¡Hola de nuevo! Aquí la actualización respectiva. Ya se revelaron nuevos personajes y, con suerte, la identidad de los hasta entonces desconocidos. Con esto terminamos la intro y empezamos la historia en el siguiente capítulo, espero les guste :3

Hetalia no me pertenece.


―... ¡Andersen, hijo!― oía que gritaban incesante― ¿Alguien sabe dónde está mi hijo? ¡Por favor!

La mañana no había comenzado de manera muy grata en el pueblo. Ya llevaba un buen rato despierto, y no paraba de oír a aquella mujer gritando por su hijo. Se paseaba inquieta por todas las casas, preguntando con aquella cara de angustia y eterna preocupación. Tenía los ojos rojos de tanto llorar, y el cabello era una maraña revoltosa, probablemente como lo sería también su cabeza en esos momentos. Se preguntaba algunas veces si la señora conciliaría el sueño por las noches.

No pudo evitar sentirse un poco mal por ello, no era la primera vez que sucedía algo como eso. El adorado hijo era muy problemático en todos los sentidos y siempre lograba sacarle una cana nueva a su madre nada más pisar fuera de la casa. Era como si se tratase de algo innato en él. Suspiró pesadamente, como parecía haber empezado a ser su costumbre desde hace un tiempo. A veces se preguntaba cómo es que alguien como él había terminado convirtiéndose en su amigo, casi hermano mayor.

Como era habitual ya desde que tenía uso de razón, se dejó caer por la capilla. Era el lugar ideal para mantenerse alejado de todo, al estar casi en los límites del pueblo. Aparte, allí vivían los niños expósitos, atendidos por el Gran Anciano del pueblo, así que era común que tantos los huérfanos como los niños del pueblo se reunieran ahí para jugar, bien lejos del resto de los adultos. Llegando al lugar, observó en la lejanía a su grupo de junta habitual: tres niños de cabezas rubias y con sus excentricidades bien definidas. Pasó saludando, echándose en uno de los bancos junto a ellos.

―¿Qué hizo esta vez?―no tenía por qué explicarse, a estas alturas todo el pueblo lo sabía. Incluso ellos.

― Aparentemente, el idiota se desapareció. Aún no se sabe cómo o a dónde fue― comentó uno de los niños, con un pájaro en el hombro― ¿Tienes alguna idea de dónde se pudo haber metido... Vincent?

El susodicho Vincent ni se inmutó ante el llamado. Se tomó el tiempo que le pareció conveniente, jugueteando con su bufanda de rayas, y después fue que abrió la boca para decir algo.

― La última vez que lo vi fue ayer en la tarde. Salíamos de la casa del Anciano luego de haber contado sus historias fantasiosas sobre el demonio.

―Hmmm...soltó, pensativo. No parecía haber nada sospechoso aún―¿Y tú, Berwald? ¿Has sabido algo?― preguntó a su silencioso acompañante, el cual sencillamente negó con la cabeza.

Las ganas que tenía de gritar eran inmensas, otra vez se las había vuelto a hacer. Un día el niño estaba con ellos y al otro se perdía y se volvía a aparecer con algo inesperado. Así, como si nada. Como si el pueblo y su madre no fuera la gran cosa para él. Sus puños estaban blanquísimos, de lo fuerte que los estaba apretando, ¿cómo podía ser tan cabeza hueca y egoísta? ¡Su madre ya llevaba un día entero en vela buscándole! ¿De verdad era tan caradura como para no pensar o al menos notar ese tipo de cosas?

Desde atrás, una mano se posó en su hombro un poco tosca, pero conciliadora. El niño más grande que el resto lo miraba fijamente, aún sin decir nada. Podía ser bastante aterrador e intimidante la mayor parte del tiempo, pero el poco tiempo que tenía conviviendo con él le había mostrado que no era una mala persona. Sólo era un poco... raro. Había que darle su tiempo para que se expresara apropiadamente.

―Todo estará bien, Tino―le dijo finalmente con aquella voz fría y tan poco natural para un niño. El resto de sus compañeros, a pesar de no ser mucho más expresivos, se solidarizaron en silencio ante la rabia e impotencia que estaba sintiendo en esos momentos.

Y de nuevo suspiró, cabizbajo. A veces simplemente no podía ponerse en los zapatos de Andersen.