Otro más...
De Amor y venganza
Capítulo II
Encuentros y desencuentros
Aimèe Peltier había cumplido su palabra, poniendo al cazador al corriente de lo esencial sobre la historia de los Dark Hunters, Were Hunters y el nuevo mundo de criaturas sobrenaturales con las que se había cruzado. Dean necesitaba salir y tomar el aire para asimilar todo eso, pero al ser de día había poca gente dispuesta a acompañarle.
Después de su conversación con Aimèe y Samia, lo entendía, de veras. De alguna manera el jefe de los Dark Hunters estaba interesado en mantenerle vigilado, pero él no conocía al tal Acheron así que sólo había un motivo por el que le mantenían allí. No les comentó a ambas mujeres que la pelea que provocó en el bar se debió a que creyó ver a Sam.
No quería que le dijeran que eran delirios provocados por el alcohol. No lo eran, estaba convencido de que Sam podía haberse convertido en uno de esos cazadores. Recordaba sus ojos, negros como la noche, cuando lo sacó de entre las garras de esos vampiros de almas. Era una característica de los Dark Hunters según Aimèe. Y la otra muchacha, Samia, tenía los ojos igual.
Se quedó en su cuarto, pensando. Durante meses, hasta que lo vio entrar ayer en este restaurante, había creído que Sam había muerto, que lo que recordaba de antes de despertar en una residencia de enfermos crónicos, había sido sólo desvaríos de su mente provocados por la tortura a la que fue sometido.
Despertó en aquella residencia roto, desquiciado, sólo la presencia de Benny consiguió que poco a poco recuperara la razón. Todos le habían dejado, todos los que alguna vez habían sido algo para él, el único que permaneció a su lado fue el vampiro, y ahora también le había abandonado. No lo culpaba, cualquiera que lo conociera de verdad o moría o lo abandonaba, prefería lo segundo.
- ¡Venga ya, idiota! – exclamó levantándose – ya está bien de vegetar, hay que encontrar a Sam.
En el pasillo se encontró un grupo de dos o tres niños y cinco oseznos. Aterrorizado contempló como uno de los osos tiraba al suelo al más pequeño, de tres o cuatro años, y le gruñía amenazadoramente sujetándole contra el suelo.
- ¡Eh! – gritó intentando llamar su atención
- No te preocupes, sólo están jugando – de una de las puertas laterales salió un hombre, tendría aproximadamente su edad y su rostro recordaba vagamente al de un halcón – eres Winchester ¿Verdad? Me llamo Carson
- ¿Está seguro de que sólo juegan Carson? – suspiró aliviado estrechando la mano del amable tipo - ¿Eres uno de ellos?
- Sí, soy un Gerakian – se rio ante la cara de "si claro, y se supone que sé lo que es eso" del invitado forzoso del Santuario – un were-halcón, soy el médico de este lugar.
- ¿Soy el único humano aquí dentro?
- Sí, no nos fiamos mucho de los humanos.
- Hacéis bien.
Se agachó levantando al pequeñín que le rugió y corrió tras los otros niños y los osos. Carson cerró la puerta de la clínica y le dijo a una de las niñas humanas (o de aspecto humano) mayores que debía ir a comprar algunos medicamentos a la farmacia.
-¿Me acompaña Winchester?
- ¿Por qué no? Así saldré un poco de aquí.
Estaba nublado, el viento traía el aroma de la tierra mojada de las marismas. A pesar del tiempo transcurrido, aún se podían apreciar las secuelas del huracán que devastó la ciudad casi diez años atrás. Dean siguió al doctor que a paso ligero bajaba por el bulevar hacia una tienda de recuerdos criolla.
Ese curioso doctor-veterinario hombre-halcón había confundido la farmacia con una tienda esotérica de magia vudú… o quizás no. El carrillón de la puerta avisó al oscuro interior de la presencia de los recién llegados. Había tres mujeres en el interior, una de ellas resultaba familiar a Dean, no la había visto desde hacía casi ¿Dos años? Retrocedió dos pasos quedando protegido de la vista de las mujeres por la espalda del doctor.
