CAPITULO 3
Siempre soñaría con ese momento, tanto despierta como dormida, era lo mejor que le había pasado en su vida. Aunque cuando sucedió, todo le parecía más bien una pesadilla. Pero había sentido sus brazos a su alrededor, la dulzura de su voz y la luz de sus ojos. La verdadera pesadilla ocurriría después, al enterarse que el único ser del que podría enamorarse, ya había entregado su corazón.
Elrohir y Elladan habían insistido en acompañarla, después de todo eran lugares completamente desconocidos para ella. Su padre preparó todo para el viaje, era algo que hacían frecuentemente pues estaban acostumbrados a colaborar con los dúnedain en el norte; era algo que Lord Elrond favorecía y que hacía que los hermanos pasaran incontables semanas fuera de Imladris. El día previo al que debían partir, le entregó una espada, realmente bella, muy ligera y que le permitía hacer movimientos rápidos. Galaphian no era experta pero sabía defenderse, aunque su talento era con los caballos, podía escapar a toda velocidad pero no siempre era el camino adecuado. De vez en cuando tendría que hacer frente a los peligros.
Salieron de Imladris acompañados por otros 6 guerreros, aquellos que siempre iban con su padre en los viajes. Los caminos fuera del valle eran inseguros y el cruce las Montañas Nubladas podía ser muy peligro para viajeros solos. Los orcos abundaban aunque limitaban sus ataques a incursiones nocturnas, por el día podían tener relativa tranquilidad.
Cabalgaba al lado de su padre, se habían vuelto cercanos, como jamás pensó que podría ser. Su tío, Elladan, parecía entender esa nueva relación y les deba un espacio que necesitaban. Era a veces increíble que hubieran pasado casi 70 años desde la muerte de Nesnia, tanto tiempo, y era como un suspiro. El tiempo era relativo para los elfos pero ella se había acostumbrado a llevar la cuenta del tiempo, cuando los años eran cuestión de vida y de muerte para su hermana.
En ese tiempo el paso por las Montañas Nubladas era difícil pero no imposible, como años después sería gracias a los orcos, pero ahora podían circular por el Paso Alto sin ser objeto de ataques abiertos. No dudaban que hubiera orcos pero no en cantidad suficiente para aventurarse a una confrontación. Las noches resultaron tranquilas, podían hablar sin temor aunque siempre lo hacía casi en susurros, Elrohir le describía todo lo que habían visto en sus viajes, cosas que no encontraban en los libros. Elladan hablaba de aquellos a los que habían conocido y los pesares por los que sus vidas habían sido marcadas.
Pero como sospecharon durante todo el tiempo que les llevó cruzar las montañas, los estaban observando.
Los orcos bajaron de un conjunto de cuevas cercanas, el alarido fue enorme. Recordaba a los orcos, los años que pasó al lado de su hermana cazándolos en las cercanías de Rohan, después de la muerte de su señor de caballos. De repente Nesnia tenía la necesidad de asesinarlos, la entendía, aunque eso llegó a disminuir con forme pasaron los años. Nesnia podría parecer alguien tranquilo, que no sería capaz de lastimar a nadie ni a nada pero dentro de ella bullía una fuerza impresionante y era capaz de pelear con las viles criaturas sin ayuda de nadie. Galaphian iba con ella para recordarle regresar a su hogar, porque en esos momentos su hermana parecía olvidar todo.
Tal vez eran 50 o más orcos, no lo sabía con seguridad, los alcanzarían en cuestión de minutos a pesar de los caballos. Galaphian hizo que su caballo bajara por la pendiente con más rapidez de lo que le hubiera gustado, pero podía hacerlo, era uno de tantos que había entrenado en el tiempo que pasó en Imladris. Era algo natural, no podía apartarse de los caballos por mucho tiempo. Los demás la siguieron, casi deslizándose hasta acabar en la planicie, muy en el fondo, se veía Mirkwood.
Podían lograrlo, habían ganado suficiente terreno, llegarían al bosque, se perderían en la espesura, los orcos no solían aventurarse entre los árboles. Su padre apresuró a su caballo pera quedar a la altura de ella. Con los años había descubierto que era mucho mejor jinete que su padre, cosa que la enorgullecía.
