CAPITULO 2: MESTIZA (PARTE 1)
Se despertó de forma súbita, con el corazón desbocado, latiéndole con violencia casi en el cuello. ¿Qué clase de sueño era ése? Hacía tiempo que no los tenía, casi pensaba que esos sueños recurrentes le habían dejado en paz. Creía que los sueños recurrentes sólo pasaban en la infancia, pero esa noche había comprobado que no, que volvían la noche más inoportuna.
Clarke encendió la pequeña lamparilla que tenía en la mesita de noche. No iluminaba mucho, pero era suficiente para ella. Se sentía completamente empapada en sudor, varios mechones rebeldes habían escapado de su coleta y ahora se le pegaban en la nuca y en la frente; además el corazón seguía taquicárdico.
Eso no le gustaba, así que decidió levantarse para aclararse las ideas.
Una de sus grandes manías era la de no encender las luces del pasillo cuando iba a la cocina o al baño en mitad de la noche. Aquellos sueños tan raros, tan explícitos, la asustaban hasta tal punto que cuando era pequeña sus padres debían ir a calmarla. Pero ya no era una niña, no podía tener miedo de sus propios sueños.
Llegó a la cocina guiándose por las manos y la luz que entraba por las ventanas aquella noche. Se sentó en la encimera tras servirse un vaso de agua fría, helada. Tenía que bajar esa hiperpirexia momentánea que el sueño le había producido. Sabía que no era la mejor manera, pero no se le ocurría nada más… y siendo sincera consigo misma, no tenía ganas de pensar. Lo único en lo que podía pensar era en aquel sueño, aquella pesadilla que creía haber dejado atrás.
Intentó aclararse su sueño. Había momentos de completa lucidez, como si fuese algo que estuviera viendo en ese mismo instante; y sin embargo, todo estaba lleno de agujeros negros que era incapaz de recordar. Todos aquellos sueños seguían el mismo patrón, todos tenían la misma lucidez y los mismos vacíos; lo único que cambiaba era la el despertar.
A veces soñaba que sus manos estaban manchadas de un líquido negro y espeso, algo muy parecido al alquitrán, con un hedor más propio de algo putrefacto que de una piedra inanimada. Un hedor putrefacto mezclado con azufre, como si estuviera en medio de una mina. Pero ella no era uno de esos pobres trabajadores que prácticamente daban su vida en aquellos yacimientos amarillos, ella… Ella vestía una túnica blanca impoluta, de aspecto romano, que le llegaba hasta las rodillas. Una armadura de metal ligero le cubría el pecho y la espalda, un avambrazo de cuero en cada antebrazo y unas sandalias romanas protegidas por grebas. Sabía manejar prácticamente cualquier tipo de arma, como si desde pequeña hubiera estado jugando con ellas. Y sus contrincantes… algunos eran verdaderos monstruos que desprendían un insoportable olor a azufre, otros eran cuerpos a medio pudrir… mas a veces, sus enemigos eran unas criaturas perfectas, hermosas y delicadas; pero había algo en ellas que les hacía odiarlas, una naturaleza completamente distinta a la suya, opuesta a ella. Eran seres idénticos, pero en caminos diferentes. Como dos pares de electrones, destinados a odiarse.
No sabía cómo, pero era capaz de batirse en duelo con esos seres. Jamás había empuñado un arma, no desde aquel lejano viaje en primaria, donde le dieron una espada de juguete y la obligaron a luchar contra unos adultos que apenas ofrecían resistencia. En su sueño era ágil, rápida y decidida; no tenía que pensar los movimientos antes de atacar. Simplemente… estiraba el brazo, doblaba las rodillas y clavaba el filo de su espada en el pecho de aquellos monstruos.
Y luego, desaparecían.
Todo hubiera sido normal, un sueño extraño que la perseguía desde pequeña, de no ser porque a veces sus manos seguían teñidas de aquel extraño alquitrán cuando despertaba. Su hedor era tan intenso que rara era la vez que no vomitaba nada más llegar al baño. Llegaba con el corazón latiendo fuerte contra sus costillas, rozando la taquicardia, y su cuerpo bañado de un espeso sudor que la hacía sentirse sucia y descuidada.
