Escribí esta historia hace tiempo atrás y es la respuesta a un reto llamado Delicias Nocturnas. Algunas historias contienen temas adultos y yaoi/slash. Si no te gustan este tipo de temas por favor regresa a la pantalla anterior y todos contentos. No me hago responsable por daños y prejuicios.
Advertencias: Ninguno de los personajes me pertenece, solamente estoy escribiendo una historia de mi propia imaginación con los personajes del fandom Death Note.
Esta historia tiene la categoría M por una razón, temas adultos y algo de lemon. Una vez más si no te agrada este contenido por favor retírate y todos contentos
Tercera noche
Sentado sobre la cama se frotaba los ojos en silencio, luz amarilla y una mariposa nocturna entraban por la ventana. No había luz y se revolcó un poco entre frazadas delgadas e inútiles, no combatían el frío. Sus deditos jugaban retorciendo algunas fibras sueltas.
La mariposa voló de vuelta hacia la calle y se fue por el hueco de la ventana por el que entró. La observó irse en silencio, le resultaba natural ese modo de ser, de irse sin decir nada.
Buscando calor se enterró dentro de la cavidad que formaba su cama. El colchón hundido encajaba perfectamente con su pequeña figura. Su rostro quedó oculto y la luz de la calle casi se alejaba de su rostro.
No alcanzaba a ver la hora en el reloj sobre la mesa, estaba demasiado oscuro y el reloj era de manecillas. En vez de números tenía palitos, no estaba del todo seguro como leerlo de todos modos pero la ventana le decía que era de noche y el sonido escaso de la calle que era bien tarde.
Era cuestión de tiempo y no tardó mucho en suceder lo que esperaba. En la puerta el sonido de una llave que buscaba la cerradura sin encontrarla. Risas y un golpe en la puerta para detener su movimiento. Más risas. Se bajó de la cama desenredándose de esta y corrió hacia una puerta cercana. La atravesó cerrándola a sus espaldas, no totalmente, dejó un pedacito abierto.
Ella entró buscando en la oscuridad el interruptor de la luz. Lo halló pero no recordó que no funcionaba. Lanzó una maldición al respecto sin detener su marcha, ni de quien le acompañaba. Su nuevo acompañante la rodeó por la cintura hundiéndole el rostro en el cuello. Ella rió de nuevo dejándose abrazar y avanzaron hacia el colchón que debía seguir tibio. Las frazadas habían caído al suelo como señalando el camino por donde huyó. No les importó y se tumbaron en la cama.
Cerró los ojos desde la penumbra en donde estaba sentado intentando no hacer ruido. Se recostó lo mejor que pudo en el suelo frío tratando de encontrar comodidad para seguir durmiendo.
A pesar del ruido.
Xxx
Ella buscaba alcanzar un poco de luz natural para poder maquillarse. La luna alumbraba tenue y ella escondía tras polvos de colores la palidez de su rostro.
—Maldición. — Una raya torcida de pintura sobre uno de sus parpados.
Con fastidio se limpio la mancha haciéndola crecer aún más. Con más maldiciones avanzó hacia el minúsculo baño a lavarse el rostro. A empezar de nuevo.
Era natural que no hubiera luz, ella lo sabía bien. No había dinero para pagar la cuenta. Nunca había dinero para nada. Eso también pertenecía a la normalidad que ambos conocían.
—Deja de jugar con la comida.
Intentó lanzar un puntapié a la figura que en el suelo revolvía el contenido de una lata de conserva. Estaba muy oscuro, naturalmente falló. El chiquillo no le hizo caso y siguió revolviendo los fideos dentro de la lata recién abierta.
—¿No vas a comer tú?— Preguntó el niño en un intento de liberarse del suplicio. La comida tenía un sabor terrible.
Levantó la lata y se hirió uno de sus dedos con el filo mal cortado, se llevó el dedo a los labios antes de que empezara a chorrear sangre.
—No tengo tiempo, cállate y acaba de comer. No quiero que después me salgas con que no te alimento.
