Raava observaba curiosa la fuente de agua en aquella cueva a la que llevaban los pasadizos de escape, no se podía creer que aquel lugar fuera real y aun menos que lo estuviera usando para el objetivo para el que fue construido. Clavo sus ojos en lo que parecía un reloj de agua de plata con el objetivo de que su mente no vagara a lo que le llevo hacer semejante acto de locura.

Se encontraba en las habitaciones de la concubina favorita del anterior emperador, había sido llamada mientra hacia su habitual practica musical coincidiendo con los descansos de los entrenamientos de la guarda sureña en el patio de entrada, cosa bastante extraña ya que solo había estado en aquel lugar el día de su nombramiento como concubina. Una niña sirvienta se apresuraba a serviles té mientras la Retirada la observaba con aquellos ojos azul oscuro.

Ming Hua había sido una de las primeras esclavas sureñas en llegar al palacio, no había sido nada extraño que hubiera despertado el interés y deseo del anterior emperador. Asegurándose una buena vida tanto para si como para el resto de sureños que llegaron al palacio, a pesar de que solo mirase por si misma. Aun así debido a la edad del predecesor de Vaatu no fue capaz de concebir otro vástago ya fuese mujer o varón que podía haberle asegurado un mayor poder.

Pero de todas maneras era la mujer mas poderosa del harem.

Y lo seria hasta que naciera un heredero.

Se mantuvo seria y firme, nunca fue del agrado de Ming Hua y ahora que estaba visitando al emperador todas las noches para darle un hijo pudiendo tener aquello que no logro…

-Debes estar llena de gozo, ser la elegida para concebir un heredero.-clavo sus ojos en ella intentando leer su alma.

Pero Raava no se lo pondría tan fácil, estaba claro que buscaba el menor indicio para quitarla de su camino e intentar que se eligiera alguna de las chicas que tenia bajo su protección.

-No hay mayor honor. Nunca me habría podido adivinar que la hija de unos simples campesinos como yo seria elegida para darle un hijo a su alteza-sonrió intentando ocultar la repulsión que le producía la idea de llevar dentro suya al vástago de la encarnación de todo mal.

Si por ella fuera…

Corto su linea de pensamiento, no podía permitirse que eso cruzara su mente ante cualquier persona, su único anhelo.

-Aprovecha para descansar y rezar a los dioses estos días. Como sabrás, se acerca el aniversario de la batalla en la que los sirvientes sureños se intentaron rebelar así que el emperador y yo iremos a honrar homenaje junto algunos altos funcionarios allá donde se derrotaron aquellos bastardos sureños.-soltó una risa cruel al pensar en en sus congéneres.-Pero tu pareces muy ligada a ellos ¿verdad?

-Si os referís a Korra,-eligió cuidadosamente sus palabras.-me alegra de que mi seguridad dependa de una mujer. Hasta los eunucos pueden mirar de manera que hace a una sentirse incomoda y mas si alguna vez sintieron el placer.

Sabía lo que quería, utilizar en su contra la desconfianza que despertaba Korra por ser la hija del líder de los esclavos sureños que se rebelaron. Volvió a suspirar observando la fuente de agua en aquella caverna, según sabia Korra solo era un niña que seguía viviendo es sus tierras cuando aquello paso.

Oyó una garganta carraspeando tras ella, tan inmersa estaba estaba en sus pensamientos que no se había dado cuenta de que Wan había llegado. Se giro para encararle con el corazón latiendo le a toda prisa ante semejante acto de locura pero ateniendo una expresión inexpugnable como estaba acostumbrada.

Una sonrisa nerviosa apareció en su rostro que no tardo en imitar sin ser consciente.

A pesar lo que le decía su cabeza de los peligros que corrían, dio el paso que lo desencadenaría todo.

O-o-o-o-o-o-o-o-o-o

Nunca pensó que podría pasar una noche junto a un hombre sin que la tocaran. Desde que sus padres la vendieron al burdel le habían enseñado que en cuanto se iniciara sus noches serian solo para el placer del hombre, y lo mismo cuando llego al palacio. Tanto cómo si captaba la atención del emperador como si acabase siendo relegada a otro hombre sus noches serian solo de esa manera.

Pero Wan apenas podía mirarla a los ojos durante mucho tiempo; aunque esto se debía mas a sus diferencias sociales y encima la tensión que se podía palpar desde el cuando estaban cerca.

-No se atreve a dar el primer paso-le explico Korra en voz baja mientras la escoltaba en su habitual paseo al templo-No quiere asustarte.

-Como me ha escuchado sufrir, teme hacer lo mismo.-razonó para si

-Ya hemos llegado mi señora.-anuncio en viva voz, a pesar de que el templo era visible desde cualquier parte de la zona de las mujeres-Os esperare aquí.

Entro aguantando un suspiro mientras las monjas hacían una reverencia para recibirla. Cuando una de ellas de se levanto devolvió el gesto levemente antes de seguirla a la sala de oraciones.

-Si necesita algo, estaré esperando afuera.-anuncio mientras salia.

-Gracias Yangchen.- le respondido agradecida, aquella mujer era de las pocas confidentes que tenia en el palacio y se encargaba de que nadie la molestara dentro del templo.

Todo el mundo esperaba que hiciera continuas reverencias mientras sus oraciones suplicaban a la deidad de la fertilidad que le concediera un embarazo sano para concederle un hijo varón al emperador. No que se sentara simplemente dejando sus lagrimas fluir con su corazón gritando que no le dieran un hijo de ese monstruo.

Ni siquiera podía permitirse el lujo de rezar pidiendo una hija, ya de por si le espantaba la idea de engendrar la descendencia del ese hombre. Si tenia una niña en el mejor de los casos estaría destinada a ser vendida como esposa de alguien con suficiente poder para resultar beneficiosa la unión para el emperador; en el peor acabaría como ella. Una mujer mas en un harem lejos de ella.

"Por favor" rezó."No me deis un hijo ni una hija"

Aunque a la larga eso significara perder las comodidades y derechos que le otorgaban ser la favorita, como que Korra fuera su guarda personal, y cualquier cosa relacionada con Wan.