- Hola Doc, ¿Qué te trae por aquí? – la que parecía ser la propietaria del lugar acogió a los recién llegados enganchándose del brazo del médico, vestía una chaqueta de lana de colores pastel, un collar de abalorios y una falda plisada de volantes que le llegaba a los tobillo y llevaba el oscuro cabello largo y ondulado, suelto a su espalda – hace tiempo que no te veía.
- Tengo un nuevo paciente al que quería que Grace conociera, Selene – sonrió Carson
- ¿Un nuevo paciente? – Grace Alexander se levantó de la mesa y miró al cazador que interpretó las palabras del Gerakian como una encerrona - ¿Es de quien me habló Ash?
- Bueno Doc, no me necesita para recoger los medicamentos que había encargado, me vuelvo al santuario – pero no llegó a salir
- ¿Dean? – sí era ella, sus ojos castaños irradiaban una compasión que no estaba preparado para asumir - ¿Dean Winchester? Te acuerdas de mí
- Sigo sin tener un mejor día Melanie – susurró roncamente el cazador
- Me alegro de verte cazador de fantasmas.
- Me alegro de verte vidente que no lee las manos.
Los demás asistieron al inesperado encuentro entre Melanie Golden y Dean Winchester que logró sonreír con una amargura tolerable. La mentalista que debía su vida al hombre que tenía delante lo abrazó presintiendo lo necesitado que estaba de algún contacto humano, y lo mantuvo sujeto hasta que se relajó y fue capaz de corresponder tímidamente. Mel no preguntó por Sam, tenía la acertada intuición de que si lo hacía el cazador huiría del único lugar dónde podían ayudarle.
- ¿Le conoces Melly? – Selena Deveraux intuía que Ash no había elegido al azar el momento en que Carson llevaría a Dean Winchester a su tienda, y no tenía que ver con que Grace comenzara a tratar al cazador, ahora estaba completamente segura de que tenía que ver con la visita de su amiga y compañera de profesión.
- ¿Recuerdas cuando Camille y mi abuela fueron asesinadas por Jimmy Tomorrow? – Melanie no había soltado la mano de Dean que parecía totalmente perdido – su hermano y él salvaron mi vida
Dean se tambaleó agotado. No había dicho a nadie que las secuelas de lo que hicieron los Daimon aún le tenían debilitado. A Melanie no le hizo falta, lo sostuvo hasta una silla dónde se dejó caer pesadamente. Sólo hacía unos días era incapaz de salir a la calle, desde el día anterior había peleado con lobos, osos, y había permanecido en pie más tiempo que en los siete meses anteriores juntos.
- Toma muchacho – la dueña de la tienda puso una taza de té caliente en sus manos – te sentará bien
- Lannie, me tengo que ir a casa – Grace tenía que recoger a su esposo, catedrático de griego clásico en la universidad, pues Julián Alexander era de ese tipo de personas que era preferible no se pusieran tras el volante de un vehículo – tenga señor Winchester, esta es la dirección de mi consulta
- ¿Una loquera? – Dean cogió la tarjeta soltando una risita irónica – le advierto que no tengo con qué pagarle.
- Terapeuta – sonrió dulcemente la mujer – y no se preocupe por mis honorarios, ya han sido cubiertos en su caso. No falte ¿De acuerdo? Mañana a las cinco de la tarde.
- Está bien, supongo – murmuró el cazador sin ninguna intención de acudir.
Carson también dijo que debía volver al santuario y las mujeres insistieron para que Dean se quedara con ellas. El cazador dudó un segundo, no estaba en condiciones de volver a pie, pero tampoco lo reconocería. Además, temía más lo que pudiera averiguar Melanie de su lenguaje corporal que cualquier psicoanálisis que pudieran hacerle. Pero era difícil resistirse a la tenaz y simpática insistencia de Selena, no le quedó más remedio que claudicar vergonzosamente.
Pasó el resto de la tarde con Melanie y su amiga, y hermanas de ésta última, y críos, como siete u ocho. Demasiada gente para alguien que no estaba acostumbrado a ese tipo de ambiente.
Lo de sentirse como un elefante en una cristalería cobró sentido para el cazador cuando un pequeño de tres años saltó sobre el sillón aterrizando en sus piernas y manchándole los vaqueros con las gordezuelas manitas embadurnadas de chocolate. Buscó la ayuda de Melly con la mirada y obtuvo una carcajada de la muchacha que no podía creer que pareciera tan perdido.
