Capítulo 3: Las 18:43 y ni siquiera me ha mandado un mensaje
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Siempre he sabido distanciarme. He sido capaz de divorciarme de los sentimientos.
Tan solo tenía tres años cuando descubrí que la madre de mi profesora había fallecido la noche anterior. Ella no acudió. La suplente nos explicó que estaba enferma y yo fui el único niño que no fue estúpido para creer eso. Tras una charla, Mycroft me acompañó a casa sin decir una palabra, ni siquiera un seco "¿qué tal el cole?". Fue un viaje en autobús aburrido, largo y muy vacío.
Cuando llegamos a casa no se lo pensó dos veces y apartó los juguetes de mi. Me castigó.
Yo lo miré, formulando una pregunta cuya respuesta necesitaba saber con la cruda desesperación de un infante.
- Sherlock, ¿como...?
Yo estaba confuso. Era normal, tenía tres años. En otras circunstancias podría haber mostrado el orgullo del hombre que la gente ha hecho de mi hoy en día. Quizá si no fuera porque mis juguetes estaban en juego, habría mostrado otra cara.
Nuestra sala de estar destacaba por su enorme colección de retratos. Cientos de ojos nos miraban con determinación. Los ojos de Mamá, los de Padre, los de Mycroft, los de mis tíos, abuelos, primos, los de nuestro gato...
Juzgando.
Seguí escudriñando a Mycroft, casi a punto de romper a llorar. Tenía tres años, era obvio que me dejase llevar.
Tomó mi abeja de peluche y la escondió en un armario. Fue astuto y lo cerró con llave. Me quedé sin esfuerzos mientras trataba de tirar de las puertas con la esperanza de abrirlas.
- ¡Devuélveme a Spongy ahora!
- Spongy no está contenta con lo que has hecho, Sherlock.
- P-por favor, My' - Esa fue la primera vez que lloré desde mi nacimiento. - ¿Por qué me haces esto?
Mycroft se cruzó de brazos y reculé muerto de miedo, pues mi hermano acababa de imponer su estatura como un torreón y me aprisionaba en su sombra. Su rostro pálido y sus ojos oscuros contrastaban con el uniforme negro que llevaba puesto y me recordaron al más frío de los fantasmas cuyas historias me leía de niño. Yo tiritaba como una hoja, incapaz de comprender.
- ¡Porque los niños normales de tu edad no hablan sobre la muerte! Los niños de tu edad juegan con otros niños, cantan y bailan, dibujan, colorean, aprenden a contar y escribir...
Bajo la manta de sus palabras se escondía un subtexto que, a pesar de mi corta vida, fui capaz de recibir. Pero tan pronto Mycroft terminó de escupirlas, su compostura cambió. La frialdad con la que me había atacado se rompió en mil pedazos, dejando al descubierto a un adolescente derrotado y confuso. Sus ojos chispeantes se habían reducido a meras borlas, y eso me tomó por sorpresa.
Puso su mano sobre mi hombro, con gentileza. Yo era una piedra. Sentía que moverme desataría mi caos.
- No hagas que la gente te odie. No tan pronto. -Susurró.
A la mañana siguiente Mycroft tuvo una charla con Mamá. Me escondí detrás de la puerta y percibí por el tono de su voz que se trataba de una conversación seria y cuyo protagonista era el mismo niño introvertido que los espiaba. Fui captando cortas oraciones, pero de haber poseído una capacidad cognitiva mayor en el entonces habría escrito un libro. Hubo un nombre, sin embargo, que quedó grabado en mi memoria y despertó mi afán de conocimiento. Cuando me aseguré de que Mycroft estaba solo en su habitación, me acerqué despacio. Estaba leyendo un libro, o estudiando.
- Hermano - él dio un respingo del sofá cuando me oyó hablar. Frunció el ceño y curvó los labios en un gesto de indecisión, como si mi presencia le molestara. Me acordaba perfectamente de mi castigo y no deseaba ser regañado de nuevo. Pero mi curiosidad pudo más que yo. Respiré hondo y le hice la pregunta del millón. - ¿Qué es Asperger?