-Mirkwood no es como otros bosques. –le dijo, aunque había hablado en el susurro habitual ella lo escuchó claramente.- Tendremos que dividirnos.
Ella no encontraba sentido en eso, ¿acaso ese bosque era un lugar tan retorcido que los orcos podrían entrar en él sin preocupación?
-Tú continuarás hasta encontrar el camino, después lo seguirás hacia el norte hasta que llegues al palacio o encuentres alguna patrulla. –dijo sin más y disminuyó un poco la marcha para quedar de nuevo al lado de Elladan. Los hermanos cambiaron el rumbo y fueron hacia la derecha, al sur, mientras ella le pidió a su caballo ir más rápido, casi volar, para que los orcos no notaran que se habían dividido.
Al entrar a Mirkwood tuvo que prácticamente detenerse, de repente se vio rodeada de oscuridad y un sentimiento de aprensión se apoderó de su ser. Los gritos de los orcos a su espalda la hicieron recuperar un poco la consciencia, tal vez no habían logrado engañarlos, debía seguir adelante, buscar el camino. Su padre le había planteado la situación con anterioridad, si había algún peligro él lo alejaría de ella y regresaría a buscarla lo más pronto posible. No debía tener miedo por él, los hermanos llevaban muchísimo tiempo batallando con los orcos como para ser abatidos con facilidad.
Encontrar el camino, encontrar una patrulla, lo repetía una y otra vez. La oscuridad era completa, sin embargo podía ver con cierta claridad, aun así había cosas que la eludían, sabía que había mil ojos encima de ella. De repente algo se movió rápidamente y el caballo se encabritó, echó a correr sin control y Galaphian se sostuvo a base la fuerza de sus piernas; pero era demasiada velocidad entre los árboles, torció bruscamente a la derecha y ella cayó golpeando su cabeza entre las piedras. Todo se volvió oscuridad.
El lamento del animal era lo más lastimero que había escuchado, su sonido traspasó la neblina en la mente de Galaphian y la hizo despertar. Era la primera vez en la vida que le dolió la cabeza y tuvo ciertos problemas para levantarse pero logró equilibrarse. Algo caliente le recorrió la frente y le mojó el ojo izquierdo, lo tomó con la punta de los dedos y al mirarlo se sorprendió porque era su sangre.
El lamento de su caballo de escuchó con menos intensidad.
Por más mínimo que fuera el sonido ella lo escuchaba, otro centenar de pasos y se detenía a escuchar. Ahí estaba, casi inaudible. Reanudaba la marcha y tenía la sensación de estar entrando cada vez más en una especie de guarida. No había visto ninguna pero estaba segura de estar rodeada por arañas. Mil escalofríos la recorrían, no estaba preparada, no era una guerrera; era una jinete, una criadora de caballos. No era nada más que una niña asustada y por más patético que sonara deseaba que su padre llegara a rescatarla.
Cuando vio a su caballo moribundo sintió que la vida se le escapaba. Su abdomen inflamado, su hocico sangrando, sus ojos casi cerrados. Dejó escapar un grito, la luz caía directamente sobre él, la sensación de que lo habían puesto ahí era imperiosa. Las arañas aparecieron, impidiendo que pudiera llegar hasta su caballo, sus enormes cuerpos y patas moviéndose hacia ella.
Sacó la espada y sin pensar muy bien en lo que hacía se lanzó contra ellas tratando de cortar sus abdómenes y evitar sus colmillos. Pero era imposible, sintió una y otra vez como la lastimaban, eso no podía terminar bien. Había cometido un error, muy grande. El veneno era doloroso, espantoso, la quemaba, la destrozaba. ¿Era posible que un elfo pudiera morir por el veneno? Tal vez no, pero dolía y eso le mandaba recuerdos innecesarios a su mente, que la distraían. Suprimió los recuerdos y centímetro a centímetro se acercó a su caballo, hasta estar a su lado.
