Phichit? Dijo que me visitaría dentro de dos semanas.
Mari se encogió de hombros.
—No lo sé. Está ahí afuera, en la sala, y trajo compañía —Alargó la mano y me palmeó el hombro—. Encárgate. Yo tomaré un baño.
Me quité el pijama y me vestí con rapidez, sin pasarme al menos un peine por la cabeza. Si Phichit estaba en Japón tan pronto era por algo. Atravesé el pasillo y bajé por las escalerillas hasta la sala, donde la risa de mi madre y la voz inconfundible de mi amigo tailandés se escuchaban con claridad.
—¡Yuri!
Saltó de su asiento en cuanto me vio, cayéndome encima como un peso muerto, haciéndome trastabillar.
—¡Phichit! ¿Qué estás haciendo aquí?
—Vine de visita —contestó, sonriendo—. Todo se estaba volviendo muy aburrido sin ti. ¡Y mira, traje presentes de Francia!
Comenzó a desempacar regalos y recuerditos como si aquella maleta fuese el sombrero de un mago. Parecía muy orgulloso de sí mismo, y se le notaba muy cómodo ahí junto a mi madre.
—Y este es para usted, señora Katsuki —dijo ofreciéndole una cajita muy diminuta.
—¡Gracias! —Estaba encantada y halagada—. Pero es demasiado.
—¡Qué va! Nunca es demasiado —Cerró la maleta y se acercó a mí, depositando un llavero acrílico en mi mano del tamaño de una moneda—. Tu amigo me hizo comprender eso.
—¿Amigo?
Apareció en uno de los pasillos de pronto, caminando con los brazos extendidos sobre su cabeza y con la puntita de su labio superior describiendo un corazón en su sonrisa.
—¡Wow! ¡Los baños aquí son muy extraños! ¿No lo crees, Yuri?
Un muchacho joven y bajo de estatura, con el pelo rubio y alborotado, apareció junto a él. Su sudadera oscura estaba empapada y parecía molesto, a punto de lanzar una mordida al siguiente que se atreviera a molestarlo.
—¡Yo no te pedí que me acompañaras! ¡Víctor!
El interpelado rio, haciendo caso omiso de la furia del chico. Cuando alzó la vista y me vio ahí de pie, contemplándole con asombro, reaccionó casi de la misma forma que Phichit… O bueno, quizá un poco más efusivo.
—¡Yuri~!
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No sabía lo que hacía.
No, en verdad no lo sabía. Mientras revolvía mi vaso una y otra vez, observé a Víctor en silencio, quien parecía divertirse bastante pidiendo una bebida tras otra. A su lado, tan peligroso como un felino, el otro Yuri intentaba no perder los estribos mientras observaba al mayor de todos nosotros llamar la atención como si fuese un bailarín nudista en mitad de un striptease.
Inflé los cachetes, incómodo.
—¿Qué estamos haciendo aquí? ¿Y por qué tenías que traerlo contigo?
Phichit no se inmutó ante mi pregunta. Estaba divirtiéndose también.
—No sé —admitió, riéndose ante un chiste que yo no había escuchado. La música del bar resonaba en todas las paredes y ventanas, encerrada y sin salida. ¿Pero qué rayos estaba haciendo yo ahí?—. No sé cómo me convenció, ¡pero no me arrepiento!
Se estiró sobre la mesa y chocó su copa de cristal con la de Víctor. Ambos comenzaban a ser afectados en demasía por el alcohol. Suspiré, hundiéndome en el asiento. El otro Yuri, frunciendo el ceño, me miraba fijamente.
—¿Y se supone que tú eres el otro Yuri? —preguntó, formulando en palabras parte mis pensamientos. Se giró hacia Víctor y le gruñó—: ¿Y tú, tú me comparabas con este cerdo?
Me ruboricé, sintiéndome insultado. Víctor se quedó estático durante un segundo, contemplando primero al Yuri ruso y después a mí, a intervalos, antes de soltar una gran risa. No pude más. Me puse de pie, abandonando la mesa y saliendo por la puerta sin detenerme ante los incesantes llamados de Phichit.
En cuanto la puerta se cerró detrás de mí, el viento frío azotó mi rostro y me refrescó las mejillas rojas. Caminé por la acera, alejándome poco a poco del lugar, sin pensarlo demasiado. Era bastante tarde, por lo que las calles estaban casi desiertas y los autos estacionados eran lo único que podía observar en la distancia. Me senté con torpeza sobre la fría piedra de la acera, envolviéndome con mis brazos y mordiéndome los labios.
