Advertencia: Cualquier parecido que veas en ésta historia con otras ajenas a mi persona, es la simple señal de que lo que te estás fumando no es nada bueno, o que necesitas urgentemente comprarte una vida.
Disclaimer: Odio decirlo, pero "Axis Powers Hetalia" como obra maestra no me pertenece, sino a Hidekazu Himaruya. No es mi intención lucrar con su creación, sino hacer de ésta historia una actividad de mero entretenimiento para quien se interese en leerla.
Capítulo 3: En Casa de Alfred
La reunión convocada comenzó una hora más tarde de lo previsto, puesto que algunos de los representantes, dada la lejanía de sus hogares con el lugar de convocación, se habían retrasado tan solo un poco.
Fue así como, uno a uno, de forma seguida o bastante distante en tiempos, llegaron al salón de reuniones: cohibidos, totalmente angustiados y nerviosos, apenas y soltando palabras si es que era necesario hacerlo, para todo lo demás: existían los gestos y las miradas que perseguían fines distintos.
Los primeros en llegar fueron Ludwig y Feliciano. Ellos se encontraban en España con Antonio, pues huyendo de la furia e incredulidad de Lovino, habían llegado al extremo de huir en transportes terrestres hasta esos sectores, donde le les había mandado a buscar. Venía también con ellos Francis, que había ido a buscar consuelo a la casa de Antonio.
Y no fue menos la impresión del americano al ver a las tres "señoritas" representantes europeas.
El castaño era ahora una dama de contextura media, para quien maneja una noción de cuerpo femenino: no eran demasiado exageradas las curvas corporales, más sí sus facciones, ahora delicadas, puntiagudas, pero que conservaban el tierno semblante del veneciano. Su cabello se había extendido en largo, al menos, hasta mitad de espalda.
Y el fornido alemán, reconocido por su evidente virilidad, se vio reducido en estatura y contextura a una mujer algo gruesa, pero que mantenía proporciones que le hacían ver "estilizada". El semblante serio se mantenía, solo que los rasgos ahora eran algo más sutiles, menos rectos. El cabello, por lo demás, había crecido hasta debajo de sus orejas, cosa que para la rectitud y protocolo de Ludwig, era demasiado largo.
Francis mantenía ciertos rasgos característicos en su rostro, salvo la ahora ausente barba que manejaba en la parte baja del rostro. Por lo demás, era de apreciar que su cuerpo se hallaba distorsionado con respecto a la contextura original, dotado de curvas proporcionalmente grandes, aunque poco lucidas, debido a que ahora Francis mantenía una postura reprimida, donde escondía el pecho.
—Bienvenidos, muchachos— saludó Alfred, ofreciendo los asientos en torno a la mesa, en tanto esperaba que los otros llegaran
Todos permanecieron en silencio, apenas y pudiendo percibir las nerviosas respiraciones, agitadas, de los presentes.
Era ahora el estadounidense, no el que todos acostumbraban ver. La contextura caricaturesca había "desaparecido", dejando a cargo de su natural manejo un cuerpo que si bien no era tan bien dotado como el actual del francés, si tenía cierta gracia y flexibilidad que acentuaban su enérgica simpatía, y sin tan solo tantos movimientos de un lado a otro no fuesen el signo de perturbación, hubiese sido más de admirar. Ahora, su cabello llegaba hasta los hombros, y los rasgos conservaban esa sutilidad emocional que le hacía resaltar.
— ¿Qué de los otros?— preguntó Francis — ¿Cuándo irán a llegar...?
— Yao y Kiku tardarán un poco más. Fueron los últimos a quienes pedí que les fueran a buscar— contestó Alfred, acomodando las gafas que ahora caían, no acostumbradas a tener por soporte un tabique tan delgado.
— ¿Y Arthur? ¿Iván...?— preguntó Ludwig, apenas y subiendo la vista, manteniendo una pose encorvada y de brazos cruzados sobre el busto
La puerta se abrió, dejando el paso al inglés, que también muy tímido, se acercó lentamente a la mesa, tan solo saludando a los presentes con un movimiento de cabeza.
Siempre Arthur había sido delgado y rústico en arreglo. Ahora, aquel rasgo se acentuaba de tal modo que el cabello, ahora largo, se veía desordenado y levemente enmarañado, cayendo con naturalidad casi extendiéndose hasta las caderas. Por lo demás, su actual físico era portentoso: busto bien armado, cintura fina como avispa, y las caderas anchas, un físico del cual toda mujer podría sentirse perfectamente conforme e incluso orgullosa: más aún, éste no era el caso de Arthur.
El inglés tomó asiento, y con una mano acomodó el cabello de modo que al bajar la cabeza éste no dejara ver su rostro, al menos desde la perspectiva de Alfred.
Silencio total. Ensordecedor. Perturbador en verdad. Quietud absoluta...
Por al menos sus veinte minutos, apenas y unas palabras se hicieron escuchar.