Algunos eran sobrinos de Selena, otros, los hijos de amigos, el pequeño que lo había atacado de esa forma tan pringosa era el hijo de una tal Soteria (¡Joder con los nombrecitos!), un chico y una chica, gemelos, de unos cinco años, eran familia de los osos de "el santuario", otro par más eran los hijos pequeños de la psicóloga que le habían puesto y los restantes eran de una de las hermanas de Selena a la que conoció cuando vino a recogerlos.
Cuando oscureció y los niños habían vuelto con sus familias se dejó caer agotado en el sillón, la cabeza amenazaba con estallarle y un dolor pulsante se había alojado tras sus ojos.
- ¿Y bien? ¿Ha sido tan terrible como creías? – Melanie Golden se sentó en el respaldo del sillón y le ofreció un vaso de agua y un analgésico
- No, está bien – admitió Dean aceptando su ayuda – no había visto tanto crío junto desde que iba al colegio.
La puerta volvió a abrirse y la jovencita de unos diecinueve años que se había llevado al chavalín pringoso volvió a entrar. El cazador estaba seguro de que la había visto antes, y ahora sí supo dónde. No hacía ni un par de días, en el Santuario, con aquel gigante y con Sammy. Inconscientemente se levantó y fue hacia ella.
-Selena, el hermanito de la Simi olvidó su osito, por eso Akra Tory me ha mandado por él. Es que los bebés son tan indefensos, lloran sin sus juguetes. La Simi ya es grande y sabe de bebés, no llora por un peluche, podría llorar si le pasara algo malo a su familia pero no por un peluche – la jovencita, maquillada como una muñeca de las Monsters Hight reparó en el cazador que la contemplaba detenidamente – los humanos son curiosos, ¿Verdad?, pueden ser hermosos aunque parezcan muy viejos, a la Simi le gusta el nuevo amigo de Selena, tiene unos ojos bonitos, pero tristes. El Akri también tiene los ojos tristes pero cuando cambian dan miedo.
- Pero, ¿A ti te han dado cuerda? – asombrado, Dean la señaló y preguntó a la propietaria del local - ¿Siempre es así?
- La Simi sabe hablar gracias – gruñó la chiquilla en tono amenazador – la Simi creyó que eras amable porque su hermanito dijo que habías sido bueno y habías jugado con él, pero ahora no eres amable, gruñes, no me gustas nada, si sigues hablando me haré barbacoa de hombre antipático con ojos bonitos.
- Toma Simi – Selena se apresuró a darle el peluche del bebé para evitar problemas mayores, la demonio no solía crear conflictos pero si se enfadaba era difícil de controlar – no te enfades con Dean, es que no sabe lo fuerte que eres.
- Está bien, la Simi no se almorzará a Dean, pero porque su Akri le dijo que era buen tipo y que no quería que le ocurriera nada malo – el cazador parpadeó al descubrir dos pequeños cuernos en la cabeza de la muchacha - ¿Te gustan? Si quieres te pongo unos también.
- No, yo no estaría tan guapo con ellos – declinó la oferta ganándose de nuevo la confianza de la extraña criatura – puede que te haya visto antes, ¿En el santuario?
- Claro, el Santuario es el mejor sitio para comer costillas asadas con salsa barbacoa, voy mucho, ¿Tú también vas?
- Ahora estoy viviendo allí, te puedo invitar a cenar.
- No hace falta la Simi está invitada siempre que va, pero si sabes bailar la Simi baila muy bien y necesita un compañero, la Simi quería enseñar a Akri pero Akri solo baila con Akra Tori, es un aburrido.
- Por supuesto, cuenta conmigo.
Feliz de haber encontrado una pareja de baile, la muchacha se marchó. Las dos mujeres contemplaron preocupadas al cazador que se encogió de hombros. Había algo muy peligroso en la chiquilla, algo que se le enredaba en las tripas y le advertía que estaba jugando con fuego, pero al mismo tiempo sabía que era la única que podría confirmarle que Sam estaba vivo, porque los demás no se lo dirían.