Como sospeché no me respondió de inmediato y me temí lo peor. Esperaba volverlo a ver erguido cuan largo e imponente sobre mi, con su sombra señalando la senda de mis pesadillas, haciéndome encoger. Esperaba que agotara su enojo lanzándome reproches y quejándose de mi, por ser el niño más repelente que había venido al mundo, culpándose de ser mi hermano, de tener que lidiar conmigo, de meter mis narices donde no me incumbían. Yo estaba ansioso por huir de allí. Pero mis pies apenas se movieron del suelo cuando sus facciones se relajaron y toda la tensión acumulada en sus hombros se volatilizó, y me quedé de una pieza. Sé que de haber querido podría haberme castigado de nuevo pero no lo hizo.
Respiró, y cuando me miró, en sus ojos buscaba reconfortarme.
- Es cuando alguien es nacido brillante.
Me bastó esa respuesta y no quise saber más. Salí de la habitación y fui corriendo hasta mi cuarto. Me aferraría a esa descripción como si mi vida dependiera de ella. Que irónico que no estuviera equivocado.
oOo
Los párpados de la señora Hudson tiemblan y sus manos se retuercen sobre sí mismas. Registro incomodidad, sorpresa, confusión. John, ¿por qué no hablaste de tu gran noticia nupcial públicamente? Siempre supe que la modestia era tu forma de expresión por excelencia, pero de eso a que mantengas en secreto algo que podría haber puesto una sonrisa en la cara a la señora Hudson me desconcierta. ¿Puso Mary algo en el té de las cinco para confundirte? ¿Prometisteis no hablar de eso a nadie en particular? ¿Me he perdido algo? Seguí tu pista día tras día y nunca regresaba carente de conocimiento sobre tus acciones. ¿O es que creerías que podrías aparentar tan reservado con tu novia que ni siquiera yo podría enterarme de todo lo que estabas tramando?
Tantos fueron los días en que mi única distracción fueron las tiendas de moda barata cuyos disfraces me convertirían en un hombre enmascarado, mendigo de las sombras y de los más viles. Seguí a Moran. Recuerdo sus movimientos como los de un zorro astuto tratando de escabullirse en el recoveco más oscuro. Me tentó lo repugnante que resultaba su aparente ordinariez, vestido siempre con tejanos agujereados y una chaqueta marrón, y ese reloj que evita quitarse incluso cuando se mancha las manos. Esa pieza costó una fortuna, pero dudo que Moran pudiera permitirse el lujo. No. ¿Qué tipo de compromisos tenía con su jefe? De algún modo tenía que ingeniárselas para obtener dinero de su bolsillo. O tal vez fuera un obsequio. No me extrañaría que Moriarty hubiera tenido un afán con ese perro callejero, bien me recibió a mi haciéndose pasar por gay. ¿Y qué si le dejara en herencia toda su fortuna?
Qué sentimental.
No. Aquí lo realmente interesante es dar con la bestia que se esconde bajo esa masa de vulgaridad, y tras observarle desplazándose por la ciudad, aprendí desde su odio a dejarse crecer la barba durante más de tres días consecutivos, hasta su enorme afición por los objetos afilados. Nunca, nunca guardaba su cartera bajo la chaqueta, si no que siempre estaba ahí, en el bolsillo trasero del pantalón. Arriesgado, ¿verdad? Pero si yo fuera el ladrón nunca pondría una mano allí. Solo por el hecho de llegar a ser atravesado por un puñal segundos después.