— ¿Quieren algo...? ¿Agua, algo de comer...?— ofreció el dueño de casa, encaminándose a la puerta tras haber ido de un lado a otro una infinidad de veces. Por un instante, nadie respondió.
— ¿No tendrás algo para el dolor de cabeza?— preguntó el alemán en voz baja, por la vergüenza ante la situación.
— ¿Aspirinas o Paracetamol*? Tengo de ambos.
—Lo que pilles primero, no me importa...
— Un vaso de agua no estaría mal— pidió el francés, también en voz baja.
— Un analgésico, dos vasos de agua... ¿Y ustedes?— señaló a Feliciano y Arthur.
— Yo nada— dijo el italiano, distrayéndose repasando con el índice los diseños de la madera barnizada en el tablón de la mesa.
— Tampoco— respondió Arthur.
—Entonces aguarden aquí, y yo les traeré lo que necesiten.
El americano salió del salón, y sus pasos se escucharon mientras corría escalera abajo. Nuevamente el salón de reuniones quedó en silencio, cuando sintieron que la puerta se abría lentamente, sin emitir ruido alguno, cediendo el paso a los dos asiáticos que recién llegaban.
—Buenas tardes— saludaron los presentes, recibiendo por respuesta apenas una reverencia de parte de Yao y Kiku.
El chino no se veía tan diferente a como era originalmente. Apenas y podían diferenciar las nuevas estructuras en su cuerpo, debido a que había seleccionado una ropa bastante ancha para presentarse. Sujetó su cabello, algo más largo, del mismo modo en que lo hacía habitualmente, así que pudieron apreciar el rostro más delicado y fino, detallando un semblante que casi les enternecía.
Mientras que Kiku apenas y podía distinguirse entre tantas ropas que se había colocado. Notaron como el pelo azabache y liso ahora tenía una longitud que, sin ser demasiado exagerada, si denotaba un cambio. El cabello hasta un poco más abajo del mentón, resaltaba el rasgo femenino que su rostro había adquirido, aunque eso sí, con un tinte mucho más pálido y enfermizo. Por lo demás, tantas ropas no dejaron ver claramente su contextura.
— ¿Y a ti qué te pasó?— preguntó Arthur, sorprendiéndose de ver al japonés tan cubierto.
— No... No quiero hablar de eso— gimió el asiático ruborizado como respuesta, tomando asiento al lado del alemán.
— ¿Mucho frío, acaso?— intervino Feliciano.
— Dije que no quiero hablar de eso— ésta vez, el gemido fue más angustioso.
— Lo que pasa es que...— inició Yao su explicación, haciendo que Kiku se sobresaltara.
— ¡No les digas! es vergonzoso...— suplicó el moreno, sobando su vientre por sobre las ropas. El dolor en aquella zona comenzaba a acentuarse, y por consejo de su hermana menor, había decidido abrigarse mucho para que el asunto fuera menos serio.
Poco después, el americano volvió al salón de reuniones con una bandejita en sus manos, acercándose a sus compañeros y extendiéndole los pedidos a Francis y Ludwig. Francis sorbió de inmediato el contenido de su vaso, vaciándolo hasta la mitad de un solo sorbo, y el alemán tragó la pastilla, y posteriormente bebió algo del otro vaso de agua que Alfred le había traído.
—Muchas gracias— dijeron al unísono los atendidos.
— Por nada— Alfred miró a los recién llegados — ¿Quieres algo?
— ¡Alfred, por amor al cielo, quédate quieto un rato!— retó Arthur, no creyendo que aquella actitud servicial fuese del todo natural en el americano
— ¡Si me quedo quieto comenzaré a pensar en "ÉSTO", y me angustiaré! ¡Necesito moverme! ¡Quiero moverme...!
— ¡Me desespera que te estés moviendo tanto! ¡Has estado así desde antes que llegara! ¡Por favor, para! Me estresas— prosiguió el inglés, aún sentado, y sin acentuar demasiado sus observaciones.
—Por favor, calma-aru— sugirió Yao, mirando a los dos que discutían — ¿Sólo falta Iván-aru?
—Solamente él— confirmó el francés, viendo que había un único puesto vacío.
— ¿Qué hacemos mientras llega?— preguntó Feliciano, ahora distrayéndose con los flecos que pendían a modo de adorno desde el cojín puesto en la silla.
—Lo que hemos estado haciendo mientras llegaban los otros: Esperar— contestó Ludwig, rogando porque la aspirina hiciera un efecto rápido antes de comenzar la reunión.
—Es raro que sea el último-aru. Siempre ha sido muy puntual, y su casa no está tan lejos de aquí-aru...
—Puede que el avión haya tenido algún problema, o él mismo...— comenzó a especular Arthur, siendo al poco rato, interrumpido por la puerta que se abría de súbito. Era Iván.
—Disculpen la tardanza, pero el vuelo tuvo un pequeño problema con el paso de frontera, y...— comenzó a excusarse el recién llegado ruso, mientras ingresaba a paso seguro y altivo al salón.
