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Para quien me dio un increíble comienzo y un divertido medio, pero un terrible final, B.
Capítulo III: Un terrible final
"La vida nos jugó una broma y el destino trazo el camino para que cada quien se fuera con su cada cual." Alex Lora
Los días antes de los TIMOS todo el mundo parece que está pegado a sus libros con una poción adherente de lo más poderosa o a punto de tener un ataque de nervios. De hecho, hay quien los tiene, como Hugo Weasley, que acabó en la enfermería asegurando que nunca aprobaría el ÉXTASIS de Transformaciones y que era una porquería para la materia… al menos hasta que la señora Pomfrey le dio un poderoso calmante que lo hizo dormir un rato y luego levantarse como si nada. Lily Potter, por otro lado, aun se lamentaba haber perdido la copa de quidditch, pero se había centrado en los estudios y era la única que no parecía demasiado presionada. Ya todo el mundo sabía que era un genio. ¿De dónde habría sacado tanta inteligencia?
Incluso Lucy estaba nerviosa a veces, y Lorcan pasaba media vida pidiéndole a Lysander que le hiciera preguntas de las materias que más le preocupaba pasar. Ninguno de los dos estudió Adivinación, así que tendrían que tener mucha suerte si querían obtener algo mejor que una T en el TIMO. También estaba por ejemplo, Historia de la Magia, que Lysander no aprobaría ni con un milagro porque era demasiado tarde para aprenderse las revueltas de duendes que Binns había estado narrando con la misma voz aburrida durante cinco años. Lucy, por su parte, no tenía problemas con la mayoría de las materias y todo fue bien hasta dos días antes de que empezaran los exámenes.
Lysander la encontró llorando en la biblioteca, una escena que ya se le antojaba común, pues estaba acostumbrado a ver a los de quinto y a los de séptimo bajo ataques de nervios y desesperación pre exámenes. Se le hizo raro que Lucy lo sufriera pero de todos modos se acercó. Si su novia necesitaba consuelo, bueno, él siempre sería el perfecto brazo en el que llorar. Le sorprendía lo mucho que estaba dispuesto a hacer por Lucy, como si fuera la primera persona que, efectivamente, le importaba demasiado. Antes se le había ocurrido insoportable consolar a una chica —porque eran demasiado complicadas, no tenía ni idea de como hacerlo—, prestarle un hombro sobre el que llorar en vez de besarla, pero con Lucy… con Lucy todo era diferente.
—Ey, Lu… ¿qué pasa? —se sentó a su lado y la dejó que se recargara en él, Lucy no respondió inmediatamente—. Vamos, eres buena estudiante… Eres la mejor estudiante de quinto en todo Hogwarts. No deberías tener problemas con los TIMOS…
—No… no es eso… —sollozó Lucy y con la mano le acercó un pergamino que descansaba sobre la mesa.
Lysander lo tomó sin comprender que demonios era y lo desenrolló rápidamente. Le sorprendió encontrar la caligrafía de la madre de Lucy, una mujer que había visto un par de veces, de cabello negro y mirada insondable, que era inefable o algo así… No la recordaba demasiado bien. Si acaso de alguna vez que habían ido a pasar año nuevo con los amigos de sus padres. En principio, la carta le pareció una carta normal, común y corriente, de esas que los padres mandaban a sus hijos para asegurarse de que seguían vivos y de que les iba bien. Hasta que leyó uno de los párrafos finales, salpicado de tachaduras y manchas.
Percy y Audrey Weasley se estaban separando. Era la primera vez que Lysander veía algo así, la separación nunca se le había antojado algo común, pero pensando un poco, se dio cuenta porque Lucy estaba tan devastada. Había chicos a los que quizá una noticia así no les afectara de esa manera, pero a él si que lo haría, no podría concebir a su madre y a su padre separados. Y, leyendo el final de la carta, Lysander comprendió aun más cosas.
A la madre de Lucy le habían ofrecido un trabajo en Estados Unidos, como investigadora y decía que se estaba planteando aceptarlo. Decía, también, que ya lo había hablado con Molly, su hija mayor, que ya no estaba en Hogwarts, porque no quería marcharse sin su opinión. Y asimismo, le pedía una opinión a Lucy. «No quiero marcharme si no quieres, Lucy, me dolería demasiado dejarte atrás», rezaba el final de la carta.