Aquellas noches sólo quería correr hasta la habitación de Abby y meterse bajo las sábanas, que los brazos de su madre la protegieran de sus sueños recurrentes que tanto le hacían sufrir. Pero no podía, ya no era una chiquilla. No podía estar al abrigo de su madre toda su vida, debía valerse por sí misma.
Necesitaba hablar de esos sueños con alguien, el problema es que no sabía con quién. Había trabado amistad con Bellamy y Octavia, Jasper, Raven, y un chico de rasgos asiáticos que conoció poco después, llamado Monty; sin embargo, con ninguno tenía la confianza suficiente como para hacerle partícipe de sus extraños sueños. Temía que le tachasen de loca. ¿Quién se preocupaba por un estúpido sueño?
En ese momento, otro nombre llegó a su cabeza. Aquella chica extraña de cabello castaño y unos preciosos ojos verdes. Lexa, sí, ése era su nombre; se dijo en su fuero interno. No se habían vuelto a hablar desde el incidente, pero siempre la veía por los pasillos de la facultad y le sonreía. Era algo extraño, Clarke no era alguien que prodigara sonrisas a casi desconocidos, pero Lexa parecía tener un especial embrujo sobre ella, como si la conociera de siempre, de otra vida, de otro universo.
Tal vez ella tuviese las respuestas que tanto necesitaba.
Había empezado a llover poco antes del amanecer. Cuando el cielo adquirió un particular tono azulado, Lexa se despertó. Había sido otra noche monótona, soñando en negro y en silencio.
Salió de la cama con desgana, como si fuera una autómata, controlada por algún mando que ella era incapaz de ver. Murphy le esperaba en la cocina, más serio que de costumbre, callado y en una postura que bien podía hacerse pasar por un simple ser humano.
-Buenos días, Woods –dijo con su particular sonrisa que helaba la sangre. Pero Lexa ya estaba acostumbrada-. Tienes peor cara que de costumbre, muchacha. ¿Alguna pesadilla con el cielo, con tu chica rubia, con nuestro amadísimo Bellamy Blake? ¡Oh, no me digas más! ¡Te ha clavado su espadita de fuego en el corazón!
-Cállate, Murphy –respondió con el tono más borde que pudo encontrar, aunque no tardó en curvar los labios hacia arriba, tratando de que el chicho no viese que había logrado alegrarle el día-. Sabes muy bien que soy mucho más fuerte que ese niñato engreído de Blake. Si quisiera luchar contra él, no tendría posibilidades.
-Ésa es mi chica –Murphy alzó la taza de café que tenía en la mano, en un gesto de victoria propio de los vikingos.
Lexa se vio obligada a sonreír mientras se servía el café y se sentaba al lado del muchacho. John Murphy tenía algo que le hacía diferente, que le volvía único respecto al resto del mundo. No sabía si era aquel silencio que le rodeaba siempre, la tranquilidad con la que se movía y actuaba. Simplemente era un chico astuto, que sólo actuaba cuando era necesario. Por eso lo acepté como compañero de equipo, pensó Lexa, mientras sentía la calidez del café bajando por su garganta.
Eran dos seres completamente independientes, que funcionaban solos. Pero por seguridad, necesitaban a alguien que les protegiera las espaldas. Era reticente al principio, ¿confiar su vida a un completo desconocido? ¡Ni hablar! Sin embargo, la primera noche que salieron de caza, Murphy le demostró lo suficiente como para no querer otro compañero en lo que le quedase de existencia.
Media hora después se pusieron en marcha hacia la facultad. Había dejado de llover, al menos por unos minutos, y prefirieron acercarse andando. Si el cielo volví a abrirse y sobre ellos caía el diluvio universal, poco o nada les importaría. A Lexa le gustaba la lluvia, mucho. Veía a la gente correr para resguardarse de las heladas gotas de agua que resbalaban de las nubes; oía sus gritos cargados de indignación y enfado, y ella no podía hacer otra cosa más que reírse. Le encantaba notar cómo las gotas resbalaban por su piel, cómo empapaban su cabello y su ropa. Simplemente, era diferente al resto.
Buscó con la mirada a Clarke, hacía días que no la veía; y aunque se lo negase a sí misma, lo cierto era que la echaba de menos. Incluso si apenas habían cruzado palabras desde aquel día en que curó sus heridas sin esperar nada a cambio, le era imposible no buscarla entre la multitud y sonreírle como una imbécil cada vez que sus miradas se cruzaban en los intercambios entre clase y clase.
