Los días pasaban con una velocidad normal para todos menos para Hermione.
Siempre andaba de un lado a otro. Con las clases normales, las particulares de Snape, los deberes, más su trabajo como prefecta no le dejaban tiempo para nada.
Si contaba con suerte podía leer sólo dos capítulos por día, y había algunos en los que no se podía acercar a un libro si no era para investigar algo o para disipar una duda.
El estrés la estaba consumiendo poco a poco, sin dejarle escapatoria; pero ese día era diferente, estaba sentada a la orilla del lago –cosa rara por esos días para ella–.
Estar sentada bajo la sombra de frondoso árbol, sentir la brisa jugar con sus cabellos, sus labios humedeciéndose cada tanto… el calor aumentaba, el viento seco seguía azotando.
El verano estaba inminente, así como los exámenes finales, a los que con pesar no asistiría.
Aquella tarde la tenía para ella sola, nada la interrumpiría.
Los deberes estaban apilados en su cuarto en la Torre de Gryffindor, no tendría clases con Snape porque debía dejar reposar la poción antes de que estuviera lista.
Aquel día era perfecto, y haría todo lo posible porque continuara así hasta el anochecer.
Quería relajarse y sentir los rayos del sol, sentir la fresca brisa y las gotas de agua que caían sobre su cara cada vez que tiraba una roca al lago.
La paz la inundaba plenamente, su conciencia estaba muy lejos de allí y sus sentidos se agudizaban. Podía captar la esencia de las rosas, la calidez del agua… con tan sólo sentir las corrientes de aire atravesar por su pelo se sentía completa.
Lástima que aquella paz no durara todo lo que ella quería.
Un chico se sentó frente a ella, sobresaltándola. Su cabello estaba alborotado como siempre, sus ojos fijos en la chica, la corbata estaba un tanto floja y sus labios estaban un poco resecos.
Subió un poco la pierna y pasó el brazo por encima de ésta, sin quitarle los ojos de encima a la chica.
—Hermione, al fin te encuentro —comentó aliviado—. Te he buscado por todo Hogwarts.
—Bien, aquí me tienes —dijo la chica mirando los ojos verdes de Harry.
—¿Es todo lo que tienes para decirme?, ¿"Aquí me tienes"? —preguntó el chico molesto—. Hermione, no hemos tenido una conversación coherente en más de tres semanas. ¿Por qué estás tan esquiva?, ¿hice algo malo?
Hermione lo miró por un segundo, sopesando lentamente lo que le diría a Harry.
«Tacto y sutileza», se dijo a sí misma. «Tacto y sutileza, recuérdalo».
—Ha-Harry no es eso —comenzó—. Nunca me alejaría de ti por una bobería y lo sabes, es algo más importante… en este momento —aclaró la chica.
Hermione lanzó un largo suspiro. Harry sólo la miraba con consternación, esperando a que la chica le explicase todo aquel lío en el que estaba metida.
—Harry, esto es muy complicado de decir. Sé que no te gustará y te pondrás rotundamente, pero yo lo decidí así, Harry, y ya no puedo retractarme —le advirtió la chica.
—Hermione, me estás asustando. ¿Qué está pasando? —preguntó un tanto alarmado.
La chica lo miró de nuevo, estaba dudando sobre si contarle o no la verdad. No sabía cómo se lo tomaría Harry, aunque se imaginaba la cara que pondría. Sólo tenía que seguir su propio consejo, «tacto y sutileza».
Luego de unos minutos sin decir nada se decidió.
—Harry, me i-iré a u…una misión con la Orden —dijo por fin Hermione sintiéndose aliviada de haber dicho toda al verdad. El haber estado ocultando aquello por más de un mes la estaba matando poco a poco.
El joven la miró por unos instantes, abrió y cerró repetidamente los ojos como intentando comprender algo incomprensible.
Abrió la boca varias veces, pero luego de unos segundos la cerraba de nuevo. No sabía bien qué se suponía debía decirle a la chica para que no se fuera.