Melanie le acarició el rostro, ella estaba inquieta por él, cerró los ojos aceptando la caricia y le sonrió intentando evitar ese recelo, el efecto fue el contrario. Era como si adivinara que se estaba metiendo en algo que era imposible que saliera bien.
- Me ha gustado verte de nuevo
- Hubiera preferido otras circunstancias – susurró ella conteniendo la emoción – algo más sencillo, un café, un paseo…
- Será mejor que no – se alejó el cazador, era lo mejor que podía hacer, nadie debía compartir su vida, la amistad, el amor, sólo servirían para hacer daño a quienes quisieran acercarse.
- Dean, me gustaría…
- Debo irme.
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Había descubierto señales demoníacas en la zona de los pantanos. Era como montar en bicicleta, había buscado automáticamente esas pautas tantas veces que los meses de entrenamiento con el jefe de los Dark Hunters no habían conseguido que se borrasen de su cabeza.
Aunque no se trataba de los demonios con los que estaba acostumbrado a tratar. Sam Winchester sabía que con su conversión el velo de la realidad se había retorcido de tal manera que los seres que ahora cazaba habían esclavizado y dominado a los demonios de su mundo. Y lo más terrible, presentía que no se conformarían con los demonios e irían directamente a por los ángeles.
Odiaba tanto estar en el ojo del huracán, que presentía que no había llegado a salir de él. Vestido totalmente de negro, vaqueros, botas, camiseta y chupa de cuero, con las gafas de sol para evitar la luminosidad de las luces eléctricas de la ciudad, salió a hacer la que sería su rutina de aquí en adelante, a vigilar las calles y cuidar de la gente corriente que se mezclaba con los Daimons ajenos al peligro constante en que estaban.
Tenía entendido que de la media docena de cazadores residentes habituales de Nueva Orleans ahora no quedaban más de tres, contándole a él y a la Huntress que vivía en el Santuario, y que técnicamente, era libre. En los últimos años, un grupo extrañamente numeroso de cazadores había logrado anular su contrato con Artemisa y recuperar sus vidas.
No es que no tuviera esperanza de hacerlo él. Pero sabía que en la actualidad, con las fuerzas de la Diosa tan mermadas y con la osadía de unos seres que ya eran capaces de mostrarse a la luz del día, las posibilidades de encontrar a un gran amor que fuese capaz de reclamar su alma eran escasas.
Oyó el latido opaco del corazón de un demonio no demasiado lejos. Y notó el hambre, ese era otro inconveniente de su nueva situación, junto a no poder mostrarse a la luz del sol: los cazadores oscuros podían alimentarse de sangre, estaban "equipados" para ello, el problema era que para Sam Winchester "exyonki de sangre de demonio", esa atracción se convertía en agonía si había un demonio cerca de él.
Sin embargo no era un demonio, exactamente. Lo vio acercarse por la oscura callejuela que subía desde el cementerio. Era alto, incluso más alto que él, tenía el cabello corto, rubio platino y sin embargo su piel estaba dorada como la de los surfistas. Pero Sam aún sentía el golpeteo rítmico y pausado del corazón del Daimon lanzándole punzadas de hambre directas al cerebro.
El Daimon le vio, sus ojos castaños se agrandaron sorprendidos por reconocer a un Dark Hunter cerca de territorio vedado para los entes sin alma. El cazador sonrió mostrando sus colmillos y preparándose para una pelea. El cuchillo matademonios se materializó en su mano dispuesto a saltar sobre aquel tipo al que no conocía de nada.
Davyn reconoció al Winchester nada más ver su descuidada melena. Sorprendido por su presencia en aquel lugar tardó unos segundos en recordar que debía evitarlo. El antiguo envase del diablo era muy atractivo, podía reconocerlo, incluso podría ser su tipo si no perteneciera al grupo de seres del universo que más odiaba.
De todas formas no iban a conversar demasiado, como el puñal en la mano del cazador indicaba. Sacó una espada corta que como guarda de honor de Apollymi siempre llevaba encima. El humano, o quien lo fuera hasta hacía menos de un año, giró a su alrededor con su negra y turbia mirada fija en él.