— ¿Problemas el avión? ¿Qué le pasó?— cuestionó el estadounidense, algo sorprendido.
—Pues ya sabes, con todo el tema del rencor entre naciones...— respiró agitado. Posiblemente había corrido mucho para no atrasarse: —Una torre de control dio órdenes al ejército de derribar el avión, pero... por suerte recibieron mi mensaje y le dejaron aterrizar en paz...
— ¿Entonces, eso te retrasó-aru?— preguntó Yao.
— En realidad, cuando aterrizó fueron a hacerle un chequeo. Ya sabes que allá se desconfía mucho de los americanos...— Iván suspiró, ya algo más calmado.
Sin duda, el cambio que el maleficio había hecho sobre el ruso había sido el de mayor impresión. La contextura normal de Iván era bastante tosca, ancha la espalda, el cuerpo recto y muy alto. Más ahora, se había tornado en una especie de mujer que conservaba ciertos rasgos toscos, pero que a su vez, se veía armoniosa. Su pecho ahora era muy voluminoso: posiblemente aquella característica vendría de familia y encajaba a la perfección en esas circunstancias; seguido: la cintura bien formada, aunque no demasiado estrecha; y por último las caderas, bastante anchas. Su cabello había crecido demasiado, casi tanto como el de Arthur.
—Oh, Dios...— suspiró Francis —Esto es...
—Horrible— interrumpió Ludwig.
—Nefasto— siguió Arthur, boquiabierto
—Una pesadilla— añadió Kiku
—El infierno— aseguró Iván, tomando asiento en el lugar disponible.
— ¡Es muy muy malo!— sollozó Feliciano, echándose sobre la mesa, ocultando el rostro entre los brazos.
— ¡Y no sabemos de quién el la culpa, maldita sea!— rugió ahora de forma histérica el estadounidense.
— ¡No busquemos culpables, busquemos soluciones-aru!— sugirió algo abatido Yao, poniendo la mano empuñada sobre el tablón de la mesa.
— ¿Y qué propones, genio?— retó el inglés, al borde del colapso — ¿Que nos cortemos lo que nos sobra?
— ¡Debe haber alguna solución, estoy seguro-aru!— insistió el chino, cruzándose de brazos.
—Yo digo que recemos, juremos por nuestras madres y abuelas...— objetó Francis, ganándose una mirada de desaprobación por parte de la gran mayoría —O bien, podemos...rogarle al "Mero-Mero"*
—Nada que sea religioso— dijo Kiku, ahora presionando sobre su vientre, tratando de apaciguar el punzante dolor.
—Y yo soy ortodoxo*...— gimió el ruso, bajando la mirada —Y no creo que él pueda hacer mucho al respecto.
—Entonces, propongo que busquemos apoyo en mi héroe, el Doctor House*— sugirió Alfred.
— ¡Debe ser algo realista!— reclamó el británico —Miren, esto sonará en verdad extraño, pero tengo unos amigos que, literalmente, hacen magia. Yo creo que...
— ¡Tú mismo has pedido una solución realista, Arthur!— rió el americano, apretando su estómago en tanto las lágrimas de esfuerzo y gracia corrían por sus mejillas — ¡Y no creo que tus amigos imaginarios sean la solución!
— ¡No son imaginarios, existen de verdad! ¡Lo juro!
— (¿Por qué todas las reuniones serán así?)— Pensó lamentándose el chino —Si tan solo...
— Yo digo que:...— interrumpió Ludwig —Deberíamos pretender que nada de esto está sucediendo, y hacer nuestras vidas como tal ¡Fin del cuento! Ni la medicina, ni Dios, y mucho menos las hadas y unicornios podrán hacer algo por nosotros.
— ¡¿Qué demonios de solución es ésa-aru?— reclamó Yao, perdiendo la paciencia.
— ¡Entonces tú sácanos del problema! ¡Con todos gritando como salvajes y proponiendo tantas cosas sin sentido, no me dejan pensar bien!— reclamó el alemán con cierto desprecio.
— ¡No quiero quedarme así para siempre...!— se lamentó Feliciano, ahora abrazándose a Ludwig — ¡Quiero mi cuerpo de vuelta, de vuelta~...!
Al parecer, nada avanzaba...
— ¡Por favor, se los suplico en serio! ¡Cálmense, y piensen claramente!— gritó Francis, sin obtener respuestas positivas — ¡Feliciano: deja de llorar; Yao, Ludwig: no griten; Arthur: deja de pelear con Alfred, y tú, Alfred: deja de reírte...!
— ¿Francis? ¿Siendo razonable?— cuestionó anonadado en inglés — ¿Y a ti qué te picó ahora?
— ¡Tanta tensión es mala para la piel! ¡Ustedes harán que me arrugue antes de tiempo!— contestó el francés — ¿No pueden estar un poco más tranquilos? Como Iván... miró al ruso con una sonrisa de complicidad. Al instante, se paralizó, mientras veía con temor el aura oscura y espesa que en torno al euroasiático se había generado.