Respondió ella ante tal impertinencia. Estaba demasiado ocupada tratando de concentrarse en dibujar una raya derecha sobre sus parpados sin conseguirlo. Temblaba. No era de frío. Siempre se ponía así antes de empezar a lanzar las cosas al aire, antes de empezar a gritar maldiciones al cielo.
Lanzó el lápiz con que se pintaba el rostro. Le dio en la pierna pero no dolió.
—Date prisa en comerte eso.
Está frío, pensaba tratando de que no notara que la estaba mirando. La estaba midiendo, esperando el momento que le apuntara mejor los objetos que pensaba lanzarle. La comida estaba fría y el sabor era terrible. Revolvió con la cuchara una vez más tratando de pasar un bocado. Lo hizo pero no pudo comer más.
—¿Crees que me regalan la comida?— Gritó ella temblando más de la cuenta. Se le acercó y lo tomó de un brazo para lanzarle una bofetada.
—No, no mamá — Le estaba contestando la pregunta.
—Te he dicho que no me digas así.
Intentó darle otro golpe pero sudor frío empezaba a aparecer en su espalda. Ya no podía resistir la ansiedad. Apretó los puños y se dio vuelta.
—Estúpido.
Tomó su bolso del suelo donde terminaba siempre después que llegaba.
—Cómete todo eso. Pobre de ti que no te lo comas.
Y tiró la puerta antes de salir dejando todo en silencio por un momento.
De nuevo en la oscuridad. No iba a comer más. Se limpió los labios con la manga de su ropa. Le quedaba algo grande, las mangas colgaban, se ensució de salsa y algo de sangre.
xxx Esperar a que volviera era natural para él. Armó una fortaleza de latas de conserva alrededor suyo. Basura que ella nunca sacaba. Con la pobre luz el metal de las latas brillaban como si fueran edificios. Los mismos que veía a través de la ventana.
Se parecían a los que veía en la televisión cuando tenían electricidad. No había luz, no había televisión, no iban a haber anuncios de aquellos juguetes que salían en la televisión. No tenía juguetes pero esos comerciales le daban ideas para armar unos por su cuenta. Pensando en aquellos robots y fortalezas de plástico que veía en la televisión se tumbó en el suelo con otra herida más de las latas traicioneras. Estaban empezando a ser juguetes peligrosos. Más que cuando volaban hacia su cuerpo cuando ella se enojaba.
A veces se trepaba a la cama y le daba algo de atención a la calle. Contaba las personas que pasaban, armaba juegos viéndolas desfilar bajo sus ojos. De noche casi nadie andaba por ahí, era terriblemente aburrido.
Volvió a sus juguetes metálicos. Ella quizá no volvía cuando acabara la noche, sino al día siguiente. Solía hacer eso, no muy a menudo. Eso era algo que le daba miedo, que no volviera más.
No tuvo que esperar mucho para escucharla buscando la puerta, buscando la llave, buscando la manija y la cerradura. Llegaba sola. A veces llegaba sola.
Recogió sus juguetes y los colocó debajo de la cama. Se quedó donde estaba. A veces ella llegaba tan cansada que se quedaba dormida en el suelo.
—¿Por qué tanta oscuridad? Odio la oscuridad— Entró tropezando con sus propios pies. Cayó apoyando sus manos en el suelo. Se veía cansada.
Se incorporó a medias y lo atrapó del cabello. Lo empujó contra la cama y le dio un par de bofetadas.
Empezó a llorar.
—Maldito.
Ella también lloraba. Al final terminaban ambos llorando. Se subieron ambos a la cama y él en sus brazos. Acariciaba los mechones de su cabello jalándolos de vez en cuando.
—¿Tú? ¿Quién eres tú?— Le preguntaba.
No le respondió, sólo se hundió en su pecho y se puso a llorar de nuevo.
Xxx
Le gustaba verla maquillándose, llenándose el rostro de colores naturales, como decía un comercial de televisión. Ella sostenía algo que sacó de su bolso de siempre. El único que tenía. De nuevo buscando la luz de la calle para poder dirigir bien la punta de la jeringa. Odiaba verla hacerse daño. No se lo hacía del todo. Luego que se clavaba esa aguja se ponía mejor.
