Dejo a Midoriya en la sala de estar.

La luz lo cubría como cuchillos que atravesaban por su pálida figura, envuelto en su ropa, toda ella demasiado amplia haciendo que el hombre bajo al tela, fuera más un niño perdido que cualquier otra cosa...

Cuando grito un "hasta luego" que sonó más descuidado de lo que debería, se arrepintió de haber salido de la casa, porque el mundo seguía rotando... El césped del parque seguía verde, y el sol lamia las esquinas de los edificios justo como lo hacía ayer...

Justo como lo había hecho muchos días antes de que él existiera, y lo haría hasta muchos días después de que ellos siguieran el mismo camino.

Desde el interior de la casa no hubo respuesta.

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La casa de Bakugou era amplia, demasiado amplia para ser comparada con el pequeño apartamento de Kirishima Eijirou al sur de la ciudad, los dos pisos que se alzaban como si estuvieran prestos a tragarlo entero, Kirishima pensó que era justo como su dueño, y se preguntó que parte de la casa seria como Midoriya.

Las llaves que Midoriya le entrego, tintinean contra la puerta.

Abre la puerta, y el lugar es un desastre, no porque las cosas estén atiborradas hasta el techo, o por falta de objetos. Es por el simple hecho de que la perdida es como un velo tangible, Kirishima siente que con solo pasar los dedos a lo largo de la pared estos empezaran a sangrar de ipso facto.

Paredes oscuras, que en realidad son de un blanco tenue. La alfombra esta arrugada, como si alguien se hubiera tendido en ella, no por placer, si no por el entumecimiento que le impedía levantarse.

Kirishima piensa que si se acerca lo suficiente sería capaz de ver las lágrimas secas contra la tela. Sin embargo sacude la cabeza y sigue caminando, sus pasos crujen en las escaleras. No solo crujen, gritan. Cada uno de los catorce escalones... En el segundo piso hay solo tres habitaciones.

Una de ellas es un baño, y la otra es un cuarto lleno a reventar de equipos de entrenamiento.

En la tercera hay una cama sin tender, se supone que ahí durmió por última vez Midoriya antes de caer frente a la alfombra de la casa y ser incapaz de levantarse... Pero Kirishima solo supone, últimamente no hace más que suponer.

Es un intruso, se dice a si mismo tratando de borrar las imágenes que explotan en su cabeza, aquellas de Bakugou Katsuki en la oficina, y aquellas de Bakugou Katsuki durmiendo en el féretro como si solo fuera una siesta pasajera de esas que se tomaba en la oficina cuando Aizawa no los estaba vigilando.

Abrió el armario, las bisagras chirrearon con fuerza.

E incluso sin conocer a Midoriya es capaz de discernir que ropa es la de él, y cuáles son las de Bakugou. Trajes con cortes afilados, hechos a medida y telas finas... Por alguna razón quiere vomitar.

Peor no puede hacerlo en los zapatos finos de Bakugou.

Kirishima permite que una sonrisa se deslice por su rostro, sin embargo la sal se expande por la parte de atrás de la garganta, hasta que es una quemadura lenta en los ojos, y un ardor en la parte alta del abdomen.

—Maldición. —Susurra—. Maldición... Bakugou.

Cuando sus rodillas son vidrio y su estómago una bola, el olor a naftalina lo atrapa.

Toma la maleta y deja caer la ropa de Midoriya en ella, no le importa qué clase de prendas, simplemente las lanza todas en el agujero de dientes acerados, eso no impide que las lágrimas caigan adentro también.

Esta es la primera vez en la que se da cuenta de que Bakugou Katsuki nunca va a volver.

No va a parecer con el cabello revuelto por la oficina cuando está llegando tarde al trabajo en las madrugadas, ni le va a dejar caer el café encima, tampoco va a llenar los informes con letra de araña, no se negara cuando lo invite a beber, y tampoco lo saludara con un cabeceo por las mañanas...

Tampoco volverá a ver a Midoriya Izuku.

Eso último es quizás lo peor.

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Cuando la maleta está cerrada, se deja vagar por el primer piso.

En el estante hay fotos, muchas de Midoriya con una sonrisa que parece que le va a partir el rostro por la mitad, muchas con rostros de asombro, y ni una sola con Midoriya llorando, no hay ninguna con lágrimas en su rostro.

Eijirou se sorprende en admitir que ese es el único rostro que ha visto de Midoriya.

Todas las fotografías tienen una peculiaridad, están quemadas por los bordes. Como si en un momento de desesperación las hubieran chamuscado cruelmente...

Pero hay una de Bakugou, que le llama especialmente la atención.

No está haciendo nada particular, pero es como si la hubieran tomado mientras estaba desprevenido, con la luz en el ángulo exacto, en que su cabello se había vuelto más una sombra plateada que una de rubio.

—No eres un buen hombre... —suspiro.

Y se dio cuenta cuando su frente se estrelló contra la mesa en cómo es que nunca más seria capaz de llorar por la muerte de Bakugou Katsuki, no porque no doliera, sino porque llorar frente a Midoriya sería lo mismo que decirle que su dolor y pena serian cuestiones eternas.

También fue cuando entendió, cuan egoísta era Bakugou.

Cuan injusto también.

Lo había atrapado en el pasado para que Midoriya avance.

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Notas:

¿Por qué esta historia deprime tanto...?

Les prometo que en algún momento será una historia feliz.