— Kolkolkolkol...
— ¡Olvídenlo! ¡Esto no está resultando!— dijo Ludwig, tratando inútilmente de consolar a Feliciano — ¿Alguien más quiere decir algo inteligente, antes que me vaya?
—Yo quiero decir algo...— afirmó con voz suave el japonés, ya sintiéndose un poco mejor de su problema. Se levantó de su silla.
— Habla entonces, Kiku— animó Yao —Como siempre he dicho: Eres el ingenioso-aru.
—Bien, entonces...— pidió un borrador y un marcador de pizarra, que le fueron cedidos por Alfred —Dado que la tecnología en mi país es bastante avanzada, podría tomar muestras de sangre de cada uno de nosotros, enviarlas a un laboratorio, y de inmediato sabríamos qué es lo que nos ha pasado, y cómo podríamos revertirlo...— anotó la idea en una parte de la pizarra.
— ¿Y cómo estás seguro que ése experimento nos dará la solución?— preguntó Arthur.
—Tal cambio en nuestros cuerpos debe tener una relación con un trastorno en nuestras células. Sería como una especie de "metamorfosis", y el por qué de todo, está en los químicos y funciones de nuestro propio cuerpo...
— ¿Como si fuéramos mariposas que salieron de sus capullos?— preguntó Feliciano, ya algo más calmado.
— Más bien diría que es comparable con el hombre convertido en cucaracha*— afirmó Francis, desanimado.
— Entonces, si la raíz de nuestro problema es algo corporal, perfectamente podría inventarse una cura contra éste mal...
— ¡Kiku, eres un genio!— celebró entre aplausos y saltos el italiano.
—Me gusta, me gusta...— afirmó Alfred, en pose de pensador, sujetando la barbilla con una mano en tanto el otro brazo hacía de soporte para su codo.
— ¿Entonces? ¿Cuándo sería la prueba?— preguntó Iván, relajado y sonriente.
— Debemos estar en ayunas, ir al hospital y que nos tomen la muestra. Luego, podrían enviarlas a mi país, y yo les daré los resultados en cuanto salgan.
— Lo apruebo— dijo Ludwig — ¿Tomamos las muestras mañana?
— Cuanto antes mejor— contestó el japonés.
— Entonces, yo digo que se queden hoy en mi casa. Podemos ir a los laboratorios de mi país a sacarnos las muestras, y luego las enviaríamos a los laboratorios de Japón ¿Les parece?— ofreció Alfred mientras reía.
— Pues por mí, ningún problema— dijo Kiku, siendo luego aprobada la idea por Ludwig, Feliciano, Yao, y tan solo un poco por Francis.
— Me desagrada la idea— comentó Arthur —Sólo porque también estoy afectado acepto...—
— ¿Quedarme aquí, en Estados Unidos?— Iván arqueó una ceja, no muy convencido, pero luego, añadió con seguridad —Todo sea por salir de esto pronto...
— ¡Perfecto!— Alfred se levantó de su asiento y les invitó a salir del salón — ¡Andando! Escogerán sus cuartos, y luego iremos por algo de comer. Para mañana, a primera hora, iremos al laboratorio y les diré a los de la aviación que los lleven a sus casas ¿Ok?— Todos asintieron.
—Una cosa primero, Señor Alfred...— dijo Kiku, sentándose en tanto el dolor le hacía encogerse en su lugar
— Dime...
— ¿Dónde está el baño?— comenzó a toser y hacer arcadas.
— Sigues por el pasillo a lo largo, está al fondo a la derecha— indicó el estadounidense, extrañado por la actitud del japonés. Éste último, sin tiempo de agradecer siquiera, salió corriendo en la dirección señalada.
— ¿Qué le pasó?— Preguntó Feliciano.
— Él... está pasando por un momento difícil-aru— respondió Yao —Se le pasará.
Mientras esperaban al japonés, los demás fueron a escoger sus habitaciones, entre las que les ofreció el americano.
— ¡Yo duermo con Ludwig!— avisó el italiano, mirando al susodicho con una sonrisa.
— ¿Feliciano, mon chérie, estás seguro? El Macho-patatas ha de ser alguien muy brusco en la cama ¿No preferirías dormir con tu "hermanito" Francis?— ofreció galante el francés, mirando al alemán con cierto desprecio.
— Por mí bien— dijo Ludwig, aproximándose a su compañero de guerra —Estoy acostumbrado.
— Pues yo pido dormir solo— dijo el inglés —Y con eso también me refiero a lejos de todos ustedes...
— Imposible— señaló Alfred —No hay cuartos suficientes. O todos comparten o no alcanzaremos. Como mínimo, dos por cada habitación, porque en cada una hay dos camas...
—Bueno, dado que duermo con Feliciano en una, digo que Kiku ocupe la otra ¿Ven? Alcanzaremos tres en una sola pieza— aclaró Ludwig.
—Y eso deja una cama disponible en otra habitación... perfectamente podré dormir solo— el británico se sonrió.