Estaba enfadado conmigo mismo. Me había dejado manipular por deseos ajenos y les había permitido arrastrarme hasta ese lugar con la excusa de un rato de convivencia y turismo por Hasetsu, a sabiendas de que yo no lo disfrutaría en absoluto. Cuando se les antojara salir para irnos de una vez, ahí estaría esperándolos.
—¡Yuri!
Los pasos se acercaron cada vez más y Víctor apareció junto a mí, tumbándose a mi lado y pasando un brazo por mis hombros. Todo su peso me cayó encima. Le aparté con las manos, nervioso e intentando no ser brusco; estaba ebrio, sin duda, pero eso no lo excusaba para tomarse confianzas de esa forma. No éramos amigos; aunque doliera, yo no podía permitírselo. Él tembló y se refugió en un abrazo, rodeándome por completo y acomodándome contra su cuerpo. Pese a mis quejas, no me permitió soltarme.
—¡Uh! ¡Hace frío! ¿Qué haces aquí afuera?
Su brazo se encontraba alrededor de mi cuello, subiendo la bufanda hasta mi barbilla y sellándome los labios. Me esforcé por liberar mi boca y hablar.
—Quería dejar de respirar alcohol y humo.
—¿Eh?
Parecía confundido. Se separó ligeramente para observarme, zarandeándome como a un muñeco de trapo, observando mi reacción. Estaba demasiado borracho, y ya no sabía lo que hacía.
Estaba muy equivocado.
—Si quieres podemos ir a otro lugar…
Por inercia, levanté la mirada, sorprendido ante su repentina propuesta. Su rostro estaba demasiado cerca, y sus ojos no lucían tan perdidos como pensé que lo estarían. Mis pensamientos se borraron al fijarme en el brillante color azul que relucía como gemas hermosas entre la palidez de su piel.
—¿Por qué? —pregunté, y él se desconcertó tanto como yo. Su expresión de niño no lo abandonaba.
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué has venido a buscarme?
Esa no era la pregunta que iba a hacerle, pero era mejor que nada. Víctor pareció pensárselo un momento.
—¿Tiene algo de malo?
No respondí. Me sentía cohibido en su presencia, más de lo que nunca antes había estado. Era casi ridículo.
—Yuri…
Me tocó el hombro con delicadeza, como si estuviese sosteniendo algo muy frágil, y quizá lo era, pero no quería que así lo considerara. La idea me desquició. Le aparté la mano sin pensar y me puse de pie.
—¡Por supuesto que lo tiene! —respondí. Continuó sentado un segundo, pero sus ojos se agrandaron, sorprendidos ante mi reacción. Mi tono se estaba elevando, me daba cuenta, pero sentía que si no lo hacía me tragaría toda aquella ansiedad e impotencia que estaba cargando encima—. ¡Todo es malo, Víctor! ¡Todo! ¡Estoy intentando, lo intento de verdad, pero así no puedo hacerlo!
—¿Quién grita cuando duermo?
Ninguno de los dos había hecho la pregunta. Me giré en seco y Víctor echó un vistazo por encima de mi cabeza, levantándose también. Salió de entre las sombras, y aunque al principio pareció un transeúnte más, alguien inofensivo, pronto mostró en uno de sus bolsillos el peligro que podía llegar a significar.
Era un hombre joven, muy joven, con el pelo grasiento y oculto bajo una gorra manchada. Su ropa era un estropicio, llena de agujeros en las rodillas y los codos. El rostro era pálido y huesudo, como el de la muerte. Se suponía que en Hasetsu esto no existía; encontrar gente que viviese en la calle era extremadamente raro. Tampoco lo reconocía de algún lado.
Estaba muy cerca de nosotros, demasiado cerca. Sentí la presencia de Víctor a mi espalda y sus dedos que se afianzaban a mi codo para hacerme retroceder.
—Yuri… Creo que deberíamos…
—No… no fue mi intención molestarlo… —me disculpé en voz baja.
Su gesto se arrugó, como si no comprendiera. Víctor tiró de mí, incitándome a avanzar hacia atrás. El individuo ladeó la cabeza, observando con los ojos entrecerrados.
—Es una linda chaqueta —dijo, alzando la mano que sostenía un objeto puntiagudo, señalando a Víctor.
El interpelado mostró una sonrisa seca.
—Gracias —respondió el ruso—. Vamos, Yuri. Tenemos que regresar adentro.
—¿Sabes cómo se vería mejor? —continuó el sujeto, sin quitarnos la vista de encima. Las venas rojas atravesaban el blanco de su mirada, y las ojeras se le marcaron como moretones en las cuencas.
Mi respiración se aceleró y los oídos me zumbaron con un pitido constante pero, pese a la adrenalina que me bloqueaba, pude escuchar su voz en mi cabeza.
"No puedo esperar más. O es él… o eres tú".