Me aseguré que la vida de otras personas no estuviera en juego. Vigilé a John los primeros meses pero apenas le vi cerca de Baker Street, solo en ocasiones cuando hacía las compras para la señora Hudson, cuya crítica edad ha puesto límites en su vida. La señora Turner falleció el pasado Noviembre y eso la descarriló. Cuando regresé después de tres años, John me amenazó con estrangularme si decidía saludarla aun con la certeza de que podía matar su corazón débil. El día en que caí al vacío, la señora Hudson tenía 78 años. Después del largo hiato, ya no es la misma persona independiente que siempre fue. La conocí y la aprendí como una mujer fuerte cuyo sufrimiento causado por el abuso la fortaleció.
Es… inexplicable. Seguí a John durante un largo tiempo, solo dejé de poner mi atención en él cuando conoció a Morstan. Pero a la señora Hudson nunca la vi a la luz del sol. Solo siluetas borrosas detrás de la cortina del piso, pero nada más que eso. Al pisar de nuevo 221B, comprendí que iba a verla por primera vez.
El recuerdo de sus manos callosas aferrándose a las mías sigue latente en mi memoria. Qué irónico pensar eso cuando siempre he huido de las emociones. Pero eso es distinto. Me di cuenta de lo mucho que había afectado mi muerte la señora Hudson.
Pero de no haber cumplido con mi deber de caer y desaparecer, entonces estaría manchándome las manos con sangre inocente.
- ¿John va a casarse con Mary, dices?
Me obligo a salir de mi ensimismamiento cuando escucho la pausada voz de la señora Hudson. No asimilo alegría ni decepción en sus palabras.
Asiento.
- Oh, pensé que eso esperaría.
Levanto una ceja. - ¿Por qué querría John esperar el momento de casarse?
- Porque tu regreso impactó en él, Sherlock. A todos nos impactó. Y él se preocupaba mucho por ti. Cuando conoció a Mary nos alegró el día. Pero hay heridas que nunca llegan a sanar, y si lo hacen, necesitan un prolongado tiempo.
Lentamente lleva su mano sobre mi pecho, en el lado izquierdo. – Sherlock, entendí que viste a John. Mary fue el áncora que lo salvaba de hundirse en ese oscuro y profundo abismo. Tuvo que mantenerse al margen del piso porque no soportaba ver todo lo que habíais compartido juntos a sabiendas de que tú ya no estabas para revivirlo. Y sin embargo, siguió pagando el alquiler. Nunca tocó tus artilugios, siempre estaban donde los dejaste tú, como si sabía que regresarías algún día. Negó tirar tus cosas. Eso habría destrozado su corazón para siempre.
Noto como presiona gentilmente la mano sobre la tela de mi camisa, y añade. – John necesita tiempo, cielo.
Asiento.
Con cuidado tomo su mano, arrugada y temblorosa, entre las mías, fuertes y firmes, y contemplo a la figura madre con asombro. Llevo su dorso a mis labios, y con un simple roce, sello una promesa que ni siquiera sé que quiero cumplir, porque me considero alienado a este tipo de sentimientos.
- Oh Sherlock, ¿cuándo te volviste tan formidable?
Se acerca para envolverme con sus brazos delgados y yo le devuelvo el gesto.
Horas más tarde, me niego a seguir con esto. John es puntual. Habría regresado ya. ¿Qué demonios estará haciendo? Resisto el impulso de coger la pistola y ponerme a agujerear la pared. El aburrimiento me carcome. No ha habido ni un mensaje de Lestrade invitándome a asistir a una escena de crimen y por un momento necesito, imploro, que la siguiente víctima bañada en dinamita aparezca enseguida y el juego continúe. Por un momento envidio a John, estará pasándoselo en grande con su novia mientras que yo estoy aquí, pudriéndome en los confines de mi negligente cerebro. En todo este momento la señora Hudson no ha hecho más que aumentar mi inquietud con sus preocupaciones y por dios santo, ¡abran esa puerta!
Me siento preso de un pulsante dolor de cabeza pero luego la puerta del piso se abre y allí está John, al lado de una alta y delgada mujer con el nombre de Mary Morstan.
Son ya las 18:43 y ni siquiera me ha mandado un mensaje.