—Complicado… —murmuró Lysander.
—No quiero que se marche pero… —Lucy se quedó callada un momento, como barajando sus palabras, dándole un orden a sus pensamientos—. Ese trabajo es lo que siempre ha querido, Lys. ¿Con qué cara le digo que no puede dejarme sola? Incluso me ha ofrecido, y también a mi hermana, que podemos ir con ella, si queremos. Podemos quedarnos con ella o con papá, pero… ¿ir a Estados Unidos? Es muy lejos, muy diferente…
—Podrías considerarlo, Lu —le dijo Lysander.
«No, Lu, no lo hagas, por mí, por favor, no te marches a otro lado del océano porque… ¿qué haría sin ti?», pensó, pero al fin y al cabo, si Lucy decidía algo, si Lucy tenía un sueño o alguna ilusión, él se sentiría la persona más mezquina del mundo si se la arrancaba de cuajo. Y sabía que a Lu le encantaba el programa de encantamientos experimentales que había en Salem.
—Es demasiado lejos, Lys.
—Lo sé…
—No sé que haré y… los TIMOS son en poco tiempo y… —suspiro—. Estoy demasiado desconcentrada. Seguro saco una T.
Lysander no contuvo la risa.
—Lu obteniendo una T —sonrió—. Eso y el apocalipsis será al mismo tiempo. Si hay Ts, te aseguro que serán mías.
—No con todo lo que hemos estudiado…
—Bueno, te recuerdo que no hemos abierto un libro de Adivinación —dijo él y luego la citó—: «La adivinación es un juego, un arte completamente inexacto y Trelawney está loca y es una farsante». Lo dijiste en algún momento, creo que con esas mismas palabras.
—Cierto… De todos modos no sirve de nada, no te afectará una T.
—¿E Historia de la Magia?
—Eso sí es útil pero… —Lucy se encogió de hombros—. Aunque te he intentado ayudar confundes todos los duendes. Así que ruega porque no te llame la atención una carrera que requiera saber Historia de la Magia y estarás bien. —Le sonrió, aun tenía las marcas de las lágrimas, pero ya se había calmado un poco.
—Me irá muy bien, Lu, ¿y sabes por qué? —le limpió los restos de lágrimas. No se veía nada bonita en ese momento, pero… qué importaba. Era Lu, Lucy, la chica que le quitaba el sueño—. Porque me has ayudado tú. Sin tu ayuda hubiera tenido que repetir quinto.
—Gracias…
Ya estaba llorando de nuevo, Lysander no sabía si de felicidad, de tristeza, de confusión o de todo mezclado, pero la dejó. Lucy necesitaba tranquilizarse y afrontar la terrible noticia que le llegaba justo antes de sus TIMOS para que aquello no la afectara en lo más mínimo en el desarrollo de sus exámenes. Lysander se quedó apoyándola, porque al final aquella sesión de estudio fue la mitad de estudio, la mitad de lágrimas de Lucy, que se sentía confusa y devastada a partes iguales y que además no tenía ni idea del futuro.
Lysander, tan confiado como siempre, ya sentía incluso los nervios de los exámenes y cuando llegó el lunes ya no estaba demasiado seguro de nada. Pasó el desayuno preguntándole cosas a Lorcan y Lorcan a él y parecía preparado pero… No estaba demasiado seguro de nada. De todos modos, Encantamientos era de sus mejores materias en cuestión práctica, así que todos los errores en la parte teórica los tendría que amortizar los errores teóricos.
Sin embargo, cuando salió del examen teórico se sentía más seguro.
—Lu… hum… —le dijo al sentarse en medio de la comida en la mesa de Hufflepuff mientras Sinistra lo miraba con el ceño fruncido—. Gracias.
—¿Por qué?
—Porque sin ti probablemente habría pasado el examen mirando al techo —sonrió y le robó un beso, antes de marcharse corriendo de regreso a su lugar antes de que Sinistra fuera a sacarlo de la oreja de la mesa incorrecta.
Lorcan le dedicó una sonrisa que borró de inmediato cuando Longbottom chica, de su curso, se le quedó viendo con el ceño fruncido y mirada asesina.