-¿Buscando a tu chica, Woods? –inquirió Murphy.
-¿Cuántas veces he de decirte que no es mi chica, Murphy? – No desde que renuncié a ella por culpa de Bellamy. Rodó los ojos, alejándose del muchacho para dirigirse a clase, pero antes de que pudiera dar dos pasos, el chico de ojos azules la detuvo, señalando con la cabeza en una dirección.
Clarke estaba sentada en un rincón del área de descanso, sola, con toda su atención en un libro de dimensiones grotescas. Murphy la empujó hacia la chica, para casi al instante despedirse con una sonrisa malvada y cargada de júbilo. No tuvo otra opción más allá de acercarse.
Cruzó la sala con pasos torpes, hasta quedar junto a la mesa donde estaba Clarke aislada del resto del mundo. Golpeó la mesa sin darse cuenta, y aquel gesto llamó la atención de la chica rubia. Al instante, tenía sus ojos azules clavados en los suyos.
-Hola –dijo a duras penas, sintiéndose como una adolescente a la que habían engañado para juntarla con su amor platónico, aquel al que no se atrevía a acercarse-. ¿Puedo sentarme?
-¡Claro! –exclamó la rubia, cerrando el libro y dejándolo a un lado.
Lexa sonrió, aunque fue más una mueca que una sonrisa en sí. Cogió una silla de una mesa cercana, y se sentó frente a la rubia. Clarke tenía toda su atención en ella, la miraba como si de un cuadro impresionista se tratase; como si tratara de descifrarla. Lexa se sintió violentamente incómoda.
-Hacía mucho que no te veía. Supongo que ya tendrás la mano más que curada.
Clarke parecía estar carcomida por la vergüenza. Tenía la mirada gacha y parecía triste. Movía las manos repetidas veces por el título del libro, una preciosidad de bioquímica que seguramente le acompañaría todo el semestre. Una punzada de culpabilidad azotó el pecho de Lexa, sintiéndose demasiado humana en ese momento. No se sentía así desde… desde hacía mucho tiempo. Ya estaba olvidado.
Inconscientemente giró la muñeca, fijándose donde ella misma se había herido y que, en ese momento, no quedaba rastro alguno de su propia violencia. Inspiró con fuerza, dejando escapar el aire lentamente, casi como si fuera la última bocanada de aire que le quedase.
-Sí, ya está curada. Y mira –estiró los brazos, dejando las palmas de las manos sobre la portada del libro-, no hay marcas. Gracias a ti.
Se sentía torpe y tímida, algo completamente inusual en ella. Sentía una profunda curiosidad por Clarke, pero al mismo tiempo, algo le frenaba para tener ese misógino comportamiento con ella. Con Clarke, a pesar de haber cruzado un puñado de palabras hacía unos meses, sentía que no se merecía un trato tan cruel e imperfecto. Y sentía una casi incontrolable curiosidad hacia ella, a pesar de ser enemigos desde tiempos inmemoriales. Y no quería hacerle daño.
-Lexa –la llamó, y la chica de ojos verdes salió de su ensimismamiento-, ¿podemos hablar en un sitio más… privado? Me gustaría preguntarte algo.
Lexa miró a su alrededor. A pesar de que se habían quedado casi solas en aquella sala, pronto no tardaría en llenarse de nuevo, y Clarke no parecía alguien muy dado a rodearse de gente. De hecho, siempre que se cruzaban estaba sola, aunque los Blake la acompañaran unos pasos más adelante. Clarke parecía estar conforme con su soledad.
-Sí. Ven –se levantó, colgándose su bandolera al hombro, y estiró el brazo en un gesto más propio de principios de siglo que de la actualidad-, conozco un sitio donde nadie nos molestará.
Clarke aceptó su mano, había algo en esa chica que le hacía confiar en ella a pesar de que no la conocía. Era un sentimiento de confianza muy parecido al que sintió cuando conoció a Bellamy, pero el chico era mucho más abierto y burlón; en cambio Lexa era callada, taciturna y siempre parecía estar lejos, muy lejos de allí.
Sintió una descarga eléctrica corriendo por su espina dorsal; estaba segura de que incluso tembló cuando sintió la mano de la castaña cerrarse en torno a la suya. Se dejó arrastrar por los pasillos de la facultad, sin saber muy bien hacia dónde iba.