—No lo hagas —le dijo algo espantado al ver como se hundía el metal fino sobre su piel blanca.
—Cállate mocoso.
Y ella cerró los ojos lanzando la jeringa al aire. Respiró profundo y pronto el temblar de sus huesos cesó. Se quedó muy tranquila sentada sobre la cama. Sonrió al pasar de unos segundos. De pronto se veía tan tranquila.
Era tan natural que sucediera eso cada vez que ella se hundía agujas en la piel. Se olvidaba de su nombre, del nombre del mundo y le ponía nuevos a las cosas.
Entonces se alejó de ella para volver a su rutina con las latas. No le daba la espalda, ella no lanzaba cosas, le gustaba apretarlas. Le apretaba el cuello y le ponía nombres nuevos mezclados con maldiciones.
—Estas muy sucio.
No le prestó más atención que la de siempre. La dejó hablar, pero cuando la sintió cerca trató de apartarse. Muy tarde.
Terminaron en el baño. Ella llenó la tina y él la miraba sentado en el suelo. Ella bloqueaba la puerta con su cuerpo.
Igual no podía hacer nada.
—Ven acá.
Y lo hundió en el agua, apretándole el cuello ligeramente. Fascinada veía como los mechones de cabello claro flotaban sobre la superficie líquida mientras el pequeño trataba de patalear en busca de aire.
No sabía si estaba llorando o no. Su rostro estaba muy húmedo para decirlo. De nuevo volvió a tocar el agua no sin antes golpear la superficie de la tina con la frente.
—Mamá ya basta.
Pero ella quería un poco más.
—Tienes que irte, te están esperando.
Estaba tan oscuro que no podía leer su rostro.
—Se te va a hacer tarde — Entre sollozos ahogados pretendía convencerla.
̶¿Mamá?— Repitió ella como si fuera una palabra que se acaba de inventar —No me des ordenes.
Gritó un segundo después lanzando manotazos. Le dieron en el blanco, a pesar de que estaba oscuros, cayeron donde ella los dirigió.
—Pero mamá… te están esperando… —Insistió tratando de protegerse hundido en el suelo.
—Estúpido… mocoso… maldito…
xxx
—Hijo de perra.
Escuchó gritar tras la puerta. Era su voz y la de alguien más. Se deslizó de la cama y corrió a esconderse al baño. La puerta de nuevo se abrió para dejarla pasar. Trataba de bloquearle la entrada a alguien más que pugnaba por ingresar.
—No, vete, vete— Y ella cayó al suelo producto del empujón tras la puerta.
—Perra…
Un sujeto entró haciéndola a un lado de dos patadas. Ella se prendió de una de sus piernas y ambos cayeron al suelo.
—Maldito, miserable. Que te vayas...
Se levantaron, ella para lanzarle cosas, él para lanzarla a la cama de un golpe.
—Cállate perra.
Ella se quedó quieta, viéndolo como revolvía las cosas de la habitación buscando algo.
—¿Dónde está? Habla…
Ella no le dijo nada, cuando lo tuvo cerca volvió a atacarlo.
—No tengo nada tuyo.
—Estúpida, lo metiste en tu bolso, yo sé que lo metiste. No te la quieras dar de lista conmigo. De una vez dámelo para largarme de esta pocilga.
—Vete al infierno…
La volvió a golpear varias veces más.
—Mamá…
Esa voz lo detuvo. El sujeto lo vio abandonar su escondite en el baño. Correr hacia ella.
—Déjala ella nunca tiene nada. Sólo su maquillaje — Le dijo a quien lo miraba de pie.
Ella lanzó una maldición.
—Dame el bolso, apúrate mocoso, dame el bolso.
Así lo hizo. Se lo dio en las manos. Ella volvió a gritar maldiciones.
—Te lo querías quedar.
Y la pateó de nuevo.
—Déjala.
De cierto modo ver a un niño defender a su madre movió algo dentro de él. Lo miró y luego a ella quien mascullaba groserías. Se dio la vuelta para irse.
—Ni una palabra. Ya sabes… Ni una palabra.
Y se fue sin soltar ni una más.
xxx
Ella regresó temprano en la noche. Entró temblando más de la cuenta. Hacía ruido con su respiración. Al verlo frente a ella intentó golpearlo.