—Bueno, al menos a ti te fue bien en el amor… —comentó Lorcan.
—¿Qué demonios hiciste? —preguntó Lysander.
—Hum… quizá besar a Annabelle.
—¿Qué no era eso lo que buscabas cuando le pediste que te ayudara a estudiar? —pregunto Lysander, confundido. Annabelle Longbottom, la hermana de la chica que deseaba matar con la mirada a Lorcan en ese momento, siempre había sido la fijación de Lorcan. Gryffindor y guapa, además de todo.
—¡El muy idiota no sabía que mi hermana tenía novia! —espetó Longbottom chica. ¿Se llama Eva? ¿Ava? Algo así… Nunca se había molestado en aprenderse su nombre.
—Oops. —Lysander no pudo contener una sonrisa—. Tienes una pésima suerte, Lorcan.
—Y que lo digas…
Pasaron comentando el asunto la mitad de la comida, para la desesperación de Longbottom chica, que acabo deseando asesinarlos a los dos y las risas de la mitad de sus compañeros. La mala suerte de Lorcan para los asuntos amorosos era legendaria. Sobre todo ahora que había besado a una chica con novia. Lysander se dijo que quizá en algún momento encontrara a alguien, pero en ese momento estaba más sólo que nada.
Por la tarde estuvo seguro de que había hecho un buen papel en el TIMO práctico de Encantamientos. El siguiente día sonrió cuando en el examen teórico de Transformaciones preguntaron por el oro transfigurado y por qué no era considerado oro puro y durante el práctico se equivocó un par de veces, pues su tetera se quedó con una cola y cuando le pidieron una jarra el resultado fue un matraz. Aun así estaba bastante satisfecho. Le fue bien hasta llegar al jueves, que le tocaba Adivinación e hizo un desastre prediciendo todo, pues confundió la línea de la vida con una línea de la que ni siquiera recordaba el nombre y le pronosticó un día muy nublado al examinador al ver la bola de cristal.
Salió con un sentimiento a «Desastroso», pero tampoco le importaba mucho. Lorcan aseguró que conseguiría un Trol. No estaban demasiado preocupados porque sus padres tampoco le darían demasiada importancia. Lucy salió de Runas antiguas con una mueca de orgullo que olía, desde lejos, a «Extraordinario». Esa y Encantamientos eran sus mejores materias y Lysander sospechaba que era por eso que quería estudiar algo relacionado con encantamientos experimentales. Algo como un inefable. Pero con mejor paga.
El viernes fue el mejor día de Lysander que estaba seguro de que obtendría un Extraordinario en Cuidado de Criaturas mágicas, pues no le llevó más de cinco minutos proponer una dieta para un unicornio enfermo e incluso el examinador lo miró con asombro ante la facilidad con la que se desenvolvía con los animales. «Si tengo alguna carrera futuro, creo que será zoomagia», se dijo Lysander.
El fin de semana se relajaron y los siguientes días siguieron presentando exámenes. Lysander se inventó la mitad de los nombres de los duendes de las revueltas de Historia de la Magia, lo que provocó que Lucy lo mirara con desaprobación, aunque admitiera que quizá se hubiera confundido en algunas cosas. Pero nada demasiado grave. Para el miércoles habían terminado.
—¡No más exámenes! —gritó Lysander al salir del TIMO de Pociones, en el que había explotado el caldero en media hora. «Tiempo record», había oído murmurar a Lorcan, que salió dos minutos después de haber creado una mezcla que le recordaba al cemento y que hubo que raspar del caldero. Si conseguían un Insatisfactorio sería sólo porque habían hecho un teórico perfecto.
—¡Ni uno sólo más! —coreo Lorcan mientras se alejaban por el pasillo. El examinador salió detrás de ellos.
—¡SILENCIO! Sus compañeros siguen haciendo el examen —les espetó pero Lorcan le mostró el dedo corazón mientras corrían hacia la salida del castillo.
