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4. GOTAS

El Sonido de goteo constante lo despertó. Lo sentía cerca, tanto como podía percibir claramente las gotas que chocaban contra el suelo. Joder, ¿tanto que le había costado comprarse esa casa – y cargarse con la hipoteca – para tener encima que soportar a los pocos meses de comprarla la confirmación de que, tal como Dwight sospechaba pero quiso ignorar, había sido una malísima inversión? Odiaba cuando esta clase de cosas sucedían y tenía que verse obligado a darle la razón. Aunque jamás en voz alta. Eso desde luego. Si él llegara a enterarse de estos pensamientos, eso sí que podría llegar a ser realmente catastrófico.

Tras varios minutos en los que estuvo deliberando si salir a averiguar de dónde procedían las malditas goteras o no, por fin uno de sus pies pareció reaccionar y quiso ayudar al resto de su cuerpo a que se incorporara. Ahora veía humedad casi por cada rincón de la casa. Vale que había estado el tiempo algo revuelto en Scranton, pero esas lluvias no podían haber inundado su casa. Porque eso sería…directamente o algo demasiado raro o simplemente él y su naturaleza, que solía atraer la mala pata allá donde se encontrase. En un intento por querer ser la persona más o menos responsable que en ocasiones estaba convencido de ser – aunque, siendo serios, ¿su empresa necesitaba un alto grado de responsabilidad? Como buenamente pudo, llegó hasta el teléfono fijo. El agua sólo había empezado a llenar parcialmente la sala – Lo grave parecía venir del aseo – Varias hileras finas tan solo. Aún así…

Fue a cogerlo para ver si – a pesar de las horas – podría localizar a alguien que pudiera servirle de ayuda. Mierda, aquello no dejaba de empeorar. Casi sentía el agua en los tobillos.

No había línea.

-Genial – Michael Scott dejó encerrado en su garganta un insulto mayor.

Bueno. No podía haber nada perdido todavía, a pesar de que eran las ocho y media y estaba aún en mitad de su habitación. En pijama. Ahora, tocaba ir a por el móvil. Esperaba que fuera una de las poquísimas cosas que funcionaran en este sitio – ahora convertido en flotante, casi de una manera demasiado literal.

Bien. Ya tenía el móvil en la mano – Y los pies cada vez más saturados de agua – Debía decidir a quién llamar, qué hacer. Su guía telefónica ya estaba desgraciada para los restos con lo que el tema de poder encontrar una mísera ayuda se hacía un poco más complicado. Por puro instinto – supuso, aunque también encerraba un pequeño motivo egoísta...seguro que ella le daría aunque fuera por pesado la solución – marcó el número de Jan. Contestador.

¿Por qué cojones tenía que ser lunes?

No le iba a quedar más remedio.

Hasta su armario parecía haberse visto salpicado, arruinando su ropa. Y su mejor traje en la tintorería. Esto le pasaba por ser un descuidado con las puertas. Aprovechó que el móvil era ahora mismo su única conexión al mundo exterior.

-Alguien, quien sea, necesito que me deis un número de teléfono.

Para variar, todos en la oficina se quedaron callados.

Todo está demasiado calmo. Los teléfonos siguen sonando, la gente mandando sus faxes. Pam siendo Pam y el resto…ignorando por completo que hay alguien en apuros. Le había parecido escuchar entre medias mientras iba a por su ración de café matutina que Michael solicitaba un número de teléfono. Como era de esperar, el resto de inútiles trabajadores en ese recinto no fueron capaces de atender a lo que estaba pidiendo. Él, sin embargo podía decir que llevaba un control exhaustivo de todos sus contactos. Desde el primero hasta el último. A fin de cuentas era uno de sus múltiples deberes para con su…

Jefe. O…bueno, sí, quería creer que la persona que había entrado en la oficina era Michael Scott y no un golfista perdido por Scranton. Este no podía ser él. Era lo más espantoso, si no jodidamente fuera de lugar desde que vio la última finale de LOST. ¿Desde cuándo su amigo usaba esa clase de polos? Es más, una pregunta aún más desconcertante: ¿Desde cuándo los usaba tan…ajustados? ¿Y rosas? ¿Pantalón vaquero? Maravilloso. Ahora el resto lo están mirando como si fuera un espécimen en extinción.