El corazón del Daimon se aceleró imperceptiblemente para otro que no fuera Sam. Se estaba preparando para un ataque inminente. Su arma era el doble de larga que el puñal, similar a un gladio, pero más fina y con una empuñadura más elaborada con forma de cabeza de dragón. "Déjate de detalles, idiota, atento al tipo, no es como los otros Daimons que has cazado" se dijo el Winchester afianzándose para el ataque.
Davyn dio el primer paso, y se encontró con que éste cazador oscuro, si bien no tenía la fuerza de los otros sí tenía habilidad y una técnica un tanto torpe pero efectiva. Antes de entender cómo, se encontró atrapado por una llave de judo que lo inmovilizaba por completo.
- Esto son tablas cazador – consiguió articular pese a la falta de aire – así no puedes matarme y no podrás mantener tu presa eternamente.
- Ya lo veremos – gruñó tercamente Sam sin soltarle. El Daimon sonrió, el amanecer no estaba muy lejos, y el sol no era aliado precisamente de los Dark Hunters – de qué te ríes
- Puede que no sean tablas después de todo – replicó Davyn – amanecerá en menos de una hora.
El maldito monstruo tenía razón, y para colmo, en esa posición el cuello quedaba en la posición perfecta para mostrar la aorta palpitante y terriblemente llena que le obligaba a usar gran parte de su concentración en no morderla. Su respiración se volvió tan errática y agitada como la de su prisionero. Sam Winchester se dio cuenta de que estaba perdiendo contra sí mismo, o dejaba ir al Daimon o acabaría desangrándolo allí mismo con las consecuencias que tuviera eso.
- De acuerdo, tablas – gruñó con un tremendo esfuerzo de voluntad que Davyn malinterpretó – te voy a soltar y te aconsejo que desaparezcas de mi vista.
- No Winchester, ha llegado tu hora.
Sam perdió la batalla. Sujetando con más fuerza de la que el otro pensó que tenía hundió la cabeza en el estilizado cuello del Daimon que gimió inútilmente sorprendido por el ataque. Ningún Dark Hunter había tomado sangre de Daimon, ninguno salvo Cael, y el renegado ahora era cualquier cosa menos un Dark Hunter.
Sintió como aquel humano… no, aquel ser, le succionaba la vida a través de su sangre. Todo se oscureció, y el miedo desapareció. Vio la cara de Roth cuando sólo era un muchacho apolita, y dedicó toda su concentración a no permitir que la imagen del gran amor de su vida se contaminara con sus últimos días en la Tierra como Trelos.
No pudo evitarlo, el horror de ver convertido a su razón de vivir en la criatura que siempre temió llegar a ser le golpeó más fuerte que toda la pérdida de sangre. Davyn lloró impotente deseando que el Dark Hunter terminara de una vez y lo mandara al olvido.
Sam sintió cómo el Daimon se rendía y logró parar. La sangre tibia aún brotaba de la herida del cuello cuando lo depositó con cuidado en el suelo. Los ojos castaños del demonio-vampiro estaban bañados en lágrimas sanguinolentas. Le miró implorante, y por un segundo estuvo tentado de perdonarle la vida, pero eso no era lo que pedía el monstruo.
- Termínalo – susurró Davyn – acaba conmigo.
La sangre del demonio se rebeló en sus venas y el cazador sintió como si todo el torrente sanguíneo se convirtiera en fuego, abrasándole. Aulló de dolor. Y escuchó en su interior miles de voces agónicas, de súplicas de piedad. No se había sentido así desde… desde que tuvo a Lucifer dentro.
- ¿Qué demonios eres tú? – gimió Sam Winchester cayendo de rodillas
- Podría hacer la misma pregunta – murmuró Davyn totalmente inmóvil
Otra figura surgió de la oscuridad. Ambos reconocieron enseguida la silueta de Urian. No pareció sorprendido por la extraña escena ante sus ojos. Cogió a Davyn en brazos y Acheron se materializó a su lado.
El Jefe de los Dark Hunters indicó con un gesto al hijo de su mayor enemigo, que podía marcharse y sin cruzar más que una mirada de entendimiento Urian desapareció llevándose al otro Daimon consigo.
- Maldición chico ¿Qué has hecho? – masculló Ash sosteniendo al Winchester, que a su lado parecía pequeño.