Lysander lo miró con desaprobación, pero no dijo nada. Probablemente el examinador ni siquiera supiera sus nombres. Pasaron la siguiente hora y media en el campo de quidditch, turnándose la Nimbus 2010 de Lysander y la vieja barredora de Lorcan, que había dicho que no le interesaban las escobas nuevas y caras porque de todos modos no iba a participar en ninguna actividad que tuviera que ver con ellas. Bajaron hasta la hora de la cena y se dispusieron a disfrutar la escasa semana que les quedaba antes de las vacaciones.
Lysander pegado a Lucy todo el tiempo que pudiera, porque por más que pudieran salir a tomar un helado al Callejón Diagon no sería lo mismo. Lorcan pasó la mitad de la semana burlándose de ellos y intentando separarlos, mientras pegaba gritos de «¡el pegamento más potente del mundo, señores!» hasta que Lucy se desesperaba y lo corría a gritos para tener un poco de privacidad. Descubrieron todo tipo de pasillos y pasadizos para escabullirse de los profesores, ya que al no estar en la misma casa no podían ocultarse en las salas comunes. Descubrieron que en los terrenos los profesores no notaban demasiado lo que estaban haciendo y que podían estar juntos sin hartarse todo el día, porque las clases cada vez eran menos.
Hasta que llegó el último día y tomaron juntos el expreso de Hogwarts. Pasaron un rato con Lorcan y un par de amigas de Lucy, una de las cuales al parecer estaba interesada en Lorcan. Al final, Lucy fungía incluso de celestina. Después se escabulleron a un compartimiento vacío y se quedaron solos un buen rato, con los brazos enrollados en el cuerpo del otro y los labios pegados. Después de todo, sólo tenían quince años y aquello parecía ser la eternidad.
—Hum… Lys… —lo interrumpió Lucy—, quería decirte algo.
—¿Ah, sí? —preguntó él, poniéndose más serio—. ¿Qué?
—Bueno… mira… —le pasó un folleto que sacó de su túnica y que tenía doblado en ocho pedazos—. La Academia de Nueva Orleans tiene un programa para Hechizos experimentales sus dos últimos años.
Las palabras «Academia de Nueva Orleans » le sonaron demasiado mal a Lorcan porque venían a significar «al otro lado del océano», justo el lugar donde no quería que estuviera Lucy.
—Al principio no me interesaba la oferta de mi mamá porque no me gusta el modelo del Colegio de Salem para magos y brujas pero… —hizo una pausa lenta, como si estuviera pensando la mejor manera de decir lo que estaba a punto de brotar por su boca sin orden ni concierto—: Hace poco mi prima Roxanne me mandó esto y… pensé que… podría ser mi única oportunidad…
—Quieres irte.
—No lo sé.
—Es la verdad, Lu, quieres estudiar allí —le dijo Lysander mirándola con ojos tristes—. No me lo estarías contando si no fuera así.
—Quería saber qué pensabas.
—No soy nadie para decirte que no lo hagas… —murmuró Lysander, mirando a la ventana.
—Pero si no quieres…
—Lu, mírame. —Lysander se volvió y la tomó por los hombros—. Yo nunca tendré una oportunidad así. Estoy aventando todos mis galeones al aire por la oportunidad de hacer una carrera en el Quidditch, porque si no me veré obligado a convertirme en zoomago o burócrata mediocre. No soy quien para decirte que no lo hagas, porque no quiero que te vayas pero a la vez me odiaría si te alejara de tu sueño, ¿lo entiendes?
Pero le acababa de clavar una cuchilla en su corazón. Una sensación de quedarse sin aire lo invadió por completo, una sensación que nunca antes había sentido. Se había sentido desgraciado cuando su tercera novia había cortado con él y había creído que era el fin del mundo.
—Aun así vendría por las vacaciones… y… queda un mes y medio antes de que mi madre se marche.
—No será lo mismo, Lu. Ni tú ni yo queremos eso. La distancia. Una relación que nos va a sobrepasar…
—Lys… —suplicó ella.
—Lucy. Si te vas… —le dijo, mirándola con atención—, esto terminará.
—Lys…
—Lo sé, apesta.
—Te quiero, de verdad —le dijo ella, abrazándolo abruptamente—. Te quiero y… no importa.
—Te quiero, igual, Lu.
—Aun no me he decidido.
—Lo sé.