—Tú no vives estando solo, mon chérie— ronroneó el francés —Opino que "General Invierno" sea el que duerma sin compañía.
— ¿Yo?— el ruso se señaló a sí mismo — ¿Por qué?
— No queremos que nadie pesque un resfriado. Me refiero a que donde vayas, hay frío...—
— No quiero estar solo...
—Y yo sí— replicó Arthur — ¿O temes dormir con Iván?
— ¡No es eso!— el francés interrumpió riendo nervioso —Solo que... eh...—
—Entendido. Si gusta, Francis, puedo compartir habitación con usted-aru— dijo Yao —Y así no tendrá que complicarse ni dormir solo...
—Me gusta como piensas, Yao— rió Alfred —Y yo no tengo problemas en dormir con mi "AMIGO" Iván...— recalcó en su última frase, y con un tono notablemente sarcástico, la palabra "Amigo".
— ¡Espléndido!— el chino miró a todos lados — ¿Dónde están las habitaciones?
— Del otro lado del pasillo, síganme— el estadounidense caminó hasta afuera del salón, secundado por sus demás compañeros. Pronto, hizo ademán de devolverse.
— ¿Alfred?— Arthur miró cómo el americano, tomando el marcador de pizarra, escribía algo junto a los apuntes de Kiku — ¿Qué haces?— miró más de cerca, y leyó: —"Kiku: genio de la Tecnología Gundam"— dio una palmada a su frente.
— ¡Si~!— Alfred dejó el marcador.
—Payaso...
Del otro lado del pasillo, los presentes escogieron sus cuartos sin mayores discusiones. Nada más acataron, después de todo, sería tan solo una noche.
— ¿Alguien va a buscar a Kiku? Está demorando mucho-aru.
— ¡Yo voy!— se ofreció Feliciano, emprendiendo rumbo al baño
—Mientras tanto— dijo Alfred, llegando junto con Arthur —Acomodemos las camas.
— (¿De cuándo tanta amabilidad?)— pensó el inglés, no muy seguro del americano.
Mientras, el italiano esperaba a Kiku fuera del baño. Oía como dentro del habitáculo, el oriental aún hacía arcadas y vomitaba forzadamente. Llevaba así bastante tiempo. Tocó un par de veces el tablón de madera:
—Kiku~ ¿Cómo vas?— nuevamente, Feliciano oyó más arcadas, pero ésta vez parecía estar terminando —Kiku~.
El japonés abrió la puerta. El castaño notó lo pálido que estaba, las ojeras oscuras y los pequeños puntos rojos en su cara, producto del esfuerzo hecho de tanto vomitar. Los ojos los tenía irritados y llorosos, además de la vista totalmente perdida. Tapaba la boca con el dorso de la mano, evitando así que nuevos espasmos fueran a ocasionarle nauseas.
— Kiku ¿Te sientes mal?— preguntó inocente el italiano, ofreciéndole su hombro como apoyo.
—Solo son nauseas...
— ¿Algo te cayó mal al estómago?
—No es eso.
— ¿Puedo hacer algo para ayudarte?
—No te preocupes...
—Entonces vamos. Ludwig y yo te hemos reservado una cama en el mismo cuarto que nosotros, para que estés a gusto.
—Muchas gracias, Feliciano— Kiku sonrió, algo más relajado. Sacó una pastilla de su bolsillo, y la puso en su boca, tragándola al instante.
— ¿Qué era eso?
—Algo que me dio mi hermana para cuando me sienta mal...— respondió el japonés, enrojeciendo de súbito.
— ¡Pues qué bien! Así dormirás tranquilo ¡Vamos!— tomó el brazo de su compañero, guiándolo hacia el otro lado del pasillo, donde todos estaban reunidos.
Tras una breve conversación para acordar los últimos planes para el día siguiente, las ocho "señoritas" pasaron al comedor, donde Alfred les sirvió algo de pizza traída a domicilio. Sólo Kiku y Arthur no quisieron comer, y a cambio, bebieron algo de té caliente.
— ¿Es esto lo que comes todos los días, Alfred?— preguntó Francis.
—Sí ¿Por qué?
— Me cayó pesado...— el francés sobó su estómago —Demasiado pesado...
—A mí me gusta— Feliciano dio otro mordisco a su rebanada de pizza, manchándose la comisura de los labios con la salsa de tomates —En mi casa suelo comerlo cuando estoy solo con mi hermano, o cuando Antonio nos visita...—
—Feliciano, no hables con la boca llena— Ludwig tomó una servilleta, y limpió la boca de su amigo. El otro solo emitió un gemido de protesta, tratando de hacerle el quite con la cara — ¡A ver! No te muevas.
— Yo solo la como en ocasiones especiales, como el cumpleaños y festividades de mi país. Es infaltable en Navidad-aru— Yao comió su última rebanada, relamiéndose luego lo poco que había quedado manchando sus labios.