- Tiene gracia – se rio secamente el cazador, Ash no aparentaba más de veintiuno o veintidós años incluso con ese maquillaje gótico que llevaba – no pensé que alguien más se pudiera enfadar porque tomara sangre de demonio.
- Has cruzado la línea Sam, si alguien lo descubre…
- Pude ocultárselo a la persona que mejor me conocía durante meses T-Rex – Sam se irguió por fin, había conseguido rehacerse después de todo y ahora se sentía mucho más fuerte y poderoso de lo que había sido jamás – podré ocultarlo a todos los demás, si Urian y su novio demonio no dicen nada.
- No te importa una mierda, muchacho, pero Davyn no es el novio de Urian ni de nadie, además de estúpido ¿Eres un homófobo?
¿Es gay? – Sam se sorprendió pero tampoco era algo que le importara realmente - ¿Y por eso no debo acabar con un Daimon?
- No, no debes acabar con Davyn porque trabaja para nosotros, gracias a él pudimos salvar a Dean y gracias a él tu alma no vaga por la Tierra convertida en Sombra.
- No todavía.
Acheron entrecerró los ojos percibiendo algo nuevo dentro del antiguo cazador humano. Supo desde el primer segundo que transformar a Sam Winchester en Dark Hunter era un error y ahora comenzaba a adivinar el alcance de ese error. Pero acabar con él sería un error mucho mayor y sólo existía un ser en el universo con el poder necesario para controlarlo, pero no estaba seguro de que fuera buena idea juntarlos.
- No tiene por qué ser así Sam – una sonrisa triste saludó su preocupación – conseguiré sacarte de esto.
- Por un momento, me has recordado a mi hermano – un leve brillo aceitunado parpadeó un segundo en los ojos negros como la noche del cazador.
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Erika Thomas agarró con más fuerza su bolso y se dirigió con determinación al Santuario. Sabía que no debía tener miedo, estaba ahí por encargo de su jefe y si ese no era motivo más que de sobra para que la dejaran en paz, al ser una escudera, en el local no permitirían que nadie la atacara.
Pero no podía evitar la prevención contra el mastodonte de casi dos metros… Esos osos estaban para saltarles encima y comérselos vivos, como su jefe y como todos los puñeteros Dark Hunters, (incluso las tías), en fin, estaba allí porque Sam le había pedido que se informara sobre Dean Winchester sin que éste supiera quien estaba interesado en él.
- Las reglas dicen…
- Lo sé, por eso quiero que vayas tú, eres guapa, hablará contigo…
Y había accedido porque, al contrario que otros cazadores de la noche, Sam pedía las cosas con amabilidad, y era difícil negarse ante ese aspecto necesitado y esos ojitos de cachorrillo perdido que mostraba pocas veces.
Dev Peltier la dejó entrar galantemente, el local estaba abarrotado y no sabía quién podía ser Dean, lo único que sabía era que era humano, ya podía haberle enseñado su jefe una foto de su hermano. Decidió preguntar al barman, hoy era uno de los cuatrillizos y no recordaba su nombre, eran jodidamente iguales, ya podían llevar un cartel o algo para diferenciarlos. Los ojos azules del camarero la taladraron con furia y se encogió sin atreverse a acercarse más.
- ¡Venga tío que estás asustando a una cliente! – dijo alguien sentado a la barra - ¿Qué quieres que te pida preciosa?
El hombre se dio la vuelta, tenía el cabello corto, de punta, de un rubio oscuro que se aclaraba un poco en las sienes, no tenía un color saludable, estaba pálido y delgado. Erika se quedó embobada mirando sus ojos, de color jade, con unas pestañas tan largas que casi le pregunta si eran postizas.
- Ponle un refresco mientras lo piensa Remi – dijo con una voz profunda y sensual que logró sacarla de su estupor
- No, no gracias – sonrió al tipo – Remi, necesito saber dónde encontrar a Dean Winchester.
Remi miró al hombre con el que había hablado y éste la miró a ella, devolvió la mirada al oso, se levantó y volvió a mirarla a ella ahora repentinamente serio.
- ¿Quién eres tú? ¿Por qué me buscas?