Pero en el fondo, en menos de cinco minutos todo había cambiado, porque Lysander estaba casi seguro de que aquella era la oportunidad de la vida de Lucy y no la iba a dejar pasar.
No hablaron del asunto el primer mes, pero los dos lo sabían, y era como una sombra que se interponía entre ambos. Salían a tomar helado a la heladería Fortescue, regentada por un sobrino de la difunta señora Fortescue, pasaban el tiempo en el departamento de Lucy, ubicado a las afueras de Londres y la casa de Lysander, el extraño torreón negro con escaleras puestas en cualquier parte, que también hacia de imprenta para el Quisquilloso, y al cual le habían añadido habitaciones en cualquier parte cuando habían nacido los gemelos. Se encontraron después de un largo mes de conversaciones evitadas y felicidad teñida de final en la fiesta de cumpleaños de Harry Potter.
La madre de Lysander tenía que asistir. Todos los Weasley estaban allí. Después del pastel que sopló el señor Potter, al que Lysander sólo conocía de lejos, se escabulló con Lucy hacia atrás de la casa.
—Lysander Scamander, quiero bailar contigo —murmuró ella apretándose contra él.
—No tenemos música.
—Puedo tarareala —sugirió Lucy y de su voz salieron unas notas no especialmente melodiosas, pero Lysander sonrió y cogió su mano derecha y le colocó la izquierda en la cintura.
Empezaron a bailar de manera patosa, riendo cada dos segundos, descubriendo que ninguno de los dos era especialmente diestro para el asunto. Aun así siguieron casi por cinco segundos hasta que Lysander se acercó a besarla. Sus labios bailaban una perfecta melodía, el mismo compás, al mismo ritmo. En ellos no había torpeza y después de casi seis meses se conocían a la perfección. Se separaron y Lysander la abrazó en un impulso.
—Lys, decidí algo.
—¿De verdad? —él se separó de ella, mirándola con curiosidad.
—Sí. —Se quedó mirándolo y luego le tocó la mejilla, con esa mirada que se observa a los animales moribundos a los cuales uno está a punto de rematar—. Voy a irme, Lys, es una oportunidad que no puedo dejar pasar… —intentaba justificarse, pero aquello era lo que Lysander había esperado desde un principio, cuando Lucy había insinuado que se podía ir—. Lys, lo siento.
—Supongo que esto es todo. El final… —murmuró él.
—Aun quedan tres semanas.
—Lu…
—Lys, odio esto pero… Una vez alguien dijo que los finales felices no existen. Los finales siempre son la parte más triste… —suspiró—. Una escritora, creo. Así que lo único a lo que podíamos aspirar era a un feliz principio y a una emocionante parte de en medio y tú me diste las dos cosas, Lysander. Tú me diste las dos cosas.
—Pero… no deja de ser odioso… —murmuró él, sintiendo que algo recorría su mejilla.
—Lys, Lys, no llores.
—No puedes pedirme eso, Lu, no eso —respondió él, abrazándola, sorprendiéndose al sentir que no le incomodaba derramar lágrimas ante ella—. No cuando eres la única chica que me ha llegado tan… hondo, si es que se puede decir así.
—Lys…
Lo besó. No podía hacer nada más.
El resto de la velada fue extraña y Lysander la recordó más tarde como una fiesta sin fin. Percy Weasley se fueron temprano, la mayoría de la gente preguntó por Audrey, que volvía a usar su apellido de soltera, lo que sugería que no estaban en buenos términos. Lysander cruzó una mirada con Lorcan y no necesitó decirle nada más, tenían una conexión tan profunda que la mayoría de la gente ni siquiera atinaba a adivinarla. Pero la velada siguió hasta que Lorcan apareció en el rincón donde se había sentado Lysander con una botella que le enseñó.
—¿Hidromiel? ¿No se supone que somos demasiado jóvenes?
—La robé… —Lorcan le dedicó su sonrisa pícara—, vamos arriba. Albus me dijo que podemos usar su habitación.
Lysander sonrió y pasó el resto de la noche, antes de que Luna los llamara para irse dándole tragos a la botella de Hidromiel, cuyo alcohol era dulce y le quemaba la garganta a la vez. Era la primera vez que los dos gemelos se abrazaban desde hacía demasiado tiempo. Solían ser apegados, pero no a demostrarlo demasiado en público. Se entendían con una sonrisa y no necesitaban nada más, pero aquella vez sí que necesitaban calor humano.