—Lo mejor de la pizza es que puedes ponerle lo que quieras. Desde pescado con piña, o chocolate ¡Lo que se te ocurra!— Alfred tomó otra rebanada de pizza, y la mordió ansioso.
—Pues me sigue cayendo pesado. Ha de ser que tiene demasiado queso y salami...— Francis miró atentamente al ruso, quien ya había acabado sus raciones, y ahora miraba distraído por la ventana. El francés soltó una risita, y compartió una mirada de complicidad con el americano.
— ¿De qué te ríes?— preguntó Iván, algo extrañado por la actitud de Francis. Éste otro se secreteaba con Alfred, quien al poco rato, también rió — ¿De qué se ríen?
—Ya te enterarás— dijo Francis, conteniendo los últimos espasmos de sus carcajadas, al igual que Alfred.
— ¿Y cómo va ése estómago, Kiku?— preguntó Arthur por lo bajo. El japonés enrojeció.
—Va bien— respondió Kiku, desviando la mirada. Sorbió de su taza —Lo que necesitaba era algo caliente...
—Me alegro que se te haya pasado. En verdad parecías bastante mal en la reunión
—Me sentía fatal. Gracias por preocuparse, señor Arthur— Kiku volvió a sorber de su taza. Sintió que el inglés a su lado se había estremecido — ¿Sucede algo?
— ¿Te has fijado que entre nosotros, seguimos tratándonos como hombres, a pesar de todo? Pues me pregunto cómo se irán a referir a nosotros los demás, que no están enterados: me respondo a mí mismo y no me gusta para nada lo que veo venir...
— ¿Por qué no?
— Será un asco que nos traten como si en verdad fuésemos mujeres...
—Será incómodo, pero verá usted que pronto esto acabará.
—Eso espero— el británico volvió a beber de su taza, ésta vez hasta vaciarla.
Pronto, y una vez acabada la cena, Alfred invitó a sus colegas representantes a pasar a las habitaciones correspondientes. Arthur tomó la habitación que nadie quiso, después de todo, lo que le importaba es que dormiría sin nadie que le molestara.
Yao y Francis de inmediato colocaron sus sábanas, siendo el chino el primero en meterse a su cama y cerrar sus ojos, no olvidando poner en la cabecera un enorme y esponjoso muñeco de felpa, traído en su maleta de viajes, preparada antes de volar a Estados Unidos.
Feliciano, una vez listo para dormir, se dejó solo su camisa y la ropa interior. Mientras que Ludwig se dejó los pantalones y la sudadera que llevaba bajo su uniforme. Nada más unas horas después que Feliciano, se dispuso a hacerle compañía para dormir. Apenas y se acomodó en la colcha, los brazos de Feliciano le rodearon, exigiéndole abrigo. Suspiró resignado, y adecuó su postura para no hacer sufrir a su espalda, ni a su amigo.
Kiku, tras asegurarse que "Todo estuviera en orden", recién decidió meterse a la cama. Sentía cierta paranoia, vergüenza. No fuera a ser que los otros se dieran cuenta de lo que pasaba. Se acurrucó casi ovillándose, y abrazó sus piernas, estremeciendo todo su cuerpo y tensándose entero. Sólo así, sintió la tranquilidad suficiente como para quedarse dormido.
Luego de comprobar que Arthur había cerrado todo con seguros en su habitación, y algo decepcionado, Francis fue a la recámara que compartiría con Yao. Le encontró dormido sobre el enorme muñeco, acurrucado como "una niña pequeña". Se sonrió de sólo verlo, y procuró no emitir ruido alguno para no perturbar su sueño. Se quitó la gran parte de lo que traía puesto, solo quedando con la ropa interior, y una camiseta, debido a que ahora no podía dormir con el torso descubierto, o al menos, no en casa de un desconocido. Se metió en la cama, y tras acomodarse, apagó la lámpara de noche que tenía a su lado.
En la habitación escogida, Arthur había asegurado la puerta, evitando así que el francés fuese a entrar por la noche. Se recostó casi con la totalidad de su uniforme puesto, exceptuando la chaqueta. Suspiró agotado, y abrazó la almohada, acercándola más hacia su cuerpo. Una vocecita a su lado le sacó del trance en que había entrado debido al cansancio
—Su Majestad ¿Qué tal le ha parecido la reunión de hoy?— preguntó una pequeña hadita verde, sentada sobre su hombro.
—Como siempre, no demasiado productiva. Hasta que Kiku habló, no me sentía para nada relajado...
—Y que lo diga. Blue Fairy se ha colocado a llorar con todos esos gritos, y Red Fairy estuvo a punto de azotarse la pizarra a Alfred en su cabeza— dijo Green Fairy frunciendo el entrecejo.
— ¿Y eso por qué, Red Fairy? ¿Tanto odias a Alfred?— preguntó entre risitas el inglés.
— No es eso, su Majestad, pero es que... ¡Agh! ¡Me molesta que digan que somos imaginarias! ¡Diles que sí existimos! ¡Que si existen las hadas!— Red Fairy soltó algunos puñetazos al aire, mientras gruñía.