—Lleno de agujeros.
El hombre comenzó a correr hacia nosotros en ese momento. La navaja sobresalió en su puño, deslizando la atención de sus ojos desquiciados. Víctor tiró de mí con fuerza, gritando algo en ruso e incitándome a correr, quedándose rezagado. Una punzada me atravesó el pecho.
"O es él o eres tú".
Me negaba rotundamente a permitir que alguien le hiciera daño.
"O es él o eres tú".
Si esa era la elección, entonces iba a ser yo.
Frené en seco, esperando hasta que Víctor llegó hasta mí, con el tipo pisándole los talones. Estaba casi encima de él.
—¡Yuri! ¡Corre! ¡CORRE!
Me armé de coraje, conteniendo el aliento y me abalancé sobre Víctor, cubriéndole la espalda con mi cuerpo.
El dolor no tardó en llegar. El golpe me arrebató el aliento, haciéndome soltar un grito sordo. Sentí con claridad el corte de la piel y del músculo mientras se abría para dejar pasar el filo justo en el centro de mi espalda. Quemaba como si estuviese al fuego vivo. Caí como un peso muerto, y la humedad comenzó a crecer detrás de mí, caliente y espesa, a borbotones. Me costaba respirar y sentía que los pulmones se calcinaban en mi interior. No podía escuchar nada que no fuera el aullido constante de alguien que nadie más oía. Algo tiraba de mí hacia arriba, como si un par de manos quisieran levantarme en el aire para dejarme en libertad. El toque de esos dedos invisibles aliviaba el dolor entre las costillas. No podía ser nada bueno, me quedaba claro pero, sin saber muy bien cómo, me dejé llevar.
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Resultaba placentero, casi como ponerse a dormir sin soñar. Nadie me molestaba y me sentía libre, en paz. No deseaba que me arrebataran eso.
—Ha perdido demasiada sangre.
—¡Traigan tres unidades de A positivo! ¡Rápido!
—Presenta un cuadro de infección, y hay hemorragia en el pulmón derecho.
—Casi ha perforado la aorta. Necesita entrar al quirófano, ya.
Mi cuerpo era toqueteado sin mucho cuidado, picado con agujas y arrastrado en camillas con rapidez. Daba gracias por no ser capaz de percibir aquello. En el pasillo, Phichit llamaba con desesperación a mis padres. El Yuri ruso se removía en el asiento, visiblemente consternado. El único que corrió hacia mí cuando vio la camilla fue Víctor.
—¡Yuri! ¿Adónde se lo llevan? ¿Va a estar bien?
Nadie le respondió. Su rostro estaba blanco como el papel, y su cabello arruinado de tantas veces que debió pasar las manos entre los mechones. Intentó seguirme, pero una enfermera le cerró el paso.
—Va entrar a cirugía. No puede acompañar.
—Why?! ¡Necesito estar con él!
—¡Si decide estorbar solo provocará que se muera más rápido!
Las palabras fueron duras, incluso para mí. En medio de aquel caos, sin poder controlar su expresión, Víctor comenzó a llorar.
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—¿Yuri?
La voz me llamaba, suave como un pétalo de rosa.
—Yuri, ¿puedes oírme?
"Claro que puedo".
Mis palabras no se materializaron.
—Yuri, hijo…
La esperanza bullía de aquel tono maternal. Intenté mover los brazos para alcanzarlo, pero me era imposible.
—Yuri…
Poco a poco, toqué la realidad.
Desperté en un lecho de sábanas blancas que me cubrían hasta el pecho y me impregnaban de un fuerte aroma a limpieza y alcohol. Al principio no pude ver nada, pero pronto las imágenes fueron aclarándose. Lo primero que contemplé no era lo que yo esperaba admirar. Era azul. Brillante como el cielo, profundo como el mar.
—Bienvenido de vuelta, Yuri.
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Viajé a Rusia a principios de septiembre, cuando el clima en el enorme país era lo suficientemente soportable y ya no existía riesgo sobre mi operación. En el aeropuerto de San Petersburgo un hombre me recibió sosteniendo un cartel en alto que exhibía mi nombre en todo lo largo y ancho, saludándome con gran educación cuando me le acerqué con las mejillas encendidas.
Me ayudó a subir mis maletas en el automóvil y me condujo hasta el centro de la ciudad, donde en el hotel alquilado me esperaba una bonita habitación con buena calefacción y una cómoda cama en donde guardar reposo hasta conseguir lo que había ido a buscar. Rusia era el único país que me faltaba para completar mi misión fotográfica, y necesitaba que esa última toma fuera más que perfecta.