Cuando ella estaba así se acordaba de todo, de todo lo malo que era aquel pequeño sentado en el suelo, recostado sobre la cama, iluminado por la luz de la calle.
Estaba armando un castillo de naipes. Cayeron al suelo de una patada dirigida hacia él. Los vio caer con tristeza y se dispuso a empezar de nuevo.
Ella acercó una mesita a la cama y se sentó en esta. Recogió del suelo un par de naipes. Los ojos del niño acompañaron sus manos. Los naipes entre sus dedos fueron a parar sobre la mesa.
—Dame mi bolso. Rápido.
Se levantó estirando las piernas ligeramente en el proceso. Se le acercó aunque no demasiado. Sus ojos la seguían aunque con cuidado de que ella no lo notara. Abrió su estuche de maquillaje, uno en donde escondía sus colores naturales y una bolsita de polvito blanco.
Dibujó unas rayas sobre la mesa utilizando su contenido. Se ayudó de los naipes para armarlas bonito. Dobló uno de ellos, arruinándolo completamente. Lo volvió un cartucho, como un sorbete chiquito. Lo hacía siempre.
Tiraba la cabeza hacia atrás como si se fuera a romper su cuerpo en le proceso. Aspiraba y su nariz hacía un ruido profundo. Cayó de espaldas sobre la cama cuando la segunda raya desapareció de la mesa.
Sonreía un poco. Se reía luego. Respiraba agitada…
Se levantó para patearlo esta vez sin fallar. Se dio una vuelta por la habitación como si esta estuviera situada sobre algo blando. Se tambaleaba en el proceso. Se estrelló con la puerta, como si quisiera irse de nuevo.
Entonces regresó a la cama y se tumbó agitada a mirarlo como trataba de rescatar el naipe que ella había destruido entre sus manos.
—Mocoso -̶ Dijo ella agitándose aún más. Aspiró profundamente cerrando los ojos.
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La puerta sonó para abrirse de un golpe. Ella estaba aún tendida en la cama. Su respiración se había suavizado hasta desaparecer. El niño estaba a su lado, encaramado sobre la cama.
Entró en la oscuridad dejando que sus ojos se acostumbren un poco a la ausencia de luz. Los vio a ambos en la cama.
—Maldita perra.
Y se acercó hacia donde estaban ellos. El niño lo miraba desde donde estaba, en los brazos de ella. Entonces se agachó al suelo y tomó el bolso que estaba en el suelo. Metió la mano y sacó lo que buscaba.
Estiró una mano y la colocó sobre el cuello frió de la mujer junto a su hijo.
—Eres tan predecible. Estúpida.
Sonrió. Escondió los billetes enrollados en uno de sus bolsillos. El niño lo seguía mirando impávido. No estaba dormido, estaba bien despierto.
Se rascó la cabeza como buscando otra solución al asunto, pero en esa fracción de minuto no la encontró.
Arrancó al niño del lado de su madre. Este no se movía. Entendía lo que estaba pasando, entendía lo que iba a suceder. Como si todo fuera una escena natural de su vida. No estaba asustado, ni triste, ni nada. Sólo lo miraba fijo a los ojos esperando.
Que hiciera algo, cualquier cosa.
Lo lanzó al suelo y luego lo tomó del cuello. Empezó a apretarlo con ganas de que se le rompiera y lo dejara de mirar de ese modo. No decía nada, no lloraba, no estaba siquiera asustado.
—Muérete.
Estrellaba su cabeza contra el suelo, apretaba más su cuello. Masculló una maldición antes de lanzarlo a un lado de la cama.
Se agachó a continuar con lo que había empezado. No era necesario. Tenía los ojos cerrados.
xxx
Abrió los ojos y se quedó muy quieto porque no había más oscuridad. Había mucha luz, artificial, blanca. El espacio entero era blanco, la cama donde estaba echado era blanca, el techo sobre su cabeza, las paredes de todo el mundo. La ventana, las cortinas tapando lo negro de la noche.
Natural, todo era blanco natural.