Genial, el primer encargo en confianza de su jefe, y la fastidiaba. Adiós discreción, y ahora ¿Qué se inventaba para que ese hombre no supiera que su hermano estaba vivo y que era un cazador de vampiros chupa almas? Retrocedió un paso.
- Yo soy Dean Winchester, ¿Qué quieres? – la hostilidad del cazador era tan evidente que no supo que decirle.
- Déjala en paz, me estás asustando a la clientela – rugió en voz baja Remi, saliendo sorprendentemente en auxilio de la muchacha
- Ella ha preguntado por mí, estoy respondiendo a su pregunta
Como una vibración, imperceptible para quienes eran humanos, los seres sobrenaturales que llenaban el local notaron la antipatía entre el oso y el refugiado del Santuario. Fang Kattalakis era el más cercano a los contendientes. El lobo se acercó más rápido de lo que los demás miembros del clan Peltier desearían, si había alguien más propenso a armar pelea que Remi, ese era su inquieto cuñado.
- ¿Algún problema? – Dean lo ignoró, lo único que le interesaba era que esa chica le dijera por qué le buscaba, tenía el presentimiento de que se trataba de Sam – oye amigo, te estoy hablando a ti.
- Y yo estoy hablando con ella, así que no te metas – cuando Remi dio la vuelta a la barra quitándose el delantal, suspiró desalentado, ¿Es que no podía pisar el bar sin meterse en líos? - ¿Y ahora qué osito?
- Nada, me estoy tomando un rato libre para tomarme una copa con mi amiga Erika ¿Verdad cielo?
El enorme were-oso se sentó entre la muchacha y Dean dándole a entender que no le permitiría hablar con ella, la postura del lobo no era más amistosa y un vistazo alrededor confirmó al humano que no le dejarían acercarse. Era casi la misma resistencia que oponían cuando había querido salir a pasear en solitario. Levantó las manos en señal de rendición, y se marchó a su habitación. Si esa chica tenía que ver con Sam, como él creía, volvería a verla por allí.
Erika suspiró nerviosa, sabía que había metido la pata y ni siquiera había averiguado nada sobre el hombre que acababa de irse. Remi iba a volver a su puesto y ella le pidió que la acompañara un momento.
- No me interesas Erika Thomas, sólo estaba respetando las instrucciones de mi hermana – gruñó con su "amabilidad" característica
- A mí tampoco me interesas tú, pero vine a cumplir un encargo de mi jefe y… - los ojos oscuros de la menuda muchacha se alzaron implorantes – por favor Remi
- Si es por trabajo
- Es por trabajo.
Al fondo del bar Aimèe discutía con su esposo y éste se marchaba enfadado. El ambiente estaba algo enrarecido y la muchacha supuso acertadamente que el causante de todo era el hombre que acababa de irse.
- ¿Por qué lo tenéis aquí si nadie lo soporta? – preguntó sin pretenderlo
- Esto es el Santuario, es lo que hacemos – el oso le sirvió una cerveza y él se puso un whisky
- Soy escudera de una larga estirpe de escuderos, sé lo que es esto. Pero él es un humano, no es un were, ni un apolita, ni un Daimon… Es la primera vez que permitís que alguien como él permanezca aquí, y no solo eso, da la impresión de que está encerrado – soltó de un tirón la muchacha
- Sabes por qué está aquí, es el hermano de tu jefe.
- Pero sigue sin tener sentido
- Eso mismo pienso yo – el oso recorrió a la chica con la mirada, era demasiado pequeña, demasiado menuda, muy poca cosa, no era ni mucho menos el tipo de hembra que le llamaba la atención. Pero se sentía a gusto a su lado - ¿Quieres otra cerveza?
- Oh no, no he comida nada, me emborracharía – sonrió Erika agradeciendo el cambio de actitud de Remi, después de todo no era tan fiero como lo pintaban – pero gracias
- ¿Qué era lo que querías de nuestro invitado?
- Saber si se está recuperando, y si está bien, sólo eso, no esperaba que estuviera aquí.
- ¿Recuperado?