— ¡Red Fairy, tranquila! Discúlpela, su Majestad, pero es que todavía no controla bien sus emociones— la excusó White Fairy, sobrevolando sobre la cabeza de Arthur, mientras sujetaba las alitas de su compañera colorada.
— ¿Y su jefa Tinkerbell? ¿Qué ha dicho?
—Estuvo muy ocupada animando a Black Fairy. Se vio muy afectada por toda la conmoción que la azotó desde la mañana, al verlo así...
—Oh, haditas mías...— suspiró Arthur —Deberían relajarse un poco, esto suele sucederle a los caballeros cuando sus enemigos le atacan por la espalda.
— ¿En serio?— preguntó Green Fairy.
—Por suerte, la magia y la ciencia son la solución a todo. Ustedes estén tranquilas, y si por algún motivo necesito de su favor, no dudaré en recurrir a ustedes...— las haditas sobrevolaron sobre su "Rey", celebrando con cancioncitas infantiles y piruetas en el aire.
—Buenas noches, su Majestad— se despidieron a coro todas las haditas.
—Buenas noches a todas— bostezó el inglés, acomodándose en su colcha, en tanto las haditas le arropaban con las frazadas dispuestas en la cama.
Mientras que, en la pieza donde descansarían Iván y Alfred, todavía las luces se hallaban encendidas.
A Alfred le sorprendía la gran cantidad de ropa que Iván se colocaba encima, posiblemente para evitar enfriarse. Era, bajo ése grueso abrigo de guerra, un sinfín de camisetas de mangas largas, y otras tantas más de mangas cortas. Para colmo, bajo el pantalón, otras tantas prendas más que le abrigaban. Con razón se veía tan gordo...
— ¿Cuántas cosas te pones encima, Iván?
—Las suficientes para no enfriarme en casa— contestó el ruso, doblando el abrigo que solía usar y dejándolo a los pies de la cama, quedando con una chaqueta sobre lo que parecía una decena de camisetas.
—Estimando ¿Cuántas?
—No sabría decirte: a veces son cinco cosas encima, otras veces más. Todo depende...
—Ah, ya veo...— Alfred desajustó algunos de los botones de su camisa, y miró fijamente a su compañero de habitación. Soltó una risita.
— ¿De qué te ríes?— Iván se volteó, extrañado.
— Francis tiene razón.
— ¿Por qué?— el ruso se sonrió, sin comprender de qué hablaba el americano. Alfred se levantó de su cama, y caminó hasta donde estaba Iván, acercándose de forma rápida y sorpresiva, apenas y quedando a unos centímetros de él.
—Tal y como me dijo...
— ¿Qué cosa?— el ruso ya comenzaba a ponerse nervioso —Aléjate un poco, por favor...—. Alfred subió ambas manos, y tocó los pechos de aquel cuerpo femenino, presionando con las palmas y dedos, apenas y ejerciendo fuerza.
—Las tienes ENORMES...— movió un poco sus manos. De una palmada en cada dorso, Iván hizo que el estadounidense dejara de tocarle.
—No vuelvas a hacer eso— pidió el ruso, ruborizado, cubriéndose el pecho mientras se volteaba.
—Quería nada más comprobarlo. Al parecer, lo tuyo viene de familia.
— ¿Por qué lo dices?
—Porque nada más ver a tu hermana mayor...
— ¿Disculpa?— el ruso le observó amenazante — ¿Estás mirando a mi hermana?
— ¡N-No como tu piensas, Braginski!— Alfred se alejó nervioso —Es que...es inevitable fijarse en esos detalles, y pues...
— ¡Ya, ya! Haré como que no escuché eso...— Iván se metió bajo las sábanas. Alfred se quedó de pie a su lado.
— Y dime ¿Qué se siente tanto peso ahí adelante?— el americano tocó sus propias curvas, que no eran tan desarrolladas en su nuevo cuerpo, o al menos no tanto como en el del eslavo.
—Es incómodo...
— ¿Te entra bien la ropa?
— Si ¿Por qué?
—Curiosidad— rió Alfred. Hizo una pausa, antes de hablar nuevamente: — ¿Puedo tocarlas otra vez?
— ¡No!— el ruso afirmó bien su sábana, luchando contra los jalones del estadounidense.
— ¡Por favor!
— ¡¿Qué te dio a ti ahora? ¡Ni se te ocurra estarme viendo con otros ojos, Jones! ¡No te aproveches de la situación!— suplicaba entre asustado y enojado Iván.
— No es eso, es que...— paró de jalar las sábanas —... Eran tan suaves... y tibias...
—Vete a dormir, será mejor...Buenas noches.
—De acuerdo... Buenas noches— Alfred apagó las luces, supuestamente yéndose a su cama...
Unas manos intrusas entre las sábanas que cubrían al ruso, volvieron a palpar descaradamente su pecho...
— ¡Alfred! ¡Por favor, para!