Lo de esta mañana ha debido ser grave. Demasiado grave. En cuanto Michael dejó todo con desánimo sobre la mesa del despacho, lo supo.

-Ya….no, ¡¿qué?! Oiga, cómo que no puede. Es urgente, sí. Lo es. Mucho. Bueno, no sé cómo le parecerá de urgente el hecho de que no pueda entrar en mi propia casa. Espero – Bufó. Y se le hicieron eternos los dos minutos que le tuvieron a la otra línea con no sé qué canción ridícula. Tamborileaba los dedos mientras veía a Dwight – como era habitual – deambulando las inmediaciones de su despacho. Costumbre de primera hora – Nada más, luego quedaban el resto de "rituales"…

-Michael. Tenía que…

Éste le señaló el auricular de mala gana.

-No pue… - Los gestos de Michael le estaban dando una respuesta lo suficientemente clara, así que calló para tomar asiento frente a él.

-Todo el día. Sí. Y no cabe la posibilidad de que…de acuerdo. Vale. Hasta luego. Sí, gracias.

Al colgar el auricular éste enterró la cabeza entre sus brazos.

-Una pregunta… ¿Por qué vienes vestido así?

-A lo mejor es que me apetecía –Contestó, intentando hacer natural el hecho de abrocharse por enésima vez el botón del cuello de aquel polo que fue su única salvación de ir realmente en pelotas a trabajar – Y si fuera por otra razón, no creo que tuviera que dártela...

-Puedo ayudarte

-No – replicó tajante.

-Sabes que si necesitaras algo…

-Lo sé. Pero – remarcó – no hay ningún evento importante hoy, Dwight, así que si no te importa me gustaría…¿qué haces? –Se frenó, al tiempo que vio a su más leal empleado sacar una pequeña libreta del bolsillo de su chaqueta. La miró atentamente.

-Aquí está. Reunión a las tres con el comité. Y viene Jan.

-Eso no puede ser verdad. El día estará mal anotado, seguro.

-Imposible. Me conoces.

-La madre que me…

El teléfono empezó a sonar en el despacho. Pam. Cediéndole el paso a una conversación con quien ahora mismo podía considerar su peor enemiga. O casi. Bueno, no estaba seguro de todas formas.

-Sí…claro, después de comer. Aja. Descuida…am, estaré ahí. Sin faltar. No te preocupes. Todo está controlado - Intentaba sonar convincente, pero antes de que se le pudiera pillar en su mentira, colgó el teléfono.

-Vale – Dijo, acercándose como si fuera a confesar el mayor secreto– Mi casa está inhabitable. No tengo apenas ropa. Y necesito un maldito traje antes de las tres de la tarde. El único que tengo disponible puedo pasar a recogerlo a las cinco…¿sabes lo que es eso? Las cinco. No sirve de nada.

Hubo un silencio. Después, él se marchó de su despacho como si estuviera concentrado al máximo en su labor.

El almuerzo todavía lo llevaba instalado en la boca del estómago. Nadie en la oficina, por más que preguntó –aparte de Dwight – hizo amago alguno de ayudarle. Maldita comida oriental. Tan ligera y luego nada. Bueno, no importaba. Podía con esto. Podía. Sí. No era precisamente el acontecimiento del año y..y…

Y llevaba un jodido polo rosa palo, con emblema de cocodrilo incluido y vaqueros. No, por más que lo mirara de todas las formas posibles aquello no era serio. Había intentado llamar a la tintorería pero por más que insistió le daban la misma respuesta: A las cinco, Señor Scott.

Al entrar en su despacho encontró una flamante funda con un traje. Dentro. Un traje. Nuevo. Chaqueta, camisa y corbata - Bien, porque le hacía falta una nueva. Abrió la puerta un momento. No obtuvo respuesta de nadie. Todo parecía seguir en aparente orden. Ni una señal de quién había salvado su día. Miró la firma del recibo, un garabato sin forma definida.

Salió a cambiarse, sin advertir la sonrisa de medio lado en la persona que tecleaba con disimulo en su sitio de siempre. Pasada la hora y media de rigor todo el mundo se había marchado. Al pasar por la mesa – Perfectamente ordenada – del compinche a quien intentó ignorar toda la mañana, se dio cuenta de algo.

Antes de meterse en el despacho, hogar provisional, tomó uno de sus miles de post it multicolor.

Gracias por lo del traje. Te debo una.