—¿Cómo que t-te vas? —logró preguntar Harry luego de unos minutos.
—Sí, Harry, me voy —ratificó—. Es difícil de explicar: Dumbledore me dijo que la Orden necesitaba mi ayuda en una misión —Harry no quitó su cara de consternado—. Debo acompañar a Remus en un recorrido de no sé qué, aún no me dicen qué es lo que buscará —aclaró la chica.
—No, Hermione, no permitiré que arriesgues tu vida por mí —dijo Harry—. Ya es suficiente con todos los que han muerto, no puedo arriesgarme a perderte —informó—, sería muy duro… y sería más duro aún para Ron. ¿A caso pensaste en él ya? —cuestionó el chico.
—¡Claro que lo he hecho, Harry! —respondió—. ¿Qué crees que hago todas las noches?, ¿qué crees que hago cuando lo miro a la cara?… pienso en lo difícil de todo esto —decía ya al borde de las lágrimas—. ¿Crees que no es duro para mí?, sabes que lo dejo amándome… que me voy amándolo —terminó antes de romper en llanto.
Las lágrimas recorrían toda su cara, inundando de a poco sus mejillas y cayendo tanto en su camisa como en su falda.
Sus mejillas se pusieron rojas por la emoción y a cada minuto respingaba fuertemente antes de volver a romper a llorar.
No era fácil.
Harry, viendo la situación, se acercó lentamente a ella y se colocó junto a la chica, pasó el brazo por encima de su hombro y la jaló hacia sí, intentando consolarla silenciosamente.
—Hermione, lo siento, en verdad que lo siento —decía el chico mientras le sobaba el hombro lentamente—. Nunca quise insinuar que no pensabas en Ron, fue un error de mi parte —confesó Harry, haciendo que Hermione para un momento de llorar y lo mirar a los ojos.
—Siempre estarás en mi corazón Harry —le dijo Hermione antes de abalanzarse sobre sus brazos y darle un fuerte abrazo, llenándolo lentamente de una paz que no quería—. Si por azares del destino n-no vuelvo, quie-quiero que te cases con Ginny. ¿Entendido?
—No, Hermione, no pienses eso —reprimió—. Tú volverás sana y salva y te casarás con Ron, ya lo verás —aseguró feliz el muchacho.
Hermione lo miró por unos segundos como dudando de la palabra de Harry.
Tenía en mente que esa misión sería peligrosa, pero nunca se le había pasado por la mente cuánto podría amarla Ron como para que Harry hiciese esos comentarios.
Pero le restó importancia y volvió a abrazar de nuevo al chico, mientras éste le sobaba lentamente el cabello, despidiéndose inconscientemente, como si no fueran a tener tiempo de hacerlo.
—Harry.
—¿Ajá? —dijo Harry mirándola a los ojos.
—No quiero que le digas nada a Ron, ¿me entendiste?, debo ser yo quién se lo diga —le indicó la chica al muchacho, y éste como un resorte asintió levemente mientras le sonreía.
Una sonrisa de buena suerte, una sonrisa de «hasta pronto», una sonrisa de amigo.
Sus ojos estaban casi cerrados, pero aún así Hermione podía seguir distinguiendo los destellos verdes que éstos daban, podía distinguir por entre su piel la buena suerte que le deseaba.
Con tan sólo oler el aromad de las flores sabía que, intencionalmente, la naturaleza se despedía de ella. Se despedía por un tiempo, o quizás lo hacía para siempre. Sólo ella podría saber lo que le depararía el destino.
Lentamente se levantó y Harry también hizo un ademán en acompañarla. Pero Hermione le indicó que quería caminar sola por un rato, que por favor buscara a Ginny, con quien también debía despedirse.
Harry sólo asintió y se fue caminando por la explanada, buscando por todo el inmenso jardín a Ginny, buscando una mata de cabellos pelirrojos.
Hermione lo vio perderse por entre las puertas del Castillo y luego se dio vuelta, quedando así de frente con el lago. Quedando de frente con el inmenso lago en donde habitaba el Calamar Gigante, con su mente se despidió poco a poco de todas las cosas que la rodeaban.