—Sí que te jodió —comentó Lorcan—. Nunca te había visto así por una chica.
—Bueno… es Lu.
—Ya, si que te llegó.
—Lo sé… apesta.
—¿La vas a extrañar? —preguntó Lorcan, con cierta curiosidad.
¿La iba a extrañar? Buena pregunta. Con las otras novias que había tenido la ruptura había pasado rápido, una etapa negra, pero que había pasado rápido. Después de todo siempre había otra chica deslumbrada por su capacidad con el Quidditch y su aspecto físico, que no estaba nada mal. Además, como solía ser más parlanchín que Lorcan se quedaba con todas las chicas. Pero Lucy, además de ser diferente, era la primera chica que había desdeñado que fuera jugador de quidditch, argumentando que la fama se habría acabado en cuanto abandonara el colegio.
Por supuesto que la iba a extrañar. Lucy le decía las cosas sin filtro, tal como las pensaba, había logrado hacerlo estudiar, tenía unos ojos que siempre tenían un tinte de seriedad y madurez que no había visto en ninguna de las chicas de su edad, pero aún así era obvio que sólo tenía dieciséis años, que disfrutaba de las mismas cosas que las chicas de su edad, que quería a Lysander muchísimo pero que, a pesar de todo aquello, quería más a su futuro.
Y Lysander lo entendía.
Lo entendía porque de golpe, se daba cuenta de que a los dieciséis años todo acaba por terminar. Que nada es para siempre, por más que lo desee uno. Nada es para siempre. Nada nunca lo será.
—Muchísimo. Más que a nada —admitió, finalmente, después de un trago.
—Pero no intentarás detenerla.
—No puedo. ¿Con qué derecho? Es su futuro, es lo que siempre ha querido estudiar. Es su vida. Yo sólo soy una parte de ella…
—¿Cuándo creciste tanto, hermanito? —preguntó Lorcan. Lysander entendió que se refería a crecer por madurar, o a lo que él entendía por madurar.
—Cuando me enamoré de Lucy.
Las siguientes semanas pasan volando. Lysander quiere el mejor final para todo aquello, pero Lucy tiene razón: los finales son horribles. En ese momento daría todo por un final abrupto, aunque fuera con gritos y lágrimas y odios, pero no, estaba en medio de una relación sentenciada con la guillotina encima, que iba cayendo poco a poco y, aunque quisiera, nunca habría podido odiar a Lucy. Era imposible. Así que se dedicaron a salir por allí, a hablar y a mandarse cartas, pero desde que Lucy le había dicho que se iría los inundaban los silencios, los abrazos abruptos y las miradas tristes, porque todo tenía un amargo sabor a despedida.
El último día, aun contra la recomendación de su madre, fue a despedirla al ministerio, donde tomarían el traslador internacional. Llegó temprano, ansioso y bien peinado cuando distinguió a tres personas que se movían entre la multitud. Audrey Weasley, en el cabello negro peinado en un apretado moño iba acompañada de dos baules y sus dos hijas. Molly, la mayor, tenía veinte años y era pelirroja. Lysander apenas si la conocía, pero sabía que aunque era responsable como Lucy, no compartía su brillantez en algunas cosas. Era más alta que Lucy y también usaba lentes, pero un modelo que le favorecía mucho más a su cara, no como los lentes de pasta que a Lucy se le veían extraños.
—Buenas tardes, señora… —se quedó mirando a Audrey Weasley sin saber como decirle, pues había oído que había dejado de usar el Weasley, algo extraño, aun con la separación.
—Lancaster —le dijo Audrey—. Tú debes ser Lysander.
Iba sólo, había impedido que Lorcan fuera con él, aun cuando se había ofrecido a ser el pañuelo de lágrimas.
—Sí…
—Lucy me ha hablado de ti —le dijo ella—. Esta es mi otra hija, Molly —señaló a la otra pelirroja, que alzó la mano para saludar a Lysander, además de dedicarle un seco asentimiento—. Bueno… dejaré que Lucy y tú se despidan. Salimos en… —consultó el reloj que estaba en su muñeca—. Quince minutos.