— ¡Lo siento! Ahora sí. Buenas noches— se despidió el americano entre risas, habiendo conseguido su cometido.
A la mañana siguiente, tras unas horas de sueño, las ocho "señoritas" se hallaban ya levantadas, ya vestidas, casi arregladas para salir. Por obvias razones, y aún manteniendo su secreto, Kiku había pedido gentilmente a Alfred poder usar su ducha, a lo que se sumaron también los otros, solo para sacarse la pereza de encima. Tras estar listos, emprendieron rumbo hacia el laboratorio estadounidense, donde fueron recibidos por los que allí trabajaban.
—Esperen allí, señoritas— ante tal trato, todos se estremecieron, pero el hombre ni lo notó —Les atenderemos de inmediato...
—Entendido-aru— asintió Yao, tomando asiento en un banco cercano
—El doctor vendrá a tomar sus muestras en tan solo un instante— el hombre se retiró.
— (Espero esto no me afecte... ¿Me pondré anémico?)— pensó Kiku avergonzado. Tomó asiento junto a Yao.
—Tengo hambre...— se quejó Feliciano, sobando su estómago — ¿A qué hora almorzamos?
—Después del examen, Feliciano— dijo Ludwig —Luego de eso, come todo lo que quieras...
—No se ustedes, pero a mí se me antojaron unas hamburguesas, malteada, y quizás unas patatas...—
—No empieces, me duele el estómago de solo escucharte — se quejó Francis.
— ¡Ah! y una rebanada de pastel de manzanas recién horneado ¡Algo de Coca-Cola, tal vez...!— prosiguió el estadounidense
—Alfred, por favor...— suplicó Arthur, sintiendo como, extrañamente, ante la mención de las comidas comenzaba a aguársele la boca...
— Puede que les invite otra pizza antes que se vayan, con un rico helado, con chispitas de chocolate... ¿Y unas palomitas de maíz...?
— ¡Por favor, ya detente...!— suplicaron todos a coro, apretándose los estómagos y tragando sus espesas salivas.
—Señoritas, el médico a llegado a tomar sus muestras. Por favor, pasen todas en fila, y en orden— avisó el mismo hombre que les había recibido.
Era hora de dar el primer paso hacia la respuesta a ese terrible problema. Y mientras los corazones se aceleraban, y las respiraciones se agitaban, en el laboratorio un hombre preparaba con maestría de años de experiencia las agujas con las que extraería la sangre de sus pacientes.
*Aspirinas y Paracetamol: Ambos medicamentos utilizados comúnmente para atender dolores musculares o jaqueca. A diferencia de la aspirina, el paracetamol viene dosificado según las edades del consumidor, difiriendo en un número específico que señala la cantidad de una sustancia especializada contenida en una pastilla (Paracetamol de 250 es para niños, y el de 500 para adultos)
*Mero-Mero: No me resistí a ponerlo. Es así como mi profesor de Historia y Ciencias Sociales se refiere al Papa (Obviamente cuando trata el contexto religioso, "Mero-Mero" es como referirse a la persona con el máximo cargo en un área determinada: como el director de un colegio, el jefe de una empresa, etcétera)
*Cristianismo Ortodoxo: En 1054, el Imperio Bizantino hizo de éste tipo de cristianismo su religión Oficial. En ella, no se acepta al Papa como autoridad eclesiástica, y los sacerdotes no ejercen voto de castidad necesariamente (Sino que solo lo hacen los monjes, ellos deben ser célibes). Ésta religión es practicada, en su mayoría, en la parte oriental de Europa (Léase: Bielorrusia, Ucrania, Rusia (Principal sede, con más de 80 millones de seguidores), Chipre, Georgia, Moldavia, Montenegro, Rumania, Macedonia, Bulgaria, Grecia, Serbia, entre otros). No admite al Espíritu Santo como procedente del Padre y el Hijo, ni a la Virgen María como corredentora (Esto solo por mencionar dos diferencias, son más).
*Doctor House: Quizás han oídos hablar de él. Es un personaje ficticio que protagoniza la serie "Doctor House", ejerciendo su rol de médico con algunos complejos físicos, y que goza de una mente brillante, buenos dotes de médico, y una sarcástica y maliciosa personalidad.
*"El hombre convertido en cucaracha" se refiere a Gregorio Samsa, el protagonista del libro "Metamorfosis" de Franz Kafka. Esto no es una alusión machista, sino una comparación de lo terrible que es para ellos el haberse transformado, al igual que lo fue para Gregorio Samsa en aquel relato.
Uff! También me ha costado un poco ^^U. Ohhh! muchisimas gracias por TODOS sus reviews! me animan mucho a seguir escribiendo, en serio! me halaga saber que les guste mi tabajo! Recuerden que ante cualquier comentario, crítica o súplica que quieran hacerme, pueden dejar su review, y yo gustosa lo leeré (ya me daré el tiempo de contastarlos todos :3)
Muchas gracias!
Un fic con reviews, es un fic feliz :).