Entró una mujer vestida de blanco. No la había visto antes, al verlo despierto reaccionó como si acabara de ver un fantasma. No dijo nada y salió corriendo de la habitación.
Buscó esconderse dentro de las sabanas, hundirse en la calidez de estas. Tuvo algo de miedo porque estaba en un lugar desconocido pero se dio cuenta que por primera vez en su vida no sentía frió.
Había estado durmiendo y ahora despertaba en un lugar nuevo. Intentó traer a su mente lo último que podía recordar y al darle una nueva mirada al mundo se dio cuenta que había dormido demasiado.
Entraron varias personas en una caravana encabezada por hombres vestidos como en las series de televisión que su mamá veía. Trajes oscuros con pantalones y sacos del mismo color, corbatas como ninguno de los que ella llevó al departamento donde vivía.
Los dispersó un nuevo sujeto, uno envuelto en una bata blanca, uno de los doctores. Los hizo salir dándoles la espalda mientras las enfermeras se abrieron camino de entre la tropa y los espantaron lejos de la cama.
—Por fin despertarse.
El doctor era joven y le sonrió mientras se volteaba para revisar unas máquinas que estaban a los lados de la cama.
—¿Mi mamá?
No estaba seguro de que pudiera hablar porque sentía la boca seca. El doctor lo miró sorprendido pero no supo que decir. No necesitaba que se lo dijera, sabía la respuesta de antemano.
—Lo siento pero no pudimos hacer nada por tu mamá.
Una enfermera rompió en llanto, la otra corrió a su lado y le acarició la cabeza y hasta le besó la frente.
Los sujetos de saco y corbata aprovecharon que las enfermeras bajaron la guardia. Se acercaron a la cama con intenciones claras. El medico se interpuso y empezó a responder sus preguntas algo incomodo. Querían saber si podían hacerle preguntas al niño que no tenía ganas si no de seguir durmiendo.
El doctor se negó y las enfermeras hicieron causa común con él. Los detectives tenían que insistir, que amenazar con traer una orden, con incluirlos en el caso por intentar obstruir el caso.
Las enfermeras se mantuvieron firmes en su negativa, el doctor las respaldó en su iniciativa de sacarlos de la habitación de inmediato. Los detectives no sabían como rendirse, no lo hicieron.
—¿Cuándo le dará de alta?
—Acaba de despertar de un coma. No lo voy a entregar a ustedes para que le llenen de preguntas.
—Conseguiremos una orden en todo caso.
—Hagan lo que quieran pero ahora déjenme trabajar.
Y se fueron por donde entraron.
XXX
Consiguieron la orden más pronto de lo que el doctor hubiese querido. Le hicieron varias preguntas pero no conseguían que les respondiera ni siquiera una. Tu nombre, dinos tu nombre. Nada. Estaba muy quieto sentado en el suelo ignorándolos mientras jugaba con unos juguetes que las enfermeras corrieron a ofrecerle.
Uno de los detectives mencionó en voz alta cuanto le disgustaban los niños, se frotaba la cara, se mesaba el cabello, retorcía los nudillos de sus manos, estaba a punto de darse de golpes contra las paredes.
—Siéntate en la silla. No me hagas perder la paciencia.
Aterrizó sobre un trozo de madera duro al que le llamaban silla. En frente una cantidad enorme de fotos. El otro detective tenía menos ganas de lidiar con un niño que simplemente les hacía perder el tiempo. El chiquillo empezó a jugar con las fotos sin prestarle atención a los rostros que contenían. Eran como los naipes con los que jugaba, nada más.
Las revolvió un rato, hasta que se dieron cuenta que estaba jugando con ellas.
—Por un demonio… Hemos estado todo el día en esto, Ya son las once de la noche y nada… ¿Podemos hacer esto más rápido?
Le dijo uno a otro que esperaba que el niño terminara de jugar con las fotos.
—Esto no nos lleva a nada. No sabemos si quiera si el mocoso pueda ser de ayuda. Era hijo de una adicta que murió de sobredosis. No sabemos si quiera si esa muerte tenga relación con el caso.