Lucy y él se separaron un poco y a él le pareció que quince minutos eran muy pocos para expresar todo lo que quería, pero no tenía otra manera de hacerlo. Pensaba demasiado antes de decir las cosas cuando estaba con ella porque todo era diferente entre los dos. Suspiró y tomó de las manos a la chica.
—Voy a extrañarte —le confesó.
—Lo sé… —dijo ella sencillamente—. Yo también.
—¿Me escribirás?
—Si quieres —respondió ella, con cautela—. Pero sólo lo haría más difícil. Tú fuiste el que dijiste que lo mejor sería… terminar.
—Sí. Lo sé. No te mereces a un novio que esté a un océano de distancia de ti.
—Podríamos hacerlo funcionar —sugirió Lucy, pero en el fondo se notaba que ni ella se creía aquellas palabras, por la cara que puso.
—No te lo mereces, Lu. Te mereces un novio que esté a tu lado. Y en el fondo… no es lo que queremos. ¿Una relación por cartas que se tardarán años en llegar? —Lysander negó con la cabeza—. No lo sé. Te quiero, no me malinterpretes, te quiero más que nada y eres la única persona que me ha hecho pensar de esta manera. En cierto modo en mi vida hay un antes de Lucy y después de Lucy. Pero…
«… no eres la primera y no serás la última», pensó, sintiendo que se le cerraba el estómago.
—Lo sé, Lys, lo sé.
Lucy lo abrazó, se apretó contra él con una sonrisa. Lysander en ese momento quería congelar el tiempo, que ese segundo se quedara grabado en su memoria. Rodeó a Lucy con los brazos y la dejó acunarse en su pecho mientras él colocaba su cabeza en el hombro de ella, encorvándose un poco para lograrlo. Habían atraído algunas miradas, pero no le importó demasiado.
—Lu, tenías razón. Odio los finales, son horribles, son tristes, desesperanzadores…
—Shhh, aun nos quedan unos minutos.
Ella se separó un poco y se puso de puntillas para besarlo por última vez. Lysander se dejó llevar por el beso, tan maravilloso. Y sonrió. Realmente había tenido suerte. Un increíble principio. Una maravillosa relación, llena de sonrisas y buenos recuerdos que se quedarían para siempre. Porque un día, más lejano, cuando fuera alguien, el recuerdo de Lucy seguiría allí. Al final, lo único que queda son los recuerdos.
—Lu, gracias por este maravilloso tiempo —murmuró en su oreja antes de volver a pegar sus labios contra los de la chica.
Al final, los quince minutos se acabaron y ellos tuvieron que separarse. Los dos tenían una sonrisa que la apestaba a melancolía cuando lo hicieron y el se quedó parado mientras veía a Lucy caminas hacia su madre, que la esperaba ante la puerta tras la cual tomarían el traslador. Molly también se había quedado atrás y ahora se dirigía hasta Lysander. Le sonrió con comprensión cuando estuvo a su altura.
—Yo también la voy a extrañar —le confesó y Lysander le devolvió la sonrisa antes de lanzar el último grito de despedida.
—¡Volveré a alzar la copa de quidditch en tu honor, Lucy Weasley! —grito, pegando un alarido y ella le dedicó su última sonrisa. Esa frase equivalía a un «Te quiero». Entonces la vio caminar, con su cabello pelirrojo ondeándole a la espalda y se quedó allí hasta que la vio desaparecer.
Lo cierto es que esta historia se la dediqué a la persona con la cual tengo un antes y un después. Nuestro final no fue así de bueno, ni de esperanzador. Nuestro final fue horrible, lleno de silencios, de peleas, de quejas y de reproches, pero hoy tengo buenos recuerdos… De todo menos del final. Así que este es todo mi regalo, Daenerys, 14K palabras, más o menos, de mi tesis del amor adolescente, de lo que yo considero la relación más real. Todos los finales son terribles, ya lo escribió Shel Silverstein:
"There are no happy endings.
Endings are the saddest part,
So just give me a happy middle
And a very happy start."
Andrea Poulain
a 1 de Agosto de 2014 (el día que acabé de corregir)