Cuando abrí la puerta, me sorprendí al notar las luces encendidas en el interior. Eché un vistazo a mi alrededor, buscando a algún encargado al que pudiera preguntarle, pero el hombre que limpiaba la alfombra ya se había retirado. Inseguro, caminé despacio por las escalerillas, tomando un jarrón por si debía defenderme y golpear a alguien.
"Ataca, luego corres. Ataca y luego corres".
Mientras me repetía aquello como un mantra, escuché de pronto una risa muy familiar.
—Yuratchka, usa los tenedores, por favor.
—¿Cómo rayos voy a comer esto con tenedores?
—Y nada de palabras sucias, ¿entendiste?
—¡Yuri! ¡Eres tan corriente a veces!
—¡Cállate!
Cuando me vieron por fin, de pie en el pasillo y con una expresión de incredulidad, todos dejaron lo que estaban haciendo… menos el Yuri ruso. El primero en reaccionar fue Víctor.
—¡Yuri~…!
Corrió hacia mí, cayéndome encima como acostumbraba. Lancé un quejido de dolor cuando me abrazó y él retrocedió, sonriéndome con alegría.
—¡Bienvenido!
—¿Pero qué…?
En la mesa, cubierta hasta las esquinas con curiosos platillos, aperitivos, aderezos y botellas de vodka, estaban reunidos otros dos adultos, un hombre con calvicie y una mujer de altos pómulos. Ambos me contemplaron con curiosidad.
—¡Oh! ¡Es verdad! ¡Aún no los presento!
Víctor me tomó de la mano y me obligó a acercarme.
—Yuri, ella es Lilia —dijo, señalando a la mujer—, y él es Yakov —prosiguió, como si aquello fuese lo más natural del mundo y no estuviesen invadiendo de forma alarmante la privacidad de una persona. Ambos adultos saludaron con la cabeza—. Mi madre y mi padre. Este es el fotógrafo del que les hablé —añadió, refiriéndose a mí.
—¡Oye! —gruñó el rubio, alzando el tenedor.
—Ah, y ahí está Yuri, pero a él ya lo conoces; no necesita presentación. ¡Estamos listos para la foto! Después de eso, puedes degustar lo que quieras.
—¿Foto?
Mi cabeza daba vueltas y no comprendía lo que estaba sucediendo.
—No vas a tocar mis pirozhki, cerdo.
Víctor se rio con naturalidad.
—Te hace falta una foto de la comida de una familia de Rusia, ¿no? Bien, aquí la tienes. Pero tú vas a salir en ella.
—¿E-eh?
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—Entonces… ¿ese es el final?
—Sí.
Víctor frunció los labios mientras su pierna se elevaba hacia adelante, estirándose. Yuri sonrió mientras terminaba de atarse los patines.
—¿No te gustó?
—Esperaba que al menos Yuri pudiera dibujar a Víctor alguna vez —murmuró él, pensativo. Resultaba gracioso que estuviera dirigiéndose a sí mismo en tercera persona—. Era su sueño, ¿no?
—No todos los sueños se pueden cumplir, Víctor.
—No si jamás lo intentas.
Víctor se sacudió el pelo y le guiñó un ojo. Yuri se ruborizó.
—Si no estuviera tan interesado en hacerte ganar el Campeonato Mundial, ya estaría animándote para que fueras y te convirtieras en escritor —declaró el ruso—. Sin embargo, soy muy egoísta… y no te pienso perder.
El corazón de Yuri se desbocó, saltando contra sus costillas.
—No me vas a perder.
—Promételo.
La intensidad de los ojos de Víctor era indescriptible. Estaba expectante, como si aquello definiese la razón de su existir.
—Lo prometo.
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Y ese es el final… (/*-*)/
*Hanami: Es la celebración que se realiza para contemplar el florecimiento de los cerezos.
Me siento muy satisfecha. Debo admitirlo, me estresé escribiendo esto y ese no era el final que estaba planeando al principio, y menos que el género del fic estuviera tirándole a lo sobrenatural pero… es lo que hay jaja. No, en verdad estoy orgullosa. Espero que la lectura no haya resultado demasiado tediosa :'3
El último trozo es algo abrupto pero en verdad estaba excediéndome DEMASIADO con las palabras (suelo escribir mucho ewe) y tenía que cortarlo. Prácticamente la escena de Yuri y Víctor soy yo hablándome a mí misma jajaja. Entre mis planes está, muuuuy a futuro, escribirle un epílogo pequeño, pero eso ya dependerá. Por mientras está terminado.
Eso es todo. Espero que les haya gustado. Cualquier comentario que gusten hacerme es bien recibido. Anden, que no les cuesta nada, y alimentan mi pobre y desolado corazón :'3
¡Gracias por leer! :D
Mina.