Se despidió de ésa, que había sido su casa por seis años, lentamente.
Pasó por entre las flores que había debajo del árbol, luego caminó lentamente por entre los invernaderos, mirando todas las cosas que había logrado en seis años.
Viendo los recuerdos de su infancia, las veces que lloró por lo que pensaban los demás… las veces que Ron se peleó con ella, las innumerables ocasiones en que se perdonaron.
Ahora todo se veía tan lejano, tan oscuro que le daba medio de sólo pensar que dejaría todo eso para siempre.
Esa despedida la sentía más como un «adiós» que como un «hasta luego».
No sabía si sólo era cuestión de miedo o de intuición femenina. Pero, fuera lo que fuera, le causaba un gran temor no volver a pisar nunca más aquellos terrenos en los que había compartido tanto.
Miró un momento la explanada que se extendía, detalló hasta la última mariposa… hasta el último soplo de viento.
Todo quedó guardado en su mente mientras entraba por la puerta y subía en la escalinata. Ese día a la medianoche partiría.
Llegó hasta su habitación en la torre de Gryffindor, pasó sin saludar a nadie, pasó sin despedirse de nada.
Debía desahogarse.
Tomó pluma y un pergamino y comenzó a escribir una carta a nadie, comenzó a jugar con las palabras mientras sentía sus ideas fluis y sentía su impotencia salir lentamente de su cuerpo.
La pluma rasgaba el pergamino, causaba un sonido apenas audible pero que calmaba a su angustia, que clamaba su llanto.
Conjunciones, verbos, palabras… todo fluía como nunca antes lo había hecho, ni siquiera en los momentos más entusiasta lo había logrado.
Y, a pesar de carecer de extensión, sus sentimientos estaban resguardados allí. Dirigidos a nadie.
La miró por última vez y luego la cogió, la dobló en dos partes y la metió en el bolsillo de su falda, en donde esperaba estuviera segura y resguardada.
Con pesar y parsimonia comenzó ha hacer una mochila, en donde lentamente metió ropa para el frío, para el calor y alguna que otra túnica. Además de un par de libros de texto, en especial el libro de pociones, y también algunas cosas de las que nunca podría separarse.
Cuando cerró la mochila la puerta se abrió una chica pelirroja entró por ella.
Por sus constantes jadeos era obvio que había estado corriendo, quizás el hecho de que Harry no le dijera nada había aumentando su desesperación.
—Her-Hermione, ¿cómo es eso que te vas? —preguntó entrecortadamente.
Luego de eso, descubrió que la razón de sus jadeos sí era la correcta.
—Ginny, ven —llamó—. Necesito explicarte algunas cosas.
Ginny caminó lentamente, temiendo lo que Hermione tuviera para decir. Simplemente se acercó lo suficiente como para sentarse en la cama y poderla oír lo más calmada posible.
—Ginny, d-debo irme —la chica intentó hablar, pero Hermione la atajó—: no digas nada, ningún motivo puede hacerme cambiar de opinión.
—¿Ni siquiera Ron? —cuestionó.
Hermione abrió los ojos desorbitadamente.
—¿Có-cómo…? ¿Qué…? ¿Pero cómo diablos…? —la chica no fue capaz de terminar ninguna de sus preguntas.
—Hermione, a ambos se les notaba a leguas —respondió—, no era necesario que lo dijeran.
—Ginny, te pido que no le digas nada. Debo ser yo quien lo haga —exigió la chica—. Lamento que esto ocurriera así, pero prometo mantenerte lo más informada posible.
Hermione abrazó fuertemente a su amiga, mientras un par de lágrimas se les escapaban a ambas, mojando levemente el pelo de la otra.
Duraron así un par de segundos, quizás minutos. Hermione sólo pensaba en cómo le diría a Ron.
Bueno, espero y les haya gustado. Y, no sé por qué demonios se me pasó actualizar más temprano, pero aquí 'ta. :D