Pero el otro detective estaba a punto de pedirle que se calle, que el dolor de cabeza le iba a perforar el cráneo. El chiquillo no les prestaba atención, podían pedirle de buena forma, de amenazarlo, de prometerle cosas pero parecía no entenderles. Solo revolvía y revolvía las fotos inmune al comentario que acababa de soltar su compañero. Quizá no debió decirlo delante del niño, de repente buscar a alguien más que se ocupara de él. Una vez más, iba a intentarlo una vez más.
—Danos una mano con esto y te prometo que se acaba todo.
Le dijo. Por un segundo le pareció que el chiquillo, vestido en un pijama de hospital al parecer completamente interesado en hacerles la vida difícil, lo miró a los ojos. Estaba acomodándolas nuevamente haciendo figuras.
Tres fotos separadas del resto. Puestas delante de otra. Las demás se acomodaban dibujando una forma humana, como manos grandes rodeando las tres fotos.
La primera, levantó un poco la primera y la alejó de las otras. Como si esa fuese el rostro que le correspondía a las manos.
El sujeto sonrió al ver tal distribución.
—¿Este fue?
Preguntó acariciándole la cabeza. El pequeño sólo asintió deslizando sus ojos sobre la segunda foto.
—¿Esos dos?
Volvió a preguntar señalando las otras dos fotos separadas.
—Ellos iba a veces — los recordaba, naturalmente que lo hacía, en la penumbra podía distinguir sus gestos, sus caras. La luz de la calle le dejaba ver sus rostros cuando partía de madrugada.
—Buen trabajo. Ahora es hora que te vayas a dormir.
—No sé como llegar a mi casa.
Y empezó a jugar con algunas fotos que no usó.
—No tienes que ir solo. Vendrán por ti.
Respondió recogiendo las imágenes de sobre la mesa, tratando de volver a apilarlas para devolverlas a su sitio.
El pequeño no dijo nada. Se quedó donde estaba sintiéndose algo curioso de saber quien iba a ir por él y a donde lo iban a llevar pero en medio de la curiosidad, algo de miedo se dejaba asomar,
Aunque lo se asomó por la puerta fue una figura distinta. No pudo dejar de mirarlo apenas apareció. Caminaba torpemente, los zapatos le quedaban muy grandes o muy chicos. Quizá no estaba acostumbrado a ellos, se le acercó y se puso a su altura. Tras él venía un anciano vestido con colores oscuros.
—¿Quieres venir conmigo?
Le dijo apenas entró ignorando a los otros dos adultos que parecían aliviados de por fin haberse liberado del tormento.
—L, todo salió como dijiste, tenemos la foto y coincide con tu teoría.
Pero no le prestaba atención, más atento estaba al pequeño en frente suyo, quien lo miraba algo asombrado.
—¿Nos vamos?
Insistió y fue suficiente para que se bajara de la silla y le diera la mano que le tendía. No sabía bien porque, no estaba seguro porque le resultaba tan natural seguir a un completo desconocido pero sabía que lo que estaba haciendo era lo correcto.
El anciano les dio algo y L lo recibió primero.
—Toma, es para ti.
Un regalo, eso era lo que le estaba dando. Una cajita envuelta en papel de colores. La tomó entre sus manitas y la hizo sonar ligeramente. Confirmó sus sospechas, era un rompecabezas.
—Cuando lleguemos a tu nueva casa podemos intentar armarlo juntos. Near.
Near.
Le tomó la mano de nuevo, dispuesto a no soltarlo más. Lo natural era que hicieran las cosas sin decirle, sin considerar sus deseos, sin que lo tomaran en cuenta, pero al lado de esta persona parecía todo estar bien. Caminó de su mano hasta donde quiso llevarlo. Hasta el fin del mundo si era necesario.
Cuando llegaron a su destino y aún de noche se pusieron a armar el rompecabezas como L le dijo que harían. De pronto frente a sus ojos apareció una cantidad desmedida de dulces. Comer dulces, armar un rompecabezas cosas que no había hecho antes, cosas que desconocía.
Algo tan natural para un niño de su edad.
Hubiera deseado que la noche nunca terminara y que siguieran saliendo más piezas de la caja.
Más y más.