- Si, parece que ha estado enfermo durante mucho tiempo, o al menos eso me dijo Sam – no se dio cuenta de la mirada de sorpresa de Remi, era hora de irse ya – aunque supongo que si puede beber y discutir con la gente es que está mejor. Gracias por la cerveza oso, ahora tengo que irme.
- ¿Sola?, aguarda un minuto y te acompaño…
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Fang Kattalakis no era la persona más paciente y comprensiva del universo, eso lo podían asegurar cualquiera que hubiera estado a su lado más de cinco minutos. Afortunadamente para su familia tenía que ausentarse de vez en cuando por su "otro trabajo" y no estaba demasiado en casa.
Subió de tres en tres los escalones de la zona privada del Santuario y salió a la terraza del ático, junto a la habitación del dragón que no solía mezclarse con el resto de los inquilinos. Una luna enorme se alzaba sobre los tejados de la ciudad y pensó que ese podía ser el motivo por el que estaba tan alterado.
Sintió sus poderes psíquicos crepitar a su alrededor, hoy, si quisiera, podría hasta viajar en el tiempo. A veces quería hacerlo. Pero todas esas veces sólo tenía que recordar una sonrisa, una mirada de su esposa y esas ganas de escapar desaparecían en el cálido sentimiento que brotaba en su interior.
Amaba a la osa. Demasiado incluso como para permanecer enfadado con ella más de unos minutos. Los que pasaba ahí arriba, solo, en su refugio. Nadie más salía a la terraza, los niños lo tenían prohibido porque no tenía muros, ni protecciones y el resto ni siquiera la encontraban interesante.
Pero esa noche no estaba solo. Hasta allí tenía que soportar la presencia del intruso humano. Aimèe estaba equivocada, era imposible que lo hubieran torturado como su esposa le dijo. Demonios, él estuvo unas horas en manos de Daimons y tardó meses en lograr salir del mundo de pesadilla dónde le dejaron, y a costa de su alma, ¿Cómo un simple humano habría superado algo así? ¿Cómo lograría salir solo?
El tipo era un borracho, no había visto beber a nadie de esa manera jamás, ni siquiera su gente, que toleraba el alcohol en cantidades desorbitadas.
- ¿Has pagado eso? – señaló la botella
- ¿Tampoco puedo beber tranquilo en el culo del mundo? – replicó el humano sentado en el suelo y con la espalda apoyada en uno de los respiraderos.
-Dame – pidió la botella mientras resbalaba hasta quedar hombro con hombro con el Winchester.
Dean le dio la botella al lobo. Y siguió mirando el cielo nocturno de Nueva Orleans, sumido en sus pensamientos. Fang dio un trago y le devolvió la bebida. El cazador tomó otro sorbo y dejó el whisky entre los dos.
- Tú no eres como los otros no eres un Dark Hunter y tampoco un oso o un lobo únicamente – afirmó pensativo el pecoso – has estado en el infierno.
El Katagaria destelló convirtiéndose en lobo. Dean ni se inmutó, sonrió levemente y tomó otro trago de Whisky. El viento soplaba alrededor, húmedo y salobre, no hacía frío pero la humedad se colaba entre la delgada camisa del cazador robándole calor del cuerpo.
- ¿Por qué me retenéis aquí? – le preguntó al lobo negro que se había recostado sobre el tejado sin dejar de mirar a la luna – supongo que en forma de lobo no me contestarás.
El animal resopló despectivo y el cazador se recostó en el respiradero que le servía de respaldo terminando la botella.
- Benny tiene razón, la noche de Nueva Orleans es diferente – suspiró – pero prefiero las noches estrelladas en el desierto, entonces puedes ver más allá de simples puntos de luz. Te das cuenta de que todas las miserias de este mundo no tienen importancia… creo que ya he bebido suficiente. Hasta luego lobo.
Se levantó ayudándose con el respiradero y vaciló un segundo antes de enderezarse. Fang había vuelto a su forma humana.
- Le estamos haciendo un favor a un amigo, pero es posible que también te lo estemos haciendo a ti – respondió
- ¿por qué?
- Es lo que hacen los amigos
- No voy a conseguir una respuesta ¿Verdad?
- No ésta – sonrió lobunamente Fang – y sí, he estado en el infierno, y por lo que me han dicho tú también
- Sip, un par de veces.
Continuará_