-Arud. –dijo y no pudo hacer más que estar parada ahí, mientras más y más arañas llegaban en lugar de sus compañeras muertas. Respiró profundo, no tenía miedo, si esto era un final, que lo fuera.
La sucesión de imágenes fue interminable, flashazos de recuerdos mezclados con lo que sucedía en ese momento. En cierto punto lo único que veía era a su hermana, mientras todo lo demás era ya incomprensible. Cayó hacia atrás cuando sus piernas chocaron con el cuerpo de Arud, perdió la espada y las ganas de pelear.
Estaba segura de que alguien la tocaba, de que estaban levantándola con cuidado pero con fuerza. Logró abrir los ojos para ver un destello de azul en una mirada tan hermosa que la hizo olvidar todo. Estaba bien, estaba segura, no tenía nada que temer. Sentía sus brazos a su alrededor y su voz susurraba en su oreja suaves palabras que le llevaban tranquilidad.
Miró hacia atrás, por sobre el hombro de aquel que la estaba cargando lejos de ahí, el cuerpo de Arud totalmente deshecho, las lágrimas acudieron a sus ojos y las sintió tan amargas y tan desgarradoras. Su único consuelo, los múltiples cuerpos de las arañas que dejó como testigos de que no se venció hasta el último momento.
Cuando despertó su padre estaba a su lado, sonrió a verla abrir los ojos y dejo escapar un suspiro aliviado. No pudo mantenerse mucho tiempo despierta, volvió a quedarse dormida casi inmediatamente. Elrohir salió de la habitación dejando a Elladan al cuidado de su hija. Necesitaba respirar un poco afuera, había estado demasiado preocupado, con una serie de sentimientos que no pensó tener. La perdida de Nesnia había sido dolorosa pero había sido algo elegido y lo entendía y respetaba. Pero a Galaphian, trató de protegerla y sin embargo, la había dejado a su suerte en el bosque, un lugar completamente desconocido y espantoso. Y no estaba al borde de la muerte por intervención de la fortuna.
El príncipe de Mirkwood estaba esperando cortésmente a que saliera de sus cavilaciones. Claro, no podía negar que parte de la fortuna se llamaba Legolas, sin él su hija estaría muerta, las arañas la habrían destrozado.
-Se recupera con rapidez. –dijo el príncipe amablemente.
-Gracias a la ayuda que le prestaste. –respondió Elrohir. No tenía más que palabras de agradecimiento para con el príncipe, estaba seguro de que no había manera de terminar de agradecerle por lo que había hecho. Sin embargo, en vez de externar ese agradecimiento, no podía dejar de lado el tremendo arrepentimiento que sentía y la culpa que gritaba desde su corazón diciendo que todo era producto de sus malas decisiones; desde el principio todo había estado mal. Cuantas veces no le había dicho su hermano que estaba cometiendo un error, que no era algo para tomarse a la ligera el enamorarse de esa chica, era una humana, y por más hermosa que fuera, seguramente él terminaría rompiendo su corazón. Pero no lo escuchó, no podía evitar sentirse atraído hacia ella y cuando años después murió y las niñas fueron llevadas a Imladris por el mismísimo rey de Rohan, Elrohir no podía verlas a la cara de la vergüenza. Nesnia lo ayudó a superarla pero con Galaphian las cosas habían sido diferentes. Ahora, sin haber unido su vida a aquel breve amor, tenía una hija de la que era responsable, y sin embargo no la había ayudado cuando más lo necesitó. La dejó sola pensando que nada le iba a pasar cuando debía haber estado a su lado.
-Tiene espíritu de guerrera, con el entrenamiento adecuado… -dijo el príncipe pero al ver la expresión de pena que cruzó por el rostro de Elrohir dejó las palabras en el aire.
-Ella no es una guerrera, lo que ella ama son los caballos. -Elrohir sintió que había dicho aquello con demasiada rudeza, miró a Legolas pero su rostro no mostraba signo alguno de haberse ofendido. Inclinó la cabeza y regresó casi apresuradamente al cuarto de su hija.
Dentro nada había cambiado, ni lo haría por algún tiempo, a Galaphian le tomaría tiempo sanar.
